GUERRA FRIA FASE 2: 1953 – 1962. LA COEXISTENCIA PACÍFICA. NIKITA KRUSCHEV


Nikita Kruschev. Líder Soviético entre 1953-1964

GUERRA FRIA FASE 2: 1953 – 1962. LA COEXISTENCIA PACÍFICATras la Guerra de Corea, las tensiones entre los bloques tendieron a calmarse. Comenzaba una nueva etapa en las relaciones internacionales a la que se ha denominado “coexistencia pacífica”. Ésta se habría conseguido, esencialmente, gracias a lo que Jean Duroselle ha denominado “equilibrio del terror”.[1] Éste último se explica a partir del hecho que la tecnología militar utilizada por ambos bandos logró sobrepasar por primera vez los límites de la destrucción total. Ante tales condiciones, dar comienzo a un conflicto directo, habría significado sentenciar a muerte a la propia población, cuestión a la que ninguno de los dos bandos en pugna llegó a arriesgarse.El primer cambio que destacamos estuvo dado a partir del ascenso de nuevos líderes políticos tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética. El General D. Eisenhower sucedió a H. Truman en la presidencia norteamericana, asumiendo el cargo entre 1953 y 1960. Mientras que en la URSS, tras la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), la lucha por la sucesión se inclinó a favor de los sectores más renovadores del aparato estatal soviético, de entre los que destacan Malenkov, Bulganin y Kruschev.[2] En este punto se debe recordar que desde 1917 la Unión Soviética no había establecido código de sucesión.

Tras la muerte de Stalin, la URSS dio comienzo a una nueva etapa en las relaciones internacionales. Kruschev como el nuevo líder político de la URSS, luego de lograr sobreponerse al resto de la camarilla política que aspiraba a suceder a Stalin, propició una nueva política exterior que va a denominar “coexistencia pacífica”. Este nuevo concepto significaba básicamente que la URSS no sólo negaba el recurso a las armas para extender la revolución comunista por el mundo, sino que rechazaba la idea de que la guerra con el capitalismo era inevitable.
La visión de Washington no se vio muy influenciada por la nueva política del Kremlin. En EE.UU. primaba una situación de inseguridad propiciada por el acceso de la URSS al arma atómica y sus ensayos con misiles intercontinentales. El lanzamiento del Sputnik en 1957, el primer satélite al espacio por parte de los soviéticos vino a reforzar ese sentimiento. El candidato norteamericano Eisenhower había criticado duramente la política de «contención» de Truman, mientras que Foster Dulles, el que luego sería su Secretario de Estado, había propuesto durante la campaña electoral de 1952 hacer retroceder a los Soviéticos a sus posiciones de partida.
Tras el triunfo de Eisenhower, Estados Unidos se embarcó en una política que se vino a denominar la doctrina de las «represalias masivas». Con ella, como señala Kissinger, se pretendía explotar teóricamente la ventaja nuclear de Estados Unidos. Pero lo contradictorio era que esta formulación se elaboró cuando la ventaja estaba a punto de desaparecer.[3] Se suponía que la posibilidad de una represalia masiva disuadiría a los soviéticos de toda agresión y evitaría estancamientos como los de Corea.

No obstante, la guerra nuclear general pareció ser un remedio desproporcionado para la mayoría de las crisis que sobrevinieron en el período. Así lo confirmaron los hechos, pues la política exterior norteamericana no implementó su estrategia de “represalias masivas”. Al contrario mostró una gran moderación y en definitiva, se iniciaba un nuevo período en el que las palabras, una vez más, no correspondían exactamente con los hechos. Ni la política exterior soviética fue tan pacífica, ni la norteamericana fue tan belicosa.

Así pues, como señala Charles Zorgbibe con la nueva directiva soviética comenzó un período en el que aparecieron signos de distensión entre Moscú y Washington: la firma del Armisticio en Panmunjong en 1953, que ponía fin a la guerra de Corea, los acuerdos de Ginebra que ponían fin a la guerra de Indochina en 1954, la reconciliación entre la URSS y Yugoslavia que culminó con la visita de Kruschev a Tito en 1955 o la firma del Tratado de Paz con Austria en 1955, que significó la evacuación de las tropas de ocupación y su neutralización.[4]

Estos signos de distensión no impidieron que las superpotencias afirmaran su hegemonía en sus respectivas áreas de influencia. La brutal represión de las protestas obreras en Berlín y Alemania oriental en 1953 por parte del ejército soviético de ocupación, la represión de la revolución Húngara en 1956 o las intervenciones de la CIA para derrocar por la fuerza a los gobiernos progresistas de Mossadegh en Irán en 1953 o Arbenz en Guatemala en 1954, son la muestra de que cada uno de los bandos estaba decidido a mantener la cohesión de su respectivo bloque. Como señala Kissinger, también en este aspecto se subrayó el hecho de que cada bloque guardó respeto por las esferas de influencias ya delimitadas. Esto último, se manifestó, esencialmente, en la nula reacción manifestada por el bloque occidental ante la violenta represión que sufrió el levantamiento Húngaro en 1956 por parte de las tropas soviéticas.[5]

Ahora bien, el nuevo marco de coexistencia pacífica no significó el fin del enfrentamiento entre los EE.UU. y la URSS. Si bien es cierto, como ya hemos analizado, el ámbito de influencias en Europa había sido estabilizado nítidamente a partir de la consolidación económica y militar de cada uno de los bloques, no ocurría lo mismo en áreas periféricas. En estas últimas, las potencias siguieron manifestando sus rivalidades. En el período de la coexistencia pacífica se produjeron graves crisis que pusieron en peligro el mantenimiento de la paz mundial. Entre ellas destacamos la crisis de Berlín y la crisis del Caribe que estuvo a punto de llevar a la “guerra caliente” a soviéticos y norteamericanos.

Con ello se puede apreciar que a pesar de los intentos de coexistencia, el clima de desconfianza entre las potencias no había desaparecido, lo que dio lugar a crisis tan graves como las de Berlín a partir de 1958 y la de los misiles en Cuba en 1962.
Entre los acontecimientos destacados de esta fase de la Guerra Fría se encuentran los siguientes:

Ø Armisticio de Corea. 27 julio 1953
Ø Canciller de Alemania Occidental (Adenauer) fue recibido en capital soviética. 13 de junio de 1955
Ø Conferencia de Ginebra. 26 abril a 21 de julio de 1954
Ø La firma del Pacto de Varsovia. 14 de Mayo de 1955
Ø La celebración del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. 25 de Febrero 1956
Ø La Crisis de Suez. 26 de Julio 1956
Ø Revolución Húngara. Octubre-Noviembre de 1956
Ø La Crisis de Berlín. Entre 1958 a 1963
Ø La Crisis de los misiles en Cuba. Octubre 1962

De los hechos mencionados, a continuación profundizaremos en el análisis de los siguientes: el Informe Secreto entregado por Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS (1956), la Crisis de Berlín (1958-1963) y la Crisis de los Misiles (1962).

NOTAS
[1] Duroselle, Jean, Ob. Cit., Página 112
[2] Service, Robert, Ob. Cit., Página 313
[3] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 843
[4] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 199
[5] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 826

1. Informe secreto de Kruschev ante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS

Autor: Nikita Kruschev. Líder Soviético entre 1953-1964
Título del documento o tema central: Informe Secreto sobre el culto a la personalidad
Identificación espacial y temporal:Moscú, 24 y 25 de febrero de 1956
Tipo de documento: Discurso ante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS

Informe Secreto sobre el culto a la personalidad. XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. 24 y 25 de Febrero 1956

