DIEGO PORTALES


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Si lo que buscas son síntesis históricas

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Lo que se presenta a continuación es una extensa investigación referida a Diego Portales, su iderario pólítico y la posibilidad de ver reflejado éste en las páginas del priódico El Araucano.

TRANSCRIPCIÓN DEL TRABAJO DE DIEGO PORTALES

«LA SOCILIZACION DEL IDEARIO POLÍTICO DE DIEGO PORTALES EN EL ARAUCANO»

NOTA INTRODUCTORIA

“Uno de los rasgos más característicos de Portales fue su ascendiente sobre los hombres de su generación, lo que le permitió influir en el gobierno de Prieto y en la conducta pública de algunos contemporáneos como Bello, Egaña, Garrido, Tocornal, etc. En la política interna su participación fue protagónica… El hecho es que sus consejos fueron escuchados con atención, y normalmente primaron y dieron el tono a dicha administración”.[1]

La hipótesis que pretendemos verificar a través de la siguiente investigación es la siguiente: Sin ser el periódico oficial, El Araucano se convirtió en el portavoz de los valores políticos del Gobierno instituido tras la revolución de 1829 y en su discurso es posible identificar fuertes vinculaciones con el ideario político de Diego Portales.

Nuestro principal objetivo será identificar las ideas fuerza o lineamientos directrices de las ideas socializadas en El Araucano para luego contrastarlas y compararlas con el ideario político de Diego Portales.

Compararemos y contrastaremos el pensamiento político de Portales con las “ideas fuerza” desarrolladas en El Araucano. Utilizaremos como límites cronológicos el inicio de esta publicación periódica (17 de septiembre de 1830) y la fecha de promulgación de la Constitución reformada (25 de mayo de 1833). La razón que fundamenta este encuadre cronológico es que la Constitución de 1833, podría considerarse como la concretización de las ideas de portales sobre como debía ser el Estado en Chile, puesto que como afirma Bernardino Bravo “la constitución de 1833 no se dictó para establecer un régimen de Gobierno, sino para consolidar uno ya establecido”.[2]

En cuanto a los límites documentales, el objetivo primario será analizar la socialización de ideas y valores políticos a través de las páginas de El Araucano, en contraste y comparación con el ideario político que Diego Portales esbozó a través de su correspondencia.

Para ello partimos de dos premisas:

Primero que El Araucano, sin ser el periódico oficial se convirtió en portavoz del Gobierno establecido en Chile tras la revolución de 1829-30. Segundo que Diego Portales, sin llegar a ocupar la presidencia del país, fue el hombre que mayor influencia tuvo en la organización y estabilización de la naciente República.

Por lo anterior, las fuentes primarias que se analizarán en la presente investigación se remiten, esencialmente, a los mensajes editoriales del periódico El Araucano, incluyendo en algunos casos, otras secciones de dicha publicación. Con el objeto de contrastar con la información anterior se ha llevado a cabo una selección de las principales cartas de Diego Portales en las que expresa su opinión respecto del acontecer político del país.

El material bibliográfico en que hemos sostenido nuestro análisis es diverso y en muchos casos contradictorio, ello se explica a partir de las controversias que ha generado en el mundo historiográfico la figura de Diego Portales, estimado u odiado, constructor de un nuevo orden o tirano, y todo tipo de epítetos referidos a su acción política desfilan entre las páginas dedicadas a su persona. No es nuestra intención forjar un nuevo juicio histórico hacia este “personaje”, por ello es que procuraremos esbozar las principales visiones historiográfica que se han hecho cargo de su análisis, pero nuestro objeto final se remitirá a analizar en qué medida su pensamiento e ideario político se encuentra reflejado en las ideas socializadas en el periódico El Araucano, es decir, de qué modo sus percepciones respecto del gobierno, del tipo de gobernante, del tipo de justicia, del tipo de ciudadano idóneo se refleja en los planteamientos de los redactores de dicho periódico.

Entre los autores que guiarán nuestro análisis se encuentra principalmente Ramón Sotomayor Valdés con su libro “Historia de Chile bajo el Gobierno del general Joaquín Prieto”, Alberto Edwards con “La fronda aristocrática”, Alejandro Guzmán con “Portales y el Derecho”, Raúl Silva con “Ideas y confesiones de Portales”, Bernardino Bravo (compilador) con “Portales, el Hombre y su obra”, Simon Collier con “La construcción de una República 1830-1865”, Gabriel Salazar con “Construcción de Estado en Chile”, Sergio Villalobos “Portales una falsificación histórica”, entre otros.

Para cumplir los objetivos señalados, la investigación ha sido estructurada en cuatro capítulos. En el primero de ellos titulado “El rol de Diego Portales en la Génesis del Estado en Chile”. En este apartado expondremos la síntesis de los planteamientos de los principales investigadores que se han abocado al estudio de Portales, pero sólo destacando aquellos aspectos que nos parezcan relevantes en lo referido a la configuración del Estado.

En el segundo capítulo, titulado “Diego Portales y la instauración de un gobierno fuerte y autoritario” nos proponemos delinear y exponer la esencia del ideario político de Diego Portales, acudiendo a sus epístolas como fuente principal de donde podremos desentrañar su pensamiento. Así, una vez que conozcamos, en esencia, el ideario político de Diego Portales será posible adentrarnos, netamente, en el análisis comparativo de tales ideas y de su posible socialización a través de “El Araucano”.

Para llevar a cabo tal empresa investigativa partimos de las siguientes premisas: Por una parte, que este periódico vendría a ser la concreción de una propuesta del propio Portales, quien manifestó su interés por promover la transparencia de la marcha del Gobierno[3] y, por otra parte, que la “dominante” personalidad de Portales se trasformó en el referente de los hombres comprometidos con el Gobierno Conservador. A partir de lo expuesto, el problema que se nos plantea es el siguiente: si Diego Portales es el hombre más influyente y decisivo en la instauración del Gobierno Conservador tras el triunfo de éstos en Lircay[4] ¿En qué medida y en qué aspectos tal influencia puede verse reflejada en el principal medio de difusión que respaldó al Gobierno a partir de septiembre de 1830?.

Ante estas circunstancias, nos adentramos en el estudio y análisis de “El Araucano” con el objeto de, en primer término, conocer los ejes directrices entorno a los cuales estructura su mensaje y su discurso, para luego, contrastarlo con el ideario político de Diego Portales. En definitiva, buscaremos conocer las ideas fuerza (conceptos) que pretenden ser socializados por “El Araucano”, y a través de éstas consideramos que será posible perfilar las características del Estado instaurado en Chile a partir de 1830, es decir, podremos conocer y constatar, desde el punto de vista conceptual, las bases sobre las que se cimentó la génesis de nuestro Estado.
Para ello en el tercer capítulo, titulado “El Araucano: periódico portavoz del Gobierno Conservador”, presentaremos una caracterización general del periódico, desde el punto de vista estructural y conceptual, subrayando las principales líneas temáticas abordadas en el periodo analizado (septiembre de 1830 a junio de 1833), en este capítulo también se explicará la vinculación del periódico con el Gobierno y las razones por las cuales es difusa su catalogación de periódico oficial.

En el cuarto y último capítulo, titulado “Ideas fuerza de El Araucano en contraste con el ideario político de Diego Portales”, se presenta el resultado del análisis sistemático de los contenidos conceptuales desarrollados por El Araucano en el período en cuestión. Será en este capítulo donde se apreciará, netamente, nuestras técnicas de levantamiento de información, las cuales, en esencia, consistieron en extraer en fichas temáticas la síntesis de las principales ideas contenidas en los mensajes editoriales y en la sección dedicada a los documentos gubernamentales. A partir de tales fichas se elaboraron cuadros de síntesis y un cuadro estadístico en que se expone la frecuencia con que cada temática es tratada a lo largo del periodo investigado. Considerando tales parámetros se identificarán las ideas fuerza socializadas por El Araucano y luego se contrastarán con el ideario político de Diego Portales, intentando establecer similitudes y diferencias.
Finalmente, es preciso señalar que el presente estudio es el producto del Seminario de “Génesis del Estado en Chile” del Programa de Magíster en Historia de la PUCV, dirigido por el profesor Santiago Lorenzo, a quien se agradece la oportunidad de explorar estos interesantes ámbitos de la investigación histórica.

Capítulo I
El rol de Diego Portales en la génesis del Estado en Chile

¿Qué elementos conceptuales y fácticos primaron en la formación y génesis del Estado en Chile?. Tal es la interrogante que intentaremos dilucidar a lo largo del presente capítulo. Para cumplir tal objetivo expondremos y contrastaremos diversas posiciones historiográficas, que nos permitirán formarnos un panorama general respecto de la problemática planteada.

Si bien, puede ponerse en discusión la problemática respecto de cuándo se encuentra realmente instituido el Estado de Chile, nuestro objetivo se aleja de tales conjeturas, puesto que lo que delinearemos en el presente capítulo son algunas de las vertientes interpretativas respecto del rol de Diego Portales en la génesis de nuestro Estado.

Como se desmostará a lo largo del presente trabajo, Portales no fue, ni pretendió ser, un teórico de doctrinas políticas, ni filosóficas, por tanto, el rol que ha de haber desempeñado en la instauración del Estado de Chile no se relaciona con esos ámbitos, sino que se liga a la gran preponderancia y ascendiente que logró tener entre los círculos de poder de su época. En relación a esto, Alberto Edwards dirá: “su concepción política pasó a ser patrimonio común de todo el mundo”.[5]

Partiendo entonces, de tal premisa o tal supuesto, nos adentramos en el estudio y análisis del rol político de Diego Portales en la génesis del Estado de Chile. En estas circunstancias volvemos a retomar nuestra pregunta inicial: ¿Cuáles son los elementos conceptuales y fácticos que delineas la configuración del Estado de Chile?.

Para dar respuesta a esta amplia pregunta, expondremos en este apartado la síntesis de los planteamientos de los principales investigadores que se han abocado al estudio de Portales, pero sólo destacando aquellos aspectos que nos parezcan relevantes en lo referido a la configuración del Estado.
Entre los principales investigadores que se han propuesto conocer y en algunos casos, enjuiciar el rol político de Diego Portales contamos durante el siglo XIX a los liberales José Victorino Lastarria (1861), Benjamín Vicuña Mackena (1863), Isidoro Errázuriz (1877) y Barros Arana (1896). Los conservadores Ramón Sotomayor Valdés (1875) y Carlos Walker (1879). Mientras que en el siglo XX entre los más destacados investigadores de Portales figuran Alberto Edwards (1927), Francisco Encina (1934), Mario Góngora (1982), Sergio Villalobos (1989), y una obra colectiva compilada por Bernardino Bravo Lira (1989). Las últimas obras referidas (tangencialmente) al rol político de Portales pertenecen a Simon Collier y Gabriel Salazar, ambas publicadas en el 2005.

La historiografía liberal, vinculada de una u otra forma a los derrotados de Lircay, fueron los primeros y más numerosos en emprender la tarea de estudiar y enjuiciar el rol de Portales en la política nacional. Así por ejemplo, Lastarria en su obra “Don Diego Portales. Juicio Histórico”, considera que Portales no es más que el jefe y representante de la reacción colonial, y que el único rol desempeñado fue detener la revolución de la independencia que establecería una república democrática.[6] Por su parte, Vicuña Mackenna, en su obra, supuestamente dedicada a estudiar el gobierno de Montt, termina perfilando lo que a juicio de varios historiadores (entre ellos Enrique Brahm y Sergio Villalobos) se constituye como una obra seria, sistemática y detallada de Portales, en quien Vicuña Mackenna encontraba el origen del delineamiento del gobierno fuerte y autoritario de Manuel Montt. Para Vicuña Mackenna, Portales no fue –como afirmaba Lastarria- el jefe de la reacción colonial iniciada en 1829, de hecho, habría actuado como contrapeso entre el carácter de esta última y el desenfrenado optimismo democrático reinante en Chile hasta 1829.[7] En ambos autores liberales se delinea como principal característica del régimen instaurado por Portales, la dureza, la severidad, la arbitrariedad; mientras que el rasgo positivo que destacan es el patriotismo y la falta de ambición.

La interpretación conservadora del rol político de Portales, la entregó, por primera vez, Ramón Sotomayor Valdés en su obra “Historia de Chile bajo el Gobierno del General don Joaquín Prieto” (1875). Sotomayor entrega en su obra una interpretación positiva y justifica los actos que la historiografía liberal, hasta entonces, había condenado.

Los medios utilizados son justificados por los resultados, especialmente por haber entregado al país una organización, un orden y especialmente un alto grado de respeto a la autoridad. Con objetivos concretos, fuertemente conciente de la realidad, aplicó con métodos fuertes, a veces arbitrarios un tipo de gobierno fecundo y creador.[8]

Según Sotomayor Valdés, Portales logró comprender la fuerza de la comunidad, el poder de la ley, el derecho, la razón de la autoridad, no mirando en los individuos, sino en los instrumentos, o mejor dicho, los servidores accidentales de aquellos principios. Bajo este punto de vista, el sistema de Portales tendió a la impersonalidad, importándole muy poco el bien o mal adquirido prestigio de los hombres de la época.[9]

Un aspecto primordial del “nuevo orden” establecido por Portales fue la severidad contra la criminalidad y contra todo tipo de desorden. Ello tendía a establecer una diferenciación radical con el gobierno derrocado, por ello “a la contemporización sistemática debía suceder el rigor sistemático”.[10] El objetivo último fue, a juicio de Sotomayor Valdés, establecer, el orden, la paz pública y la moralización de la administración, y para ello lo esencial fue fortalecer el principio de autoridad en nombre de la paz pública y del progreso de las ideas, de la industria y de la moralidad. “Tal llego a ser el programa político del partido conservador y la justificación del movimiento revolucionario de 1829”.[11]

Terminando el siglo XIX, otro liberal, Diego Barros Arana, imprime sus apreciaciones respecto de Diego Portales, pero sus aseveraciones y conclusiones parecen estar más cercanas a Sotomayor Valdés que a sus compañeros ideológicos (Lastarria y Vicuña Mackenna). No acepta la tesis de la reacción colonial y juzga de modo severo los desordenes, revueltas y derramamientos de sangre producidos entre la caída de O´Higgins y 1829.[12] Consideró que con Portales “se imponía un sistema político que siendo severo y restrictivo, llevaba el sello de seriedad y de firmeza, que no habían podido imprimir a sus actos los gobiernos que venían sucediéndose desde 1823”.[13]

Pero las conclusiones de Barros Arana sufrieron un vuelco pocos años después, cuando publica su obra “Un decenio de la Historia de Chile (1841-1851)”. En este escrito se perfila con mayor claridad la filiación liberal de Barros Arana, al poner énfasis en el carácter represivo del régimen portaliano y además en afirmar que la obra de Portales no era más que la reacción colonial que había puesto freno a los impulsos liberales y democráticos.[14]

Como señala Enrique Brahm, la historiografía portaliana durante el siglo XX, tendió a alejarse de interpretaciones partidistas e ideologizadas,[15] pretendiendo, más bien buscar respuestas profundas que permitieran llegar a comprender cuales eran los principales sustentos del gobierno y el Estado generado a partir de Portales, o bien, recurriendo a palabras de Portales ¿cuál ha de haber sido el principal resorte de la máquina?.[16]

El primer autor que destacó en el siglo XX fue Alberto Edwards, para quien Portales ejerció una labor restauradora, vinculada esencialmente a la idea de recuperar una herencia colonial de un poder fuerte y duradero superior al prestigio de un caudillo o a la fuerza de una facción. “Restauró la monarquía no en sus principios dinásticos, sino en sus fundamentos espirituales, fuerza conservadora del orden y las instituciones”.[17] Desde esta perspectiva, Edwards llega a afirmar que el principal resorte de la máquina es la “autoridad tradicional”, es decir, el gobierno obedecido, respetable y respetado, eterno, inmutable, superior a los partidos y a los prestigios personales. “El país siguió obedeciendo no a Prieto, Bulnes o Montt, sino al Gobierno. Como antes se obedeció no a Carlos III o Carlos IV, sino al rey”.[18] Esto hacía del Gobierno una institucionalidad impersonal, que se convirtió –a juicio de Edwards- en el rasgo característico de la creación de Portales. Restauración de la autoridad e impersonalismo son entonces los rasgos principales del Estado portaliano.[19]

Otro de los autores que destacamos en esta revisión historiográfica respecto del rol de Portales en la génesis del Estado en Chile es Bernardino Bravo Lira, quien manteniendo la línea interpretativa de Alberto Edwards sostiene que “el llamado régimen portaliano y el llamado Estado portaliano no son, en último término, sino una nueva versión, actualizada, del régimen y el Estado indiano”.[20] Lo importante de la obra portaliana, según Bravo Lira, fue el establecimiento de un régimen de gobierno. Bravo Lira llega a afirmar que los liberales que lo criticaron, estuvieron más cerca de comprender a Portales al tacharlo de reaccionario.[21] Pero no todo fue restauración, sino que a ésta se agrega y se conjuga con el constitucionalismo, que hizo que el gobierno fuerte y eficaz al estilo indiano pudiera ser conjugado con la institución parlamentaria. “Portales reestableció el gobierno identificado con los grandes intereses de la patria, sobre la base de las instituciones indianas que persistían y bajo una forma constitucional”.[22]

Reconociendo un profundo respeto y admiración por la obra de Alberto Edwards, el historiador Mario Góngora contradice dos de sus planteamientos fundamentales. En primer lugar, para Góngora, la creación portaliana es moderna, no una restauración, como lo es para Edwards.[23] Tampoco es impersonal.[24] El rechazo de la impersonalidad, no significa que Góngora considere que la obra portaliana sea personalista, sino que se apoya en una aristocracia, que por definición no puede ser impersonal. Góngora identifica el resorte principal de la máquina portaliana en un elemento psicológico: identificación de buenos y malos.

Los dos últimos autores que reseñaremos en esta revisión historiográfica son Sergio Villalobos y Gabriel Salazar. Ambos autores manifiestan una visión crítica y negativa del rol político de Portales. El primero de estos, intentando desmitificar la figura de Portales escribe su “Portales: una falsificación histórica” (1989), poniendo en tela de juicio la probidad de Portales en aspectos de su vida privada y destacando sobre todo aspectos arbitrarios del ejercicio político de su protagonista. Con todo, para Villalobos el resorte principal de la máquina es la voluntad y la dureza de los hombres de Gobierno y del sector social que representaban, manifestada concretamente en aspectos tiránicos y represivos.[25] Desestima la concepción tradicional de atribuir a Portales el mérito de haber establecido en Chile un régimen político estable basado en el derecho y la institucionalidad. Y considera que también es parte del mito la idea de que en Portales se encuentran las claves de la génesis del Estado chileno. Le atribuye rasgos personalistas, destacando, a partir del análisis de sus cartas, el desprecio a la constitución y a las leyes.[26]

Del libro de Sergio Villalobos se desprende un frustrado intento de desmitificar la figura de Portales atacando su probidad en asuntos personales y subrayando aspectos arbitrarios, tachándolo de tirano y dictador, cuestión que desarrolla ampliamente en su último libro Gabriel Salazar.
Salazar en su libro “Construcción de Estado en Chile” (2005), considera que los fundamentos del “régimen o Estado portaliano se caracterizaron desde su fundación en 1830 hasta avanzado el siglo XX, por el autoritarismo local de los intendentes, gobernadores, subdelegados e inspectores, que a menudo llegó a ser más drástico que el del gobierno central. Y fue ese autoritarismo el que, en definitiva destruyó la democracia local de los cabildos, la autonomía de los pueblos y la soberanía relativa de las provincias”.[27]

En definitiva, de todos los capítulos que Salazar dedica al rol político de Portales se desprenden los siguientes planteamientos: Dictadura de origen golpista, autoritaria, arbitraria, represiva, que ejerció la violación de derechos civiles y humanos, orden público dictatorial, justicia dictatorial, maquillaje constitucional con esqueleto dictatorial, tiranía, represión, despotismo, al margen de la ley, de la constitución, abuso de facultades extraordinarias, brutal política policial, dictadura de Portales, terror, poderes absolutos, negación de la constitución, dureza, arbitrariedad, justicia sumaria, Consejos de Guerra sin apelación, dictadura civil de Portales, etc.

Finalmente, Salazar sostiene que si es real que el “orden portaliano” o “estado portaliano” duró hasta 1860 o 1891 o hasta hoy: es preciso observar para qué sirvió, en los hechos reales, ese orden. “El mito del orden portaliano, fue en esencia un orden policial y militar, se basa sólo en una sinrazón si no se prueba que ese orden fue beneficioso para todos los chilenos”.[28] En esencia, la crítica de Salazar es que ni siquiera los fines o resultados obtenidos, justifican los medios utilizados, puesto que el orden en sí mismo, no puede ser considerado un fin. He ahí que la represión y la dureza de las medidas gubernamentales no se justifican por la necesidad de mantener la tranquilidad en el país.

Como hemos visto, todos los historiadores analizados, liberales o conservadores, simpatizantes y detractores, coinciden en señalar que la dureza del régimen establecido fue uno de los rasgos fundamentales. La distinción está en la justificación o reprobación de los medios utilizados. Las diferencias radican en interpretar si la obra portaliana es una creación moderna o bien una restauración y en dilucidar si el régimen entrañaba el personalismo o el impersonalismo.

Expuesta una panorámica general respecto de los fundamentos portalianos vinculados a la génesis y conformación del Estado de Chile, en los siguientes capítulos nos proponemos delinear y exponer la esencia del ideario político de Diego Portales, acudiendo a sus epístolas como fuente principal de donde podremos desentrañar su pensamiento. Así también, compararemos y contrastaremos el pensamiento político de Portales con las “ideas fuerza” desarrolladas en El Araucano. Utilizaremos como límites cronológicos el inicio de esta publicación periódica (17 de septiembre de 1830) y la fecha de promulgación de la Constitución reformada (25 de mayo de 1833). La razón que fundamenta este encuadre cronológico es que la Constitución de 1833, podría considerarse como la concretización de las ideas de portales sobre como debía ser el Estado en Chile, puesto que como afirma Bernardino Bravo “la constitución de 1833 no se dictó para establecer un régimen de Gobierno, sino para consolidar uno ya establecido”.[29]

Capítulo II
El ideario político de Diego Portales

Pragmatismo de Diego Portales

Diego Portales no despreciaba por sí mismo el ideal democrático, pero según su concepción, en Chile aún no estaban dadas las condiciones necesarias para aplicarlo en todas sus manifestaciones. Consciente de la realidad circundante, que compromete tanto el contexto político de Chile, como las características propias de la identidad de los chilenos, propone como necesidad básica organizar la república a partir de sólidas bases que permitieran instaurar el orden y la estabilidad, con una República fuerte, centralizada y autoritaria. Como idea, como proyecto o como simple opinión, este pensamiento está claramente delineado en la famosa carta que escribe Portales a su amigo y socio José Manuel Cea en marzo de 1822.

“A mi las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra ¿y qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe como yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual”.[30]

La claridad y simpleza con la que Portales expone en esta carta sus ideas, ha llevado a que todos quienes se han interesado en analizar el proyecto o ideario político de Portales la consignen como fundamental, y por cierto, nosotros no hemos sido la excepción. No obstante, conscientes de que esta carta solo es un esbozo del pensamiento político de Portales, estimamos necesario incorporar en este análisis, al menos la selección más relevante de epístolas en que nuestro personaje fue delineando sus apreciaciones respecto de la marcha del Gobierno.

Si bien la misiva que Portales envía a Cea es muy clarificadora en cuanto al ideal de Gobierno que debería ser establecido en Chile, ésta no pasa de ser una simple apreciación de un comerciante chileno que se halla en Lima probando suerte mercantil. Lo verdaderamente relevante desde el punto de vista del rol histórico desarrollado por Portales en la construcción o génesis del Estado en Chile es su participación directa en los quehaceres gubernamentales, los cuales podríamos, perfectamente circunscribir entre abril de 1830 y junio de 1837, es decir, desde el momento en que conforme con el nombramiento expedido por José Tomás Ovalle, llega por primera vez al Ministerio del Interior, hasta el día en que es asesinado en Valparaíso. Esto no implica ignorar que durante el período que va desde el 31 de agosto de 1831 al 21 de septiembre de 1835 Portales se mantuvo separado del Gobierno, en cuanto no desempeñó cargos ministeriales, ni aceptó ser el Vicepresidente de la República. No obstante, su prolífica correspondencia deja ver que, incluso en los momentos en que estuvo distanciado del Gobierno, nunca se despreocupó de la cosa pública. Lo buscaban, lo instaban a pronunciarse -a veces incluso contra su voluntad- respecto de diversos temas políticos, y a través de su correspondencia se aprecia que daba consejos acerca de todo tipo de materias: censuraba la debilidad del gobierno, impregnaba a sus amigos y conocidos sus propias ideas y conceptos, muchos de ellos de una naturaleza tan simple como avasalladora, como por ejemplo, la idea de identificar siempre (para poder separarlos) al “bueno” y al “malo”, aconsejando dar “biscochuelos” a uno y “palos” al otro.[31]

A continuación esperamos precisar con mayor claridad las ideas expuestas. Para ello estructuraremos nuestro discurso a partir de algunas de las principales epístolas escritas por Portales, así como también algunos decretos y artículos periodísticos de su autoría.

Diego Portales en el Gobierno

El primero de abril de 1830 la presidencia fue asumida por José Tomás Ovalle. El 6 de abril fue nombrado Diego Portales como Ministro de Relaciones Exteriores, de Interior y de Guerra y Marina. A sólo veinte días de su designación, el triministro aseguraba “…de cinco horas destinadas al sueño, el resto de las veinticuatro no son mías”.[32]

Al parecer, había llegado el tiempo en que sus apreciaciones respecto del tipo y forma de gobierno que debía generarse en Chile podía llevarlos a la práctica. Ya no era sólo un comerciante opinando desde lejanas tierras, ahora estaba en el Gobierno mismo y desde allí habría de aplicar sus fundamentos políticos.

Portales afirma ser consciente de la realidad circundante y frente a ella en concreto manifiesta sus “opiniones políticas”, opiniones que, sin duda, van mucho más allá, para convertirse en consejos, reprimendas o decisiones. Su influencia entre los contemporáneos era tal que le buscaban, le exigían pronunciarse, se le intentó retener al lado del Gobierno, pero se alejó en agosto de 1831 a atender sus negocios para reincorporarse solo en septiembre de 1835.

Ideario político de Diego Portales

A continuación expondremos, en términos generales, las ideas fundamentales contenidas en el ideario político de Diego Portales, las cuales serán abordadas y profundizadas en el capítulo IV de la presente investigación, cuando se contraste las afirmaciones de Portales en sus epístolas y otros documentos (decretos – artículos de prensa) con las ideas fuerza desarrolladas por El Araucano.

Los buenos y los malos

A juicio de Portales, el secreto para gobernar bien era saber distinguir el bueno del malo. Si esto no era hecho con acierto, oportunidad y constancia, se originaba el “descontento de los buenos… su desfallecimiento”. Este tipo de afirmaciones prolifera en sus epístolas. A su amigo Antonio Garfias le decía “El peor mal que encuentro yo en no apalear al malo, es que los hombres se apuran poco en ser buenos, porque lo mimo sacan de serlo como de ser malos”.[33] En otra de sus cartas, en tono de consejo y también de crítica al proceder del Presidente Prieto, le dice a Ramón Cavareda el 7 de marzo de 1833 “…sólo puede tenerse confianza en el hombre de honor, y que toda distinción al malo es lo mismo que criar cuervos y sólo sirve para hacer desmayar al bueno… Si usted examina bien el origen de los males que nos amenazan y amenazaban, lo encontrará en las consideraciones indebidas que han merecido a nuestro Presidente muchas personas que sólo merecían un presidio; y, sobre todo, en su conducta tan poco pronunciada”.[34] Una semana más tarde insiste con la misma idea afirmando que “(Cuando el Gobierno) abra bien los ojos para distinguir a los hombres honrados de los que no los son, entonces verá usted alegres y exaltados a todos los buenos, y a los malos metidos en un rincón, convirtiéndose en buenos y sin ánimos para intentonas como la presente”.[35] Como corroboración de que este pensamiento fue una constante de Portales a lo largo de todo su desempeño en el Gobierno (directo o indirecto) llega hasta nosotros la famosa sentencia de “palos y biscochuelos”, aconsejada a Urizar Garfias en abril de 1837 (a pocos meses de su asesinato), donde le señala “Veo que tiene usted la prudencia y la firmeza, y que entiende el modo más útil de conducir al bien a los pueblos y a los hombres. Palos y bizcochuelos, justa y oportunamente administrados, son los específicos con los que se cura cualquier pueblo, por inveteradas que sean sus malas costumbres”.[36]

Tanto le molestaba la falta de rigor ante los delincuentes, que protestaba contra la imposibilidad de dejar caer todo el peso de la ley sobre los “malos”. Por ejemplo, el 6 de diciembre de 1834, luego de consultar a Mariano Egaña acerca del derecho que concede la Constitución para detener a individuos sin contar con orden competente de un juez, pero contando con la certeza de que conspiran y planean disturbios, Portales escribe a su amigo Antonio Garfias “Mariano me ha contestado no una carta, sino un informe, no un informe sino un tratado, sobre la ninguna facultad que puede tener el Gobierno para detener sospechosos por sus movimientos políticos. Me ha hecho una historia tan larga, con tanta citas, que he quedado en la mayor confusión; y como si el papelote que me ha remitido fuera poco me ha facilitado un libro sobre el habeas corpus. En resumen; de seguir el criterio del jurisperito Egaña, frente a la amenaza de un individuo para derribar la autoridad, el Gobierno debe cruzarse de brazos, como dice él, no sea sorprendido infraganti… Con los hombres de ley no puede uno entenderse; y así, ¡Para qué carajo! Sirven las Constituciones y papeles, si son incapaces de poner remedio a un mal que se sabe existe, que se va a producir, y que no puede conjurarse de antemano tomando las medidas que pueden cortarlo, pues es preciso esperar que el delito sea infraganti… En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea para producir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad. Si yo, por ejemplo apreso un individuo que está urdiendo una conspiración violo la ley. Maldita ley, entonces, si no deja al brazo del gobierno proceder libremente en el momento oportuno! Para proceder, llegado el caso del delito infraganti se agotan las pruebas y las contrapruebas, se reciben testigos, que muchas veces no saben lo que van a declarar, se complica la causa y el juez queda perplejo. Este respeto por el delincuente o presunto delincuente, acabará con el país en rápido tiempo… los jóvenes aprenden que el delincuente merece mas consideración que el hombre probo; por eso los abogados que he conocido son cabezas dispuestas a la conmiseración en un grado que los hace ridículos”.[37]

Testimonios como estos son los que han llevado a algunos historiadores a considerar que Portales despreciaba la ley y la constitución.[38] No obstante, y concordando con los planteamientos de Alejandro Guzmán,[39] creemos que ésta es otra evidencia del gran realismo que manifiesta Diego Portales ante las circunstancias concretas y no la prueba del desprecio a hacia la legalidad en sí misma.[40] En efecto, el 15 de marzo de 1833, en carta enviada a su amigo, Ramón Cavareda, Portales afirma: “Yo he estado y estoy muy lejos de querer medidas violentas, soy muy decidido por los trámites legales cuando las circunstancias lo permiten: lo que he querido decir es que desalienta ver castigar a los pícaros por sediciosos y ver, al mismo tiempo, al Gobierno acompañándose del Coronel López que no es menos pícaro ni menos sedicioso que los demás”.[41]

Ahora bien, la concepción maniqueísta de la sociedad, se transformó en algo crucial a la hora de emprender la organización del Estado. La identificación de “los buenos” y “los malos” debía servir como base para sustentar y consolidar el Gobierno, ya que según las apreciaciones expuestas por Portales, a partir de tal distinción sería posible saber con quines se contaba y con quienes no, para saber claramente a quienes era necesario separar de la sociedad (encarcelándolos, fusilándolos o expatriándolos). Tan relevante ha sido este tema (el cual pudiera parecer a simple vista como trivial y carente de conceptualización), que autores tan prominentes como Mario Góngora le han llegado a considerar “el principal resorte de la máquina”. En efecto, Góngora señala en su obra “Ensayo Histórico Sobre la Noción de Estado en Chile” que “el principal resorte de la Máquina era la distinción entre los que el llamaba en sus cartas los buenos y los malos. Los buenos son los hombres de orden, los hombres de juicio y que piensan, de conocido juicio y de notorio amor al país y de las mejores intenciones. Los malos, sobre los que debe recaer el rigor absoluto de la ley son los forajidos, los lesos y bellacos, aludiendo sin duda a los pipiolos y conspiradores de cualquier bando. Los malos no le tienen respeto al Gobierno”.[42] Lo relevante desde la perspectiva de análisis de Mario Góngora es que tales concepciones pasaron a formar parte del subconsciente de la clase política de Chile.

Quizás, no sea esta distinción entre buenos y malos “el principal resorte de la máquina” (quizá dependiendo de la circunstancia el resorte principal variaba, o quizá eran varios los resortes principales), no obstante, como afirma Gonzalo Rojas, es indudable que tal distinción fue uno de los principios fundamentales sobre los que se sostuvo el Estado gestado por Portales.[43]

La marcha conocida:
Que los funcionarios públicos sepan cumplir el deber imparcialmente

Dos cartas implacables nos servirán para delinear el pensamiento de Portales respecto de las características de los funcionarios públicos. La primera dirigida a su amigo Joaquín Tocornal y la segunda a Miguel Dávila, ambas epístolas son la respuesta de Portales ante la petición de consejos. Con reticencia, y no sin antes manifestar su aversión a seguir involucrándose en los quehaceres políticos, Portales esboza con claridad y simpleza su “ideal” de hombre público. Ideal que no se queda en la mera idealidad, sino que se encarna en personas concretas, de carne y hueso, en definitiva, aquellos hombres que en palabras de Portales estaban llamados a convertirse en “modelos de virtud”.

Habiendo sido designado Joaquín Tocornal como Ministro del Interior en reemplazo de Ramón Errázuriz, Tocornal dirige una carta a Portales pidiendo consejos o esperando, sin duda, la aprobación de su amigo. Pero ante tal petitorio, Portales mantiene sus inmutables ideas “¿Qué consejos, qué advertencias mías podrán ayudar a su acierto? ¿Qué podré hacer cuando me falta la capacidad, el tiempo y tal vez la voluntad de hacer?. Usted no puede formarse idea del odio que tengo a los negocios públicos, y la incomodad que me causa oir sólo hablar sobre ellos… lo cierto es que existe esa aversión de que yo me felicito y que otros forman crítica… convengamos, pues, desde ahora en que usted sólo puede contar conmigo para todo lo que sea en su servicio personal… Sin embargo, no concluiré esta carta sin decirle con la franqueza que acostumbro, que mi opinión es que usted, sin hacer nada en el ministerio, hace más que cualquier otro que pretendiera hacer mucho. Todos confían en que usted no hará mal ni permitirá que se haga… por otra parte, el bien no se hace sólo tirando decretos y causando innovaciones que, la más veces, no producen efectos o los surten perniciosos… en cada resolución, en cada consejo, etc., dará usted un buen ejemplo de justificación, de imparcialidad, de orden, de respeto a la ley, etc. Etc., que insensiblemente ira fijando una marcha conocida en el Gobierno”.[44]

El 6 de febrero de 1833, en carta a Miguel Dávila, desarrolló una completa lección de conducta funcionaria. Su reflexión se fundamentaba en una fórmula clave: “El plan de conducta único que puedo y debo señalara Usted, es, pues, el siguiente: cumpla escrupulosamente con las obligaciones de su cargo sin consideración alguna a las personas cuando estas se presenten con intereses opuestos a la razón o a la justicia… yo bien veo que siguiendo esta máxima se granjeará muchos enemigos, principalmente cuando sea a consecuencia de algunas disposiciones generales que se vea obligado a tomar en obsequio del buen orden; pero crea usted firmemente que estos lo serán sólo en aquellos momentos en que no consulten otra cosa que su interés particular, y que en su corazón harán a usted luego la justicia que se merezca. Estos actos, a medida que se repitan darán a usted mayor respetabilidad, y los ataques que se le dirijan harán por consiguiente menos impresión en el pueblo y al fin no se les dará importancia alguna… En suma, no presente usted flanco alguno por donde puedan atacarle con justicia, y ríase de todo lo demás”.[45] Sin lugar a dudas, en estas ideas y en estos consejos se va dibujando y construyendo a esos hombres “verdaderos modelos de virtud y patriotismo” descritos en la carta enviada desde Lima a su amigo y socio Cea en 1822. Para Portales, este tipo de hombres, con este tipo de conductas serían los únicos capaces y los indicados para sustentar y construir ese “Gobierno fuerte, centralizador y moralizador”.
En definitiva, de ambas cartas se desprende que el comportamiento esencial es la imparcialidad y el cumplimiento inescrupuloso del deber. Esta actitud de los funcionarios sería la que iría creando y diseñando la “marcha conocida del gobierno”.

Además, Portales encarnó un tipo de servidor público muy singular (que al parecer no intentó imponer ni recomendar a sus congéneres). Portales no aceptó retribuciones económicas de sus labores en el Gobierno y ni siquiera se atrevió a cobrar una deuda impaga a las arcas fiscales, aun estando en graves aprietos económicos. Cuando sus amigos le insinuaron cobrar deudas impagas por más de 6000 pesos, su respuesta fue tajante: “primero consentiría en perder un brazo o enterrarme en el barro que en consentir que se cobrase un peso al fisco”.[46]

La oposición honesta

En carta dirigida a José Manuel Cea (Lima, marzo de 1822) encontramos la primera formulación del concepto portaliano de “oposición política”. En aquella oportunidad afirmaba “…como buen ciudadano puedo opinar con libertad y aun censurar los actos del Gobierno”. Diez años después, desde Valparaíso y comentando las contingencias políticas de la actualidad, expresa las siguientes consideraciones en referencia a la publicación de “El Hurón” (periódico portavoz de la tertulia portaliana): “Si querían batir al Ministerio, ¿por qué hacerlo escondiéndose tras un interrogatorio y tan indefinidamente?… Si no hay causa para atacarlo, silencio, y si las hay, echarlas a la luz con sus pelos y sus lanas. Usted me había dicho que el ministro se había opuesto a la suscripción del periódico. ¿Habría asunto más lindo para un artículo de importancia y un ataque victorioso? ¿Qué diría el Ministro cuando se le preguntase si quería marchar sin posición, cualquiera que fuese su marcha? cuando se le dijese que se trataba de hacer una oposición decente, moderada… 1° (para) encaminarle a obrar en el sentido de la opinión; 2° el de comenzar a establecer en el país un sistema de oposición que no sea tumultuario, indecente, anárquico, injurioso, degradante al país y al Gobierno, etc. Etc.; que lo que se desea es la continuidad del Gobierno, y que para conseguirla no hay mejor medio que los cambios de ministerio cuando los Ministros no gozan de la aceptación pública por sus errores, por su falsa política o por otros motivos; que la oposición cesa cuando sucede el cambio y , en fin, que queremos aproximarnos a la Inglaterra en cuanto sea posible en el modo de hacer oposición; que el decreto que autoriza al Gobierno para suscribirse a los periódicos con el objeto de fomentar la prensa y los escritores, no excluye a los de la oposición; que siempre que esta se haga sin faltar a las leyes, ni a la decencia, el buen gobierno debe apetecerla y que esa intolerancia del Ministerio, sólo puede encontrarse en un mal Ministro que tiene que temer, etc. Etc.; añadiendo que es una pretensión muy vana el querer marchar sin oposición… Urizar podría escribir este artículo dándole usted estos apuntes”.[47]

Como se ve, Portales pedía a sus amigos que la oposición fuera hecha sin faltar a las leyes de la decencia, que debía ser siempre ponderada y prudente, pero no se callaran cuando había “verdades” que decir, y éstas debían ser expuestas con sus pelos y sus lanas, pues ese era el mejor correctivo para todo Gobierno. Respecto de este punto es obvio que no podemos quedarnos con la idea general de que Portales aprobaba la existencia de “oposición”, pues al parecer, y así lo manifiestan los hechos concretos, la mano implacable de la ley se orientó también a mantener a raya a quienes intentaron levantar la voz disidente. Según su concepción, aquellos no han de haber cumplido con las leyes de la decencia, como el día en que (al parecer) José Joaquín de Mora publicó en uno de los periódicos de oposición, “El Trompeta”, la siguiente composición poética:

“El uno subió al poder
Con la intriga y la maldad
Y el otro sin saber cómo,
Lo sentaron donde está.
El uno cubiletea
Y el otro firma no más;
El uno se llama Diego,
Y el otro José Tomás
El uno sabe que en breve
Todo en humo parará;
El otro cree que en la silla
Tiene su inmortalidad.
El uno lucha y se afana,
El otro es hombre de paz;
El uno se llama Diego,
Y el otro José Tomás.
El uno hace los pasteles
Con su pimienta y su sal;
El otro hasta en los rebuznos
Tiene cierta gravedad.
El uno es barbi-lampiño,
Pero el otro es mustafá:
El uno se llama Diego,
El otro José Tomás.
El uno tiene en la bolsa
Reducido su caudal;
Y el otro tiene una vacas
Y un grandísimo sandial…
El uno saldrá al galope
Y el otro se quedará:
El uno se llama Diego
Y el otro José Tomás.
El uno es sutil y flaco
Que parece hilo de olan;
Y el otro con su barriga
Tiene algo de monacal.
El uno especula en grande:
El otro cobra el mensual:
El uno se llama Diego
Y el otro José Tomás.
De uno y otro nos reiremos
Antes que llegue San Juan;
Uno y otro en aquel tiempo
Sabe Dios donde estarán.
Quitándonos el sombrero,
Gritaremos a la par:
Felices noches don Diego,
Abur, don José Tomás”[48]

La reacción de Portales ante tal afrenta fue el destierro de Joaquín de Mora junto con su colaborador el doctor Pasaman y el editor de la imprenta en que se publicaba el periódico, don Antonio Gundian.[49]

Con todo, al parecer, el reclamo a favor del derecho de la “necesaria oposición” se proclamaba en instancias en las cuales él mismo y sus amigos tenían algo que reprochar al Gobierno, pues todo rastro de apoyo al gobierno anterior “pipiolo” fue aplacado con vehemencia.

Renuencia a cargos gubernamentales

Múltiples documentos expedidos por Diego Portales dan cuenta de su sincera renuencia a participar en los quehaceres gubernamentales. El documento oficial más nítido de tal actitud es la renuncia al cargo de Vicepresidente presentada al Congreso en junio de 1831.

“Señor: llamado por el voto de los pueblos a la Vice Presidencia de la República creo mi deber expresarle por el órgano de la Representación Nacional mi profunda gratitud por este lisonjero testimonio de confianza y de su aprobación a los pequeños servicios que he podido prestar a la patria.
Pero penetrado de mi insuficiencia para ejercer las funciones de la primera magistratura ejecutiva, si por algún accidente llegare a vacar, y obligado a volver dentro de breve tiempo a la vida privada, a donde me llaman urgentemente consideraciones que no puedo desatender me hallo en la posición de suplicar, como suplico al Congreso Nacional, se sirva aceptar la formal y solemne renuncia que hago en sus manos.
La nación y el Congreso, me harán sin duda la justicia de creer que no he tomado esta resolución sino porque después del mas detenido y maduro examen la he creído absolutamente necesaria y congruentemente irrevocable”.[50]
Santiago, Junio 13 1831
Diego Portales

Ante ello, la Cámara de Senadores votó por unanimidad contra la petición de Portales, la cual recién fue aceptada luego de reiterada petición el 31 de agosto de 1831, dejando así también sus cargos de Ministro de Estado.

En el epistolario de Portales también encontramos variadas manifestaciones de sincera reticencia hacia el poder político. El 29 de febrero 1832 afirmaba que “No ha podido retraerme de permanecer en Valparaíso ni el puncetón de Don Joaquín Tocornal, de que mis amigos se ofenderán de mi resistencia. Ellos son justos y racionales, y no pueden ofenderse de que rehúse un sacrificio estéril, cuando saben que estoy dispuesto a hacer cualquiera (como no sea el de mandar) cuando la necesidad lo exija. Señálenme una cosa, un bien que yo pueda hacer y que no lo pueda el Gobierno, y me verán volar a cualquiera costa a prestar tal servicio, siempre que no pueda hacerlo desde aquí”.[51] Así también, manifiesta en otra oportunidad a su confidente Antonio Garfias que con gusto viviría y disfrutaría de los placeres y comodidades que puede brindar Santiago “pero no podría gozarlos con tranquilidad, porque estaría en continua guerra para no tomar parte en las cosas públicas y, al fin, quien sabe si insensiblemente me metía, para sacar desazones e incomodidades sin fruto, lo que se evita estando aquí (Valparaíso), porque con contestar a cada llamado un NO QUIERO IR, salgo del paso: este desahogo es sólo para usted, y se cerró el paréntesis”.[52] A los amigos que no cesaban de intentar mantenerlo cerca e involucrado con la marcha del Gobierno, les asegura, y a veces con vehemencia, que no posee el más mínimo interés en “mandar al país” y que tras esa actitud no se esconden aspiraciones aun más elevadas. El 13 de marzo y nuevamente en carta dirigida a Antonio Garfias asevera que “he asegurado mil veces que no mandaré al país… ¿No se deja conocer que no me hago la más pequeña violencia para aborrecer el mando: que este es el resultado de una racional meditación y de una experiencia bien aprovechada?…”.[53]

Muchas de las epístolas dirigidas a sus amigos, gran parte de las cuales son una respuesta o un consejo requerido por éstos, testimonian que Portales no tiene ni el deseo, ni la intensión, ni el tiempo, ni la capacidad de transformarse en el guía y la lumbrera de los hombres del Gobierno. A su amigo Joaquín Tocornal, por ejemplo, luego de decirle “convengamos, pues, desde ahora en que usted sólo puede contar conmigo para todo lo que sea en su servicio personal”,[54] enseguida procede a describirle extensamente su “consejo”, que le guiará en sus labores de nuevo Ministro de Estado: “cumpla escrupulosamente con las obligaciones de su cargo sin consideración alguna a las personas cuando estas se presenten con intereses opuestos a la razón o a la justicia… En suma, no presente usted flanco alguno por donde puedan atacarle con justicia, y ríase de todo lo demás”.[55]

Como podemos apreciar en el epistolario se manifiestan los sinceros deseos de Portales de mantenerse al margen del Gobierno. Pero sus amigos insistían constantemente en “no dejarlo tranquilo”, le instaron constantemente a volver a defender la integridad de la organización política que era su obra.[56] En efecto, en respuesta a F. Elizalde, J. Tocornal y M. Gandarillas el 29 de febrero de 1832 les señala que estaba “dispuesto a hacer cualquiera cosa (como no sea el de mandar) cuando la necesidad lo exija. Señálenme una cosa, un bien que yo pueda hacer y que no lo pueda el Gobierno, y me verán volar a cualquiera costa a prestar tal servicio, siempre que no pueda hacerlo desde aquí”.[57] Al parecer, la necesidad de “volar para prestar servicios” sólo sobrevino el 21 de septiembre de 1835 cuando hubo que asegurar la continuidad de Prieto en la presidencia frente al grupo “philopolita” que eran los que se habían identificado con la publicación de El Philopolita, donde redactaban, entre otros, Gandarillas, Benavente y Ramón Rengifo, quienes estaban incubando ideas presidenciales a favor de Manuel Rengifo. Pero la vuelta de Portales hizo imposible cualquier tentativa de lucha contra la reelección de Prieto para un nuevo periodo presidencial, hecho que se consagró por la abrumadora mayoría el 30 de agosto de 1836.[58]

Ahora bien, pese al declarado desinterés de Portales respecto de “mandar” o estar cerca de los que “mandan”, es indiscutible que sin llegar a ocupar la Primera Magistratura, en gran medida, mantuvo el control del devenir político nacional. Frente a tal situación es que Gandarillas, quien hubiera sido uno de sus amigos, compañero de tertulias y el redactor de El Araucano, llega a afirmar que a Portales, en realidad, lo que interesa es mandar a los que mandan. Tal afirmación molestó tanto a Portales que le lleva a escribir a su amigo Antonio Garfias que:

“El pobre tuerto G. (Gandarillas) está en El Monte hecho una fiera conmigo. Su estupidez y ceguedad llegan hasta el extremo de figurarse y estar cerrada de que yo soy el autor de los artículos de El Mercurio, y dice que lo sabe positivamente. Compadezcamos a este pobre hombre y deseemos que reestablezca su salud para alivio de su familia. Dice que yo quiero algo más que mandar, pues pretendo mandar al que manda”.[59]

Para autores tales como Gabriel Salazar, quien manifiesta en su obra “Construcción de Estado en Chile”, una severa crítica ética-moral hacia el Gobierno instaurado en 1830, efectivamente, el verdadero y casi único manipulador de las circunstancias fue, sin dudas, Diego Portales, a quien califica como el “dictador” que contó como acompañante a Joaquín Prieto, un General títere al que llaman Presidente.[60] Implacables epítetos son los utilizados por este autor para describir las características del “régimen portaliano”, el cual evidentemente reprueba y condena.

En efecto, a través de los capítulos que dedica al análisis del “gobierno portaliano” (como él gusta denominarlo) se nos presenta un escenario histórico cargado de juicios de valor muy duros de entre los que destacamos las siguientes ideas: “Dictadura de origen golpista, caracterizada por arbitrariedad, represión, violación de derechos civiles y humanos, autoritarismo, orden público dictatorial, justicia dictatorial, maquillaje constitucional con esqueleto dictatorial, tiranía, represión, despotismo, al margen de la ley y de la constitución, abuso de facultades extraordinarias, brutal política policial, terror, poderes absolutos, negación de la constitución, dureza, arbitrariedad, justicia sumaria, Consejos de Guerra sin apelación, dictadura civil de Portales, etc.”.[61]

Es innegable la ideologización del análisis que nos presenta Salazar en su más reciente obra.[62] No obstante, nos parece un interesante contrapunto respecto del juicio histórico del periodo que marcó la génesis de nuestro Estado, así como también la implacable condena hacia su principal gestor, es decir, Diego Portales. En las páginas de la citada obra de Salazar, se continúa corroborando el innegable rol que ocupó Portales en el origen del Estado chileno, pero tal desempeño se esboza con una aplastante crítica hacia los métodos utilizados, a los cuales cataloga de maquiavélicos,[63] en el más pueril y vulgar sentido de la palabra, pero luego, incluso niega el maquiavelismo portaliano al afirmar que con el “orden público atemorizador” (construido con las armas y la represión), no fue alcanzado ninguno de los objetivos que deben primar en un Estado, es decir, el desarrollo global y la justicia social.[64] Con ello, entonces, los medios utilizados ni siquiera podrían ser justificados con los fines alcanzados.