¡Camaradas! En el informe del Comité Central del Partido ante el Vigésimo Congreso, en algunos discursos de delegados al Congreso, así como anteriormente, durante las sesiones plenarias del CC/PCUSD, mucho se ha dicho sobre el culto del individuo y sus dañosas consecuencias.
Después de la muerte de Stalin, el Comité Central del Partido comenzó a emplear la política de explicar, concisamente y concretamente, que es ilícito y extraño al espíritu de marxismo y del leninismo elevar a una persona, transformarla en un superhombre dotado de características sobrenaturales, comparables a las de un dios (…)
Entre nosotros se cultivó durante muchos años esa creencia en torno a un hombre, y especialmente en torno a Stalin.
El objeto del presente informe no es una valoración exhaustiva de la vida y la actividad de Stalin. (…) Ahora nos encontramos frente a una cuestión de inmensa importancia para el Partido en el presente y en el futuro (…) se trata de cómo el culto de la persona de Stalin fue creciendo gradualmente; ese culto que en determinado momento se convirtió en la fuente de toda una serie de perversiones unánimemente graves y serias de los principios del Partido, de la democracia del Partido, de la legalidad revolucionaria (…)
Cuando analizamos las prácticas de Stalin en cuanto a la conducción del Partido y la nación, cuando nos detenemos a considerar cualquier acto de Stalin, debemos convencernos de que los temores de Lenin estaban justificados. Las características negativas de Stalin, que en época de Lenin eran sólo incipientes, se transformaron durante los últimos años en un grave abuso de poder que causó indecible daño a nuestro Partido (…)
Stalin no actuó mediante la persuasión, la explicación y la cooperación paciente con las personas, sino imponiendo sus conceptos y exigiendo obediencia absoluta a su opinión. Quien se oponía a ello, o procuraba probar su punto de vista y la exactitud de su posición, quedaba sentenciado a la exclusión del mando colectivo y a la correspondiente aniquilación moral y física.(…)
Debemos afirmar que el Partido libró una severa lucha contra los trostskistas, los derechistas, los burgueses nacionalistas, y que desarmó ideológicamente a todos los enemigos de Lenin. Esta lucha ideológica se llevó a cabo con éxito, y así el Partido se vigorizó y templó. En esto Stalin representó un papel positivo (…)
Stalin inventó el concepto “enemigo del pueblo”. Este término hizo automáticamente innecesario que se probaran los errores ideológicos de un hombre u hombres dispuestos a la discusión; este término hizo posible el uso de la más cruel represión, la violación. todas las normas de la legalidad revolucionaria contra cualquiera que,. en una u otra forma, estuviera en desacuerdo con Stalin; contra todo sospechoso de intención hostil; contra cualquier hombre de mala reputación. Este concepto “enemigo del pueblo” eliminó radicalmente la posibilidad de cualquier clase de lucha ideo lógica, y la posibilidad de dar a conocer opiniones personales sobre tal o cual punto, aún sobre cuestiones de carácter práctico. En verdad, la única prueba de culpabilidad empleada (contra todas las normas de ciencia legal) fue la «confesión» del propio acusado; y como lo demostró la investigación ulterior, se obtuvieron «confesiones» por medio de torturas físicas contra el acusado(…)
Ese enfermizo recelo creaba en él una desconfianza general, aun con respeto a eminentes trabajadores del Partido a quienes habíamos conocido durante años enteros. Por doquier veía «enemigos», «espías» y «traidores». Dueño de un poder ilimitado, su despotismo no conoció límites y fue capaz de aniquilar a los hombres moral y físicamente (…)
Así Stalin sancionaba en nombre del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique) la más brutal violación de la legalidad socialista, la tortura y la opresión (…) La obstinación de Stalin se mostró asimismo no solo en decisiones concernientes a la política interior del país, sino también en las relaciones internacionales de la Unión Soviética (…)
En este sentido, Stalin se popularizó enérgicamente a sí mismo como gran líder; de varios modos trató de imponer al pueblo la versión de que todas las victorias ganadas por la nación soviética durante la Gran Guerra Patriótica se debían al coraje, la osadía y el genio de Stalin y de ningún otro (…) No Stalin, pero si el Partido como conjunto, el Gobierno soviético, nuestro heroico ejército, sus talentosos líderes y valientes soldados, la nación soviética sola, éstos son los únicos que aseguraron la victoria en la Gran Guerra patriótica(…)
Las magníficas y heroicas acciones de millares de millones de hombres de Occidente y Oriente durante la lucha contra la amenaza del yugo fascista que pendía sobre nosotros perdurará durante centurias y milenios en el recuerdo de la agradecida humanidad (…)
¡Camaradas! Debemos abolir el culto del individuo decisivamente, de una vez por todas; debemos sacar las conclusiones acertadas sobre la labor ideológica-teórica y práctica. Para ello es necesario: Primero, seguir la norma bolchevique, condenar y desarraigar el culto al individuo como ajeno al marximo-leninismo y opuesto a los principios del mando del Partido y sus normas de vida, y luchar inexorablemente contra todo intento de volver a implantar esta práctica en una forma u otra (…)
En segundo término, debemos continuar sistemáticamente y con persistencia la obra del Comité Central durante los últimos años (…) de los principios leninistas del mando del Partido, y caracterizada, sobre todo, por el principio dominante el mando colectivo, por el respeto de las normas de vida del Partido descritas en los estatutos de nuestro Partido y, en suma, por la amplia práctica de la crítica y la autocrítica.
En tercer término, restaurar completamente los principios leninistas de democracia soviético-socialista, expresadas en la Constitución de la Unión Soviética, para combatir la arbitrariedad de individuos que abusen del poder. (…)
¡Camaradas! El Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética ha manifestado con nueva energía la inconmovible unidad de nuestro Partido, su cohesión en torno al Comité Central, su firme voluntad de cumplir la gran tarea de construir el comunismo.

Kruschev»Informe Secreto» sobre el culto a la personalidad

 

Análisis del DocumentoAutor del Documento y contexto histórico

Nikita Kruschev accedió al Comité Central del PCUS en 1934. Durante la Segunda Guerra Mundial, denominada por la Unión Soviética como “Guerra Patria”, alcanzó el grado de General. Tras la muerte de Stalin, accedió al cargo de Secretario General del partido y producto de diversas maniobras consiguió apartar a sus competidores, entre ellos Beria y Malenkov. Respecto de esto último, Robert Service señala que Kruschev maniobró hábilmente, creando una comisión investigadora de crímenes de los años ’30 y ’40, poniendo especial énfasis en las purgas de Leningrado, ello debido a que en éstas la participación de Malenkov había sido importante y podía utilizar la investigación para desprestigiarle.[1] Así, producto de la pérdida de prestigio y autoridad, Malenkov fue obligado a dimitir del cargo de Presidente del Consejo de Ministros en el año 1955.

Entre las primeras medidas políticas de relevancia en el ámbito de las relaciones internacionales destacan, en primer lugar, el acercamiento y reconciliación con Yugoslavia, que culminó con la visita de Kruschev a Tito en 1955; y en segundo lugar la firma del “Pacto de Varsovia” el 14 de mayo de 1945. Éste último venía a ser la respuesta a dos necesidades evidenciadas por la URSS. Por una parte era la respuesta al refuerzo de la Alianza Atlántica, donde se había permitido el ingreso de la República Federal Alemana a la organización y su consecuente remilitarización, pero por otra parte también respondía a la necesidad de legalizar la subordinación de las Fuerzas Armadas de las Democracias Populares al mando soviético. Como señala Charles Zorgbibe, con esto se daba base jurídica al estacionamiento de las fuerzas soviéticas en Hungría y Rumania, las cuales según el tratado de paz de 1947 debían retirarse al día siguiente de la firma de un tratado de paz con Austria.[2] Y éste, como ya se dijo anteriormente, fue firmado el 15 de mayo de 1955, es decir, un día después de la firma del Pacto de Varsovia.

Ahora bien, el 20 de febrero de 1956 se celebró el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, para éste, Kruschev propuso realizar un discurso acerca del culto a la personalidad y sus consecuencias. La propuesta de Kruschev tuvo que enfrentar a Molotov, quien proponía como tema “Stalin continuador de la obra de Lenin”. No obstante, como señala Zorgbibe, la postura de Kruschev prevaleció debido al apoyo que tenía en el Presidium.[3] En términos generales, durante el XX Congreso del PCUS, Kruschev denunció los crímenes de Stalin en su «informe secreto» e inició el proceso que se ha denominado desestalinización.Destinatario, lugar y fecha:

El “Informe secreto” o “discurso sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias”, fue dado a conocer a puerta cerrada a los 1.436 delegados soviéticos asistentes al XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. EL Congreso se realizó en Moscú en febrero de 1956.

Contenido del documento:

El 25 de febrero Kruschev dio a conocer su informe a una sesión cerrada al público, solo los delegados del Partido comunista de la URSS pudieron escucharle. Stalin constituía el tema central del discurso, y en él se destacan los siguientes aspectos:

Ø En 1923 Lenin pidió que se apartara a Stalin del cargo de Secretario General: “debemos convencernos de que los temores de Lenin estaban justificados. Las características negativas de Stalin, que en época de Lenin eran sólo incipientes, se transformaron durante los últimos años en un grave abuso de poder que causó indecible daño a nuestro Partido”

Ø Necesidad de eliminar el culto a la personalidad por ser contrario al marxismo leninismo.

Ø Abusos, represión y violación a toda la legalidad soviética. Kruschev destaca la ilegalidad de los métodos mediante los cuales se juzgaba y condenaba a los acusados: “la única prueba de culpabilidad empleada (contra todas las normas de ciencia legal) fue la «confesión» del propio acusado; y como lo demostró la investigación ulterior, se obtuvieron «confesiones» por medio de torturas físicas contra el acusado”.

Ø Stalin como asesino e incompetente frente al ataque alemán. Se desmitifica y niega el rol protagónico que intentó abrogarse Stalin en el triunfo sobre los alemanes: “trató de imponer al pueblo la versión de que todas las victorias ganadas por la nación soviética durante la Gran Guerra Patriótica se debían al coraje, la osadía y el genio de Stalin y de ningún otro”.Entre otras de las faltas del stalinismo se menciona la deportación de pueblos enteros durante la Gran Guerra Patria, por el solo hecho de ser sospechosos de colaborar con el enemigo.

Ahora bien, lo que se debe tener presente es que en el informe entregado por Kruschev el ataque está dirigido contra Stalin no contra el sistema soviético. Lo que se proponía era regresar al Marxismo Leninismo, conservando intacto el Estado y la preeminencia del Partido Comunista como único partido.

En el informe se nombra pocas veces a miembros del Presidium y no se culpa a los miembros del Politburó. Según señala Robert Service, Kruschev había ayudado a organizar las purgas de Moscú y Ucrania entre 1937-38,[4] pero en el informe ese aspecto no es mencionado. En efecto, y como señala este mismo autor, el propio Krsuchev reconocía ante sus colaboradores más cercanos del Presidium, que realmente los argumentos eran prácticos y no morales: “si no decimos la verdad en el Congreso nos veremos en la obligación de decirla en el futuro y entonces no seremos los que hagamos el discurso, sino que estaremos bajo investigación”.[5] Desde este punto de vista, la política implementada por Kruschev se nos presenta como una maniobra para poder, en primer lugar, apartar de los altos mandos a los hombres cercanos a Stalin y en segundo lugar exculpar la propia responsabilidad frente a los abusos cometidos por el régimen stalinista, aún cuando el propio Kruschev había formado parte de él.