Ahora que ya conocemos, en esencia, el ideario político de Diego Portales es posible adentrarnos, netamente, en el análisis comparativo de tales ideas y de su posible socialización a través de “El Araucano”, considerado como “periódico oficial”[65] del Gobierno Conservador. Para llevar a cabo tal empresa investigativa partimos de las siguientes premisas: Por una parte, que este periódico vendría a ser la concreción de una propuesta del propio Portales, quien manifestó su interés por promover la transparencia de la marcha del Gobierno[66] y, por otra parte, que la “dominante” personalidad de Portales se trasformó en el referente de los hombres comprometidos con el Gobierno Conservador. Así pues, como afirma Don Santiago Lorenzo, “uno de los rasgos más característicos de Portales fue su ascendiente sobre los hombres de su generación, lo que le permitió influir en el gobierno de Prieto y en la conducta pública de algunos contemporáneos como Bello, Egaña, Garrido, Tocornal, etc. En la política interna su participación fue protagónica… El hecho es que sus consejos fueron escuchados con atención, y normalmente primaron y dieron el tono a dicha administración”.[67]

A partir de lo expuesto, el problema que se nos plantea es el siguiente: si Diego Portales es el hombre más influyente y decisivo en la instauración del Gobierno Conservador tras el triunfo de éstos en Lircay[68] ¿En qué medida y en qué aspectos tal influencia puede verse reflejada en el principal medio de difusión que respaldó al Gobierno a partir de septiembre de 1830?.

Ante estas circunstancias, nos adentramos en el estudio y análisis de “El Araucano” con el objeto de, en primer término, conocer los ejes directrices entorno a los cuales estructura su mensaje y su discurso, para luego, contrastarlo con el ideario político de Diego Portales. En definitiva, buscaremos conocer las ideas fuerza (conceptos) que pretenden ser socializados por “El Araucano”, y a través de éstas consideramos que será posible perfilar las características del Estado instaurado en Chile a partir de 1830, es decir, podremos conocer y constatar, desde el punto de vista conceptual, las bases sobre las que se cimentó la génesis de nuestro Estado.

Capítulo III
El Araucano: periódico portavoz del Gobierno Conservador


Caracterización general de “El Araucano”

Un intento serio, tendente a caracterizar El Araucano, lo encontramos en Raúl Silva Castro “Prensa y periodismo en Chile 1812-1956”, en el capítulo IV de esta obra señala que El Araucano fue un periódico semanal al que se confió desde el primer instante la misión de hacer la defensa y el esclarecimiento de las medidas gubernativas, en artículos ponderados, serios, escritos con circunspección y elegancia de forma.[69] Un aspecto relevante de la explicación de Silva Castro es que la creación de El Araucano responde netamente a una propuesta de Diego Portales, incluso afirma que el primer redactor, Manuel Gandarillas, fue elegido por el Ministro Portales para desempeñar tales labores.[70]

Los otros ámbitos de la caracterización presentada por Silva Castro versan sobre la filiación que tuvo el periódico con el Gobierno y los cambios en el grupo redactor. El primero de estos puntos lo analizaremos en el siguiente aparatado, mientras que el segundo aspecto puede resumirse en las siguientes palabras

“Fue fundado por el ministro de la Suprema corte de Justicia don Manuel Gandarillas el 17 de septiembre de 1830, el cual hasta el año 1835, redactó la parte interior y política, estando la exterior y literaria a cargo de don Andrés Bello. Después que el fundador cesó en la redacción de este periódico, continuó con ella el señor Bello, por mucho tiempo más, unas veces en el todo y en otras en parte; escribieron también en el Araucano, entre otros (aunque este no es el orden preciso en que se sucedieron) don Juan Francisco Meneses, como unos 9 meses el año 35, don Ventura Marín, unos cuatro números sobre política el año 36, don José Indelicato, don José Joaquín Pérez, don Ramón Rengifo, don Felipe Pardo, don Salvador Sanfuente durante la Guerra con el Perú, don Rafael Minvielle que redactó el editorial del número 812 y 815, don Santiago Lindsay que lo llevó el año de 1851 y don Aniceto Cordovés el año 58, siendo el que actualmente lo dirige Don Ambrosio Montt”.[71]

Sucedió a Montt, Manuel Miquel que se encargó de la redacción entre 1863 hasta su muerte en 1864. Después de esta época se suprimieron los mensajes editoriales “ya no se hacían campañas ni sentaban cátedra exclusiva en materias constitucionales y de derecho de gentes como en el periodo de Bello”.[72]

En 1876, siendo Ministro del Presidente Errázuriz, don José Victorino Lastarria, decidió reemplazar aquel periódico por uno netamente oficial, y para ello dicto un decreto para reorganizar la Imprenta Nacional, que hasta entonces se encargaba de la impresión de El Araucano y para reglamentar las publicaciones que se harían en el nuevo periódico. Dio a este último el nombre de Diario Oficial, con lo que se despejaron las dudas respecto de su índole.[73]

En suma, El Araucano tuvo una duración de 46 años, 5 meses y 9 días. Mantuvo una estructura de 4 páginas que se dividían en dos secciones:

Exterior:
ü Especialmente noticias de Europa y América Latina. De carácter político o literario.
ü Se incorporaban extractos de periódicos extranjeros, de libros destacados, o bien se exponían extensos comentarios de los mismos.

Interior:
ü Documentos oficiales: decretos, misivas internas, estados de cuentas de la Hacienda, lista de detenidos y sentenciados.
ü Mensaje Editorial: Se comenta la noticia de mayor interés o que mayores repercusiones puedan tener en el acontecer nacional. Las veces en que se omite esta sección se da por explicación que no existe nada que sea realmente importante para el desenvolvimiento político o cultural de Chile, y que no escribirán por escribir, como hacen otros periódicos que gustan de los “chismes”, “inventos” y “mentiras”.
ü Avisos: oferta de mercaderías u ofertas educacionales de profesores particulares.

Caracterización general de contenidos abordados
(17 de septiembre 1830 – 1 de junio 1833)

Puesto que nuestro ámbito de estudio se reduce al marco cronológico que va entre la fundación del diario, en septiembre de 1830, hasta la promulgación de la constitución en 1833, procederemos a continuación a delinear un esbozo general respecto de las temáticas abordadas durante este período.

En los primeros seis meses se pone mucho énfasis en la necesidad de imponer el orden aplacando toda escaramuza de anarquía o rebelión. Varios mensajes editoriales del año 1830 son dedicados a justificar la restricción de la libertad de imprenta.

En el primer semestre de 1831 los temas que se reiteran son la necesidad de modificar la constitución y la administración de justicia, la cual debiera tener como principal medio de transparencia la publicación de los juicios.

Se describen los peligros de la prensa indiscriminada que se trasforma en foco de disidencia, discordia y desorden. Pero también comienzan a surgir ideas respecto de la “justa y decente oposición” e incluso, contraponiéndose a las ideas vertidas en el primer mensaje editorial, se propone la necesidad de que se estructuren “partidos”, aunque se hace la salvedad de que bajo ninguna circunstancia deberían derivar en “facciones”.

A partir de mayo de 1831 se exponen los privilegios de ser un país ordenado y sin peligros reales de nuevas tensiones internas. Desmienten enérgicamente los comentarios aparecidos en El Mercurio Peruano, donde se exponen las disensiones al interior del Gobierno y las posibilidades de que Joaquín Prieto le de la espalda a los triunfadores de la revolución de 1829. Muchos mensajes editoriales del primer semestre de 1831 comentan la necesidad de que el Gobierno se haga cargo de la incorporación de enseñanzas de ciencias que sean útiles al Progreso nacional. Por ejemplo, ciencias naturales, clases de química y matemática que puedan ser de toda utilidad para la agricultura y la industria del país.

En septiembre de de 1831 uno de los temas en torno al cual se estructura el discurso corresponden a los proyectos para modificar la Constitución de 1828. Uno de los aspectos que mayor atención merece es el constante interés de remarcar la necesidad de “reformar” el código anterior, no de hacer uno nuevo. Es así que muchos mensajes contienen una cargada crítica hacia la Convención Constitucional, cuestión que le valdrá a El Araucano tener que defenderse frente a los ataques de El Mercurio, quien critica que se haya hecho de la antigua carta constitucional “un ídolo”, mientras que la Convención Constituyente se haya convertido en blanco de “injustos ataques”. Frente a tal acusación El Araucano desmiente que se haya atacado y mucho menos difamado a los componentes de la Convención.

La temática que más se reitera a partir de este momento hasta mayo de 1833 es la necesidad de que la carta reformada permita consolidar al Gobierno prestándoles amplios poderes que permitan enfrentar y superar la adversidad cuando las circunstancias lo requieran. En definitiva se defiende la idea de un Gobierno fuerte, que cuente con “facultades extraordinarias”, ya que de no contar con éstas o se verá obligado a quebrantar la constitución cuando las circunstancias lo requieran o se verá obligado a sucumbir. Otra temática constitucional de relevancia es la restricción del derecho a sufragio, con el objeto que sólo lo obtenga gente capaz de utilizarlo de manera “decente y consciente”.

La relación de El Araucano con el Gobierno

A través de El Araucano observaremos la historia desde la perspectiva oficial del Gobierno, y ello no significa ignorar que este periódico no era el “oficial”, pues no hubo ninguno que tuviera tal denominación hasta 1876. No obstante, los editores fueron hombres que se dispusieron a dar respaldo al régimen establecido en 1830 y por ello, sin ser el diario o periódico “oficial”, publicaron los documentos relevantes del Gobierno, tanto los referidos a materias internas como externas, así también se propusieron defender las posturas oficiales cuando hubo la necesidad de hacerlo, sobre todo cuando otras publicaciones, declaradas adversas, exponían severas críticas y recriminaciones hacia el Gobierno en general o hacia alguno de sus líderes en particular. Pero esta cercanía e identificación con el Gobierno no siempre fue tan evidente, y ello es explicado por sus propios redactores en diversas ediciones.

Por ejemplo, en la primera edición se “advierte” a los lectores las características del periódico, señalando que su objeto, no será entrar en rivalidades inútiles y destructivas, sino que cuando sea necesario se entregarán las opiniones a modo de sugerencia o consejo que permitan al Gobierno mantenerse firme y consecuente.

Bajo el epígrafe “ADVERTENCIA” se consignó lo siguiente:

“El objeto de El Araucano es comunicar a Chile toda clase de noticias importantes que puedan adquirir de las demás naciones y presentar esta los datos por donde puedan juzgar del estado de nuestra política, moralidad, instrucción y adelantamiento en todos los ramos. Se copiarán los documentos oficiales más importantes, para dar seguridad a las relaciones y una crítica veraz y severa, pero sin mordacidad, analizará todas las providencias administrativas que no sean ajustadas a los principios y a la justicia
Los editores prometen no entrar jamás en controversias de partido… sus páginas se franquearán sólo a remitidos sobre puntos científicos o cualesquiera otro de utilidad general. Sin embargo pueden verse precisados alguna vez a sostener providencias del Gobierno o a defender su comportación y lo previenen para que en ningún momento lo tachen de inconsecuentes”[74].

En otra oportunidad (8 de febrero 1833), los editores de El Araucano precisan la naturaleza del periódico en respuesta a una supuesta “guerra de insultos” de los periódicos oficiales de Chile y Bolivia en contra de Perú. Si bien, en primer lugar este mensaje editorial tiene por objeto desmentir que Chile esté llevando a cabo una campaña anti peruana a través de su periódico “supuestamente oficial”, en segundo lugar, lo que se precisa es la intención de los editores de El Araucano por subrayar la independencia con la que desarrollan sus labores de redacción.

“Perú desconfía de una supuesta alianza entre Bolivia y Chile… no nos desgastaremos en desvanecer tan absurda insinuación.
Se nos atribuye actitud hostil por los insultos y las acusaciones injustas que los periódicos oficiales de una y otra república prodigan a la administración peruana. El Araucano es el único de los periódicos chilenos que tiene conexión con el Gobierno y ésta se reduce a la inserción de las leyes y demás documentos que interesan al público. Pero sabido es que en sus columnas se ha IMPUGNADOS repetidas veces, aunque con MODERACIÓN y RESPETO las opiniones de la administración actual…”[75]

Como se puede ver, aquí los editores desmienten ser el periódico oficial del Gobierno, afirmando que la supuesta oficialidad sólo se remite al interés que ha puesto El Araucano en publicar los documentos y leyes más relevantes expedidos por el Gobierno, pero ello se complementa con una posición crítica orientada a encausar por medio de la opinión moderada y respetuosa los actos del Gobierno.

No obstante lo anterior, la perspectiva tradicional de análisis de El Araucano, ha considerado que este periódico es indiscutiblemente la voz del Gobierno y por ello el diario oficial, así por ejemplo lo considera Ernesto de la Cruz, afirmando que El Araucano es la materialización de una idea de Diego Portales, referida a la necesidad de publicar los documentos y decisiones oficiales del Gobierno. Portales “quería que se pusieran en transparencia hasta los pensamientos de los hombres del poder, seguro como estaba de la honorabilidad de la manera de proceder de sus compañeros de trabajo… a esto obedeció la creación de El Araucano, periódico oficial con largos años de existencia”.[76]

La ambigüedad respecto de si es o no, El Araucano, el diario oficial del gobierno podemos aclararla con algunas aseveraciones de Raúl Silva Castro y Diego Barros Arana. El primero de estos, afirma que al haber nacido El Araucano bajo los auspicios de Diego Portales, era innegable que se transformara en el defensor y promotor de ideas gubernamentales, pero al mantener independencia respecto de su grupo redactor, este a través de los mensajes editoriales podía sustentar propuestas distintas a lo propiamente gubernamentales.[77] Pero el rasgo de oficialidad, solo lo vino a tomar a partir del 23 de febrero de 1850, cuando por decisión gubernamental –según señala Barros Arana- el Araucano comenzaría a publicarse tres veces por semana, con el objeto de publicar sin tardanza exagerada los documentos oficiales, tendría, además un redactor designado por el Presidente de la República y este trataría las cuestiones concernientes a la administración del Estado, para explicar algunos puntos o para desvanecer los cargos que se le hiciesen. Tal propuesta del Gobierno demandaba gastos que causaron amplios debates en el Senado. No obstante, como señala Barros Arana, estos cambios se mantuvieron poco tiempo en vigencia y al cabo de dos años ya se había vuelto a las antiguas prácticas de periódico subvencionado con fondos fiscales.[78] Y así se mantuvo hasta 1876, cuando desapareció en forma definitiva, dejando paso a la creación del “Diario Oficial”, el nombre ya no dejaba lugar a dudas.

Capítulo IV
Ideas fuerza socializadas en El Araucano en contraste con el ideario político de Diego Portales

De un total de 142 ediciones analizadas, 32 de ellas no contaban con mensaje editorial, o bien la temática abordada no se relacionaba con la presente investigación, por tanto, la cantidad neta de ediciones tabuladas en los cuadros sinópticos son 110.
A continuación se presenta el cuadro de síntesis de las tabulaciones de los ejes temáticos:

CUADRO DE SÍNTESIS DE EJES TEMÁTICOS DE “EL ARAUCANO”
(17 de Septiembre 1830 – 01 de junio de 1833)

Nota: Síntesis elaborada a partir de los cuadros sinópticos de las temáticas abordadas en El Araucano entre el 17 de septiembre de 1830 al 1 de junio de 1833. (Ver cuadros estadísticos incorporados en la parte final de los anexos)

EJES DIRECTRICES DEL DISCURSO SOCIALIZADO EN EL ARAUCANO[79]

A través del análisis del contenido del periódico El Araucano desde su fecha de creación (17 de septiembre de 1830) hasta la publicación de la Reforma Constitucional (25 de mayo de 1833) es posible identificar tres ejes directrices fundamentales:

En primer lugar se encuentran los problemas o dificultades que enfrenta el Gobierno, los cuales, según el análisis expresado en el periódico, son la herencia del caótico estado de turbulencias, anarquía y licencia del periodo anterior, liderado por los “pipiolos”.

El segundo eje temático se relaciona con la reflexión respecto de los medios, métodos y estrategias necesarias y eficaces para lograr superar los problemas identificados.

El último eje directriz corresponde a los objetivos a los que Chile como República independiente debe aspirar. Tales objetivos se estructuran en las más diversas temáticas, entre ellas el tipo de gobierno que se debe establecer, las características del código fundamental que lo debe regir, la forma en que debe ser administrada la justicia, los valores y las características que deben identificar tanto a los hombres públicos como a los ciudadanos en general. Pero por sobre todas estas ideas, la que más se reitera es la necesidad de establecer el Orden y la Tranquilidad.

Presentaremos ahora una visión panorámica de estos tres ejes temáticos que nos sirven como directrices para ejecutar nuestro análisis. Posteriormente nos detendremos en el análisis de las ideas fuerza socializadas por El Araucano y su relación con el ideario político de Diego Portales –el cual ya fue reseñado en el segundo capítulo del presente trabajo-.

1. Problemas y dificultades

Los problemas descritos en El Araucano, en sus tres primeros años de existencia, abarcan los siguientes ámbitos: la criminalidad y el bandolerismo esparcido por toda la República; la inmoralidad producida por falta de educación; las acciones subversivas lideradas por antiguos pipiolos que no aceptan su derrota y la deficiencia de medios para aplacar tales problemas.

Así por ejemplo, se afirma el 29 de enero de 1831 que “El Gobierno recibe frecuentes y amargas quejas de varios pueblos de la República por la continua alarma en que pone a sus vecinos la repetición de cuantiosos asesinatos y robos inaudito”, para luego agregar: “se encuentra derramado en todos los pueblos el germen de la inmoralidad que difundió el desorden de algunos años. Cada revolución política arroja una lava de malhechores que por mucho tiempo permanecen cometiendo depravaciones y atentados horribles”.[80]

En este ámbito, la temática de la banda de los Pincheira fue ampliamente tratada entre la publicación N° 17 y la N° 83, es decir, entre el 8 de enero de 1831 hasta el 14 de abril de 1832. Al tratar la temática de los Pincheira se aludía dos ámbitos. Por una parte se destacaba lo reprochable de este tipo de criminales, que se concertaban para emprender sus correrías y usurpaciones, aterrorizando a las poblaciones del sur, pero por otro lado, se ponía hincapié en señalar que la instauración del orden y la tranquilidad en la Republica no era puesta en peligro por éstos bandoleros, en quienes los pipiolos aun creían ver a agentes restauradores del régimen desordenado que ellos pregonaban.

Así pues, el 8 de enero del ´31 en el mensaje editorial de El Araucano se sostenía: “Los opositores del Gobierno ven los satélites de Pincheira los restauradores del desorden y a los protectores de sus intereses ¡qué puede esperarse de hombres que se entregan a la alegría de los conflictos de la patria porque piensan que ellos pueden proporcionarles la satisfacción de sus deseos!… La República no puede por ahora usar sus recursos para exterminar a esta clase de enemigos y los más que puede hacer el Gobierno es tomar medidas de precaución para prevenir sus depredaciones… El Intendente y demás autoridades de la Provincia han manifestado todo el celo del patriotismo y toda la actitud del verdadero interés público para libertarla de las invasiones de Pincheira. A pesar de las inquietudes que causa este malvado a los pueblos y habitantes cercanos a las cordilleras, la situación política de la República es la mejor que se ha conocido de mucho tiempo atrás. Si esta verdad es tan notoria ¿cómo podrá oscurecerse por el dicho desacreditado de un tan corto N° de desorganizadores?”.[81]

El desenlace de este problema, en el que se ponían en juego los fundamentos del nuevo régimen -establecimiento del orden y la tranquilidad aplicando la severidad contra los criminales- se produjo en enero de 1832, cunado se comunicó al Gobierno la eliminación de la banda de forajidos en los siguientes términos:

“Jornada admirable… se ha reducido a la nada a la gavilla de bandidos que se acampaba en aquellos puntos, unidos con los bárbaros Pehuenches. De los primeros han sido afusilados los principales sanguinarios como eran Pablo Pincheira, Hermosilla Fuente, y otros por sus crímenes tenían merecida esta pena… muy luego pretendo aprender a José Antonio Pincheira que pudo escapar con 12 hombres a favor de su caballo… los Pehuenches quedaron en el campo despedazados, muertos y prisioneros con sus familias casi en su totalidad… muertos sus caciques. Con esto se terminarán las incursiones constantes a las Provincias argentinas, nuestras hermanas.
Sírvase Usted poner en conocimiento del Excelentísimo Señor Presidente… congratulaciones por un triunfo que afianza la quietud de la República”.[82]
J. Antonio Villagrán

La otra problemática que debía enfrentar el Gobierno eran las escaramuzas rebeldes que seguían patrocinando los pipiolos desterrados. Respecto de estas, El Araucano señala que no son más que rumores promovidos por los refugiados en Lima, que no aceptan abandonar sus quiméricos proyectos para perturbar el orden.[83] Aquellos entes, liderados por Ramón Freire, pretenden trastornar el país, matar, saquear, reducir a desiertos espantos poblaciones regularmente organizadas y regidas por la moralidad y la civilización. Esta es la imagen que trasmiten los mensajes editoriales respecto de los pipiolos derrotados y apartados del país: “Sobre todo Ramón Freire no deja de conjurar contra su patria. Levanta calumnias contra el actual gobierno de Chile, falsifica el relato de los hechos, publica intrigas e improperios en Lima”.[84]

Como ya se ha señalado, desde las páginas de El Araucano se dibuja una imagen del “OTRO”, del enemigo, del ente peligroso, cristalizado en dos ámbitos: por una parte están los malhechores faltos de civilización, que pueden, por vías de la educación o el escarmiento subsanar su conducta. Pero al lado de estos, y muchas veces, liderándolos o instándolos a mantenerse en estados de revueltas, están los entes abominables, lo cuales no verán reformada su conducta porque su propiedad característica es su desapego a la tranquilidad y el orden, estos son los reductos pipiolos que conjuran y mantienen vivas sus intentonas tendentes a derrocar al Gobierno.[85]

2. Medios, métodos y estrategias

La pregunta que debe contestar el nuevo Gobierno es: ¿Qué hacer ante los problemas?, o bien, ¿qué medios utilizar para alcanzar los objetivos?.

Las respuestas que se desprenden de los mensajes editoriales se presentan como propuestas o consejos que delinean un deber ser del Gobierno y que a su vez justifican las acciones y medidas que éste va tomando ante las circunstancias concretas.

Así, por ejemplo, se argumenta a favor de la severidad en la aplicación de las penas, la transparencia y publicación de los juicios, la restricción de la libertad de imprenta, la necesidad y legitimidad de posesión y aplicación de poderes extraordinarios en las manos del Gobierno.

En el ámbito de la severidad se argumenta respecto de lo inútil de moderar la pena a los delincuentes con la esperanza de que se enmienden, puesto que los acostumbrados a vivir del robo y el salteo deben tener lo que se merece. Esta temática fue ampliamente desarrollada a propósito de la invasión y saqueo que sufrió Copiapó por los fugados de Juan Fernández. En esta oportunidad, 104 reos se embarcaron en un bergantín y llegaron a Copiapó el 30 de diciembre de 1831. al desembarcar, saquearon y mataron a 12 personas. Según el editorialista de El Araucano, las lecciones que deben quedar para el país son las siguientes:

– “El saqueo de Copiapó indica la necesidad de organizar en todo el país las Guardias Cívicas para que los pueblos estén a cubiertos de cualquier invasión… los copiapinos se presentaron gustosos a defender su pueblo, pero el valor solo nada podía contra los criminales, a quienes la corrupción de los jueces ha salvado la vida.
– La inutilidad de moderar la pena a los grandes delincuentes con la esperanza de que se enmienden. Son hombres acostumbrados a vivir del robo y del salteo”. [86]

En este ámbito, también se explican las críticas al sistema judicial que insiste en moderar las penas a los delincuentes. El ejemplo que se más llama la atención es el referido a un ladrón que asaltó la Iglesia la Merced en Santiago, a quien en primera instancia se condenó a presidio en Juan Fernández y luego el Tribunal Superior rebajo dicha pena para que cumpliera labores de profesor en Copiapó.[87] El argumento esgrimido por el tribunal y rechazado por El Araucano es la condición anterior del delincuente, quien en Argentina llegó a ser miembro de la Cámara de Justicia de Mendoza.[88]

La propuesta de El Araucano para mejorar la administración de justicia pasa por dos ámbitos: en primer lugar transparentar los procedimientos judiciales publicando las sentencias y en segundo lugar reformar los códigos de justicia para extirparles todo lo inútil y engorroso que arrastran desde tiempos de la colonia. Con respecto al primer ámbito se afirma “nada congenia más con el despotismo que el misterio. Necesidad que las acciones de los mandatarios también sean públicas”.[89] Mientras que la reforma se justifica por la necesidad de contar con códigos de legislación acordes con realidad nacional, puesto que no basta con compilar y ordenar las leyes de Castilla e Indias, ya que no responden al contexto republicano y constitucional.[90]

Los últimos dos elementos que destacaremos en esta reseña respecto de los medios necesarios para enfrentar los problemas y alcanzar los objetivos son la restricción del libertinaje de imprenta y la necesidad de fortalecer los poderes y atribuciones del Gobierno. Respecto de la imprenta se afirma que es necesario restringir su libertad por convertirse esta en subversiva y foco de desordenes, puesto que insiste en mantener vivas viejas pasiones y rencores.[91] La restricción, según el editorialista de El Araucano, permitiría recuperar la dignidad de este instrumento de ilustración.[92]

El último elemento que vendría a configurar el ámbito de elementos o instrumentos necesarios para poder llevar a cabo las labores de Gobierno es el fortalecimiento de sus atribuciones, dotándolo de poderes extraordinario. Y esto vendía a responder a una demanda de los pueblos que desean gozar de una libertad organizada y exigen de un sistema de administración firme, estable y vigoroso que no les exponga a esas alteraciones que frecuentemente los inquietan.[93] En estas circunstancias, se argumenta a favor de los poderes extraordinarios. En El Araucano se justifican y defienden los derechos extraordinarios concedidos por el Congreso de Plenipotenciarios al nuevo gobierno. Se publican, por ejemplo, documento secretos que facultan al presidente para separar el país a los desorganizadores que promueven desorden y ruina de la república de Chile.[94] En efecto, se afirma que “hubo conflictos en que el gobierno tuvo que pedir facultades extraordinarias y si el Congreso de Plenipotenciarios lo hubiese negado habría sido preciso dejar perecer el país por falta de autoridad, o proceder autoritariamente por falta de autorización del código”.[95]

La constatación de la necesidad de que en ciertas circunstancias extremas el Gobierno debe aplicar con medidas enérgicas, se propone y se insta a los miembros de la Convención Constitucional tener presente que el Gobierno debe contar con MEDIOS eficaces para conservar la PAZ y el ORDEN PÚBLICO.[96] Y esta necesidad de subrayó desde el comienzo, puesto que ya en diciembre de 1830 se afirmaba que “la constitución debía haber tenido un título en que se facultase al Gobierno para proceder en casos extraordinarios a fin de imponer silencio a los opositores que prevalidos de la insuficiencia de la ley, procuran introducir el desorden, y ponen al Gobierno en el conflicto de salvar la patria, como ellos dicen, contra la ley… La constitución debe dar reglas para proceder en casos extraordinarios y para evitar las convulsiones populares.[97]

Si bien ya hemos delineado los fines que esperaban alcanzarse con estos medios enérgicos -catalogados por algunos como: autoritarios, dictatoriales, crueles, faltos de ética[98]-, pasaremos ahora a esbozar lo que para El Araucano constituían los “fines” u “objetivos” del Gobierno instituido tras el triunfo de Lircay.