Proyecciones históricas del informe secreto

A partir del contenido del discurso, occidente llamó a la política de Kruschev “Desestalinización”. Ahora bien, la difusión del documento en occidente se produjo por una parte por medio de las copias que la Propia KGB hizo llegar a la CIA y también una versión completa conoció la luz en el periódico “Observer” de Londres. En la Unión Soviética, el Presidium se resistía a publicar el informe, temiendo por los efectos que pudiera producir, finalmente la prensa publicó sólo breves resúmenes, ya que las copias del informe fueron destruidas antes de su distribución y sólo se publicaron con el asenso de Gorvachov al poder.[6]

Los temores del Presidium no eran infundados. El informe de Kruschev podía encender la llama de los levantamientos tanto al interior de la URSS como en los países de Europa del Este. Las razones eran que a través del informe se estaba quitando la “poca legitimidad” del liderazgo soviético sobre los países del Pacto de Varsovia, los cuales en términos concretos se encontraban sometidos a las órdenes del Kremlin.

Ahora bien, ante los atónitos delegados comunistas, Kruschev afirmaba que Stalin era un asesino de masas, denunciaba sus crímenes y el «culto a la personalidad», que había caracterizado hasta ese momento a la dictadura soviética. Con ello, quedaba en evidencia el giro que Kruschev pretendía dar a la política exterior, la cual, como ya hemos mencionado, se dio en llamar “coexistencia pacífica”. Ésta implicaba también la aceptación en el terreno teórico de la existencia de diversos caminos para la construcción de un sistema socialista.
Esta relativa apertura tuvo su primer reflejo en Polonia. Impulsado por las manifestaciones obreras, Gomulka, un comunista que había sido purgado por Stalin en 1948 retornaba al poder. Su reiterada fidelidad a la URSS y a las bases del sistema comunista de las «democracias populares» permitió que Moscú aceptara el nuevo giro en la política polaca. Pero la situación fue bien distinta en Hungría, donde se constató trágicamente las limitaciones de la nueva política de Kruschev.

En Hungría la resistencia de los dirigentes más stalinistas hizo que las protestas populares degeneraran en una verdadera insurrección popular el 24 de octubre de 1956. Un comunista abierto y liberal, Imre Nagy, accedió al poder y se puso al frente de la revolución húngara. Enfrentado a un levantamiento que se extendía por el país, Nagy decidió encabezarlo y dio dos pasos decisivos: la aceptación de la libertad de asociación política, lo que destruía el monopolio comunista del poder, y, lo que fue mucho más grave, la proclamación de la neutralidad de Hungría y su abandono del recién creado Pacto de Varsovia.
La respuesta del Kremlin fue inmediata: las tropas soviéticas aplacaron la revolución húngara de 1956. La dirección soviética había puesto claramente los límites a los que podía llegar el proceso de desestalinización. Como señala Henry Kissinger, en Hungría quedó en evidencia la delimitación de los bloques de influencia y la renuncia de Estados Unidos a enfrentarse a una guerra por suprimir el control comunista del Este de Europa. Ésta había sido la política explícita de Estados Unidos desde hacía una década.[7] La actitud pasiva demostrada por el gobierno norteamericano subrayaba la premisa básica de la “Contención”, según ésta, la liberación de Europa del Este se confiaba a la erosión del tiempo y no comprometía desafiar frontalmente el control soviético. En este punto, también se debe considerar que para Occidente la preocupación principal en este momento era poner fin a la crisis de Suez, en la cual los propios aliados políticos de Estados Unidos (Francia y Gran Bretaña) estuvieron a punto de desencadenar una conflagración de magnitudes insospechadas. Estados Unidos, manifestó, por una parte su no disposición de secundar a sus aliados en aventuras militares que implicaran un enfrentamiento directo con la URSS, así como también sus disímiles puntos de vista respecto a la defensa de los intereses coloniales. Esto condujo a que EEUU votara en la ONU junto a la URSS contra sus aliados directos, es decir contra Francia y Gran Bretaña, a los cuales el 2 de Noviembre de 1956 se les exigió poner fin a las hostilidades emprendidas contra Egipto.[8] La Crisis de Suez y la humillación a la que se vieron expuestos Gran Bretaña y Francia era una muestra evidente de la debilidad de los países Europeos frente al poderío norteamericano.

Hasta este momento se puede decir que la segunda fase de la Guerra Fría se encuentra en un estado de calma. Es decir, la rivalidad entre los bloques no se ha manifestado en forma latente y aun abundan los gestos de buena voluntad por parte ambos bloques. Será a partir del año 1958 con el desencadenamiento de la crisis de Berlín, que la Guerra Fría entró en una de sus etapas más álgidas, alcanzando el límite con la Crisis de los Misiles en Cuba el año 1962.2. Crisis de Berlín
El 27 de noviembre de 1958, Kruschev lanzó un ultimátum a las potencias occidentales. Envió notas formales a Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia declarando nulo el acuerdo de las cuatro potencias sobre Berlín, insistiendo en que Berlín Occidental fuera transformada en una ciudad libre y desmilitarizada. Si no se llegaba a un acuerdo, en 6 meses la URSS firmaría un tratado de paz con Alemania Oriental y cedería sus derechos de ocupación y rutas de acceso a la RDA. Ello equivalía a un ultimátum a los aliados occidentales
Según señala Henry Kissinger, una de las razones principales que explica esta actitud de Kruschev está dada por la necesidad que tuvo éste de conseguir una manifestación concreta de la supuesta superioridad alcanzada por la URSS en el aspecto militar. Tras la puesta en órbita del Sputnik en 1957, la URSS consideró que ello era prueba de superioridad científica y militar y hasta en occidente llegó a considerarse así. El Secretario General de la Unión Soviética, se lanzó a ofensivas diplomáticas para convertir la supuesta superioridad de los mísiles soviéticos en algún tipo de avance diplomático.[9] Desde esta perspectiva, en Berlín habría de ser demostrada la preeminencia militar soviética. Por su parte Eric Hobsbawm señala que Kruschev, pese a sus intenciones pacíficas, se vio forzado a adoptar en público una actitud más intransigente hacia Occidente, esto esencialmente debido a la crítica realizada por China Comunista quién acusaba a la URSS de haber suavizado su actitud respecto al capitalismo.[10]

Ahora bien, con el ultimátum dado por Kruschev el 27 de noviembre de 1958, se ponía a los países occidentales ante la opción de reconocer a Alemania oriental o ir a la guerra por la cuestión técnica de quién habría de firmar los documentos de tránsito. Como se puede apreciar, el problema que resurge en esta oportunidad tiene que ver, esencialmente, con Alemania y el estado indeterminado en que quedó tras la Segunda Guerra Mundial. Ya fue analizado anteriormente el problema suscitado entre 1948 y 1949 producto del bloqueo de las rutas hacia Berlín por parte de la Unión Soviética. Ahora, 10 años después, el problema alemán es puesto nuevamente sobre la mesa.
¿Cuál es la razón de fondo que insta a Kruschev a poner su diplomacia en pie de guerra?. Según la perspectiva oficial soviética, la razón estaba dada por el hecho de que “Berlín Occidental se ha convertido en un nido de espionaje internacional y de actividad subversiva contra la RDA”. Debido a ello, el Gobierno de la URSS estimaba que la mejor solución del problema debería reflejarse en el tratado de paz que transformara a Berlín occidental en una ciudad libre, exenta de toda ocupación extranjera y ligada en el aspecto económico tanto con el Oeste como con el Este.[11] No obstante, como señala Kissinger, eso no podía ser más que una excusa para ocultar la gran debilidad de la Unión Soviética. Alemania Oriental estaba perdiendo mano de obra debido a que centenares de miles de ciudadanos huían hacia Alemania Occidental a través de Berlín.[12] En estas circunstancias, lo que Jruschev buscaba era pasar el control de Berlín a la RDA, con ello el punto de fuga de los alemanes se eliminaría, pues al parecer esperaba que los occidentales entregaran a la RDA su parte de Berlín.
En la Crisis de Berlín quedó demostrado que la estrategia diseñada durante la Presidencia de Eisenhower no era aplicable, no se utilizaría una “represalia masiva” por causa de Berlín, ni mucho menos por las razones que Kruschev estaba presionando. En efecto, como señala Kissinger al comienzo de la crisis de Berlín, Eisenhower decidió que era más importante calmar al público norteamericano que dar un susto a los gobernantes soviéticos. En una conferencia de prensa el 18 de febrero de 1959, Eisenhower afirmó: “desde luego, no vamos a entablar una guerra en Europa” y para no dejar dudas también excluyó toda defensa de Berlín con armas nucleares: “No sé como podríamos liberar nada con armas nucleares”.[13]
Ahora bien, Eisenhower llegó al final de su gobierno sin lograr avances significativos respecto de la crisis de Berlín. J.F. Kennedy asumió la presidencia cuando la crisis de Berlín casi llevaba tres años. El paso del tiempo había reducido la credibilidad de la amenaza, pero las negociaciones y el encuentro entre Kennedy y Kruschev en Viena en 1961 no sirvieron para mover la posición occidental expresada por el presidente norteamericano en julio de 1961: mantenimiento de la presencia occidental en Berlín, mantenimiento del derecho de acceso y libre elección del régimen político.
La aceleración del ritmo de huidas a la zona occidental precipitó que el 13 de agosto de 1961 se iniciara la construcción de un muro que separaba ambas zonas de la ciudad y aislaba completamente al Berlín occidental. El “Muro de la Vergüenza”, como le llamó Kennedy, indignó a la opinión pública occidental, desacreditó la postura soviética y se convirtió en el doloroso símbolo de la Guerra Fría. El muro pronto se convirtió en un muro de cemento de 5 metros de alto, coronado con alambre y espino, vigilado por torres con guardias armados y minas. Este complejo sistema de muros, vallas electrificadas y fortificaciones se extendió a lo largo de 120 kilómetros, separando a la ciudad y rodeando completamente a Berlín occidental.

NOTAS
[1] Service Robert, Ob. Cit., Página 317
[2] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 204
[3] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 319
[4] Service, Robert, Ob. Cit., Página 320
[5] Ibidem, Página 319
[6] Ibidem, Página 321
[7] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 826
[8] Ibidem, Página 590
[9] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 837
[10] Hobsbawm, Eric, Ob. Cit., Página 247
[11] Academia de Ciencias de la URSS, Ob. Cit., Página 369
[12] Kisinger, Henry, Ob. Cit., Página 840
[13] Ibidem, Página 843

Mapa: El Muro de Berlín

Ante la Construcción del Muro, Estados Unidos mantuvo su código de conducta, es decir no entabló un enfrentamiento directo con la URSS. Y si bien, Kennedy alzó la voz para criticar y abominar su construcción, también se encargó de manifestar públicamente que estaba descartada toda posibilidad de llegar a una guerra por causa de Berlín: “…si yo voy a amenazar a Rusia con una guerra nuclear, tendría que ser por razones mucho más grandes e importantes… que el acceso a una autopista”.[1]

En estas circunstancias, el concepto “equilibrio del terror” comienza a ser comprendido en su magnitud. ¿Qué causa habría justificado comenzar una guerra en que ambos bandos tenían la certeza de ser aniquilados? Hasta este momento (1961), ninguna razón había hecho que las superpotencias consideraran seriamente comenzar una guerra para oponerse a su rival. Cualquier enfrentamiento directo entre ambas potencias tendría que haber sido necesariamente atómico, ya que ambas contaban con arsenales nucleares factibles de ser utilizados. Como señala Hobsbawm, el enfrentamiento entre la URSS y EEUU habría significado un pacto suicida,[2] ante el cual los líderes de ambos bandos finalmente terminaron dando marcha atrás, pues se encontraban atrapados en el dilema nuclear.
Proyecciones de la crisis de Berlín

La crisis finalizó sin ningún acuerdo entre las partes. Según la perspectiva oficial de la Unión Soviética, ante la negativa occidental para firmar un tratado de paz con Alemania, la URSS decidió finalmente, tras los fracasos reiterados de los intentos diplomáticos, levantar un muro en la ciudad de Berlín con el fin de que se transformara en una “barrera insuperable interceptando el camino de los espías, saboteadores y especuladores procedentes del Oeste”.[3]

Ahora bien, después de tres años de ultimátum y amenazas, Kruschev terminó levantando un muro que consolidaba definitivamente la creación de los bloques. Desde este momento el Muro de Berlín pasó a constituirse en el principal símbolo de la Guerra Fría y la consecuente división del mundo en dos bloques. Según la perspectiva de Kissinger, con el fin de romper el estancamiento y no dejar en tanta evidencia su inoperante política de amenazas y ultimátum, Kruschev decidió instalar misiles en Cuba.[4] Así, cuando aun la Crisis de Berlín no tocaba su fin, una crisis aun más peligrosa viene a ocupar la escena internacional.

NOTAS
[1] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 858
[2] Hobsbawm, Eric, Ob. Cit., Página 233
[3] Academia de Ciencias de la URSS, Ob. Cit., Página 370
[4] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 870

EXTRACTO: tesis de pregrado Henríquez, Orrego, Ana, Propuesta Didáctica para la enseñanza de la Guerra Fría, PUCV, Viña del Mar, 2005.

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DOCTRINA TRUMAN, 12 MARZO 1947


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Harry Truman - Doctrina Truman

Harry Truman – Doctrina Truman

Harry Truman.

Presidente Nº 33 de EEUU entre 1945 y 1952

La primera fase de la Guerra Fría abierta comienza en 1947, con la proclamación de la Doctrina Truman y el Plan Marshall por parte de Estados Unidos y el anuncio de la Doctrina Jdanov por parte de La Unión Soviética; prosigue con el Golpe Comunista en Checoslovaquia y el bloqueo de Berlín en 1948, terminando con la Guerra de Corea como conflicto tipo, es decir, como momento cúlmine en el que se estuvo a un paso de llevar a cabo un enfrentamiento directo entre EEUU y la URSS.

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FASES DE LA GUERRA FRIA ABIERTA



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FASES DE LA GUERRA FRÍA ABIERTA
1947: EL COMIENZO DE LA GUERRA FRÍA

La Guerra Fría es un proceso de larga duración, cuya fecha de inicio es discutida por la historiografía especializada, incluso hay quienes sostienen que esta peculiar guerra tiene por punto de partida el año 1917, es decir, el momento en que en Rusia las fuerzas revolucionarias llegaron al poder. No obstante, según el planteamiento pedagógico desarrollado a lo largo del trabajo, los acontecimientos ocurridos entre 1917 y 1945 serán considerados como antecedentes de la Guerra Fría, la cual tiene como punto de partida indiscutible 1947, año en que comienza la consolidación concreta de los bloques, liderados por EEUU y la URSS respectivamente. Como se dejó en evidencia en el apartado anterior, el año 1946 fue marcando el camino hacia el quiebre definitivo de la efímera Alianza de guerra. No obstante, es en 1947 cuando las palabras dan paso a los hechos. Cada una de las potencias comenzó el proceso de consolidación de su respectiva esfera de influencia.

Así pues, como señala Rafael Aracil, la Guerra Fría ya estaba latente entre los años 1945 y 1946, pero alcanzó su manifestación concreta sólo en 1947, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética, se dejaron llevar por la escalada de desconfianza recíproca que les condujo a la ruptura.[1] Según esta perspectiva, la Guerra Fría habría sido provocada por el estado de paranoia y persecución de cada uno de los bandos, más que por amenazas y peligros reales. “La Guerra Fría encontró su origen, menos en la agresividad efectiva de los adversarios, que dieron pruebas en realidad de una gran prudencia, que en la escalada de sus desconfianzas recíprocas”.[2] Cada actor vio en el actuar de su oponente una provocación directa para iniciar el enfrentamiento. Aracil destaca un fuerte componente psicológico en las motivaciones que provocaron el comienzo de la Guerra Fría. Teniendo presente este punto de vista, se pueden explicar las divergencias interpretativas de cada uno de los bloques, ya que cada uno veía en el otro a un agresor, dispuesto a recurrir a todo tipo de estrategias y armas para ampliar su esfera de influencia e ir derrotando así, progresivamente a su rival.

La Guerra Fría se manifestó inicialmente en Europa, donde se produjeron las primeras fricciones entre las dos superpotencias, no obstante, pronto cada una aceptó tácitamente la esfera de influencia de su oponente y así se estabilizó o más bien se congeló la división de Europa durante todo el período que barca la Guerra Fría, desde 1947 hasta 1989-1991. Este último factor fue la causa para que la Guerra Fría se extendiera hacia la periferia, especialmente a aquellos lugares donde la delimitación de las influencias aún no estaba definida, como ejemplo crucial se encuentra Asia, con la excepción de Japón que tras su derrota pasó a ser controlada exclusivamente por Estados Unidos.

LAS FASES DE LA GUERRA FRÍA ABIERTA

Para abordar el estudio histórico del desarrollo de la Guerra Fría, nos ha parecido interesante desarrollar el esquema explicativo propuesto por Juan Pereira. Para este autor, en la historia de la Guerra Fría se pueden distinguir claramente 4 fases, cada una de las cuales estaría caracterizada por un conflicto tipo que la identifica:

Según señala Juan Pereira, cada una de estas fases posee los siguientes elementos constitutivos: “se inicia con un primer período de distensión, moderación en el enfrentamiento, disminución de los conflictos y utilización de un lenguaje sereno y constructivo. En un segundo momento irán a pareciendo signos de tensión que se apreciarán en primer lugar, en el lenguaje que utilizarán los líderes y representantes políticos y militares de ambos bloques; a continuación se intensificarán los conflictos localizados y los presupuestos militares e incluso se romperán negociaciones o acuerdos. La tensión culminará con el estallido de un conflicto tipo, con un momento de máximo enfrentamiento en el que se estará al borde del enfrentamiento bélico directo”.[3]

Pereira en su libro “Los orígenes de la Guerra Fría” esboza este esquema desarrollando sólo el primero de los períodos identificados. En el presente apartado se abordará el estudio de cada uno de estos períodos, poniendo especial énfasis en los conflictos “tipos” de cada una de las fases señaladas. Para alcanzar tales objetivos serán analizadas diversas fuentes: documentos escritos, fílmicos, iconográficos, etc.