3. Objetivos

De entre todos los objetivos propuestos por El Araucano, que en este aspecto, se transforma en el portavoz del Gobierno, las ideas que más destacan, son las del Orden y la Tranquilidad.[99] Para enfatizar estos dos ámbitos, se recurre reiteradamente a la comparación con el periodo anterior, llegando a afirmar que “nadie puede gustar todas las delicias que produce el bien sin haber pasado antes por todas las amarguras que ocasionó el mal.[100] Así pues, al poco tiempo de establecido el Gobierno, en 1830, se comienza a señalar los méritos de lograr estabilizar la república logrando un completo triunfo de la tranquilidad y el orden en los distintos procesos eleccionarios que se llevan a cabo en los Cabildos y Asambleas.[101] Así los que antes había sido teatro de espantosos tumultos y reyertas ahora se convierte en orden y paz.[102]
Se destaca también el triunfo de la legitimidad y la estabilidad. La legitimidad se manifiesta, sobre todo, con ocasión de la elección de Joaquín Prieto, quien luego del “ordenado” proceso eleccionario “se constituirá en un gobernante rigurosamente legítimo. Ha triunfado la opinión pública y el país va a ser regido por los ciudadanos que tuvieron la dicha de cooperar al establecimiento del orden”.[103] Mientras que la máxima muestra de estabilidad habría sido alcanzada con la reapertura de la Cámaras del Congreso Nacional por segunda vez consecutiva en forma ordenada y como la legislación lo estipula previamente. Por el sólo imperio de la ley, sin convocatoria, sin elecciones y sin turbulencia.[104]
Con el objeto de subrayar esta idea del Orden y la Tranquilidad, y demostrar que es una temáticas reiterada durante todo el periodo analizado (septiembre de 1830 a junio de 1833), presentamos algunos extractos de mensajes editoriales en que se destacan tales ideas:

“El gobierno de Chile sigue el sistema de conservar el orden, asegurar la tranquilidad y alejar del territorio a todo osado que intente perturbarla”.[105]
“La quietud y tranquilidad domina en el interior nada llama la atención”.[106]
“Dos años de orden y quietud después del movimiento popular de 1829”.[107]
“Vigésimo segundo aniversario de la libertad con toda majestuosidad y alegría que corresponde otros objetos que inflaman el corazón de los chilenos con la CONSERVACIÓN DEL ORDEN, el progreso de la prosperidad pública, mejora y reforma de las instituciones, la armonía de los poderes y los trabajos constantes de la administración en general”.[108]
“No hay alteraciones que en tiempos pasados ponían a los pueblos en inquietud y a los gobiernos en angustias. La administración sigue la senda de la franqueza y la rectitud que le han proporcionado el crédito del que goza”.[109]

Como elemento culmine y ratificador de todo lo expuesto, las palabras con que el Presidente Joaquín Prieto da la bienvenida a la Constitución reformada, ratifican el compromiso con el Orden y la Tranquilidad, situando ambos elementos en calidad de fines y objetivos. Así pues, el 25 de mayo de 1833, Prieto manifiesta ante las Cámaras reunidas:

CONCIUDADANOS:
“Acaba de ser jurada por todos los magistrados la Constitución reformada por la Gran Convención… seré el más severo observador de sus disposiciones y el mas cuidadoso centinela de su cumplimiento.
(Los reformadores) no han tenido en cuenta más que nuestros interés, su único objeto es dar a la administración reglas adecuadas.
Despreciando teorías tan alucinadoras como impracticables, sólo han fijado su atención en los medios de asegurar para siempre el ORDEN y la TRANQUILIDAD pública.
Contra los riesgos de vaivenes de partidos a que han estado expuestos. La reforma no es más que el modo de poner fin a las revoluciones y disturbios a que daba origen el desarreglo del sistema político en que nos colocó el triunfo de la Independencia.
(tareas imposibles de no estar deslindadas con exactitud facultades del Gobierno y se hubiese puesto DIQUES a las LICENCIAS)
CONCIUDADANOS:
No omitiré sacrificios para hacerla respetar, porque en su veneración considero que se destruirá para siempre el móvil de las variaciones que hasta ahora os ha mantenido en inquietud.
Lo haré cumplir valiéndome de todos los medios que él me proporciona por rigurosos que parezcan”.[110]

En este contexto se entiende la crítica que presenta Gabriel Salazar, ya que pareciera ser que el Orden, al convertirlo en objetivo, no se trasforma en un bien para la República.[111] Esta idea la contradice Ana Stuben, al sostener que la idea de orden estuvo siempre ligada a la idea de progreso, cuestión que daría sentido a la insistente necesidad de mantenerlo con medidas enérgicas.[112]

IDEAS FUERZA SEMEJANTES AL IDEARIO POLÍTICO DE DIEGO PORTALES

1. Orden y tranquilidad

Atendiendo a las estadísticas elaboradas a partir de la información editorial, entregada por El Araucano entre el 17 de septiembre de 1830 y el 1 de junio de 1833, los conceptos de “orden” y “tranquilidad” son los que evidencian mayor presencia y reiteración. De las 110 editoriales fichadas, 77 de ellas se encargan de ponderar, resaltar, explicar y fomentar el “orden” como un elemento esencial con el que debe contar todo Gobierno y todo Estado. Así también el concepto y la idea de “tranquilidad” es ampliamente expuesta y desarrollada por los redactores de El Araucano, apareciendo su tratamiento de forma nítida en 50 de 110 editoriales.

En El Araucano los conceptos de “orden” y “tranquilidad” son ponderados, especialmente cuando se analiza la situación de Chile poniendo en paralelo la realidad imperante antes y después del triunfo de las fuerzas conservadoras en Lircay. Así, por ejemplo, en la décimo quinta edición de El Araucano se afirma que “nadie puede gustar todas las delicias que produce el bien sin haber pasado antes por todas las amarguras que ocasionó el mal”.[113] Se sostiene, además, que el estado actual de la República es el más próspero y tranquilo que podrá esperase después de un movimiento tan general y enérgico como el que sufrió desde fines del año pasado. Esta última idea es reiterada a lo largo de todo el período analizado.

El triunfo obtenido en el campo de batalla comienza a consolidarse y afianzarse, netamente, cuando el Gobierno Conservador logra dotar de legitimidad su desempeño. Y ésta legitimidad se obtuvo cuando los resultados electorales de 1831 dieron por ganador a Joaquín Prieto (General victorioso de Lircay) y como Vicepresidente, fue electo Diego Portales. En efecto, estos resultados fueron dados a conocer de modo triunfalista como afianzamiento definitivo de la “legitimidad” y del “orden”:

“Por el resultado de los escrutinios de los colegios electorales de Coquimbo, Aconcagua, Colchagua y Santiago se sabe que han obtenido votos para la presidencia de la República los señores General don Joaquín Prieto y el Ministro del Interior y Guerra don Diego Portales, a saber 119 el señor Prieto y 117 el señor Portales… La uniformidad de estas votaciones hace ver que ha desaparecido del territorio de Chile el genio de la discordia que en las elecciones anteriores le había convertido en un teatro de los más espantosos tumultos y de las más incontroladas reyertas. El interés público ha influido en todos los ánimos; se ha expresado la voluntad general con toda la amplitud que puede desearse para constituir un gobernante rigurosamente legítimo. Ha triunfado la opinión pública y el país va a ser regido por los ciudadanos que tuvieron la dicha de cooperar al establecimiento del orden”.[114]

Lo que se manifiesta en estas palabras no sólo es la idea triunfalista del “nuevo orden”, sino que también, de inmediato se advierte ese reiterado interés por comparar las características del anterior periodo “pipiolo” con el actual periodo conducido por los triunfadores de Lircay. Y tal característica, es, en esencia, la desaparición de la discordia tumultuosa, generadora de múltiples problemas intestinos.

A partir de septiembre de 1831, momento en que Joaquín Prieto asume el mando presidencial, logramos advertir un discurso editorial que tiene dos vertientes. Por un lado está la insistencia en que “la tranquilidad” y “el orden” reinan en nuestro país, destacando continuamente la diferenciación con la época anterior; pero a su vez, también se insiste en que todo los conatos de desórdenes deben ser severamente aplastados, que la delincuencia (asesinatos, robos, salteos) que proliferan en los pueblos del país están siendo y serán erradicados del país aplicando severas medidas que conduzcan al establecimiento del “orden” definitivo. Así, por ejemplo, se afirma que “el gobierno de Chile sigue el sistema de conservar el orden, asegurar la tranquilidad y alejar del territorio a todo osado que intente perturbarla”.[115] Y para explicar la ausencia de mensajes editoriales se dice que “la quietud y tranquilidad domina en el interior, nada llama la atención”[116], por tanto, no hay nada relevante que informar al público. Por su parte, cuando resurgen conatos de rebelión se informa que “la heroica empresa de eliminación de los facinerosos progresa todos los días. El objetivo es librar a Chile de los perversos corruptores de la paz y la armonía”.[117]

En este contexto, son de gran elocuencia las palabras del Presidente de la República, el cual se encarga de plasmar en sus discursos la idea “del triunfo del orden y la tranquilidad”. El 2 de junio de 1832, en ocasión de la apertura de las sesiones del Congreso Nacional, los editorialistas de El Araucano alaban el hecho de que por primera vez las Cámaras legislativas de Chile tienen oportunidad de reunirse por segunda vez consecutiva sin necesidad de convocatoria, elecciones, ni turbulencia, y ante ellas el Presidente Prieto afirma: “Grato es tener que felicitaros por la permanencia de la tranquilidad interior y por las señales manifiestas de consolidación que presenta nuestro sistema político. Las tentativas que se han hecho para turbarlo han servido sólo para poner más al descubierto el firme apoyo sobre que reposa, que no puede ser otra que la confianza nacional… La tranquilidad ha sucedido a las convulsiones intestinas en todas las nuevas repúblicas, y es probable que sus gobiernos se dedicaran ahora a cimentar las relaciones que deban unirlas como miembros de un gran cuerpo…”.[118]
Prosiguiendo con el mismo ánimo, y ahora en el contexto de la celebración de las festividades patrias de la República de Chile en 1832, en El Araucano se afirma “(llegado el) Vigésimo segundo aniversario de la libertad con toda majestuosidad y alegría que corresponde otros objetos que inflaman el corazón de los chilenos con la CONSERVACIÓN DEL ORDEN, el progreso de la prosperidad pública, mejora y reforma de las instituciones, la armonía de los poderes y los trabajos constantes de la administración en general”.[119]

Ahora bien, como contrapunto de los ideales de orden y tranquilidad que desean instaurar los triunfadores de Lircay, están las características de los que se oponen al Gobierno. Desde las páginas de El Araucano, surge una imagen del “otro”, en quien se encarnan todos los antivalores proclamados por el Gobierno. Por ejemplo, de la prensa opositora que logró mantenerse en funcionamiento se dice que sólo utilizan el papel para “injuriar, mentir y llamar al desorden”. Que además, “la experiencia ha manifestado que la imprenta no produce ningún efecto cuando se usa sin verdad y decoro. Los autores de esas inmundas producciones hacen esfuerzos para desconocer la ignominia que les agobia y para disimular el sentimiento de la deshonra que se ha causado por sí mismos”.[120] Se afirma que a los partidarios del régimen anterior les irrita la paz pública, el orden y la tranquilidad y que publican solo injurias.

Los redactores de El Araucano acusan a la oposición (que en esencia, son los liberales derrotados en Lircay), de apoyar cuantos conatos de desórdenes e inestabilidad se desarrollen en el país. Por ejemplo, se les acusa de estar ligados a la banda de forajidos de “Los Pincheira”, debido a que ven en éstos a los restauradores del desorden y a los protectores de sus intereses.[121]

Así también, a todos aquellos hombres que fueron expatriados y que se refugiaron, esencialmente en Lima, se les mira con recelo, ya que constantemente surgieron rumores respecto de la posibilidad de que estos llevasen a cabo una invasión hacia Chile buscando derrocar al Gobierno. En la vigésimo novena edición se afirma que “los refugiados en Lima son posibles invasores que pretenden trastornar el país, matar, saquear, reducir a desiertos espantos poblaciones regularmente organizadas y regidas por la moralidad y la civilización”.[122]

En definitiva, todos aquellos identificados o tildados de “opositores” son considerados elementos nocivos que deben ser mantenidos a raya con el objeto de conservar y mantener la “paz pública”, el “orden” y la “tranquilidad interior”. Dejarlos existir en el territorio nacional es contradictorio según los editorialistas de El Araucano debido a que nunca podrán conformarse con la quietud y el orden.[123] En este contexto, la idea que más se reitera en el primer semestre de 1833 es la “ausencia de alteraciones que en tiempos pasados ponían a los pueblos en inquietud y a los gobiernos en angustias. La administración sigue la senda de la franqueza y la rectitud que le han proporcionado el crédito del que goza”.[124]
De este contrapunto de las ideas de orden y tranquilidad expuestas por el Gobierno Conservador con las ideas de “desorden, tumulto, inestabilidad” proclamadas y emprendidas por los opositores del Gobierno se puede avizorar con claridad la relación con uno de los elementos más característicos del ideario político de Diego Portales, es decir, la identificación clara de “los buenos y los malos”, con el objeto de poder separarlos, premiando a unos y castigando a otros. El objeto era saber claramente quienes eran los agentes perturbadores de ese, tan anhelado, “orden”, hacia el cual Portales afirma estar ligado imperturbablemente.[125]

A juicio de Portales, el secreto para gobernar bien era saber distinguir el bueno del malo. Si esto no era hecho con acierto, oportunidad y constancia, se originaba el “descontento de los buenos… su desfallecimiento”. Este tipo de afirmaciones prolifera en sus epístolas. A su amigo Antonio Garfias le decía “El peor mal que encuentro yo en no apalear al malo, es que los hombres se apuran poco en ser buenos, porque lo mismo sacan de serlo como de ser malos”.[126] En otra de sus cartas, en tono de consejo y también de crítica al proceder del Presidente Prieto, le dice a Ramón Cavareda el 7 de marzo de 1833 “…sólo puede tenerse confianza en el hombre de honor, y que toda distinción al malo es lo mismo que criar cuervos y sólo sirve para hacer desmayar al bueno… Si usted examina bien el origen de los males que nos amenazan y amenazaban, lo encontrará en las consideraciones indebidas que han merecido a nuestro Presidente muchas personas que sólo merecían un presidio; y, sobre todo, en su conducta tan poco pronunciada”.[127] Una semana más tarde insiste con la misma idea afirmando que “(Cuando el Gobierno) abra bien los ojos para distinguir a los hombres honrados de los que no los son, entonces verá usted alegres y exaltados a todos los buenos, y a los malos metidos en un rincón, convirtiéndose en buenos y sin ánimos para intentonas como la presente”.[128]

Como precisamos en el segundo capítulo del presente trabajo, tal era el grado de importancia esta distinción portaliana entre “buenos y malos” que historiadores tan prominentes como Mario Góngora han llegado a sostener que “el principal resorte de la Máquina era la distinción entre los que el llamaba en sus cartas los buenos y los malos. Los buenos son los hombres de orden, los hombres de juicio y que piensan, de conocido juicio y de notorio amor al país y de las mejores intenciones. Los malos, sobre los que debe recaer el rigor absoluto de la ley son los forajidos, los lesos y bellacos, aludiendo sin duda a los pipiolos y conspiradores de cualquier bando. Los malos no le tienen respeto al Gobierno”.[129]

Solo en el primer grupo de hombres puede confiarse –según la perspectiva portaliana- para emprender la tarea instauradora del orden y la tranquilad. Sobre el segundo grupo debía recaer la dureza de una ley implacable, que no debía vacilar ante ninguna antigua investidura de prestigio o mérito, puesto que los honores pasados no pueden ni deben borrar las faltas presentes.

2. Ley implacable (delincuentes comunes y opositores políticos)

La implacabilidad de la ley es la tercera idea fuerza en orden de preponderancia desarrollada por la línea editorial de El Araucano, abarcando su tratamiento 58 de 110 mensajes editoriales. Se expone, por ejemplo, la inutilidad de moderar las penas a los delincuentes y las características despóticas de aplicar el indulto, puesto que, ello significa pasar por sobre la sentencia decretada por tribunales, ¿dónde queda la separación de poderes?, es la pregunta que se plantea en El Araucano.

Ahora bien, una de las primeras medidas tomadas por José Tomás Ovalle (Vice-Presidente) y Diego Portales (Triministro), se relaciona de modo directo con la necesidad de aplicar implacablemente todo el rigor de la ley a los perturbadores del orden. Así pues, el 14 de junio de 1830 se solicitó al Congreso de Plenipotenciarios la adopción de medidas para reprimir el bandolerismo, arguyendo lo siguiente:

“Demostrada por la frecuencia de los delitos y la rarísima aplicación de las penas, la ineficacia de nuestro sistema judicial, el Vice-Presidente encargado del poder ejecutivo cree que debe dirigir la atención del Congreso de Plenipotenciarios al pronto y eficaz remedio de un mal tan vivamente sentido de todas las clases, y en especial de la población rústica en cuyo bienestar se interesa tanto la prosperidad de la República.
Remover en cuanto es posible las causas que favorecen la impunidad de los malhechores, o que se ponen a que la perpetración del delito sea seguida inmediatamente de la ejecución del castigo, es el objeto que el Vicepresidente propone a la consideración del Congreso.
La práctica de otras naciones en circunstancias semejantes ha sido establecer comisiones fijas o ambulante en los países infestados por bandidos, revistiéndolas de la autoridad indispensable para la sumaria sustanciación de las causas y para la inmediata ejecución de la sentencia…
El Gobierno cree que no podrá asegurar la paz interior mientras fermenten en el seno de la sociedad tantos elementos de desorden. Cree también que la frecuencia de crímenes es ya llegado el tiempo de hacerla desaparecer, restituyendo a las costumbres chilenas su antigua y nativa pureza.
Las medidas que el Vice-Presidente tiene el honor de proponer con este motivo al Congreso le parecen urgentemente necesarias. El Vice-Presidentese lisonjea de que la Representación Nacional las creerá de bastante importancia para darles una consideración preferente, aun en medio de los graves objetos que la ocupan”.[130]

En apoyo de estas medidas enérgicas, en El Araucano se cuestiona la posibilidad de rebajar o moderar la pena con la esperanza de que se enmienden, ya que los acostumbrados a vivir del robo y el salteo deben tener lo que se merecen. Estas afirmaciones se desarrollaron, por ejemplo, a propósito de la invasión y saqueo que sufrió Copiapó con los fugados de Juan Fernández.[131]

Así también se establece una amplia reticencia hacia la posibilidad de indultar a quienes ya se ha comprobado sus inclinaciones hacia el delito. Se afirma que los indultos son propios de un gobierno despótico, y con ello se va en contra de la facultad que tiene el Congreso para indultar, puesto que ello significa detener el brazo de la justicia, lo cual, en resumidas cuentas es un abuso de poder y verdadera tiranía que antena contra la sociedad:

“El Congreso concede indultos pero solo está abierto unos pocos meses en el año, un corto número de reos gozará del derecho de revisión de la sentencia, la vida o la muerte dependerá de coincidencia fortuita… si todos tuvieran derecho a esta súplica el Congreso se convertiría en Tribunal de apelaciones… se echaría por tierra la independencia constitucional de los juzgados.
De indultar a uno se debe indultar a todos los casos análogos. No hacer del indulto un acto arbitrario”[132].

La idea que se desprende de los mensajes editoriales de El Araucano, y que se encuentra en perfecta consonancia con el ideario político de Diego Portales es que la aplicación de la ley y la justicia no debe titubear ante nadie, ni siquiera ante los que antiguamente hayan lucido medallas de honor que ratifiquen antiguas contribuciones hacia el bien de la República de Chile. Esto último en relación a los opositores políticos, entre los cuales se encontraban antiguos próceres de la independencia, entre los que se contaban a Ramón Freire.

Así pues, opositores políticos y delincuentes comunes eran considerados bajo los mismos parámetros de perturbadores del orden y por tanto dentro de la conceptualización portaliana quedaban consignados en la categoría de los “malos”, sobre los cuales había que dejar caer el brazo implacable de la ley. Esta es una de los aspectos que de modo jocoso resalta Gabriel Salazar, quien afirma que lo único democrático en el gobierno portaliano fue el trato brindado a delincuentes comunes y presos políticos.[133]

Un claro ejemplo de la implacable actitud de Portales respecto de la severidad e imparcialidad de la aplicación de justicia la vemos manifestada en la respuesta que da a dos extranjeros, Guillermo Blest y Santiago Ingram, quienes habían intentado interceder a favor de Enrique Paddok, un norteamericano que había asesinado a 3 individuos y herido a 8 en Valparaíso.[134]

Para aquel entonces, Portales ejercía el cargo de Gobernador de Valparaíso y logra sintetizar claramente su percepción respecto de lo implacable de la ley respondiendo a Blest e Ingram: “mi celo por la buena administración de justicia y por el cumplimiento de las leyes no llega ni puede llegar hasta el extremo de precipitarme en injusticias, ni excitarme la sed de sangre… soy naturalmente compasivo, pero más amante de las leyes, del buen orden y del honor de mi pobre y desgraciado país. Bajo estos principios aseguro a ustedes, que debo mucho y aprecio en sumo grado a mis amigos queridos Blest e Ingram; pero si desgraciadamente alguno de ellos se encontrase en el caso del capitán Paddok y su suerte pendiera de mi mano, ya estaría yo llorando sobre su tumba… no desconozco la buena intensión que les ha movido a escribirme la carta que les dejo contestada; les soy agradecido por ella… con la suspensión que se ha hecho hoy de la ejecución de la sentencia, no se oye decir otra cosa entre ciertas gentes que si el reo fura chileno ya estaría olvidado. Así se disponen los ánimos insensiblemente, y un día, al hacer fusilar a un roto, puede levantarse el grito de que para ellos solo hay justicia, y armarse una fiesta en que tal vez me toque morir defendiendo a los señores que hoy me critican”.[135]

En lo concreto, la sentencia fue aplicada en el muelle de Valparaíso ante los espectadores, que podían apreciar con ello la severidad y el rigor de la autoridad.
En consecuencia, la propuesta de Portales, que como hemos demostrado, se encuentra netamente reflejada en las ideas fuerza socializadas en el Araucano, consistía en que la pena debía aplicarse inflexiblemente e impersonalmente, y sobre todo que ella debía alcanzar por igual a los infractores, independiente del rango o consideraciones de cualquier índole. En este contexto nos parece muy reveladora la frase que Vicuña Mackenna atribuye a Portales: “si mi padre conspirara a mi padre fusilaría”.[136] En este contexto se entienden, también, los consejos dados a Antonio Garfias: “El peor mal que encuentro yo en no apalear al malo, es que los hombres se apuran poco en ser buenos, porque lo mimo sacan de serlo como de ser malos”.[137] O bien, cuando señala a Urizar Garfias “palos y bizcochuelos, justa y oportunamente administrados, son los específicos con los que se cura cualquier pueblo, por inveteradas que sean sus malas costumbres”.[138]

3. Restricción del libertinaje de la imprenta y oposición digna

De un total de 110 mensajes editoriales analizados entre el 17 de septiembre de 1831 y 6 de junio de 1833, en 12 de ellos se abordó la necesidad de no permitir el libertinaje de la imprenta, debido a que este medio, mal utilizado puede llegar a ser motor de revueltas, desórdenes e inestabilidades intestinas. En ningún momento se argumenta contra la libertad de prensa, de hecho ésta última se pondera y se plantean lo beneficioso que puede llegar a ser para los países una libertad de prensa, “bien encausada”. Esto último es clave para relacionar la “libertad de imprenta” con la idea de la “oposición digna”, temática tratada con claridad en 15 mensajes editoriales.

La idea que se desprende de El Araucano es que la imprenta puede llegar a convertirse en un vehículo de oposición, y ésta en sí misma no posee caracteres negativos, mientras se mantenga en los límites de la decencia y la responsabilidad. De hecho, a los editorialistas de El Araucano, incluso les parece digno que les consideren como parte de una oposición “decente” y “bien encausada”, ya que de ese modo explican sus posturas críticas y en algunos casos divergentes respecto del Gobierno.

Así pues, se argumentará a favor de la necesidad de restringir la libertad de imprenta por convertirse esta en subversiva y foco de desordenes,[139] y que tal medida contra el libertinaje logrará recuperar la dignidad de ese instrumento de ilustración.[140] En este contexto, El Araucano expone sus propias características como medio de difusión de noticias e ideas, afirmando que “Para escribir al público se necesitan datos seguros y que sean asuntos de trascendencia general. No son suficientes los rumores. Así, El Araucano se encuentra interesado en todo lo que tenga utilidad pública, en todo aquello que pueda alterar la tranquilidad pública o desconcierten la marcha del gobierno… Nuestro empeño es instruir a nuestros lectores en cuestiones relativas al orden de la administración y de los principales sucesos del mundo civilizado.”.[141]

Si bien es cierto, en El Araucano se percibe una clara defensa de la restricción de la libertad de imprenta y difusión, también es cierto que los editorialistas insistieron en que tampoco se debía exagerar con el tema de la prohibición de textos de utilidad general, los cuales estaban siendo prohibidos innecesariamente. Ante ello se reclama y se opone resistencia argumentando en varias oportunidades el error en que esta incurriendo el Gobierno al permitir que se prohíban obras que, en esencia, no van directamente contra la moral, ni tampoco se transforman directamente en promotoras del desorden.[142]

La idea de la oposición decente en el ideario político de Portales se relaciona, también de modo directo con la prensa. Ya que uno de los argumentos más claros en defensa de la libertad de imprenta la manifiesta en relación a la publicación de un periódico denominado “El Hurón”, en el cual también se encontraba Gandarillas (el mismo redactor editorial de El Araucano) como principal promotor. En carta escrita a su amigo Antonio Garfias le manifiesta la necesidad de que el Gobierno se acostumbre a Gobernar en “sentido de la opinión”. ¿Qué opinión?, según palabras de Portales, una opinión decente que logre formar una oposición que no se convierta en tumultuaria, indecente, anárquica, injuriosa, “añadiendo que es una pretensión muy vana el querer marchar sin oposición…”.[143] Desde esta perspectiva, es preciso tener en cuenta que “Portales, fue periodista en diferente épocas de su vida, y de allí que pusiera empeño muy especial en que las indicaciones de la prensa no fueran desestimadas por el Gobierno”, [144] siendo uno de los decretos mas famosos el que expidió Portales el 14 de junio de 1830:

Decreto de ordenanza a los empleados públicos
Sincerarse de los cargos que les haga la prensa
Santiago, 14 de junio de 1830
Considerando que la imprenta bien dirigida es un de los medios más poderoso para mantener la regularidad y pureza de los empleados en el desempeño de sus funciones públicas;
Considerando que el escandaloso abuso que se ha hecho de ella, convirtiéndola en un instrumento de pasiones maléficas, la incapacita para ejercitar este saludable influjo, y la hace más a propósito para extraviar que para dirigir la opinión, que aun las acusaciones fundadas que se lanzan por la imprenta contra aquellos que abusa de sus facultades en daños del público, no exitarán la atención que debieran, vertiéndose por un órgano habitualmente deprabado; que los acusados se escudan con la licenciosidad de la prensa para no sincerar su conducta; y que este orden de cosas, confundiendo a los buenos servidores de Estado con los prevaricadores, compromete igualmente el honor de todos ellos y cede en desdoro del Gobierno.
He venido en decretar y decreto:
1° todo funcionario público cuya conducta en o que toca en servicio de su empleo, fuere atacada por la imprenta, debe acusar por sí o por apoderado, al autor o editor de impreso, ante el tribunal competente y en el término de la ley.
2° el que así no lo hiciere, queda suspenso de hecho en el ejercicio de su empleo, y el fiscal le acusará con el mismo impreso ante el tribunal competente.
3° el Ministro del Interior queda encargado del cumplimiento de este decreto. Imprímase para que llegue a noticia de todos
Ovalle
Diego Portales

Así pues, con este decreto, la causa era dejada en Tribunales. A los funcionarios públicos los ponía en la obligación de tener que defenderse de los ataques y a los atacantes los obligaba a tener que contar con pruebas fehacientes para llegar a establecer alguna crítica o acusación.
Ahora bien, como señalamos en el segundo capítulo del presente trabajo, la libertad de imprenta y la idea de oposición digna que defendida tanto por los editorialistas de El Araucano como por el propio Diego Portales. Pero los límites de ambos estaban, al parecer, circunscritos al hecho de que la oposición y la libertad de manifestar opiniones divergentes al gobierno eran “benéficas”, siempre que surgieran en el seno de la tertulia portaliana. Portales apela a la idea de la justa y digna oposición cuando no es parte del gobierno, por ejemplo, en 1822, cuando afirmaba “A mi las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno”.[145] O cuando en 1832, comentando a sus amigos respecto a El Hurón dice a sus amigos “¿Qué diría el Ministro cuando se le preguntase si quería marchar sin posición, cualquiera que fuese su marcha? cuando se le dijese que se trataba de hacer una oposición decente, moderada… 1° (para) encaminarle a obrar en el sentido de la opinión; 2° el de comenzar a establecer en el país un sistema de oposición que no sea tumultuario, indecente, anárquico, injurioso, degradante al país y al Gobierno, etc. Etc”.[146]

Pero cuando estuvo en el Gobierno fue implacable, puesto que la oposición, ligada a los antiguos pipiolos, fue siempre considerada en el grupo de los “malos” sobre los que había que aplicar las sanciones para lograr mantenerlos a raya, impidiendo que se transformaran en perturbadores del orden y la tranquilidad del país. Incluso aquella voz disidente que surgió en el alero del Gobierno, el grupo Philopolita, también se vio aplastado por la mano dura o por la sola presencia de Portales, una vez que regresó a ocupar, por segunda vez, cargos ministeriales en 1835.

4. Facultades extraordinarias

18 mensajes editoriales defienden la necesidad de que el Presidente pueda contar, llegada la necesidad, con facultades extraordinarias que le permitan sobreponerse a la adversidad, asegurando la pervivencia del orden, la tranquilidad y la estabilidad. Se justificó, por ejemplo, la concesión de facultades extraordinarias por parte del Congreso de Plenipotenciarios al Gobierno instituido en 1830. En la vigésimo cuarta edición se publicaron los documentos secretos que “facultaron al presidente para separar el país a los desorganizadores que promueven desorden y ruina de la república de Chile”.[147] De este modo se respondía a las constantes quejas presentadas por la oposición en periódicos como El Valdiviano Federal, que insistían en que el Gobierno no contaba con la atribución de expatriar a ningún ciudadano y que por tanto se transgredía la Constitución que decían defender.

Ante esta situación debemos recordar que los triunfadores de Lircay siempre mantuvieron la posición de afirmar que su movimiento revolucionario se comprometía con la defensa de la Constitución de 1828, ello explica las palabras de Alberto Edwards quien afirma que “al leer los documentos originales de esa época interesantísima (1829 en adelante), he sentido siempre la sensación de encontrarme ante un poder legítimo, restaurado después de larga usurpación, y que desea borrar hasta el recuerdo de la anarquía”.[148] Pero es indudable que en este caso, son las apreciaciones de Sotomayor Valdés las que grafican con mayor nitidez la realidad imperante a partir de 1830. Este autor afirma que para el Gobierno Conservador “la situación es anómala y contradictoria al invocar una constitución que tenían necesidad de quebrantar a cada paso para sostenerse… la legitimación del poder revolucionario no se hallará en la letra de ninguna ley preexistente”.[149]

El Araucano criticó la debilidad del Gobierno anterior, la escasa y nula posibilidad e intención de aplacar las revueltas y desordenes, los cuales proliferaban casi al alero del Gobierno. De este modo en la edición N° 12 se afirma “la constitución debía haber tenido un título en que se facultase al Gobierno para proceder en casos extraordinarios a fin de imponer silencio a los opositores que prevalidos de la insuficiencia de la ley, procuran introducir el desorden, y ponen al Gobierno en el conflicto de salvar la patria, como ellos dicen, contra la ley… La constitución debe dar reglas para proceder en casos extraordinarios y para evitar las convulsiones populares”.[150] Desde esta perspectiva se defiende fuertemente la necesidad de contar con tales facultades, puesto que “hubo conflictos en que el gobierno tuvo que pedir facultades extraordinarias y si el Congreso de Plenipotenciarios lo hubiese negado habría sido preciso dejar perecer el país por falta de autoridad, o proceder autoritariamente por falta de autorización del código”.[151]

Ahora bien, esta idea la vemos presente ampliamente en el epistolario de Diego Portales, pero su argumento, en consonancia con el pragmatismo, no lo basa en facultades constitucionales, simplemente demuestra su irritación ante las amarras e impedimentos a los que el Gobierno se ve sometido con el objeto de tener que respetar las disposiciones constitucionales. En ese contexto es que es posible comprender afirmaciones tan tajantes como “a esa Señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”.[152] O bien, cuando reflexionando respecto de los argumentos legislativos entregados por Mariano Egaña, se enfurece debido a que la ley pareciera estar más preocupada de defender a los delincuentes que procurar conservar el orden. En estos términos Portales afirma “Con los hombres de ley no puede uno entenderse; y así, ¡Para qué carajo! Sirven las Constituciones y papeles, si son incapaces de poner remedio a un mal que se sabe existe, que se va a producir, y que no puede conjurarse de antemano tomando las medidas que pueden cortarlo, pues es preciso esperar que el delito sea infraganti… En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea para producir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad. Si yo, por ejemplo apreso un individuo que está urdiendo una conspiración violo la ley. Maldita ley, entonces, si no deja al brazo del gobierno proceder libremente en el momento oportuno!…”.[153] Como se ve, para Portales era preciso que el Gobierno contara con los instrumentos suficientes para mantener a toda costa el orden interno, la estabilidad y la tranquilidad. Pero como afirma el propio Portales, ello no implicaba un desdeño por la legalidad o por la constitución en sí misma, sino que todo estaba en relación al contexto, en ello manifiesta su pragmatismo –o como algunos han llamado, realismo político-. en reilación a este último aspecto, en carta a su amigo Ramón Cavareda Portales señaló “(Veo que no nos entendemos). Yo he estado y estoy muy lejos de querer medidas violentas, soy muy decidido por los trámites legales cuando las circunstancias lo permiten: lo que he querido decir es que desalienta ver castigar a los pícaros por sediciosos y ver, al mismo tiempo, al Gobierno acompañándose del Coronel López que no es menos pícaro ni menos sedicioso que los demás”.[154]

Como se puede ver, lo que prima en Portales es el pragmatismo en que algunos han visto un alto grado de realismo político. El estado de excepción es visto por Portales como una necesidad ante circunstancias extremas que puedan poner en peligro el orden y la estabilidad interna del Estado. Por tanto, la necesidad de tener que recurrir a los métodos adecuados cuando las circunstancias así lo requiera, son justificadas por el objetivo, por el “fin”. Por ello, cuando el orden público del Estado se ve amenazado, se genera una situación que autoriza la ejecución de medidas extraordinarias, que pueden estar fuera o ir contra la legalidad.[155]

La solución legal para no contravenir a la constitución es que ella misma contemple la posibilidad de recurrir a medidas extraordinarias en circunstancias extraordinarias. En El Araucano se reafirma esta situación al momento en que se explica y defiende el deber y derecho que tuvo el Congreso de Plenipotenciarios para conceder en 1830 facultades extraordinarias al Gobierno. En relación a ello se afirma “si tales facultades se hubiesen negado al gobierno, habría sido preciso dejar perecer el país por falta de autoridad, o proceder autoritariamente por falta de autorización del código”.[156]

5. Transparencia y publicidad de los juicios

Otra de las temáticas de amplio desarrollo y tratamiento en El Araucano fue lo relativo a la administración de justicia, pareciendo claramente abordado en 23 mensajes editoriales, pero aludido tangencialmente cuando se abordan los temas relativos al orden y tranquilidad. La transparencia y publicidad de los juicios se aborda en el ámbito de los consejos y recomendaciones que los editorialistas proporcionan al Gobierno. En estos asuntos es donde mayor crítica se hace al desempeño de la administración, ya que se inculpa a los jueces de no aplicar “como es debido” las penas y sanciones, pero pronto aparece la justificación a tales errores, es decir, la “mala legislación” existente en nuestro país, la cual se ha heredado de la monarquía española y en torno a este punto versarán gran parte de las recriminaciones, proponiendo la urgente necesidad de reformar o rehacer los reglamentos que nos rigen, con el objeto de clarificarlos y extirpar de ellos todo lo que halla de inútiles e improcedente: “Mientras estemos sujetos a una legislación tan viciosa, no podríamos quejarnos con justicia de los errores de nuestros jueces”.[157]

En primer lugar se propone la necesidad de leyes imparciales y eficaces, pero se advierte que éstas de nada sirven si no se observan. Así también, otra de las recomendaciones más reiteradas es la necesidad de publicar los juicios puesto que “nada congenia más con el despotismo que el misterio. La publicidad de todas las acciones de los mandatarios del pueblo es el carácter propio de los gobiernos populares y libres, y ¿en cuál será más conveniente o necesario el freno de la opinión pública que en la de aquellos funcionarios en cuya custodia están encomendadas las vidas, la hacienda, el honor de los ciudadanos? ¿y bajo qué protesta querría el magistrado mostrar parte alguna de sus actos a la inspección del público?… la publicidad de los juicios es el único preservativo seguro de la arbitrariedad y prevaricaciones”.[158]

Una de las quejas y recriminaciones más significativas entregadas por El Araucano a la administración de justicia tuvo lugar cuando el Tribunal superior que rebajó pena impuesta a un delincuente que había cometido un robo en la Iglesia la Merced, a quien se cambió la pena de presidio en Juan Fernández a Profesor de Copiapó. Ante esta situación El Araucano expone su queja y argumenta que no se vaya a incriminar al Gobierno si decide tomar cartas en el asunto para invalidar la rebaja de la pena:

“… fue sentenciado por el juez a presidio en Juan Fernández por un año y medio, luego se revocó esa sentencia y se destinó a la villa de Copiapó 3 años para servicios de enseñanza de la juventud.
El juez ha faltado a lo dispuesto por las leyes, mitigando excesivamente l pena establecida contra delitos de esta naturaleza. El tribunal superior, abusando de la facultad que una ley de partida le concede para proporcionar los castigos a las circunstancias y clases de los delincuentes no solamente anuló la pena sino que decretó un premio a favor del ladrón y se arrogó la autoridad de asignarle renta que sólo corresponde al cuerpo legislativo…
Se disculpan diciendo que el sujeto es un miembro respetable por haber sido miembro de la Cámara de justicia de Mendoza… pero sabemos por los compatriotas de este desgraciado que salió de su país fugado o expulsado porque más de una vez había cometido delitos iguales
Tampoco los jóvenes podrían tributarle el respeto que se debe a un profesor en cuanto sepan el suceso que les ha colocado bajo su dirección.
Nos consideramos obligados a publicar el caso referido para que no se acrimine al gobierno, si como debe impide la ejecución de esta sentencia. La Constitución le manda velar para que se ejecuten las sentencias judiciales, pero también le hace responsable de la conservación de la moral pública y de la observancia de la constitución. Faltaría a ambos si permitiese que la juventud de Copiapó fuese educada por un delincuente”.[159]

Si comparamos estas afirmaciones con el ideario político de Diego Portales veremos la absoluta consonancia en el análisis. En El Araucano y en el epistolario de Portales observamos una severa crítica hacia la administración de justicia, y sobre todo a la debilidad que se demuestra al manifestar benevolencia hacia los delincuentes. En ambos casos se propone la transparencia judicial con el objeto de evitar el despotismos y animar a los jueces a hacer “bien” su trabajo, en el fondo, para que aprendan a cumplir inescrupulosamente con su deber, cuestión majadera en los consejos de Portales a sus amigos. Muy interesante son las apreciaciones de Portales cuando se le comunica que se comenzará a publicar un periódico que servirá de portavoz para sus amigos de tertulias. En carta a su amigo Antonio Garfias afirma que “El país necesita de un buen papel al lado el monótono Araucano: el silencio de nuestra prensa puede interpretarse a lo lejos por opresión en que las mantiene el Gobierno. Encárgueles que siempre publiquen las sentencias y trabajos de los tribunales, que interesan a todos; que es el modo de estimular a los jueces al trabajo y de contener sus arbitrariedades y disimulos reprensibles”.[160]

ÚNICA IDEA FUERZA QUE SE ALEJA AUNQUE NO CONTRADICE EL IDEARIO POLÍTICO DE PORTALES

Optimismo constitucionalista

Si bien, la información con la que contamos indica que Gandarillas fue el redactor de los mensajes editoriales desde el origen de El Araucano hasta 1835, podemos afirmar que existen dicotomías respecto del optimismo constitucional. En algunos mensajes se demuestra un amplio entusiasmo y casi una “idolatría” al tema constitucional, mientras que en otras ocasiones se llama a la prudencia y a la observancia de que no son las constituciones las que arreglan los Estados.

En esencia, lo que aconteció fue, como señala Ramón Sotomayor, “la revolución convertida en régimen gubernativo, llegó a ser incompatible con la Constitución que por otro lado pretendía sostener. El dilema era claro: o se reformaba la ley fundamental, o se continuaba en un régimen provisional e incalificable, que recibía la luz de la constitución de un lado para proyectar sombras en el otro”.[161] Desde esta perspectiva, y utilizando la metáfora de Sotomayor Valdés “El Gobierno desde 1830 cubrió su desnudez con el ropaje de unas leyes que no habían sido cortadas ara su talle, y que por lo tanto debía desgarrarse y saltar en jirones en los bruscos movimientos de una lucha encarnizada. Así quedó pendiente de sus hombros, pero destrozada la constitución de 1828, y así se explica la contradictoria mezcla de legalidad y de arbitrariedad que caracterizó la primitiva política de aquel gobierno”.[162]

La necesidad imperiosa, entonces, fue argumentar en favor de la “reforma” de la constitución. Y precisamente esto es lo que hace El Araucano en 29 de sus mensajes editoriales entre el 17 de septiembre de 1830 y el 25 de mayo de 1833. En El Araucano se insiste sobre la necesidad de mejorar las falencias del código de 1828, suprimiendo sus elementos más perjudiciales, como eran la extendida facultad de sufragar y la poca claridad de división y jerarquización de autoridades; e incorporando nuevos elementos como las facultades extraordinarias que brindaran al Ejecutivo la autoridad suficiente para enfrentar la adversidad perturbadora del “orden”.

Así pues, entre los problemas detectados se encuentra “la demasiada extensión del derecho a sufragio y la multitud de elecciones populares que abren campo a las maquinaciones de los partidos, la ambigüedad de muchos artículos fomenta el choque de las opiniones y dispone los caminos a sentimientos odiosos y la mala organización del régimen interior pone a los funcionarios subalternos en combate con el gobierno supremo entorpece la marcha de la administración y quita al poder la mayor parte de la fuerza gubernativa”.[163] Además, la constitución de 1828 quitaba al jefe supremo una gran parte de la energía necesaria para gobernar bien y haciendo dificultosa su responsabilidad.[164]

La propuesta de El Araucano estuvo orientada a promover la restricción del derecho a sufragio y la necesidad de establecer facultades extraordinarias al ejecutivo para usarlas cuando sea necesario. Pero sobre todo se enfatizó que la Convención tuviera presente que no se buscaba hacer un nuevo código, sino que sólo “reformar” el anterior. Tal insistencia le valió a El Araucano una disputa con El Mercurio quien le acusó de transformar a la Constitución del 28 en un “ídolo”, cuestión que el editorialista de El Araucano negó fuertemente.[165]

El argumento para restringir el derecho a sufragio se da en los siguientes términos: “El derecho a sufragio solamente debería concedérsele a los individuos que sean capaces de apreciarlo en su justo valor y no dispuestos a prestarse a los abusos de un intrigante, ni a ser engañados por alguien corruptor, ni sometidos a voluntad ajena. Circunscribiendo este derecho a los que tengan alguna propiedad que les produzca para una subsistencia decente y cómoda… Esta limitación del derecho a sufragio a más de evitar los abusos en las elecciones, produce la singular ventaja de estímulos a los hombres al trabajo para hacerse digno de disponer de los destinos del país”.[166]

Se promueve la necesidad de establecer un gobierno fuerte con máxima autoridad para aplicar los conatos de desorden e inestabilidad, se defiende la idea de una administración firme, estable y vigorosa. Ante ello, el tema de las facultades extraordinarias surge como crucial, llegando a sostenerse que la falta de autoridad del Ejecutivo es la principal falencia de la constitución de 1828. En la décimo segunda edición de El Araucano se sostiene que “la constitución debía haber tenido un título en que se facultase al Gobierno para proceder en casos extraordinarios a fin de imponer silencio a los opositores que prevalidos de la insuficiencia de la ley, procuran introducir el desorden, y ponen al Gobierno en el conflicto de salvar la patria, como ellos dicen, contra la ley… La constitución debe dar reglas para proceder en casos extraordinarios y para evitar las convulsiones populares”.[167] Teniendo en cuenta lo anterior, en El Araucano se defiende la idea de que lo principal que debe tener la Constitución reformada es que el Gobierno cuente con los MEDIOS eficaces para conservar la PAZ y el ORDEN PÚBLICO.[168]

Optimismo y realismo

Como hemos explicado, en los mensajes editoriales de El Araucano, aparece subrayado un exacerbado optimismo constitucional, que luego se modera con observaciones relacionadas con la necesidad de no creer que la carta fundamental solucionará todos los problemas. Así, afirmaciones tales como “en él Código se va a sancionar la quietud perpetua, o a expedir una orden para que se renueven los disturbios sofocados a fuerza de sacrificios aún no conocidos”.[169] Pero en dos ediciones más adelante se reconoce que la constitución no es la solución de los abetares de las repúblicas ya que muchas constituciones son las que han existido en América, pero todas han durado poco tiempo. Ello debido a que “no son las constituciones por sí mismas las que establecen el orden. Es necesario que la carta constitucional esté en armonía con el resto de la legislación para que pueda afianzarse el orden”.[170]

Pareciera ser que cuando en El Araucano se pone énfasis en el optimismo constitucional, los editores están haciendo eco de las palabras del propio Presidente Joaquín Prieto, quien al momento de afirmarse la Gran Convención Constituyente señala:

“Reformar la gran carta es la obra destinada a vuestra sala. Vais a registrar los derechos y deberes no de millón y medio de hombres que pueblan hoy a Chile, sino de las generaciones que habrán de formar algún día la gran nación de América, y como pende de vosotros la dicha o la desgracia de los mortales y dignos vais a mecer la execración a las bendiciones de todos los siglos. Concentrad todo vuestro amor patrio, fijar en el estado y necesidad del preciso suelo que les vio nacer, recordad a cada momento que sois legisladores para Chile y que el fin de las leyes es la ventura de los hombres y de los rublos y no la ostentación de los principios: Haceos y hacednos dichosos, y contad con las bendiciones de los cielos y de los hombres”.[171]

“Haceos y hacednos dichosos”, tal afirmación demuestra un exacerbado optimismo, pero esta actitud también tuvo sus matices en el propio Joaquín Prieto, puesto que el día en que fue jurada y promulgada la Constitución expresó que “(los reformadores) no han tenido en cuenta más que nuestros interés, su único objeto es dar a la administración reglas adecuadas… Despreciando teorías tan alucinadoras como impracticables, sólo han fijado su atención en los medios de asegurar para siempre el ORDEN y la TRANQUILIDAD pública… La reforma no es más que el modo de poner fin a las revoluciones y disturbios a que daba origen el desarreglo del sistema político en que nos colocó el triunfo de la Independencia”.[172]

En cuanto al escepticismo o “realismo” de análisis respecto de la Constitución se puede evidenciar la influencia del ideario político de Portales, para quien en muchos casos las Constituciones sólo eran una atadura para el Gobierno, ya que les restringía la posibilidad de tomar cuando fuera necesario, medidas excepcionales, drásticas contra los perturbadores del orden. Bajo este prima un día afirma “esa señora que llaman constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”[173]. O cuando refiriéndose directamente al proyecto de reforma constitucional le dice a su amigo Garfias “no me tomaré la pensión de observar el proyecto de reforma. Usted sabe que ninguna obra de esta clase es absolutamente buena, ni absolutamente mala; pero ni la mejor, ni ninguna servirá para nada cuando está descompuesto el principal resorte de la máquina”.[174]

El pragmatismo de Portales le lleva a entregar afirmaciones que a simple vista podrían ser calificadas de inclinaciones anticonstitucionales o antilegalistas, pero como lo explicitamos en el capítulo II, se debe tener presente que tales apreciaciones se hacen tendiendo presente contextos extremos, es decir, convulsiones o disturbios desestabilizadores que puedan ocasionar la ruina del Gobierno y la República. Por ello es que en la epístola enviada a Ramón Cavareda Portales afirma: “Yo he estado y estoy muy lejos de querer medidas violentas, soy muy decidido por los trámites legales cuando las circunstancias lo permiten”.[175]

La pregunta que se desprende del análisis de la epístola enviada a Garfias es ¿cuál era para Portales el principal resorte de la maquina?. Y a nosotros la interrogante que se nos genera es ¿tendrá razón Alberto Edwards al sostener que el resorte principal era “autoridad tradicional”, el gobierno obedecido, respetable y respetado, eterno, inmutable, superior a los partidos y a los prestigios personales?.[176] O será más bien, como señala Mario Góngora, que para Portales el principal resorte de la máquina era la distinción entre los que el llamaba en sus cartas “los buenos” y “los malos”.[177] Pero el propio Góngora pone en jaque su teoría del resorte principal al decir –sólo en unos párrafos más delante de la afirmación anterior- que la preferencia del orden público al caos es el principal resorte de la máquina.

La metáfora del resorte principal de la maquina, se refiere al elemento fundamental que hace que el Gobierno, la República o el Estado, funcionen como es debido. Es evidente que ningún elemento (resorte) por sí mismo son suficientes para el buen funcionamiento de la máquina, sino la conjunción de varios, o tal vez la preponderancia alternada de cada uno de ellos. Por ejemplo, sin duda, es esencial que el Gobierno logre distinguir a la gente con quien cuenta para llevar a cabo sus labores, pero también, para lograr el establecimiento del Estado, fue crucial dotarlo de una gran energía que le permitiera sobreponerse a los avatares y adversidades, tales como las turbulencias intestinas y las insurgencias que intentaban derrocarle. Por nuestra parte, consideramos que el principal soporte del sistema gubernamental establecido bajo los auspicios de Diego Portales, fue la consolidación de un Gobierno fuerte y en muchos casos autoritario, que pretendía establecer el orden, la tranquilidad y la estabilidad en la República de Chile. Esta idea es la que se desprende del ideario político de Diego Portales y de las ideas socializadas a través de El Araucano, periódico portavoz del Gobierno institucionalizado por los triunfadores de Lircay.