NOTAS
[1] Aracil, Rafael, Ob. Cit., Página 109
[2] Ibidem, Página 110
[3] Pereira, Juan, Ob. Cit., Página 33

EXTRACTO: Tesis de pregrado Henríquez, Orrego, Ana, Propuesta Didáctica para la enseñanza de la Guerra Fría, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Viña del Mar, 2005।

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ANÁLISIS DEL TELEGRÁMA LARGO DE GEORGE KENNAN


ANÁLISIS DEL TELEGRÁMA LARGO DE KENNAN

El autor del documento:

George Kennan se especializó en el estudio de la lengua y cultura rusa antes de ingresar en el servicio diplomático norteamericano. Tras permanecer un tiempo en Riga, ciudad letona donde se dedicaba a estudiar la prensa soviética, fue enviado a la embajada en Moscú en 1933, cuando EE.UU. reconoció al gobierno comunista, y allí permaneció hasta 1937. En 1944 fue enviado otra vez a Moscú como alto consejero del embajador Averell Arriman.[1]

Producto de sus estudios, George Kennan se transformó en un conocedor del sistema soviético, llegando, también, a hablar a la perfección el idioma ruso. En el transcurso de tiempo que va desde el establecimiento de relaciones diplomáticas con la URSS (1933) y el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), Kennan trabajó para el servicio exterior norteamericano en varios países, no obstante en los últimos meses de la guerra encontrábase nuevamente en Moscú, estaba a cargo de la embajada, por tanto, vivió desde allí el triunfo de las fuerzas aliadas. Para aquel entonces y producto a los estudios que había realizado de la prensa soviética durante varios años, se sentía conocedor del espíritu soviético y podía prever las dificultades que sobrevendrían una vez que finalizara la guerra.[2]

“Telegrama Largo”:
En febrero de 1946, George Kennan recibe un telegrama del Departamento de Estado Norteamericano en el que se le informa que los Rusos se están negando a unirse al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. En su libro “Al Final de un siglo, Reflexiones, 1982-1995”, Kennan recuerda este hecho de la siguiente manera: “El telegrama del departamento refleja cierto desconcierto acerca de las razones de esta actitud. ¿Por qué habrían los rusos de negarse a participar? ¿Cómo lo explicaría yo?”.[3] Ante tales preguntas, George Kennan comienza a escribir un telegrama dirigido al Departamento de Estado Norteamericano. Ese telegrama es el que hoy conocemos como “Telegrama Largo”, por contener de 8.009 palabras.

“Las fuentes de la Conducta Soviética”:
En julio de 1947, en la Revista norteamericana -Foreign Affairs se publica un artículo titulado “las fuentes de la Conducta soviética”, cuyo autor se oculta bajo el seudónimo de Mister X. Este artículo corresponde a una adaptación literaria del Telegrama enviado por Kennan desde Moscú.

Contenido del documento:

A fines de febrero de 1946, dos semanas más tarde del discurso de Stalin, un largo telegrama de dieciséis páginas fue enviado a Washington desde la embajada norteamericana en Moscú. Había sido redactado por George Kennan, principal experto en asuntos soviéticos del Departamento de Estado.

En el telegrama, George Kennan intentaba explicar al gobierno norteamericano las motivaciones profundas que guiaban el actuar de los soviéticos y las razones por las que se estaba produciendo el quiebre de la alianza. En el documento enviado desde Moscú analizó con detalle el discurso de Stalin y la política soviética desde 1945. Además, en el texto se hacía un minucioso estudio de los objetivos en política interior y exterior de la URSS, destacando cómo los soviéticos estaban elaborando un plan muy preciso de acción internacional, eso se apreciaba a partir de las ayudas a los partidos comunistas de Europa Central y Oriental.[4]

El telegrama de Kennan es recurrentemente citado por la historiografía especializada en la Guerra Fría, ya que es considerado el promotor de la política que posteriormente el Presidente norteamericano Harry Truman estableció como línea directriz del comportamiento norteamericano frente a los soviéticos, nos referimos a la “Contención”.

Ahora bien, como se ha podido apreciar, en el presente estudio se han incorporado dos documentos de George Kennan, el Telegrama enviado al Departamento de Estado y un artículo publicado en la revista Foreign Affairs, los cuales serán analizados en forma conjunta, ya que básicamente en ambos documentos, el autor, expone el mismo análisis, subrayando la necesidad de “contener con paciencia y firmeza las tendencias de la expansión soviética”.

El objetivo de Kennan al escribir el telegrama era explicar la imposibilidad de poder transar o llegar a acuerdos de estilo tradicional con la potencia soviética, esencialmente, porque ésta no compartía ni los parámetros ni los valores occidentales: “De la ideología originaria nada ha sido oficialmente abandonado… sobre todo el antagonismo entre el capitalismo y el socialismo”. En efecto, según indica Kennan, la ideología comunista impregnaba el actuar soviético y ello era la base para comprender sus decisiones respecto de temas tales como su negativa a unirse al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. Para ellos este tipo de instituciones, no podía ser otra cosa que instrumentos del mundo capitalista.

Antes de profundizar en el análisis de los documentos, nos parece interesante recordar lo señalado por el propio Kennan en su libro“Al Final de un siglo, Reflexiones, 1982-1995”. En éste, el autor narra los hechos intentando ponerse en el momento en que acontecieron. Respecto del Telegrama y los objetivos con los que fue escrito, Kennan dice lo siguiente: “Me llena de impaciencia y disgusto esta ingenuidad. Durante dos años he estado tratando de persuadir a la gente de Washington de que el régimen de Stalin es el mismo que conocimos antes de la guerra, el mismo que realizó las purgas, el mismo que concluyó el pacto de no-agresión con los nazis; De que sus líderes no son nuestros amigos. He tratando de persuadir a Washingrton de que los sueños de una feliz colaboración con este régimen en la posguerra son enteramente irreales; de que nuestro problema es más profundo que eso; de que Stalin y sus socios están ahora fascinados con sus recientes éxitos militares y políticos y creen ver perspectivas favorables para la extensión de su influencia política por toda Europa, mediante tácticas de infiltración y subversión. Sostengo que mientras no dejen de lado estas esperazas de color rosa será inútil suponer que participarán en planes idealistas para la colaboración mundial bajo nuestro liderazgo, sobre todo en áreas tales como las de economía y finanzas, donde sus compromisos ideológicos son enteramente diferentes de los nuestros”[5]. En esencia son esas las ideas que fueron vertidas en su respuesta al Departamento de Estado.

A través del telegrama, Kennan explicó que la hostilidad a las democracias era inherente a la estructura soviética y por ello no fructificarían los esfuerzos conciliatorios de occidente: “la ideología les enseñó que el mundo exterior era hostil y que eventualmente su deber era el de derrocar las fuerzas políticas más allá de sus fronteras”. La tensión con el mundo exterior era parte de la naturaleza misma de la filosofía comunista, no obstante, según el análisis presentado por Kennan esta proclamada hostilidad con el exterior y sobre todo con el mundo capitalista, era más bien un instrumento del aparato gubernamental soviético, ya que inventando la existencia de un mundo exterior en constante hostilidad, los métodos represivos y tiránicos pueden ser justificados: “la amenaza a la que la sociedad soviética está sometida por el mundo exterior está fundada no sobre las realidades de un antagonismo internacional, sino en la necesidad de explicar el mantenimiento de una autoridad dictatorial en el país”. Por tanto, el comportamiento de los soviéticos se explicaba a partir de la necesidad que tenían sus gobernantes por mantener en sus manos el poder alcanzado mediante la Revolución de 1917. Por ello, Kennan advertía, el gobierno soviético trataría de continuar su política expansionista hacia Europa occidental, poniendo en grave peligro la seguridad de EE.UU.

Ante tales peligros Kennan sostenía que Estados Unidos tenían la misión global de detener el avance comunista, deteniendo las tendencias expansivas de la Unión Soviética: “Cualquier política de los Estados Unidos respecto a la Unión Soviética debe ser a largo plazo, paciente, firme, pero vigilante en la contención de las tendencias rusas a la expansión… la presión soviética sobre las instituciones libres del mundo occidental es algo que sólo puede pararse mediante la hábil y vigilante aplicación de una fuerza que la contrarrestare en una serie de puntos geográficos ”.Según señala Henry Kissinger, la propuesta de Kennan vino a ser la respuesta que los políticos norteamericanos andaban buscando ante la pregunta ¿Qué hacer ante la expansión soviética?.[6] En definitiva el valor del telegrama fue que no sólo respondió extensamente a las preguntas concretas que el Departamento de Estado estaba realizando (¿por qué la negativa soviética a ingresar al FMI y al Banco Mundial?), sino que se trasformó en el eje estructurante de la política exterior norteamericana durante toda la Guerra Fría. Así, la contención de la expansión comunista en todos los puntos donde intentara penetrar, se convirtió en el eje a partir del cuál se fueron diseñando las distintas políticas aplicadas por Estados Unidos, partiendo por las decisiones auspiciadas por el Presidente Truman y sus colaboradores.