CONCLUSIÓN

A través de la presente investigación nos propusimos verificar las afirmaciones tradicionales que señalan a Diego Portales como el hombre más destacado en el ámbito de la configuración y establecimiento del Estado Chileno. Es claro que uno de los principales medios de socialización de sus ideas y pensamientos políticos fue la epístola y las tertulias en que con sus amigos y camarillas compartía inquietudes y juicios. No obstante, la pregunta en torno a la que estructuramos nuestro trabajo fue ¿en qué medida y de qué forma ese ideario –nítidamente delineado en su epistolario- pudo llegar a constituirse en ideas fuerza que pudieran ser traspasadas al resto de la población a través de El Araucano?. Como se explicitó en el tercer capítulo, este medio de difusión periódica, sin contar con el rango de periódico oficial, se transformó en el portavoz del Gobierno, por tanto, es legítimo intentar buscar en sus páginas y mensajes editoriales el proyecto político y, en general, el proyecto de sociedad que se pretendía establecer en Chile.

Para llegar a responder a tal interrogante emprendimos un largo itinerario que nos condujo primero a esbozar una reseña de los estudios bibliográficos que han abordado el rol político de Portales en relación a la configuración del Estado. Los resultados de esta tarea los expusimos en el primer capítulo, del cual se desprende que todos los historiadores analizados, liberales o conservadores, simpatizantes y detractores, coinciden en señalar que la dureza del régimen establecido fue uno de los rasgos fundamentales. La distinción está en la justificación o reprobación de los medios utilizados. Así también, las diferencias radican en interpretar si la obra portaliana es una creación moderna o bien una restauración y finalmente en dilucidar si el régimen entrañaba el personalismo o el impersonalismo.

En cuanto a la discusión establecida en torno a Portales, más que señalar nuestra adhesión a uno u otro autor, preferimos esbozar nuestras particulares apreciaciones, y con esto, también nos adentramos en la síntesis de las ideas expuestas en el segundo capítulo de la presente investigación. En el epistolario de Portales vemos una propuesta política cargada de pragmatismo. Sus aseveraciones respecto de la necesidad de tener presente las circunstancias o el tipo concreto de ciudadanos con los que cuenta la naciente República de Chile, explican sus apreciaciones realistas y pragmáticas –en el sentido del desapego a los sueños quiméricos previos a 1829-.

Portales no es un ideólogo, ni un especialista en teorías políticas, por ello sus reflexiones tienen siempre puntos de partida muy concretos. Frente a la realidad dada y frente a problemáticas específicas manifiesta sus juicios, consejos o reprimendas. En definitiva, Portales no soñaba con “Repúblicas aéreas”, ni se engolosinaba con fantásticas teorías democráticas, ni tampoco creía en la bondad o maldad intrínseca de las leyes. Pero ello no implica un desdén hacia la democracia en sí misma, ni hacia las leyes. En este contexto se comprende aseveraciones tales como “La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República… Cuando se hayan moralizado venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos”.[178] Así también, se deben comprender sus apreciaciones respecto de las leyes y la Constitución, cuando respecto de las primeras afirma “no hay ley buena si se descuidan los encargados de hacerla cumplir, y avanzaremos que los buenos encargados hacen buenas las leyes, pues vemos que con unas mismas se administra bien y mal la justicia”,[179] mientras que de la constitución llega a decir frases como “esa señora que llaman constitución hay que violarla cuando las circunstancias sean extremas”.[180]

Es evidente que para Portales los medios utilizados encuentran su justificación en los objetivos. Y su objetivo declarado era el establecimiento del orden y la tranquilidad en el país. Las “circunstancias extremas” a las que se refiere Portales son todas aquellas perturbaciones que puedan lograr poner en jaque la tranquilidad, la estabilidad y en suma, la existencia del Estado, como ente aglutinante y organizador de la República. La implacabilidad de las medidas tendentes a terminar con los conatos de desordenes y perturbaciones, se explica por su visión ejemplificadoras de las penas. Identificar claramente a “los buenos y los malos” fue un consejo reiterado en sus cartas, y el objeto de tal identificación era lograr saber con quienes contaba el Gobierno para ejercer su labor y sobre quienes debía recaer la dureza del castigo, o bien, recurriendo a la metáfora portaliana “palos y biscochuelos” son los que deben aprender a administrar los servidores públicos.

Delineado el eje fundamental del pensamiento político de Portales, que a juicio nuestro, es la severa aplicación de las sanciones sobre los perturbadores del orden y la tranquilidad de la República, nos adentramos en el estudio y análisis de El Araucano propiamente tal. Este periódico, como señalamos en el tercer capítulo, sin contar con la categoría de oficial sino hasta 1850, se propuso ser el portavoz del ideario político del Gobierno, pero ello no implicó que en ocasiones se criticara sus acciones y determinaciones, y de esta última característica se felicitaban sus propios redactores.[181]

Ahora bien, como resultado de la ardua tarea de extraer, sintetizar, catalogar y tabular la información contenida en los mensajes editoriales de El Araucano, entre el 17 de septiembre de 1830 (fecha de fundación del periódico) y el 25 de junio de 1833 (fecha de promulgación de la Constitución reformada), logramos establecer que las temáticas abordadas son, esencialmente trece: Orden, tranquilidad, estabilidad, implacabilidad de la ley, reforma constitucional, facultades extraordinarias, restricción del derecho a sufragio, restricción del libertinaje de imprenta, centralismo, moralización, oposición digna, transparencia y publicidad de juicios y conatos subversivos.

Con el objeto de ordenar y encausar nuestro análisis establecimos tres ejes directrices a partir de los cuales podemos vislumbrar un ordenador de las ideas y conceptos mencionados.

En primer lugar se encuentran los problemas o dificultades que enfrenta el Gobierno, los cuales, según el análisis expresado en el periódico, son la herencia del caótico estado de turbulencias, anarquía y licencia del periodo anterior, liderado por los “pipiolos”.
El segundo eje temático se relaciona con la reflexión respecto de los medios, métodos y estrategias necesarias y eficaces para lograr superar los problemas identificados.
El último eje directriz corresponde a los objetivos a los que Chile como República independiente debe aspirar. Tales objetivos se estructuran en las más diversas temáticas, entre ellas el tipo de gobierno que se debe establecer, las características del código fundamental que lo debe regir, la forma en que debe ser administrada la justicia, los valores y las características que deben identificar tanto a los hombres públicos como a los ciudadanos en general. Pero por sobre todas estas ideas, la que más se reitera es la necesidad de establecer el Orden y la Tranquilidad.

En síntesis, la propuesta que surge de entre las páginas de El Araucano es que ante los males evidentes (desordenes, fechorías, delincuencia, sublevaciones) deben ser aplicadas medidas enérgicas e implacables (entre las cuales se contemplan las facultades extraordinarias), que permitan, por un lado cortar de raíz los problemas y por otro ejemplificar y moralizar a la población circundante. El objetivo o el fin que se proponía el Gobierno, era, sin duda, el establecimiento del Orden y la Tranquilidad interior y ambas ideas o conceptos son los más preponderantes a lo largo de todo el periodo analizado, ocupando la idea de orden 77 editoriales, mientras que el concepto de la tranquilidad se desarrolla en 50.

Al contrastar las ideas y conceptos socializados por El Araucano con el ideario político de Portales logramos constatar una casi completa consonancia entre ambos, excepto en el exacerbado optimismo constitucional que se desprende de algunos mensajes editoriales. No obstante, incluso ese optimismo es matizado, llamando a veces a tener presente que la Constitución no será la solución de todos los problemas del país, porque no sólo de ella depende la buena marcha del Gobierno. Como expresamos en el apartado final del último capítulo de la presente investigación, incluso en el Presidente Prieto se reflejó una moderación en cuanto a las exacerbadas expectativas que cifraba en la reforma constitucional.

BIBLIOGRAFÍA

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Villalobos, Sergio, Portales una falsificación histórica, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2005.

Fuente documental:
Periódico El Araucano
En la actualidad es posible localizar esta fuente documental en las siguientes bibliotecas:
– Biblioteca Nacional de Chile, sección periódicos. Microfilm.
– Biblioteca Budge de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Casa Central. Acceso directo a los 25 tomos.
– Biblioteca del Archivo Histórico de Viña del Mar. Microfilm (1830-1837)
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Ana Henríquez Orrego
annyhen@yahoo.es
annyhen@hotmail.com

NOTAS

[1] Lorenzo Schiaffino, Santiago, “Portales y la política internacional”. En: Bravo Lira, Bernardino, Portales: El Hombre y su obra la consolidación del gobierno civil, Editorial Jurídica de Chile, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1989. Página 281
[2] Bravo, Lira, De Portales a Pinochet, Ed. Jurídica de Chile, Santiago, 1985. página 28
[3] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 149; Ernesto de la Cruz y Guillermo Feliz Cruz, Epistolario de Don Diego Portales, Tomo III, página 47.
[4] La influencia de Portales y su protagonismo ha sido afirmado tanto por la historiografía conservadora como liberal, o simplemente, tanto por quienes se sienten identificados con Diego Portales como por sus detractores.
[5] Edwards, Alberto, La fronda aristocrática, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 2005, página 60
[6] Lastarria, José Victorino, Don Diego Portales, Juicio Histórico, Valparaíso, 1861. Página 39 – 43
[7] Vicuña, Mackena, Introducción a la historia de los diez años de la administración Montt. D. Diego Portales, Santiago, 1863. página 18
[8] Sotomayor Valdés, Ramón, Historia de Chile bajo el Gobierno del General don Joaquín Prieto, Fondo Histórico del Presidente Joaquín Prieto, Santiago de Chile 1962. Volumen I. Página 79
[9] Ibidem, página 9
[10] Ibidem, página 20
[11] Ibidem, página 50
[12] Barros, Arana, Diego, Historia General de Chile, Santiago, 1884. 1902. Volumen XVI, página 60.
[13] Barros, Arana, Diego, Ob. Cit., página 622
[14] Barros, Arana, Diego, Un decenio de la Historia de Chile (1941-1951), Santiago, 1905-1906. página 21
[15] No podemos afirmar lo mismo respeto de la obra de Gabriel Salazar, Construcción de Estado en Chile, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile 2005.
[16] Brahm, Enrique, “Portales en la Historiografía”. En: Bravo Lira, Bernardino, Portales: El Hombre y su obra la consolidación del gobierno civil, Editorial Jurídica de Chile, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1989. Página 464
[17] Edwards, Alberto, Ob. Cit., página 62
[18] Ibidem, 68 – 69
[19] Edwards, Alberto, Ob. Cit: “(con Prieto) Se inauguró un gobierno impersonal, serio, estable, regularmente elegido, y que la masa del país obedecía y respetaba; vencedor en su lucha contra la anarquía. En septiembre de 1831, Portales había llegado a la cumbre del éxito y del poderío. Consecuente con principios de desinterés y patriotismo, Portales abandona el poder y los honores y vuelve a Valparaíso”. Página 69
[20] Bravo, Lira, Bernardino, De Portales…, Ob. Cit., página 18
[21] Ibidem, página 25
[22] Bravo, Lira, Bernardino, Historia de las Instituciones políticas de Chile e Hispanoamérica, Ed. Jurídica de Chile, Santiago, 1986.
[23] Góngora, Mario, Ob. Cit.: “Es una creación “moderna”, nada semejante al mundo hispánico colonial, más bien centralizadora a la francesa, con toda fragilidad de estados recién nacidos en el siglo XIX, sin ningún sentido sagrado como los reinos medievales. Con todo ese régimen duró 60 años. (En torno a esa idea matriz se formó la clase política chilena, lo que Isidoro Errázuriz llama “casta sacerdotal”: Montt, Errázuriz Zañartu, Santa María, Varas, Máximo Mujica, Francisco Echaurren”. Página 81
[24] Góngora, Mario, Ob. Cit.: “El régimen de Portales no era impersonal o abstracto, sino que el gobierno tenía que apoyarse en una aristocracia –de terratenientes, no de señores feudales-, pero esa clase debería estar sujeta obedientemente al Gobierno por su propio interés en el orden público. Lo impersonal es propio de una burguesía o de un proletariado industrial, nunca de una aristocracia”. Página 80
[25] Villalobos, Sergio, Portales una falsificación histórica, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2005. Página 120
[26] Ver: Epistolario, vol. II, 203, 298, 302, 303, 378, 410.
[27] Salazar, Gabriel, Construcción de Estado en Chile, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile 2005. Página 378
[28] Ibidem, página 519

[29] Bravo, Lira, De Portales a Pinochet, Ed. Jurídica de Chile, Santiago, 1985. página 28
[30] De la Cruz, E. – Feliz. G., Epistolario de don Diego Portales, Santiago, 1937 – 1938, (3 volúmenes). Volumen I, N° 5, p. 176 y siguientes.
[31] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 58. (Carta de Portales a Urízar Garfias, 1 de abril de 1837)
[32] Epistolario, I, página 306, N° 113, carta de Diego Portales a E. Newman, Santiago, 25 de abril de 1830.
[33] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 77. Valparaíso, 14 de enero de 1832. A Antonio Garfias
[34] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 48. Valparaíso, 7 de marzo de 1833. A Ramón Cavareda
[35] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 50. Valparaíso, 13 de marzo de 1833. A Ramón Cavareda
[36] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 58. Santiago, 1 de abril de 1837. A Urizar Garfias
[37] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 57 – 58. Valparaíso, 6 de diciembre de 1834. A Antonio Garfias.
[38] Entre los más recientes se cuenta a Sergio Villalobos y Gabriel Salazar. Ver obras citadas.
[39] Ver: Guzmán, Alejandro, Portales y el derecho, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 1988. Capítulo I: “Las ideas jurídicas de Diego Portales”.
[40] Son múltiples las reflexiones que nos surgen en relación con el Realismo Político de Diego Portales, las cuales, si bien escapan a los objetivos de la presente investigación, subyacen en nuestro análisis histórico del personaje y su contexto. En la presente investigación nada ha constatado ni desmentido la posibilidad de que Portales haya tenido acceso a los textos de Nicolás Maquiavelo, no obstante, incluso ante la posibilidad de que jamás se haya instruido en sus dictámenes, quizás “el maquiavelismo” (en el más cabal sentido del concepto), se sustenta en bases tan prácticas y lógicas que cualquiera que tenga clara conciencia de la realidad, que se vincule con el poder y que rechace las utópicas ideas de construir repúblicas aéreas, logre llegar a las mismas conclusiones. No obstante, hay algo que lo aleja, netamente, de los postulados de Maquiavelo, y es su “completo desinterés” por guardar para sí mismo el poder. En Portales, el poder era algo que lo perseguía, y ante el cual en variadas oportunidades se vio en la necesidad de demostrar su “sublime” reticencia. Muy interesante sería llevar a cabo una investigación cuyo tema versara en el contraste de “Portales y Maquiavelo”.
[41] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 50
[42] Góngora, Mario, Ob. Cit., página 78
[43] Rojas, Gonzalo, “Portales y la seguridad Interior del Estado”. En. Bravo, Bernardino, Ob. Cit., página 58
[44] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 40, 41 y 42. Valparaíso, 26 de julio de 1832. A Joaquín Tocornal.
[45] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 46 – 47. Valparaíso, 6 de febrero de 1833. A Miguel Dávila.
[46] Guerra, Hugo, Ob. Cit., página 117. Valparaíso, 9 de noviembre de 1831
[47] Silva, Raúl, Ob. Cit., Páginas 32 – 33. Valparaíso, 16 de marzo de 1832. A Antonio Garfias.
[48] Guerra, Hugo, Ob. Cit., páginas 96 – 97
[49] Idem
[50] El Araucano, Santiago de Chile, 13 de junio de 1831, N° 46, página 3, columna 3.
[51] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 77
[52] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 31. Valparaíso, 4 de marzo de 1832. A Antonio Garfias
[53] Silva Castro, Ob. Cit., páginas 31 – 32. Valparaíso, 13 de marzo de 1832. A Antonio Garfias
[54] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 40. Valparaíso, 26 de julio de 1832. A Joaquín Tocornal.
[55] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 46 – 47. Valparaíso, 6 de febrero de 1833. A Miguel Dávila.
[56] Guerra, Hugo, Portales y Rosas, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile 1958. página 120
[57] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 77
[58] Guerra, Hugo, Ob. Cit., página 171
[59] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 56
[60] Salazar, Gabriel, Ob. Cit., página 382
[61] Ver: Salazar, Gabriel, Ob. Cit., Capítulo VI, páginas 315 – 419
[62] En este caso nos parece muy acertada la siguiente afirmación de Sergio Villalobos, ob. Cit., página 12: “Un historiador como cualquier persona es el resultado de sus circunstancias, en sus ideas confluyen la educación recibida, la cultura, sus experiencias personales y de grupo… el estudioso del pasado, como sujeto cognoscente está expuesto, así, a toda clase de errores. Es subjetivo y en su obra expresa invariablemente su ideología y mentalidad, aun cuando no se lo proponga y haga el mayor esfuerzo de objetividad”. Ninguno de los lectores de la obra de Gabriel Salazar podría negar que sus recargados juicios respecto de Portales y su obra están eclipsados por la experiencia de represión y exilio que experimentó este autor durante el Gobierno de Augusto Pinochet.
[63] Salazar, Gabriel, Ob. Cit., página 518
[64] Ibidem, página 519
[65] En el capítulo siguiente se acotará el concepto de periódico oficial.
[66] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 149; Ernesto de la Cruz y Guillermo Feliz Cruz, Epistolario de Don Diego Portales, Tomo III, página 47.
[67] Lorenzo Schiaffino, Santiago, “Portales y la política internacional”. En: Bravo Lira, Bernardino, Portales: El Hombre y su obra la consolidación del gobierno civil, Editorial Jurídica de Chile, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1989. Página 281
[68] La influencia de Portales y su protagonismo ha sido afirmado tanto por la historiografía conservadora como liberal, o simplemente, tanto por quienes se sienten identificados con Diego Portales como por sus detractores.
[69] Silva, Castro, Raúl, Prensa y periodismo en Chile 1812-1956, Ed. Universidad de Chile, Santiago 1958. Página 167
[70] Idem
[71] Briceño Ramón, Estadística Bibliográfica, Santiago, Chile, 1862. Vol. I. (En: portada de El Araucano, fondos documentales de Biblioteca Budge de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso)

[72] Silva, Castro, Raúl, Prensa y Periodismo…, Ob. Cit., página 173
[73] Ibidem, página 174
[74] El Araucano, Santiago de Chile, 17 de septiembre de 1830, N° 1, página 1, columna 2.
[75] El Araucano, Santiago de Chile, 8 de febrero de 1833, N° 126, página 3, columna 3. (Las mayúsculas son nuestras)
[76] De la Cruz, Ernesto, Epistolario de don Diego Portales, Página 46
[77] Silva, Castro, Raúl, Prensa y Periodismo…, Ob. Cit., página 174
[78] Barros, Arana, Diego, Un decenio de la Historia de Chile (1941-1951), Santiago, 1905-1906.Tomo II, páginas 368 – 369.
[79] Ver: Cuadros de síntesis de las temáticas abordadas en El Araucano expuestas en el anexo 1 de la presente investigación.
[80] El Araucano, 29 de enero de 1831, N° 20. Página 2, columna 2. (Documento del Ministerio del Interior, 15 de enero de 1831)
[81] El Araucano, 8 de enero 1831, N° 17. Página 3, columna 1.
[82] El Araucano, 21 de enero 1832, N° 71. Página 1, columna 3.
[83] El Araucano, 2 de abril de 1831, N° 29. Página 4, columna 2
[84] El Araucano, 21 de abril 1832, N° 84. Página 4, columna 1
[85] El Araucano, 15 de marzo de 1833, N° 131. Página 4, columna 3
[86] El Araucano, 14 de enero 1832, N° 70. Página 3, columna 2
[87] El Araucano, 5 de noviembre 1831, N° 60. Página 4, columna 1 y 2
[88] Como se verá más adelante este tipo de argumentos son los que rechaza Portales cuando defiende la imparcialidad en la aplicación de la justicia, sin miramientos a la calidad anterior de los imputados.
[89] El Araucano, 11 de noviembre 1830, N° 9. Página 4, columna 1
[90] El Araucano, 13 de agosto 1831 N° 47. Página 2, columna 1. (Para Portales, el problema más que estar en las leyes está en quines las aplican, puesto que es evidente que las mismas leyes que antes sirvieron para condenar a los delincuentes, ahora sirven para ampararlos. Ver: Artículo publicado en El Mercurio, 17 de enero de 1832. “Administración de justicia criminal”. En: Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 143 – 146)
[91] El Araucano, 5 de febrero 1831, N° 21. Página 4, columna 1
[92] El Araucano, 16 de abril 1831, N° 31. Página 4, columna 1
[93] El Araucano, 4 de diciembre 1830, N° 12. Página 4, columna 2
[94] El Araucano, 26 de febrero 1831, N° 24. Página 3, columna 3
[95] El Araucano, 12 de mayo 1832, N° 87. Página 4, columna 2
[96] El Araucano, 14 de diciembre 1832, N° 118. Página 4, columna 1
[97] El Araucano, 4 de diciembre 1830, N° 12. Página 4, columna 2
[98] Ver: Salazar, Gabriel, Ob. Cit. Capítulo VI: “Culminación de los procesos revolucionarios (1828-1837)”.
[99] Como se puede ver en el cuadro estadístico de la página 40, estas ideas se reiteran y desarrollan concretamente en 77 y 50 editoriales respectivamente.
[100] El Araucano, 25 diciembre 1830, N° 15. Página 3, columna 1
[101] El Araucano, 5 de marzo 1831, N° 25. Página 4, columna 1
[102] El Araucano, 14 de mayo 1831, N° 31. Página 4, columna 2
[103] El Araucano, 16 de abril 1831, N° 31. Página 4, columna 1
[104] El Araucano, 2 de junio 1832, N° 90. Página 4, columna 2
[105] El Araucano, 23 de mayo 1831, N° 37. Página 4, columna 3
[106] El Araucano, 12 de noviembre 1831, N° 61. página 4, columna 4
[107] El Araucano, 21 de abril 1832, N° 84. página 4, columna 1
[108] El Araucano, 21 de septiembre 1832, N° 106. página 4, columna 2
[109] El Araucano, 22 de febrero 1833, N° 128. Página 4, columna 3
[110] El Araucano, 1 junio 1833, N° 142. Pagina 1, columna 3
[111] Salazar, Gabriel, Ob. Cit., página 519
[112] Stuven, Ana, La seducción de un orden, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago 2000. páginas 47 -52.
[113] El Araucano, 25 diciembre 1830, N° 15. Página 3, columna 1.
[114] El Araucano, 16 de abril de 1831, N° 31, página 4, columna 1.
[115] El Araucano, 23 de mayo 1831, N° 37, página 4, columna 3.
[116] El Araucano, 17 de diciembre de 1831, N° 66, página 4. columna 2
[117] El Araucano, 18 de febrero 1832, N° 75, página 4, columna 3.
[118] El Araucano, 2 de junio 1832, N° 90, página 3, columna 2.
[119] El Araucano, 21 de septiembre 1832, N° 106, página 4, columna 2.
[120] El Araucano, 25 de diciembre de 1830, N° 15. Página 4, columna 1
[121] El Araucano, 8 de enero de 1831, N° 17. Página 2, columna 3
[122] El Araucano, 2 de abril de 1832, N° 29. Página 4, columna 2
[123] El Araucano, 15 de marzo 1833, N° 131. Página 4, columna 3
[124] El Araucano, 22 de febrero 1833, N° 128. Página 4, columna 3
[125] Silva, Raúl, Ob. Cit.: “mis inseparables deseos de orden, mi genial inclinación al bien público, mi absoluta falta de aspiraciones, ni a gloria, ni a brillo, ni a empleos de ninguna clase, no pueden infundir recelo alguno: soy un mentecato por el entusiasmo en una decente consecuencia y por la concordancia de mis palabras con mis obras: he asegurado mil veces que no mandaré al país… ¿No se deja conocer que no me hago la más pequeña violencia para aborrecer el mando: que este es el resultado de una racional meditación y de una experiencia bien aprovechada?”. Páginas 31 – 32. Valparaíso, 13 de marzo 1832. A Antonio Garfias
[126] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 77. Valparaíso, 14 de enero de 1832. A Antonio Garfias
[127] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 48. Valparaíso, 7 de marzo de 1833. A Ramón Cavareda
[128] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 50. Valparaíso, 13 de marzo de 1833. A Ramón Cavareda
[129] Góngora, Mario, Ob. Cit., página 78
[130] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 107-108
[131] El Araucano, 14 de enero 1832, N° 70. Página 3, columna 2
[132] El Araucano, 28 de septiembre de 1832, N° 107. Página 3, columna 2.
[133] Salazar, Gabriel, Ob. Cit., página 379
[134] Los hechos son narrados en El Araucano, 28 de diciembre 1832 (página 4, columna 2), N° 120: “El público ya informado por el Mercurio y correspondencia de Valparaíso de los horrendos asesinatos cometidos en aquella ciudad el 21 del corriente por Enrique Paddock, capitán de un buque ballenero, y no sin justicia se ha conmovido su indignación contra el autor de una catástrofe tan espantosa… en pocos instantes fueron matados tres individuos y heridos gravemente 8… un crimen sin igual en Chile. No podría menos que excitar el celo de nuestros magistrados para aniquilar prontamente a esta fiera en figura humana… En 22 horas se le formó causa por el juez de primera instancia de Valparaíso quien le condenó a ser afusilido y puesto el cadáver a la expectación pública, cuya sentencia fue confirmada por la Ilustrísima corte de apelaciones… sin embargo no ha tenido efecto todavía dicha sentencia por haber interpuesto el defensor del delincuente recurso de nulidad, por cuyo motivo se ve hoy la causa por la corte suprema en reunión extraordinaria. La celeridad con que han procedido los jueces acredita un horror a la impunidad, y merece la consideración respetuosa de todos los ciudadanos… no puede creerse que un hombre hallándose en pleno goce y ejercicio de sus facultades intelectuales, pueda arrojarse a estos atentados sin motivo y sin objeto”.

[135] Epistolario, Vol. II, N° 332.
[136] Encina, Francisco, Portales, Ob. Cit., página 212
[137] Epistolario, Vol. I, N° 160, página 389. (a Antonio Garfias, Valparaíso, 14 de enero de 1832)
[138] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 58. (a Urizar Garfias, Santiago, 1 de abril de 1837)
[139] El Araucano, 5 de febrero 1831, N° 21. Página 4, columna 2
[140] El Araucano, 16 de abril 1831, N° 31. Página 4, columna 2
[141] El Araucano, 17 de diciembre de 1831, N° 66. Página 4, columna 2
[142] Ver: Mensajes editoriales de El Araucano, N° 84, 85, 115 y 139.
[143] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 32. Valparaíso, 16 de marzo de 1832. A Antonio Garfias.
[144] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 106
[145] Epistolario, Volumen I, N° 5, página 177
[146] Silva, Raúl, Ob. Cit., Páginas 32 – 33. Valparaíso, 16 de marzo de 1832. A Antonio Garfias.

[147] El Araucano, 26 de febrero 1831, N° 24. Página 3, columna 3.
[148] Edwards, Alberto, Ob. Cit., página 68
[149] Sotomayor Valdés, Ramón, Historia de Chile bajo el Gobierno del General don Joaquín Prieto, Fondo Histórico del Presidente Joaquín Prieto, Santiago de Chile 1962. Volumen I. Página 48
[150] El Araucano, 4 de diciembre 1830, N° 12. Página 4, columna 2.
[151] El Araucano, 12 de mayo 1832, N° 87. Página 4, columna 2.
[152] Epistolario, Vol. III, página 378
[153] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 57 – 58. Valparaíso, 6 de diciembre de 1834. A Antonio Garfias.
[154] Epistolario, Vol. II, N° 331, página 374. Valparaíso, 15 de marzo de 1833. A Ramón Cavareda. (el subrayado es nuestro)

[155] Aspectos explicativos y tendentes a justificar el pensamiento político de Portales respecto de la legalidad y la constitución han sido desarrollados por Alejandro Guzmán, Portales y el Derecho, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 1988. (primera parte: Ideas jurídicas de Portales)
[156] El Araucano, 12 de mayo 1832, N° 87., página 4, columna 2
[157] El Araucano, 3 de septiembre 1831, N° 51. Página 4, columna 2
[158] El Araucano, 11 de noviembre de 1830, N° 9. Página 4, columna 2.
[159] El Araucano, 5 de noviembre de 1831, N° 60. Página 4, columna 1 y 2.
[160] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 29 – 30. Valparaíso, 4 de marzo de 1832. A Antonio Garfias.
[161] Sotomayor, Ramón, Ob. Cit., página 61
[162] Sotomayor, Ramón, Ob. Cit., página 51
[163] El Araucano, 27 de noviembre 1830, N° 11. Página 4, columna 2.
[164] El Araucano, 4 de diciembre 1830, N° 12. Página 4, columna 2.
[165] El Araucano, 17 de diciembre de 1831, N° 66. Página 4, columna 2.
[166] El Araucano, 27 de noviembre 1830, N° 11. Página 4, columna 2.
[167] El Araucano, 4 de diciembre 1830, N° 12. Página 4, columna 3
[168] El Araucano, 14 de diciembre 1832, N° 118. Página 4, columna 1
[169] El Araucano, 12 de mayo 1832, N° 87. Página 4, columna 2
[170] El Araucano, 26 de mayo 1832, N° 89. Página 4, columna 2
[171] El Araucano, Santiago de Chile, 22 de octubre de 1831, N° 58, página 4, columna 1.
[172] El Araucano, 1 junio de 1833, N° 142. Página 1, columna 3.
[173] Epistolario, volumen III, página 379
[174] Epistolario, volumen II, página 203
[175] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 50
[176] Edwards, Alberto, Ob. Cit., página 68
[177] Góngora, Mario, Ob. Cit., página 78
[178] De la Cruz, E. – Feliz. G., Epistolario de don Diego Portales, Santiago, 1937 – 1938, (3 volúmenes). Volumen I, N° 5, p. 176 y siguientes.
[179] Silva, Raúl, Ob. Cit., Página 143 – 146
[180] Epistolario, Vol. III, N° 508, página 378
[181] Ver: Mensajes editoriales de El Araucano N° 1 y N° 126

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REALISMO POLITICO NICOLAS MAQUIAVELO


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.CONJETURAS SOBRE REALISMO POLÍTICO EN NICOLÁS MAQUIAVELO:

ANÁLISIS DEL LIBRO PRIMERO DE LOS DISCURSOS SOBRE LA PRIMERA DÉCADA DE TITO LIVIO

Autora: Ana Henríquez Orrego 

Libros como los Discursos y el Príncipe no revelan su total significado, tal como se lo propuso el autor, a no ser que se piense sobre ello “día y noche” durante largo tiempo. El lector que está adecuadamente preparado ha de tropezarse con sugerencias que se niegan a ser expresadas. La pluma o la máquina de escribir, por no hablar de la mano o de la lengua, niegan sus servicios. El lector llega a así a comprender la verdad de que lo que no debe decirse, no puede decirse…”. (Strauss, Leo, Meditación sobre Maquiavelo, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1964. página 209)
Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y que si este es bueno como sucedió en caso de Rómulo siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la que reconstruye”. (Maquiavelo, Nicolás, Obras políticas, Editorial El Ateneo Pedro García S. A., Buenos Aires 1957. Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Libro I. Capítulo 9. Página 86. )

NOTA INTRODUCTORIA

En el presente escrito se tendrá por objetivo esclarecer la posibilidad de catalogar a Nicolás Maquiavelo entre los autores que adhieren al realismo político. Para lograr tal propósito, en primer lugar, se expondrán algunas definiciones que han tenido por pretensión catalogar o delinear los fundamentos o principios del realismo político. En la última etapa de esta aproximación conceptual bosquejaremos una conceptualización tentativa en la que se precisarán 4 indicadores básicos a partir del cuales se puede definir el realismo político.

Teniendo presentes los cuatro indicadores tentativos del realismo político nos adentraremos en el análisis propiamente tal de un escrito de Nicolás Maquiavelo. El escrito seleccionado es “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”. Ahora bien, de este escrito sólo analizaremos el libro I, dedicado netamente a las problemáticas internas de la república de Roma.

El propósito esencial será constatar o descartar la presencia de los elementos característicos del realismo político en el escrito de Nicolás Maquiavelo, recurriendo para ello a un análisis minucioso de cada uno de los capítulos constitutivo de los “Discursos”.[1]

CAPÍTULO I
REALISMO POLÍTICO: CONFIGURACIÓN DE UN CONCEPTO

Rodrigo Borja en su enciclopedia de la Política nos aproxima al concepto de realismo político, en primer lugar, definiendo las características del político realista y luego esbozando una reseña histórica del concepto realpolitik.

Respecto del político realista señala que “es el que percibe la realidad social como ella es y no como él quisiera que fuera. El que obra con los pies en la tierra. Que sabe que el hombre no tiene alas. Que se mueve en el escenario que es y no en el imaginario. Que da la misma importancia a la fealdad que a la belleza, a lo sucio que a lo limpio, a lo normal que a lo aberrante, porque todos ellos son elementos de la realidad social”. [2] Desde este punto de vista, la característica esencial de un político realista es que tiene siempre presente la realidad, la objetividad, ante esto dirá Borja, la política debe ser la ciencia y el arte de lo posible, de lo dado, de lo real. En este sentido se habla de realismo político. [3] Sólo un político que tenga los pies bien puestos en la tierra, que despliegue toda su capacidad de percibir las cosa tal como son y no como él quisiera que fueran, puede ser catalogado como un político realista.

Respecto del realismo político, Borja señala que es la castellanización de la realpolitik, término acuñado por el escritor alemán Ludwig von Rochau en 1853, al criticar la falta de realismo en la política instrumentada por los liberales germanos durante el proceso revolucionario de 1848-1849. Puede traducirse al castellano como política realista, para designar una política que tenga contacto con la realidad, que no se nutra de fantasías, que vea al mundo social como es, y no como quisiéramos que fuera.[4] Como se ve, Borja vuelve a proponer las mismas ideas anteriores, agregando ahora un ámbito cronológico y espacial en que tal concepto fue generado.

¿Nicolás Maquiavelo y el realismo político? Podemos afirmar que casi se acepta como verdad dada el hecho de que Maquiavelo es uno de los precursores del realismo político. Pero al respecto no encontramos mayores elucubraciones analíticas, sino que sólo se afirma que en los textos del florentino es evidente el apego a la realidad, a los hechos, a la evidencia fáctica, alejada de elucubraciones fantasiosas, y ello en última instancia atribuiría a Maquiavelo la calidad de realista político.[5] Otros autores, como Jean Touchad, observan en la defensa irrestricta que hace Maquiavelo a favor de la Razón de Estado aspectos claros de realismo político.[6] O bien se establece, como lo hace Chevalliere, que todos los políticos que adhieren al realismo se declaran emparentados abiertamente con Maquiavelo y el Príncipe.[7] Pero la relación concreta entre realismo político y Maquiavelo no se establece desde un punto de vista sistemático, sólo se acepta como algo dado.

Dilucidar tal relación es nuestro objetivo en el presente trabajo. Para alcanzarlo, en seguida reflexionaremos respecto de los 6 principios del realismo político establecidos por Hans Morgenthau y posteriormente presentaremos una conceptualización tentativa del realismo político, a partir de la cual llevaremos a cabo un análisis minucioso del libro primero de los Discursos de Nicolás Maquiavelo.

SEIS PRINCIPIOS DEL REALISMO POLÍTICO SEGÚN MORGENTHAU

En este apartado se intentará nominar y describir los 6 principios del realismo político planteados por Morgenthau en su libro “Escritos sobre política internacional”.

La primera dificultad que encontramos a la hora de intentar asir la catalogación de presentada por Morgentahau es el hecho de que ninguno de los principios está nominado, pues su identificación sólo se restringe a una enumeración. La ausencia de nominación también se une a la escasa nitidez con que cada principio se diferencia de los demás. En efecto, como se evidenciará más adelante, muchas ideas vertidas en la explicación de cada principio se transforma en idea transversal que se menciona y desglosa en varias oportunidades.

Con todo, el siguiente es un intento de nominación de los 6 principios del realismo político establecidos por Morgenthau.

1. Empirismo. Según este principio el realismo político funda todo su conocimiento a partir de la realidad fáctica, es decir, el analista se interesa por los hechos concretos, verificables a partir de la observación. El realismo político se presenta como una teoría racional basada en la experiencia, en los hechos reales y sus consecuencias evidentes.

2. Interés como principio rector del quehacer político. Según el argumento planteado por Morgenthau, este principio es el que perfila a la política como una esfera independiente de acción y comprensión. Si bien consideramos que esta premisa teórica nos permite delimitar el ámbito de lo político, consideramos que Morgenthau sobredimensiona las posibilidades instrumentales de esta herramienta al sostener que tal instrumento puede permitir prever los pasos o determinaciones que adoptarían los estadistas ante circunstancias dadas.[8] Esto solo sería posible si nuestros objetos de estudio, el estadista al que estamos observando o investigando, actuara siempre bajo este parámetro racional.[9]

3. Lo variable y lo permanente en el concepto de interés. Antes de definir este principio debemos señalar que, de todos los principios enunciados por Morgenthau, este es el que mayor dificultad presenta al momento de intentar asirlo para pretender una nominación. Pareciera ser que en este tercer principio la idea central vuelve a girar en torno al interés definido como poder. Consideramos que este principio constituye la ampliación del anterior, en cuanto sostiene la esencia inalterable del interés como móvil de la acción política. Pero no queda clara la razón por la cual tal profundización no se desarrolla en el principio anterior. Lo único que se agrega en este principio es la perennidad de la noción de interés como esencia de la política no afectada por circunstancias de tiempo ni lugar.[10] En esencia, el interés es lo permanente, mientras que el contenido o el motivo de tal interés es lo que cambia.4. Ética de los resultados. De los principios enumerados por Morgenthau, podemos afirmar que éste es el que se esboza con una mayor claridad y delimitación, puesto que su argumento no deja lugar a dudas respecto de que la política posee un ámbito ético propio. En efecto, Morgentau señala “el realismo sostiene que los principios morales universales no pueden ser aplicados a las acciones de los estados en su formulación universal abstracta, sino que deben ser filtrados a través de circunstancias concretas de tiempo y lugar”.[11] En esencia, en este principio se argumenta que el Estado -entidad política por excelencia- no debe exponerse a sacrificios en pos del mantenimiento de preceptos morales. En última instancia, la vara con la que se mide el actuar político no radica en el ámbito de las motivaciones, sino en el ámbito de los resultados obtenidos. Esto último es lo que lleva a Morgenthau a afirmar que en política la máxima virtud es la prudencia, la cual implica una sabia ponderación de las consecuencias.

Muy clarificador para comprender este principio es la siguiente afirmación de Nicolás Maquiavelo:

“Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y que si este es bueno como sucedió en caso de Rómulo siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la que reconstruye”.[12]

Este ejemplo no es usado por Morgenthau, pero nos parece muy atinente para los propósitos de la presente investigación, puesto que podemos ir avizorando elementos que nos permiten encausar nuestro análisis respecto de Nicolás Maquiavelo y su posible catalogación como realista político. El fragmento expuesto en el párrafo anterior bosqueja con claridad uno de los postulados con el que comúnmente se identifica el pensamiento de Maquiavelo, es decir, aquel en que se afirma que los medios utilizados deben ser juzgados a partir de logros obtenidos (resultados-fines), de ahí que los resultados obtenidos puedan excusar los actos que desde ciertos prismas morales, éticos- religiosos, puedan parecer como condenables o reprobables.

5. Rechazo de la existencia de una moral universal. Según este principio, el realismo político no presupone leyes morales que gobiernen el universo. Al concebir este principio, el realismo político deshecha la pretensión de justificar las acciones y aspiraciones arrogando la posesión de cualidades éticas universales. En este punto Morgenthau señala que es imprescindible tener presente el concepto de interés definido como poder, puesto que en último término este es el móvil o motor que impulsa el actuar de las naciones.

6. Especificidad de la política. La política reclama un ámbito particular dentro de la esfera de la realidad humana. Esto implica analizar el actuar político a partir de criterios generados en el ámbito de la política, cuestión que subraya la emancipación de la política de otras esferas como la religión o la moral.

CUATRO PRINCIPIOS DEL REALISMO POLÍTICO SEGÚN FUKUYAMA[13]

Solo con el objeto de tener presente un contrapunto respecto del paradigma realista de análisis político nos parece interesante exponer los planteamientos de Francis Fukuyama, quien rechaza el realismo político como metodología de análisis de las relaciones internacionales. No obstante, su rechazo no se elabora en términos absolutos, sino que lo plantea partiendo de la premisa de que este modelo de análisis fue válido en un mundo dominado por fuerzas antagónicas que se regían por el equilibrio de poder, y ese mundo puede ser avizorado históricamente en el siglo XIX y también durante el periodo en que se extendió la Guerra Fría, pero luego de que esta culminó, el paradigma realista no sería aplicable.

Tales planteamientos hunden sus raíces en los supuestos que subyacen en la tesis del “Fin de la Historia”, según los cuales, tras el fin de la Guerra Fría (1989) y de la Unión Soviética (1991), el mundo ingresaba a una etapa en que los conflictos internacionales darían paso a la cooperación y entendimiento entre las potencias, las cuales estarían abocadas netamente a solucionar cuestiones del ámbito económico. Toda rencilla o atisbo de conflicto, según Fukuyama no serían más que resabios del mundo histórico.[14]

Las reglas sobre las que se sostiene el realismo político, según Francis Fukuyama, son las siguientes:

Equilibrio de fuerzas con los enemigos potenciales.
Necesidad de elegir entre amigos y enemigos, tendiendo en cuenta primordialmente su poder y no su ideología o el carácter del régimen interno.
Al evaluar las amenazas exteriores los hombres de Estado deben mirar más de cerca la capacidad militar que las intenciones.
Necesidad de excluir la moral de la política exterior.

El rechazo de tales principios se explica a partir de la supuesta “paz permanente” que se establecería entre las grandes naciones una vez alcanzado el fin de la historia, es decir, el triunfo de la idea democrática y liberal. Esta idea contradice uno de los supuestos básicos del realismo político: que el conflicto es un elemento constitutivo de las relaciones políticas.

CONFIGURACIÓN TENTATIVA DEL CONCEPTO REALISMO POLÍTICO1. Concepción trágica de la naturaleza humanaEl realismo político concibe al ser humano atrapado en un conflicto de valoraciones contrapuestas. Acepta que el hombre no es un ser completamente racional, puesto que una parte importante de sus comportamientos hunde sus raíces en el componente emocional, cuyo motor son las pasiones, entendidas éstas como el primado de lo irracional por sobre lo racional. Tales contradicciones internas dificultan la toma de decisiones, ya que constantemente el hombre debe elegir entre valores divergentes. Esto lleva a que constantemente el hombre esté enfrentado a dilemas insolubles, en los que se oponen por una parte sentimientos altruistas (simpatía, piedad, compasión) y, por otra, sentimientos derivados del miedo (vulnerabilidad, precariedad e inseguridad).El realismo político, además de concebir al hombre como un ser no plenamente racional, también lo considera potencialmente riesgoso. Esto porque el realismo sostiene que los individuos y colectividades compiten, perennemente, estimulados por el miedo y la ambición. Ambos sentimientos instan al individuo a intentar procurarse medios que les provean seguridad, puesto que la desconfianza que se siente respecto de los congéneres insta a buscar medios que mantengan a raya la vulnerabilidad frente a los demás. Se siente miedo frente a peligros evidentes y presentes, que demandan ser conjurados; se ambicionan medios con el objeto de proveer seguridad futura frente a males o enemigos potenciales.Como se ha señalado, el realismo político no acepta la idea de que el hombre es un ser naturalmente bondadoso y equilibrado, por el contrario, concibe al hombre inmerso en una tragedia en la que sentimientos y valoraciones luchan por ser satisfechos, este factor es lo que le daría un aspecto trágico a la naturaleza humana. Así, en el hombre confluyen la razón y las pasiones. Pero se debe tener presente que la razón no necesariamente conduce a la armonía, ni la pasión al desequilibrio, esto porque el factor racional, perfectamente puede ser el impulsor de actitudes agresivas, debido a que la razón podría prever futuros peligros y de ese modo instar al hombre a conjurarlos de antemano; mientras que en las pasiones también se encuentran todo ese conjunto de sentimientos derivados del altruismo (simpatía, piedad, compasión). En definitiva, la esencia del hombre no es buena ni mala, y el realismo político reconoce esa calidad humana en la que ambas categorías (maldad-bondad) se encuentran presentes en el ser humano, pero están en potencia, pujando por satisfacer sus demandas y atribuyéndole al hombre la cualidad de un ser riesgoso.A continuación nos referiremos sucintamente a la posibilidad de percibir la concepción trágica de la naturaleza humana en Nicolás Maquiavelo, pero no ahondaremos en el análisis de sus escritos, sino que más bien expondremos y cuestionaremos algunas reflexiones expresadas por Tomas Chuaqui[15] y Oscar Godoy[16]. El primero de estos autores, afirma no ver en Maquiavelo una preconcepción de la naturaleza humana, señalando que “En mi opinión, Maquiavelo no utiliza una concepción de la naturaleza humana como un fundamento estable para su concepción de lo político y de la historia. Más bien, me parece más adecuado caracterizar el gesto en forma inversa: Maquiavelo destila de la observación cuidadosa de la historia ciertas generalizaciones relativas al comportamiento de los seres humanos”, enseguida afirma que “Maquiavelo tiene una opinión muy negativa de las motivaciones humanas, pero ésta no es el resultado de una suerte de antropología filosófica o teoría psicológica anterior al análisis histórico y político, sino que se derivan de él y lo nutren. En mi opinión, no es acertado atribuirle a Maquiavelo una teoría antropológica previa a partir de la cual se construirían principios de lo político, y ha sido notado por varios comentaristas lo poco sofisticada y superficial que es, en general, su perspectiva psicológica”.[17]En este punto, Tomas Chuaqui dice no concordar con Oscar Godoy, quien sostiene que “Maquiavelo posee una visión muy pesimista de la naturaleza humana; piensa que los hombres son malos y que siempre están dispuestos a emplear su malignidad”.[18]No obstante, sin que sea nuestro propósito ahondar en el examen de los escritos de Nicolás Maquiavelo, podemos señalar que al analizar el primer libro de los Discursos, nos damos cuenta que, según Maquiavelo, los hombres no son, como afirma Godoy, siempre malos. De hecho en tres capítulos de este libro Maquiavelo reitera su apreciación respecto de que los hombres no son nunca completamente malos ni completamente bueno.[19] Con esto también desechamos la propuesta de Chuaqui, quien afirma que Maquiavelo no posee una preconcepción respecto de la naturaleza humana.

Sírvanos de ejemplo el capítulo 27 que lleva por título “Rarísimas veces son los hombres completamente buenos o malos”: En este capítulo se ejemplifica con un hecho concreto que los hombres nunca son completamente malvados o completamente buenos: En 1505 siendo el propósito del papa Julio II despojar de su poderío a todos los tiranos que gobernaban en tierras de la Iglesia, llegado el momento de enfrentar a Juan Pablo Baglioni, este último no supo aprovechar el momento de matar al pontífice y despojar a sus acompañantes de sus joyas. “era increíble que dejara de hacerlo como acto de benevolencia o por escrúpulos pues ningún sentimiento de piadoso respeto cabía en hombre tan malvado, que abusaba de su hermana y había muerto, para reinar, a sus primos y sobrinos. De esto se deduce que los hombres no saben ser completamente criminales o perfectamente buenos”.[20]
Desde esta perspectiva, según Maquiavelo, ni siquiera los malos son capaces de comportarse siempre a la altura de su malignidad.

Podemos decir que Oscar Godoy para elaborar su reflexión ha de haberse quedado con la afirmación que Maquiavelo vierte en el capítulo III del primer libro de los Discursos, donde señala:

“Quien funda un estado y les da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión lo permita”.[21]

Evidentemente en esta afirmación se advierte una contradicción o al menos una tensión, puesto que en un primer momento Maquiavelo sostiene que el fundador de un estado debe suponer que todos los hombres son malos y luego sostiene que éstos hombres son naturalmente malos. ¿En qué quedamos? ¿La maldad del hombre solo es un supuesto que debe servir como instrumento previsor para el fundador o la maldad del hombre es una propiedad intrínseca a la especie humana?. Estimamos que la respuesta la entrega el mismos Maquiavelo en los tres capítulos en que especifica que los hombres nunca son completamente malos ni completamente buenos, puesto que ni los malos ni los buenos son capaces de comportarse invariablemente a la altura de sus propiedades benignas ni malignas.

2. Equilibrio de poder

En el ámbito de las relaciones internacionales el equilibrio de poder consiste en evitar que un Estado alcance un grado tal de fuerza frente a sus vecinos de manera que le permita subyugarlos. Así, como señala Henry Kissinger, por lo general el equilibrio de poder es el resultado de un proceso de frustrar el intento de un país determinado por gobernar y sobreponerse a los demás.[22]

Quienes abogan por una política realista se inclinan a considerar beneficioso para la comunidad internacional la existencia de una pluralidad de centros de poder, sin que ninguno de estos pueda dominar de manera absoluta, ni imponer sus intereses unilateralmente a los demás.[23]

De lo afirmado se deduce que la teoría del equilibrio de poder implica un constante juego en que los actores internacionales (Estados) deben estar alerta frente a las posibles amenazas de pretensiones de hegemonía absoluta. Puesto que el país que pretenda tal hegemonía, inevitablemente, estará contraviniendo el equilibrio establecido.

La búsqueda del equilibrio del poder es contraria a la búsqueda de la seguridad absoluta, puesto que quien pretenda alcanzar tal seguridad, generará la inseguridad de todos los demás miembros de la comunidad internacional y termina por destruir lo que pretende alcanzar: la paz. Partiendo de esta premisa, es la inseguridad relativa la que contribuye a mantener la paz, puesto que ninguna de las partes se siente lo suficientemente fuerte como para atentar contra otra. Kissinger explica esta situación arguyendo la necesidad de que exista un tercero autoexcluido y dispuesto a arrojar sobre la balanza la fuerza necesaria para evitar que un país se vuelva tan poderoso que se vea tentado a sobreponerse sobre los débiles. Desde esta perspectiva, para el tercero autoexcluido, el equilibrio de poder consiste en evitar el engrandecimiento desmesurado del poderío de una potencia, contribuyendo a brindarle apoyo y fuerza a las entidades políticas que manifiesten debilidad.[24] Desde esta perspectiva podemos afirmar que el equilibrio de poder puede ser concebido como un armisticio tolerable. En efecto, el sistema de equilibrio de poder no pretende establecer de una vez y para siempre la paz, sino que muestra su disposición a estar alerta con el objeto de limitar los conflictos y evitar las crisis generales.