¿Qué significaba concretamente la Contención?. Según la propuesta de Kennan, Contención significaba hacer frente a la ofensiva soviética allí donde ésta se produjese. En términos concretos se estaba apostando por el inmovilismo, ya que tácitamente se aceptaba la presencia soviética allí donde se encontraba hasta ese momento, es decir la Europa oriental y central. Para Henry Kissinger, “la contención fue una teoría extraordinaria: al mismo tiempo empecinada e idealista, profunda en la evaluación de las motivaciones soviéticas, y sin embargo curiosamente abstracta en sus percepciones, profanadamente norteamericana en su utopismo, presupuso que un adversario totalitario podría transformarse en forma esencialmente benigna. Auque esta doctrina se formuló en la cúspide del poderío absoluto norteamericano, predicaba la relativa debilidad de Estados Unidos. Postulando un gran encuentro diplomático en el momento de su culminación, la Contención no daba ningún papel a la diplomacia hasta su escena final en que los buenos aceptaban la conversión de los malos”.[7] En efecto, la contención proponía una actitud de espera, ya que se reaccionaría ante las actitudes expansionistas de la URSS y se esperaría a que la transformación de aquel sistema y su cambio de actitud se produjese luego de una evolución interna. Esta actitud fue ampliamente reprochada par Walter Lipman, periodista conocido por sus estudios sobre la Guerra Fría y también considerado uno de sus principales teóricos. Según Liman, la política norteamericana debía ser guiada caso por caso, mediante un análisis de los intereses de los Estados Unidos y no por principios generales que se suponían eran universalmente aplicables. Desde la perspectiva de Lipman, la Contención propuesta por Kennan implicaba la división indefinida de Europa, mientras que el verdadero interés de Estados Unidos debía encontrarse en expulsar el poderío soviético del centro del continente Europeo.[8]

Un aspecto interesante de destacar de estos dos teóricos de la Guerra Fría es que finalmente la historia y el desenvolvimiento de los procesos propios de este período, les dio la razón a ambos. Por una parte Kennan estaba en lo cierto y el régimen soviético sucumbió sin la necesidad de una ofensiva bélica que habría significado desencadenar la Tercera Guerra Mundial. No obstante, para ver cumplidas las predicciones de Kennan, la humanidad tuvo que esperar 45 años, cuando se produjo el derrumbe de la esfera soviética y la desintegración de la URSS. Walter Lipman, por su parte, también estuvo en lo cierto al sostener que la política de contención era muy ambigua y desapegada a los intereses estratégicos, lo cual condujo a Estados Unidos a defender territorios periféricos que difícilmente comprometían el interés nacional de los Estados Unidos, tales son los casos emblemáticos de Corea y Vietnam.

Ahora bien, subrayando la relevancia histórica de los documentos analizados, ésta estuvo dada a partir de los efectos que provocó en EEUU la recepción del telegrama enviado por G. Kennan. “El telegrama circula por todo el Washington oficial, llega a los otros departamentos y a la Casa Blanca. Se convierte incluso en lectura obligada para centenares de altos oficiales militares”.[9] Las cúpulas gubernamentales hacen del telegrama un objeto de análisis, transformando el informe de Kennan en una de las bases sobre las que se fundamentó la política norteamericana durante todo el período en que se prolongó la Guerra Fría. En efecto, y sobre todo si tenemos presente el análisis que plantea Henry Kissinger, Estados Unidos aplicó durante cuarenta años la teoría de la Contención propuesta por George Kennan, e incluso el final del conflicto se produjo de manera muy parecida a sus predicciones,[10] es decir, por la transformación interna del sistema soviético sin la necesidad de llegar a enfrentamiento directo en algún campo de batalla. Esto último habría significado haber comenzado la Tercera Guerra Mundial, con sus nefastas consecuencias para toda la humanidad.

El Telegrama Largo. G. Kennan

La política soviética se ha orientado siempre hacia un fin último que es la revolución mundial y la dominación del mundo por los comunistas. La política soviética no ha cambiado nunca a este respecto y, por tanto, es posible prever que no cambiará en el futuro (…). Las vituperaciones de los hombres de Estado y de la prensa soviéticas contra el imperialismo, la agresión, la iniciación de la guerra, la injerencia en los asuntos internos y todas las pretendidas tentativas de dominación del mundo, son tan fiel reflejo de las costumbres, procedimientos y propósitos de la Unión Soviética que a veces nos preguntamos por qué Moscú tiene tanto empeño en llamar la atención sobre ello.
La táctica soviética a menudo ha sido modificada en el curso de los últimos veinte años, pero cuanto más se estudian las declaraciones y la política de la URSS, más nos damos cuenta hasta qué punto los principios de base del leninismo-stalinismo son intangibles y hasta qué punto son opuestos a los objetivos, los deseos y las vías de la democracia occidental. Se advertirá al leer las declaraciones realizadas desde hace dos decenios por los jefes y los portavoces del régimen en las reuniones del Partido que no hay una solución de continuidad en el pensamiento soviético, y la consigna que se mantiene siempre es: la hostilidad fundamental a la democracia occidental, al capitalismo, al liberalismo, a la socialdemocracia y a todos los grupos y elementos que no estén completamente sometidos al Kremlin. Este propósito inmutable fue subrayado por Stalin en el discurso que pronunció en 1927 con ocasión del décimo aniversario de la revolución. La Unión Soviética, dijo, debía convertirse en «el prototipo de amalgama futura de los trabajadores de todos los países en una sola economía mundial».
En 1927, igualmente, Stalin declaró a una delegación obrera americana: «En el curso del desarrollo futuro de la revolución internacional, se formarán dos centros mundiales: el centro socialista, que atraerá hacia él a todos los países que graviten en torno al socialismo, y el centro capitalista, que atraerá hacia él a todos los países que graviten en torno al capitalismo. La lucha librada entre estos dos centros por la conquista de la economía mundial decidirá la suerte del capitalismo y del socialismo en el mundo entero» (…)
Al final de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno soviético se encontraba en una encrucijada. No sólo la Unión Soviética había adquirido el respeto y ya no solo el temor como potencia, sino que además se aceptaba la legitimidad de su régimen. Casi por todas partes en el mundo se estaba dispuesto a dar pruebas de toda la buena voluntad posible hacia ella. La Unión Soviética muy bien podría haber continuado viviendo en paz satisfecha de las conquistas y de las victorias logradas durante la guerra y de las cuales debía gran parte a sus reconocidos y confiados aliados. Si hubiera querido dar muestra de un espíritu de cooperación actuando honestamente en el juego internacional, estos beneficios no habrían sido inferiores a aquellos que había obtenido en definitiva y los habrían logrado con mucha más seguridad en un mundo relativamente en calma y pacífico
«.

George Kennan: Los orígenes del comportamiento soviético. julio de 1947

«La personalidad política de la potencia soviética, tal y como hoy la conocemos, es el producto de las circunstancias y de la ideología: una ideología heredada por los líderes soviéticos actuales del movimiento que constituyó su origen político y unas circunstancias del poder que ya llevan ejerciendo en Rusia casi tres décadas (…)Actualmente, la circunstancia sobresaliente en el régimen soviético es que hasta el día de hoy este proceso de consolidación política nunca ha sido completado y que los hombres del Kremlin han seguido estando predominantemente absortos en una lucha por asegurar y hacer absoluto el poder que usurparon en noviembre de 1917. Han seguido asegurándolo fundamentalmente contra fuerzas dentro del país, dentro de la sociedad soviética misma. Pero también se han esforzado en asegurarlo contra el mundo exterior. Porque, como hemos visto, la ideología les enseñó que el mundo exterior era hostil y que eventualmente su deber era el de derrocar las fuerzas políticas más allá de sus fronteras. (…)

De la misma manera se ha puesto mucho énfasis en la tesis original comunista de un básico antagonismo entre el mundo capitalista y socialista. Está claro, como nos lo señalan muchos indicios, que este énfasis no está fundado en la realidad. Los hechos reales relativos a ellos han sido confundidos con la existencia en el extranjero de un auténtico resentimiento provocado por la filosofía y tácticas soviéticas, y ocasionalmente con la existencia de grandes centros de poder militar, como fueron el régimen nazi en Alemania y el gobierno japonés de finales de los treinta, quienes albergaban intenciones agresivas contra la Unión Soviética. Pero hay evidencias abundantes de que la importancia que Moscú da a la amenaza a la que la sociedad soviética está sometida por el mundo exterior está fundada no sobre las realidades de un antagonismo internacional, sino en la necesidad de explicar el mantenimiento de una autoridad dictatorial en el país.

Ahora bien, la perpetuación de este esquema de poder soviético, a saber: la búsqueda de una autoridad sin límites en el ámbito interno, acompañado por el cultivo de un cuasimito de una implacable hostilidad extranjera, ha influido mucho a la hora de modelar la actual maquinaria del poder soviético tal y como hoy la conocemos.

(…) Esto es todo lo que podemos decir, en lo que a antecedentes históricos se refiere. Pero ¿qué papel juega en la personalidad política del poder soviético que hoy conocemos?

De la ideología originaria nada ha sido oficialmente abandonado (…)

El primero de estos conceptos es el del innato antagonismo entre capitalismo y socialismo (…) Invariablemente debe asumirse en Moscú que los objetivos del mundo capitalista son antagónicos con los del régimen soviético y, por lo tanto, a los intereses de los pueblos que controla (…)  Básicamente, el antagonismo subsiste, es necesario y de él derivan muchos de los fenómenos que vemos como desestabilizadores en la conducta del Kremlin en política exterior. El secretismo, la falta de franqueza, la duplicidad, la cautelosa desconfianza y la básica enemistad de propósito. Estos fenómenos están llamados a permanecer en el futuro previsible (…)  Esto quiere decir que vamos a seguir encontrando que es difícil negociar con los soviéticos (…) Esto nos lleva al segundo de los conceptos importantes en la perspectiva soviética contemporánea, esto es, la infalibilidad del Kremlin. El concepto soviético de poder, que no permite ningún centro de posible organización fuera del partido, requiere que los dirigentes del partido sean, en teoría, los únicos depositarios de la verdad (…)

Sobre el principio de infalibilidad descansa la disciplina férrea del Partido Comunista. De hecho, los dos conceptos se apoyan mutuamente. La disciplina perfecta requiere el reconocimiento de la infalibilidad, ésta requiere la observancia de la disciplina (…) pero su efecto no puede ser comprendido sin tener en cuenta un tercer factor; es decir, el hecho de que la clase dirigente tiene libertad para plantear, por motivos tácticos, cualquier tesis concreta que considere útil a la causa en un momento dado y para pedir a los miembros del movimiento, considerados como un todo, que acepten sin discusiones y fielmente la nueva tesis. Esto significa que la verdad no es una constante, sino que es creada para todas las intenciones y propósitos por los líderes soviéticos mismos. (…)

Estas consideraciones convierten a la diplomacia soviética en más fácil y a la vez más difícil para negociar que la diplomacia de líderes agresivos, como fueron Napoleón y Hitler. Por un lado, es más sensible a las fuerzas contrarias, está más dispuesta a ceder en sectores concretos del frente diplomático cuando esas fuerzas son sentidas con demasiada intensidad y, por tanto, es más racional en la lógica y retórica del poder. Por el otro lado, no se le puede derrotar o disuadir fácilmente con una sola victoria de sus oponentes. Y la persistente paciencia que le anima se traduce en que no puede ser efectivamente contrarrestada con factores esporádicos que representan momentáneos caprichos de la opinión democrática, sino sólo por políticas inteligentes, a largo plazo, llevadas a cabo por los adversarios de Rusia; políticas no menos firmes en sus propósitos y no menos variadas y llenas de recursos a la hora de su aplicación que las de la Unión Soviética.

En estas circunstancias, está claro que el elemento principal de cualquier política de los Estados Unidos respecto a la Unión Soviética debe ser a largo plazo, paciente, firme, pero vigilante en la contención de las tendencias rusas a la expansión. (…) Por esta razón, es una condición sine qua non para llevar a cabo una negociación fructífera y con éxito con Rusia que el Gobierno extranjero en cuestión permanezca en todo momento sosegado y unido y que sus demandas a la parte rusa sean presentadas de manera que su puesta en práctica no perjudique demasiado el prestigio soviético.

A la luz de lo arriba afirmado, se verá claramente que la presión soviética sobre las instituciones libres del mundo occidental es algo que sólo puede pararse mediante la hábil y vigilante aplicación de una fuerza que la contrarrestare en una serie de puntos geográficos y políticos que constantemente se encuentren a la deriva y que corresponden a las maniobras y virajes de la política soviética, pero que no pueden esfumarse o borrarse del mapa. (…)

En definitiva, el futuro del poder soviético puede resultar menos seguro de lo que la capacidad rusa para el autoengaño puede hacer creer a los hombres del Kremlin. Que son capaces de conservar el poder, lo han demostrado. Mientras tanto, los malos momentos de su Gobierno y las vicisitudes de la vida internacional han restado mucho de la fuerza y a la esperanza del gran pueblo sobre el que se sostiene el poder. (…)

Es claro que los Estados Unidos no pueden albergar, en un futuro previsible, de disfrutar de una intimidad política con el régimen soviético, Deben seguir considerando a la Unión Soviética como un rival en la arena política y no como un socio. Deben seguir esperando que la política soviética continúe sin reflejar ningún amor abstracto hacia la paz, ninguna fe sincera en la posibilidad de una permanente y feliz coexistencia entre los mundos socialista y capitalista, sino que, más bien, es probable que siga existiendo una cauta y persistente presión para quebrar y debilitar toda influencia y poder rival.

Frente a esto, tenemos la realidad de una Rusia que, opuesta al mundo occidental en general, continúa siendo, con diferencia, la parte más débil; que la política soviética es altamente flexible y que la sociedad soviética probablemente tiene defectos que eventualmente mermarán su propio potencial global. Esto, de por sí, daría garantías suficientes a los Estados Unidos para iniciar con razonable confianza una política firme de contención, diseñada para hacer frente a los rusos con una inalterable fuerza de reacción en todos aquellos puntos donde se detectan signos de que están intentando introducirse en contra del interés de un mundo pacífico y más estable.

Pero en la actualidad las posibilidades de la política americana no deben reducirse a mantener a raya a los rusos y esperar que ocurra lo mejor. Está totalmente al alcance de los Estados Unidos el influenciar con sus acciones los acontecimientos internacionales en Rusia y en todo el movimiento comunista internacional, quien determina, en gran medida, la política rusa (…) Es más bien una cuestión de hasta qué punto pueden los Estados Unidos crear en la mente de los pueblos del mundo la impresión general de que es un país que sabe lo que quiere, que hace frente con éxito a sus problemas internos y a sus responsabilidades de potencia mundial y que tiene una vitalidad espiritual capaz de mantener su ideología entre las corrientes de pensamiento de mayor importancia de su tiempo. En la medida en que se consiga crear y mantener esta impresión, los objetivos de la Rusia comunista deben aparecer como estériles y quijotescos, deben hacer el entusiasmo y las esperanzas de los partidarios de Moscú, y mayor presión deberá imponerse sobre la política exterior del Kremlin (…)

Sería exagerado decir que el comportamiento americano, por sí solo y sin ayuda, puede ejercer un poder decisivo sobre el movimiento comunista y que puede acelerar la caída del poder soviético en Rusia. Pero lo que sí tienen los Estados Unidos en su mano es el poder para someter a una gran presión a la Unión Soviética, lo que la obligaría a una determinada política, forzando al Kremlin a aplicar un grado de moderación y circunspección mucho mayor que el observado en los últimos años y de esta manera promocionar las tendencias que deberán algún día buscar su expresión bien con la ruptura o bien durante la progresiva maduración del poder soviético (…)

Por tanto, la decisión recaerá realmente, y en gran medida, sobre este país. La cuestión de las relaciones soviético-americanas es esencialmente una prueba del poder global de los Estados Unidos como nación entre naciones (…)

Seguramente nunca existió una prueba más acertada para calibrar la calidad de una nación que ésta (…) (la cual) experimentará cierta gratitud hacia la Providencia, quien, al asignar al pueblo americano este reto implacable, ha hecho depender su seguridad como nación de su habilidad para mantenerse unido y para aceptar las responsabilidades del liderazgo moral y político que la historia le ha encomendado».


Fuente: George Kennan. Foreign Affairs, 1947.Fuente: X, The Sources of Soviet Conduct, en Foreing Affairs, vd. 25, número 4, Julio 1947.

NOTAS
[1] Ver: Kennan, George, Ob. Cit., Páginas 33 a 42.
[2] Ibidem, Página 35
[3] Ibidem, Página 41
[4] Pereira, Juan, Ob. Cit., Página 27
[5] Kennan, George, Ob. Cit., p. 42
[6] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 434
[7] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 459
[8] Ibidem, Página 452
[9] Kennan, George, Ob. Cit., Página 42
[10] Kissinger, Henry, Ob Cit., Pagina 798

EXTRATO: Tesis Guerra Fría, Ana Henriquez Orrego.

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GUERRA FRÍA ABIERTA: 1945-1989 (1991)


Ver: Todo sobre Guerra Fría

Cartel de propaganda Soviético, durante la Segunda Guerra Mundial

Palabras claves: Discurso de Stalin «Nuevo plan quinquenal»

GUERRA FRÍA ABIERTA: 1945-1989 (1991)Desde el punto de vista cronológico, este período abarca gran parte de la segunda mitad del siglo XX, teniendo como punto de partida el final de la Segunda Guerra Mundial y como etapa culminante la desintegración de la Unión Soviética entre los años 1989 y 1991. Para el historiador británico Eric Hobsbawm “este período en su conjunto siguió un patrón único marcado por la peculiar situación internacional que lo dominó hasta la caída de la URSS: el enfrentamiento constante de las dos superpotencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial, la denominada Guerra Fría”.[1]

Respecto de la fecha de inicio de este período, algunos autores consideran que ya en las últimas conferencias sostenidas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en el año 1945, es posible evidenciar los síntomas de la inevitable ruptura entre los aliados.[2] No obstante, como señala Juan Pereira, es en el año 1946 cuando comienza a trazarse el camino hacia la Guerra Fría, la cual tiene su punto de partida en 1947 con la aplicación de la Doctrina Truman. El distanciamiento y las infranqueables diferencias entre los mundos liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética fueron quedando en evidencia a partir de una serie de discursos y otro tipo de documentos en los que ambas partes fueron manifestando sus percepciones acerca del otro y también delineando las directrices en que se fundamentaría su política exterior.

En este contexto se enmarcan los documentos que se analizan a continuación. A través de George Kennan y Wiston Churchill conoceremos la perspectiva occidental acerca del nuevo escenario que surge tras la Segunda Guerra Mundial, mientras que a partir de los discursos de José Stalin conoceremos las percepciones soviéticas.

1946: EL CAMINO HACIA LA GUERRA FRÍA

A partir de los siguientes documentos podremos constatar, que en el período inmediatamente posterior al término de la Segunda Guerra Mundial, se va produciendo el quiebre de la alianza entre los soviéticos y los países occidentales. A través de estos escritos se van perfilando las posiciones que cada uno de los bandos adoptó en el período de la posguerra.

Documentos que se analizan en el presente apartado:

1. Discurso de Stalin: “Nuevo Plan Quinquenal para Rusia”. 9 de febrero de 1946
2. Telegrama de George Kennan: El “Telegrama Largo”. Febrero de 1946
3. Discurso de Wiston Churchill en Fulton: El “Telón de Hierro”. 5 de marzo de 1946
4. Respuesta de Stalin al Discurso de Churchill. 13 de marzo de 1946

Como se constatará a partir de los siguientes documentos, 1946 es el año en que comienza a quedar en evidencia la separación del mundo en dos bloques, o como diría Henry Kissinger, el sueño de Roosevelt de un mundo gobernado en armonía por las Grandes potencias, comienza a resquebrajarse.[3] En febrero de 1946, Stalin pronunció un duro discurso en Moscú en el que no dudó en afirmar que el capitalismo y el comunismo eran “incompatibles” y que la URSS debía prepararse para un período de rearme, ya que según su análisis la próxima guerra era inevitable. Dos semanas después, George Kennan, experto en asuntos soviéticos del Departamento de Estado norteamericano, envió un telegrama a Washington. Este telegrama de dieciséis páginas contenía su análisis respecto de las verdaderas intenciones de la Unión Soviética: “La URSS era un estado irrevocablemente hostil a Occidente que continuaría con su política expansionista”. El 5 de marzo del mismo año, Wiston Churchill visitó los EE.UU. y pronunció un célebre discurso en la universidad de Fulton, en el estado de Missouri. En su discurso, Churchill consagró la expresión “telón de hierro” para referirse a la frontera que separaba a la Europa dominada por el ejército soviético de la Europa dominada por los países occidentales. Por su parte, Stalin no tardó en responder al discurso de Churchill, comparándole con Hitler y advirtiendo que ante una próxima guerra, los países en nombre de los cuales hablaba (Gran Bretaña y Estaos Unidos), correrían la misma suerte que los nazis.
En definitiva, el año 1946 supuso el fin del entendimiento entre los aliados y esto se puso en evidencia a partir de diversas declaraciones por parte de ambos bandos. A continuación se analizan fragmentos significativos de los documentos mencionados.

NOTAS
[1] Hobsbawn, Eric, Ob. Cit., Página 230.
[2] Freedman, Lawrence, El Enfrentamiento de las superpotencias, 1945-1990. Página 249. En: Michael Howard, Historia de Oxford del Siglo XX, Editorial Planeta, España 1999.
[3] Ver Kissinger, Ob.Cit., Capítulo XVI, “Tres enfoques a la paz: Roosevelt, Stalin y Churchill en la Segunda Guerra Mundial”

Documento 1: Discurso de Iósif Stalin. 9 de febrero 1946.

Extracto:

(…) Ocho años han pasado desde las anteriores elecciones al Soviet Supremo. Éste fue un período repleto con eventos de decisiva naturaleza. Cinco años fueron de intenso trabajo en cumpliendo del Tercer Plan Quinquenal. Seis años cobijaron eventos de guerra contra alemán y Japoneses agresores… Indudablemente, la guerra fue el principal evento durante este período.“Ahora, la victoria significa ante todo, que nuestro sistema social soviético ha ganado; que el sistema social ha pasado la prueba de fuego de la guerra y ha probado su completa vitalidad (…). El sistema social soviético ha demostrado ser más capaz de vivir y ser más estable que un sistema social no soviético (…). El sistema social soviético es una forma mejor de la organización de la sociedad que ningún sistema social no soviético.

(…) Nuestros marxistas declaran que el sistema capitalista de economía mundial entraña elementos de crisis y de guerra; que el desarrollo del capitalismo mundial no sigue un camino firme y uniforme hacia delante, sino que procede mediante crisis y catástrofes. El desigual desarrollo de los países capitalistas conduce, con el tiempo, a grandes disturbios en sus relaciones, y los grupos de países que se consideran inadecuadamente provistos de materias primas y mercados de exportación suelen tratar de modificar esta situación y de cambiar su posición mediante la fuerza armada”

“Si nosotros proporcionamos a nuestros sabios la ayuda necesaria, sabrán no solo alcanzar, sino también adelantar, en un próximo futuro, los resultados logrados por la ciencia, más allá de las fronteras de nuestro país”

“Nuestro Partido se propone la organización de un nuevo salto adelante de la economía nacional que nos permitirá, por ejemplo, triplicar nuestra capacidad industrial en comparación con el nivel de antes de la guerra”
“La tarea es duplicar la producción de hierro colado, multiplicar por 15 la producción de acero, cuadriplicar la producción petrolera… solo en estas condiciones quedará nuestro país asegurado contra toda eventualidad. Tal vez esto requiera de tres nuevos planes quinquenales, si es que más. Pero se puede hacer y debemos hacerlo”

 

Fuente: De Folleto Colección, J. Stalin, Discursos Entregaron a Reuniones de Electores De Stalin Electoral District, Moscú, Extranjero Idiomas Editorial, Moscú, 1950, Pp. 19-44.

Análisis del Documento


El autor del documento:

 

José Stalin, (1879-1953). Máximo dirigente de la URSS tras la muerte de Lenin. Miembro destacado del Parido Bolchevique desde su juventud, desempeñó puestos importantes a partir de la Revolución de Octubre de 1917. Ocupó la Secretaría General del Partido en 1922. después de la muerte de Lenin en 1924, eliminó a sus adversarios, logrando un poder indiscutido que le permitió instaurar una férrea dictadura personal hasta 1953.

Destinatarios, lugar y fecha:

Con ocasión de la elección del Sioviet Supremo, Stalin habló el 9 de febrero de 1946 en el teatro Bolshói, uno de los monumentos más famosos de Rusia desde su reconstrucción en 1854. Las 4.000 localidades estaban ocupadas por un público de miembros del Partido, oficiales del ejército y funcionarios.

Como señala, Kissinger, el contexto en que Stalin pronunció el discurso era el siguiente: los ministros de asuntos exteriores de la Alianza aún se reunían regularmente y las tropas norteamericanas se estaban retirando a toda prisa de Europa.[1]

Contenido del documento:

Ante la inevitabilidad de la guerra que se produciría por causa del choque de los intereses capitalistas, era necesario que la URSS se preparara para ello, promoviendo la industria pesada y la colectivización de la agricultura. A través del discurso Stalin demuestra el endurecimiento ideológico, y por los observadores será percibido como el toque de la alarma de la guerra.[2] Al describir las causas de la guerra, Stalin afirmó que ésta no había sido causada por Hitler, sino por el funcionamiento del sistema capitalista. Con esto seguía sosteniendo que un mal intrínseco del capitalismo son las fuerzas agresivas que conducen a las inevitables guerras. Tarde o temprano sería inevitable un nuevo conflicto, y lo que la Unión Soviética estaba experimentando era un armisticio y no una verdadera paz, la guerra civil capitalista era inevitable. Ante eso lo único que quedaba a la Unión Soviética era fortificarse.[3]

En su análisis del conflicto que acababa de terminar, Stalin no dedicó ninguna expresión de gratitud a los demás aliados, ni a la Gran Bretaña ni a los Estados Unidos. No sólo no fueron mencionados los aliados sino que Stalin evitó cuidadosamente cualquier comentario susceptible de sugerir que existieran. Al comienzo del discurso Stalin explicó que la última guerra estalló “como resultado ineluctable del desarrollo de las fuerzas económicas y políticas mundiales sobre la base del moderno capitalismo monopolista”, puesto que, al fin y al cabo, “el desarrollo del capitalismo mundial no se produce como un avance continuo y tranquilo, sino a través de las crisis y de la guerra”.
La primera consecuencia del reciente conflicto era que demostraba que el sistema social soviético podía prevalecer. La guerra no sólo había demostrado que el sistema soviético era “una forma de organización perfectamente viable y estable”, sino también que era “una forma de organización superior a todas las demás”. Prosiguiendo con estas ideas, Stalin afirmó: “nuestra victoria demuestra que nuestro Estado soviético ha vencido, que nuestro Estado multinacional soviético ha resistido todas las pruebas de la guerra y ha demostrado su viabilidad”
Lo tercero que demostraba la victoria, prosiguió Stalin, era que el Ejército Rojo, cuya capacidad había sido puesta por muchos en tela de juicio cinco años atrás, había superado las adversidades de la guerra. La guerra había barrido todas aquellas dudas “injustificadas” y “ridículas”: ahora sería “imposible dejar de admitir que el Ejército Rojo era un ejército de primera clase, de cuyos éxitos se podía aprender mucho”.

En lo tocante al desarrollo económico, Stalin prosiguió diciendo que “Nuestro Partido se propone la organización de un nuevo salto adelante de la economía nacional que nos permitirá, por ejemplo, triplicar nuestra capacidad industrial en comparación con el nivel de antes de la guerra”; y ahí llegó la frase clave de todo el discurso: “Sólo en estas condiciones podemos considerar asegurado nuestro país contra cualquier eventualidad, aunque ello exigirá quizá tres nuevos Planes Quiquenales, o quizá más”. Con el discurso Stalin estaba restableciendo una política de confrontación con Occidente. Por muchos observadores fue percibido como “el toque de alarma de Guerra”.[4]

NOTAS
[1] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 426
[2] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit. Página 75
[3] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 427
[4] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 76

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