3. Carácter inevitable del conflicto

Los autores que sostienen un enfoque realista afirman que el conflicto es inherente a la actividad política, aunque no han desarrollado una teoría empírica (científica) del conflicto político propiamente tal. A pesar de esta escasa sistematización de las reflexiones respecto del conflicto, los analistas que adhieren al realismo político consideran a éste como un elemento intrínseco de las relaciones humanas.[25]

Uno de estos analistas es Max Weber, para quien la política es básicamente una lucha por el poder, el cual es un medio para alcanzar fines ideales o materiales, individuales o grupales.[26] Y el medio específico de la política es la violencia.[27] Al aceptar que la violencia el medio específico de la política se acepta también que el conflicto es algo inherente de las relaciones sociales en general y de las relaciones políticas en particular.

El carácter inevitable del conflicto hunde sus raíces también en la naturaleza humana que ha sido descrito en el primer indicador del realismo político. Como se señaló anteriormente, en el ser humano confluyen vertientes de pulsiones contrapuestas, entre las que se encuentran el miedo y la ambición. Ambas emociones conducen en último término a que los individuos procuren arrogarse elementos que les permitan sentir seguridad ante el peligro evidente (causado por el miedo) y el temor proyectado en el futuro (que en última instancia le conduce a la ambición). La seguridad es alcanzada, en último término, solo cuando se enfrenta y elimina la causa del miedo (presente) y el temor (futuro), y ello finalmente generará relaciones conflictivas.

Sólo con el objeto de ir aproximándonos al análisis de los escritos de Maquiavelo, bosquejaremos sucintamente las percepciones de este autor respecto del conflicto y la discordia. En el primer libro de los Discursos apreciamos que Maquiavelo presenta una visión positiva respecto del carácter conflictivo en las relaciones entre el pueblo y el Senado. De hecho, sostiene que fue, efectivamente, esta desunión, el conflicto y los tumultos que de ella devinieron, los que causaron la grandeza de Roma y fortalecieron su libertad.[28] En efecto, en el capítulo IV del primer libro de los Discursos Maquiavelo expresa concretamente que la división social es propia del orden político, incluso señala que esa división social no sólo la ha conducido a darse leyes favorables a la libertad sino que la considera como la causa principal de la libertad de Roma:

“Sostengo que quienes censuran los conflictos entre la nobleza y el pueblo, condenan lo que fue primera causa de la libertad de Roma, teniendo más en cuenta los tumultos y desórdenes ocurridos que los buenos ejemplos que produjeron… todas las leyes que se hacen a favor de la libertad nacen del desacuerdo entre estos dos partidos (pueblo y nobles), y fácilmente se verá que así sucedió en Roma”.[29]

En esta alabanza que Maquiavelo hace del conflicto, vemos con claridad que para el florentino la vara con la que deben ser medidas las acciones políticas radica en los resultados obtenidos, y cuando éstos son buenos pueden justificar los medios utilizados. Así, los tumultos, desórdenes, enfrentamientos y el conflicto declarado entre la plebe y el senado, es bien ponderado por Maquiavelo ya que de ellos se generaron leyes que favorecieron la libertad romana, por ejemplo la creación de los tribunos de la plebe.[30]

4. Autonomía de la política.

La política es considerada como una actividad autónoma por la mayoría de los autores que suscriben la visión realista. Como ejemplos se puede mencionar a Nicolás Maquiavelo y Max Weber. Para ambos autores la política se rige por cánones distintos a la moral corriente.

Max Weber en “La política como profesión” plantea su análisis respecto de la autonomía de la política estructurando su argumento a partir de las diferencias que existen entre el ámbito de la política y el ámbito de la religión cristiana. En efecto, el punto eje de su reflexión es que “el que entra en política hace un pacto con el diablo”.[31]

Todo está determinado por el medio específico utilizado por la política, es decir, la violencia. Y, en efecto, como señala Max Weber “lo que determina la singularidad de todos los problemas éticos de la política es ese medio específico de la violencia legítima como tal en manos de las asociaciones humanas”.[32] Y todo esto sólo es comprensible al aceptar que la política tiene su propia lógica interna, alejada, y en muchos casos contrapuesta, a los valores religiosos y sentimentales, por ello es que Weber afirma que “quien busque la salvación de su alma y la de otras almas no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, que sólo se pueden cumplir con la violencia”.[33] Este hecho hace que el espíritu de la política permanezca en tensa relación con el dios del amor o el dios cristiano en su manifestación eclesiástica. Así pues, este conflicto interno y subyacente puede tornarse irresoluble, producto de que las leyes éticas que rigen a uno y otro ámbito de la realidad no son compatibles. Desde esta perspectiva, quien quiera involucrarse en la política y con la política, ejerciéndola como profesión, debe ser conciente de tal paradoja, es decir, de esa tensa relación entre la política y el ámbito del sentir humano que involucra aspectos tales como el sentimiento religioso, que aspira a alcanzar la salvación del alma.

En definitiva, los vínculos entre la política y los poderes diabólicos son un hecho desde el momento en que se asume, de modo realista y consciente, que El Poder, al cual aspira toda persona que se involucra en política, es ejercido, en última instancia, a partir del control de la violencia. Y esta última no se ciñe a valores éticos de índole religiosos o a otros aspectos relacionados con la convicción. La pregunta que en estas circunstancias se plantea Weber es “¿Qué papel ha de ocupar la ética en la actividad política?”, para lo cual responde que “aquí chocan, por supuesto, distintas concepciones del mundo entre sí, entre las que, en último término, hay que elegir”.[34] Esto quiere decir que la política no puede ser sometida a los parámetros éticos de los otros ámbitos de la realidad humana. En efecto, para Weber son tres las directrices fundamentales del ejercicio de la política como profesión. Y estas son: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia. Estos tres elementos, en perfecto equilibrio, hacen que el político no se convierta en un mero hombre enceguecido por sus ansias de alcanzar el poder, y tampoco un soñador apasionado que pretenda llevar a cabo sus ideales sin tener en cuenta la realidad circundante.

Ahora bien, lo que propone Weber es que no puede medirse con la vara de la ética religiosa los actos relacionados con la política. En estas circunstancias afirma que no es posible aplicar la verdad contenida en los evangelios o específicamente en el sermón de la Montaña a los encargados de asumir la política como su profesión. ¿Cómo se le podría pedir a un gobernante que ponga su otra mejilla cuando su patria o él mismo ha sido ofendido?, ¿de qué modo podría considerarse plausible que un mandatario de gobierno no resista a la violencia con violencia?.[35] Pensar en estas posibilidades implica soslayar el hecho de que el medio específico de la política es la violencia. No la aplicación de ésta en sí misma, sino el control de ella y el derecho a aplicarla cuando las circunstancias así lo demanden. Cuando el sentido de la responsabilidad indique que es necesario recurrir a la violencia, aunque esta se encuentre fuera de cánones ético-religiosos, ya que no son estos últimos los que guían el quehacer político. Con ello nos acercamos a una afirmación desprendida de los escritos de Nicolás Maquiavelo: Se recurrirá a la violencia cuando el fin lo justifique.[36] Cuando el político acepta esta realidad hace un pacto con el diablo, pues acepta desprenderse de ataduras éticas-religiosas, que en casos extremos pudieran derivar en mandamientos tan absolutos como “ama a tus enemigos”, “ofrece la otra mejilla”, “no respondas la violencia con violencia”, etc.

En esencia, los planteamientos de Weber respecto de la autonomía de la política sostienen que ésta posee una ética distinta, que en muchos casos entra en conflicto y se contrapone a la ética absoluta de la religión cristiana. En efecto, como señala Weber, la ética evangélica dice que «no hay que resistir el mal con la fuerza», pero para el político vale que hay que resistir el mal con la fuerza, pues de lo contrario hay que hacerse responsable del triunfo del mal.[37]

Ahora bien, en la obra de Nicolás Maquiavelo, específicamente en los Discursos, vemos muy claramente que la acción política no está sometida a cánones éticos comunes, es decir, no está regida por éticas como la religiosa. Un ejemplo muy claro lo encontramos en el capítulo 9 del libro primero, donde Maquiavelo justifica plenamente el fratricidio cometido por Rómulo, llegando a señalar: “ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y que si este es bueno como sucedió en caso de Rómulo siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la que reconstruye”.[38] Es claro que para Maquiavelo la ética con la que se mide la política está alejada de la ética religiosa-cristiana, en esta última, el mandamiento de “no matarás” no está sometido a circunstancias, sino que posee un valor absoluto,[39] en cambio, como se aprecia, para el florentino los resultados obtenidos pueden llegar a justificar los medios o procedimientos utilizados. El asesinato no deja de ser asesinato, ni el mal deja de ser mal, pero cometer el primero y utilizar el segundo son justificados por Maquiavelo cuando la necesidad lo demanda, en este ámbito se comprende la sentencia “cuando los hechos te acusen, que el resultado te excuse”.
Hemos expuesto hasta aquí argumentos que se orientan a destacar el carácter autónomo de la política a partir de los planteamientos de Max Weber y hemos señalado algunos ámbitos en los cuales, efectivamente, es posible identificar en los escritos de Nicolás Maquiavelo el aspecto autónomo de la política.

Un contrapunto a lo anteriormente señalado lo plantea don Luis Oro al momento de bosquejar una definición tentativa de “la política”. Oro afirma que “la política es una actividad parcialmente autónoma que tiene por finalidad regir la sociedad, mediante el poder soberano, y los interesados en llevar a cabo tal propósito intentan, de manera legítima o ilegítima, conquistar o incidir sobre dicho poder, recurriendo para ello a estrategias de conflicto y cooperación”.[40]

Luis Oro sostiene que la política es parcialmente autónoma, porque a pesar de que posee su propia racionalidad, esta es vulnerable a las dinámicas que provienen de otros campos, esto es a las influencias que proceden de otros dominios de la realidad que también poseen sus propias valoraciones, por ejemplo aspectos teológicos y económicos.

No obstante, de inmediato, Luis Oro reconoce que a pesar de que valoraciones e interese provenientes de otros ámbitos inundan la política, esta mantiene su especificidad y cierto grado de independencia. En estos aspectos radicaría, entonces, la relativa autonomía de la política.

CAPÍTULO II
ANÁLISIS DEL LIBRO PRIMERO DE LOS DISCURSOS SOBRE LA PRIMERA DÉCADA DE TITO LIVIO

En este apartado omitiremos reseñas históricas y biográficas puesto que nuestro objetivo se circunscribe netamente a desentrañar los elementos que puedan comprobar o desmentir la posibilidad de catalogar a Nicolás Maquiavelo en el ámbito del realismo político.

Bástenos con tener presente que Maquiavelo nació en Florencia en 1469, que en esa época era una república, bajo el gobierno de la familia Médicis y que sus dos obras más destacadas desde el punto de vista político son El Príncipe y los Discursos sobre los primera década de Tito Livio.[41]

El análisis que se desarrolla a lo largo este trabajo se restringe al primer libro de los Discursos y a partir del contenido de los 60 capítulos de este libro esperamos constatar o desmentir la posibilidad de catalogar a Maquiavelo como un realista político.

Desde el punto de vista estructural, las Discursos están divididos en 3 libros, de los cuales, el primero de ellos está dedicado a los asuntos internos de Roma; el segundo libro trata los asuntos de los romanos, tanto privados como públicos; mientras que el último libro aborda los asuntos de los romanos, tanto privados como públicos, que eran tramitados sobre la base del consejo privado.[42]

1. CONCEPCIÓN TRÁGICA SOBRE LA NATURALEZA HUMANA

En el prólogo de los Discursos, Maquiavelo manifiesta su pensamiento respecto de la existencia de cualidades humanas imperecederas al afirmar que “El cielo, el sol, los elementos, los hombres, tienen hoy el mismo orden, movimiento y poder que en la antigüedad”[43]. Se deduce de ello que para Maquiavelo la naturaleza humana posee cualidades invariables e inmutables, intrínsecas a todos los hombres de la antigüedad y del presente. En efecto, esta premisa es la que hace posible poder buscar en el pasado algunas enseñanzas útiles y aplicables en la actualidad. Para Maquiavelo es una falencia y una debilidad no tener presente las experiencias pasadas de las sociedades, y respecto de ello afirma “no se encuentran ni soberanos, ni repúblicas, ni capitanes, ni ciudadanos que acudan a ejemplos de la antigüedad; lo que en mi opinión procede, no tanto de la debilidad producida por los vicios de nuestra actual educación, ni de los males que el ocio orgulloso ha ocasionado a muchas naciones y ciudades cristianas, como de no tener perfecto conocimiento de la historia, o de no comprender, al leerla, su verdadera sentido ni el espíritu de sus enseñanzas”.[44]

Existe, por tanto, una premisa básica en los escritos de Maquiavelo, y ésta es la existencia de una naturaleza humana que es la misma para todos los hombres, independiente del tiempo y el lugar.[45] La pregunta que se nos plantea es ¿qué características tiene, según Maquiavelo, esta naturaleza humana?.

Del libro primero de los Discursos se deduce que una de las principales características de esta naturaleza humana imperecedera, a la que se refiere Maquiavelo, está constituida por la ambición.[46] Esta pulsión interna, según Maquiavelo, subyace en la mayoría de las actitudes de los hombres y los inclina hacia actitudes hostiles que tienen por objeto arrogarse la cosa ambicionada, que puede estar constituida por innumerables elementos, pero entre ellos destacan los honores y las riquezas.[47] Un claro ejemplo respecto de lo que piensa Maquiavelo acerca de la ambición, lo tenemos en el capítulo 37 del primer libro de los Discursos, donde afirma:

“En efecto; cuando los hombres no combaten por necesidad, combaten por ambición, la cual es tan poderosa en el alma humana, que jamás la abandona, cualquiera que sea el rango a que el ambicioso llegue. Causa de esto es haber creado la naturaleza al hombre de tal suerte que todo lo puede desear y no todo conseguir; de modo que siendo siempre mayor el deseo que los medios de lograrlo, lo poseído ni satisface el ánimo, ni detiene las aspiraciones.”[48]

Vemos que en este fragmento Maquiavelo sostiene que dos son los motivos que pueden provocar en el hombre actitudes hostiles: la necesidad y la ambición. No obstante, subyace en ambos sentimientos un elemento único que es el miedo. La necesidad de las que nos habla Maquiavelo puede ser entendida como un miedo evidente, un miedo provocado por un factor presente que insta al hombre a buscar medios para defenderse. Mientras que la ambición, como fue analizado en el primer capítulo de este trabajo, surge o hunde sus raíces en un temor percibido, pero que no se presenta como algo concreto en el presente, sino que se avizora en el futuro. De ahí que la ambición también pude estar, en última instancia, relacionada con el miedo.

Ahora bien, además de la ambición como elemento constitutivo de la naturaleza humana, observamos en la obra de Maquiavelo que el hombre no puede ser catalogado, a priori ni como un ser absolutamente malo, ni como un ser irrestrictamente bueno. Es más bien lo uno y lo otro en potencia.[49] Esto porque ni el hombre considerado como malvado logra comportarse siempre a la medida de su malignidad, ni el catalogado como bueno es invariablemente bondadoso.

Si bien, esta es nuestra posición frente a la concepción de la naturaleza humana en la obra de Nicolás Maquiavelo. No podemos dejar de señalar que hay quienes no perciben esta ambivalencia, esta pugna, esta tragedia interna en la concepción del hombre en Maquiavelo. Por ejemplo Oscar Godoy, simplemente se queda con las afirmaciones en que Maquiavelo concibe al hombre como un ser imperturbablemente inclinado al mal, y por tanto deduce de ello que el florentino concibe que el hombre es naturalmente malo.[50] A favor de las deducciones de Godoy están las afirmaciones en que Maquiavelo sostiene que el hombre posee una malignidad natural[51] o bien cuando señala que todos los hombres cometen demasías cuando no hay nada que los contenga, lo que en definitiva significa que cuando los hombres poseen medios y libertad para ejecutar el mal, lo ejecutan. [52]

Por nuestra parte, percibimos que Maquiavelo concibe una naturaleza humana trágica, en la que el egoísmo, la ambición y la agresividad se transforman en elementos constitutivos del comportamiento humano. Pero explícitamente Maquiavelo declara que los hombres no son ni buenos ni malos,[53] y esto nos basta para continuar afirmando que en Maquiavelo el ser humano posee características dicotómicas, en las que se despliega un constante conflicto entre la razón y la pasión.

2. EL EQUILIBRIO DEL PODER

Si bien la teoría del equilibrio del poder ha sido desarrollada, tradicionalmente, a partir del ámbito de las relaciones internacionales, procederemos en este capítulo a transplantar dicho análisis al ámbito de las relaciones internas de la república romana.[54] Esta situación se explica por el hecho básico de que nuestro objeto de estudio se restringe al primer libro de los Discursos, y éste, como ya ha sido señalado, está dedicado a describir y analizar los asuntos internos de la república romana.

Ahora bien, en el libro primero de los Discursos es posible percibir la inclinación de Maquiavelo hacia la ponderación del equilibrio de poder en cuanto se muestra abiertamente favorable a la creación de repúblicas mixtas, donde se mezcla la aristocracia, el principado y el gobierno popular, generando un régimen estable, puesto que todos los actores de la sociedad encuentran su lugar en la institucionalidad. En el capítulo 2 Maquiavelo afirma “que todas las demás formas de gobierno son perjudiciales, las tres que calificamos como buenas por su escasa duración (monárquica, aristocrática y democrática), y las otras tres por la malignidad de su índole (tiranía, oligarquía y licencia). Un legislador prudente que conozca estos defectos, huirá de ellas, estableciendo un régimen mixto que de todas participe, el cual será más firme y estable; porque en una constitución donde coexista la monarquía, la aristocracia y la democracia, cada uno de estos poderes vigila y contrarresta los abusos de los otros”.[55]

En esencia, el equilibrio de poder propone que el orden y la paz es el fruto de un constante juego en el que los actores mantienen la preocupación de no permitir que ninguno se trasforme en lo suficientemente fuerte como para verse tentado a avasallar a los demás. Ahí radica el equilibrio. Pero el proceso mediante el cual se alcanza tal equilibrio no descarta fricciones y conflictos, éstos son connaturales a las relaciones humanas, por tanto no es la eliminación de tales rencillas las que busca el equilibrio de poder, sino la limitación o extirpación de crisis generalizadas donde uno de los actores logre imponerse irrevocablemente por sobre los demás. El equilibrio de poder busca mantener la fuerza distribuida de manera que cada una de las partes sirva de contrapeso para las demás.

En el análisis desarrollado por Maquiavelo en el libro primero de los Discursos este sistema de equilibrio se evidencia netamente en la propuesta de Maquiavelo a favor de la constitución de repúblicas mixtas, que permitió nada menos que establecer una república perfecta, donde la desunión y conflicto entre el pueblo y el senado desempeñó un rol de suma relevancia.[56]

La salvedad que propone Maquiavelo respecto de la fundación de repúblicas mixtas, donde el fundamento radica en el constante equilibrio y contrapeso de las partes constitutivas, está dado por la corrupción de la sociedad. Cuando la corrupción ha erosionado la médula de la sociedad es difícil o imposible la tarea de organizar una república estable sobre las bases de una constitución mixta. Es así, que en el capítulo 18 Maquiavelo señala que quien quisiera fundar una república sobre cimientos corrompidos, quien quisiera crear instituciones republicanas sobre una población desacostumbrada a la libertad, quien pretendiera lograr a través del equilibrio de los poderes la convivencia entre clases empapadas por odios arraigados durante décadas, ése príncipe, ese fundador, estaría condenado al fracaso. Como lo estaría también aquel que, conquistando una ciudad libre, no se decidiera ni a destruirla por completo, ni a instalarse en ella ni a conservarle su libertad. Es evidente, entonces, para Maquiavelo que hay circunstancias en que el equilibrio entre el pueblo y los nobles no puede hacerse descansar en instituciones. Es casi imposible crear una república en una ciudad corrupta. [57]

3. CARÁCTER INEVITABLE DEL CONFLICTO

En el libro primero de los Discursos de Maquiavelo se evidencia que Roma era constantemente sacudida por el conflicto entre su insolente nobleza y su ambiciosa plebe.[58]
Ahora bien, además de aceptar Maquiavelo el conflicto como algo propio de las sociedades humanas, elabora en su escrito una alabanza de la discordia, puesto que ve en ésta una de las causas de la grandeza y libertad romana.[59]

El conflicto en las relaciones humanas hunde sus raíces en lo que ya hemos descrito en el primer indicador como “naturaleza humana”, ésta última caracterizada por un conflicto interior manifestado en la conciencia de los hombres, en la que sentimientos como el miedo y la ambición conducen a desencadenar acciones que llevan al enfrentamiento entre los congéneres. En efecto en el capítulo 37 Maquiavelo señala:

“Cuando los hombres no combaten por necesidad, combaten por ambición, la cual es tan poderosa en el alma humana, que jamás la abandona, cualquiera que sea el rango a que el ambicioso llegue. Causa de esto es haber creado la naturaleza al hombre de tal suerte que todo lo puede desear y no todo conseguir; de modo que siendo siempre mayor el deseo que los medios de lograrlo, lo poseído ni satisface el ánimo, ni detiene las aspiraciones.”[60]

A la aceptación del conflicto como algo natural y propio de la sociedad, se suma la alabanza y dignificación de estas relaciones, debido a que según el análisis de Maquiavelo, en éstas deben ser buscadas las causas de la grandeza romana, en efecto esta desunión y lucha entre la nobleza y la plebe otorgó a Roma instituciones beneficiosas para la libertad y para el engrandecimiento.[61]
Antes de llegar a elaborar esta alabanza de los disturbios romanos, Maquiavelo se propuso demostrar la grandeza y debilidades de otras organizaciones políticas. Ello porque debía sustentar su opinión favorable a los disturbios. En el capítulo 2 del primer libro de los Discursos la aceptación y alabanza del conflicto se sustenta en el hecho de que ellos dieron la posibilidad de perfeccionar la constitución original de la república. La perfectibilidad de la constitución debe ser algo a lo que deben aspirar las organizaciones políticas cuando no han tenido la posibilidad de que sea una sola persona la que de una vez y para siempre les otorgue una institucionalidad perfecta. Este último fue el caso de Esparta donde Licurgo la organizó de tal suerte que distribuyó la autoridad entre el rey, los grandes y el pueblo, creando un régimen de más de ochocientos años de duración, brindándole perfecta estabilidad al Estado.[62] La alabanza y reconocimiento que hace Maquiavelo a la organización política de Esparta radica, esencialmente, en haber generado un régimen Mixto y estable. El otro ejemplo entregado es el de Atenas, donde Solón estableció una constitución puramente democrática, que tuvo por característica la inestabilidad y la corta duración. Maquiavelo critica este último régimen por no haber sido capaz de encausar los conflictos entre los distintos actores de la sociedad.

Como se ve, Maquiavelo pondera positivamente el régimen establecido en Esparta por Licurgo, pero enseguida señala que Roma no habiendo contado con un legislador como el espartano, tuvo que encausar la perfectibilidad de su constitución a los buenos resultados de las relaciones conflictivas entre la nobleza y la plebe.[63]

Respecto de la alabanza de la discordia que percibimos en el primer libro de los Discursos, son muy interesantes los argumentos entregados por Maquiavelo en el capítulo 6, titulado “si era posible organizar en Roma un gobierno que terminara la rivalidad entre el pueblo y el Senado”. Para establecer su opinión Maquiavelo se propone estudiar las repúblicas que sin tales tumultos han vivido largo tiempo libremente. Escoge para tales fines dos ejemplos, uno antiguo (Esparta) y uno contemporáneo (Venecia). Esparta cerró las fronteras a los extranjeros, con ello se evitaba la corrupción de las costumbres; mientras que en Venecia no se educa al pueblo para la guerra.[64] Ante esto la sentencia de Maquiavelo es la siguiente: para mantener la tranquilidad en Roma, los legisladores romanos debían hacer una de estas dos cosas. Hicieron precisamente lo contrario, aumentando con ello el número y el poder de la plebe y las ocasiones de tumultos que infinitas veces perturbaron la tranquilidad. “Pero al desear Roma disminuir la causa del alboroto, destruiría también la causa de su engrandecimiento… Si quieres tener un pueblo numeroso y armado para engrandecer el imperio, lo has de organizar de tal suerte que no siempre puedas manejarlo a tu gusto”.[65] El razonamiento de este capítulo nos dice en primer lugar que toda República que desee expandirse debe necesariamente confiar su libertad a la plebe: en ello reside simultáneamente la causa del desorden y la causa del engrandecimiento. En esencia lo que se pondera son los buenos frutos de la discordia.

En este ámbito, un último elemento que destacamos de la omnipresencia del conflicto es la necesidad de que existan cauces que permitan canalizarlo. Ello lo evidenciamos en Maquiavelo en el capítulo 7, titulado “De cómo las acusaciones son necesarias en la república para mantener la libertad”. Aquí Maquiavelo da toda su relevancia a la canalización institucional del conflicto ineludible entre la plebe y los nobles, partiendo del hecho de que la división es propia de la vida de la ciudad, llega a sostener que la república más estable será aquella que logre dar una expresión institucional al conflicto, aquella que logre canalizar el conflicto de manera pública a fin de evitar el accionar faccioso. En este capítulo se sostiene que los guardianes de la libertad deben tener facultad de acusar ante el pueblo o ante un magistrado o consejo a los ciudadanos que de algún modo infringen las libertades públicas. Maquiavelo señala que cuando las antipatías no tienen medio ordinario de manifestación se apela a los extraordinarios, arruinando la república. Es necesario que las opiniones que agitan los ánimos encuentren vías legales de manifestación.[66] Lo que destaca Maquiavelo es la necesidad de que los conflictos, disputas, tumultos, discordias, logren encontrar su cauce en la propia institucionalidad de la organización política respectiva. Y ello solo se logra si se acepta previamente que el conflicto es algo propio de la vida en sociedad. Aceptando esto, se pueden prever e institucionalizar canales legítimos de manifestación del descontento. Por ello, es que Maquiavelo pondera positivamente el hecho de que a pesar de haber existido tantos disturbios causados por la rivalidad de la plebe y el senado, en ningún caso ni el Senado ni la plebe, ni ciudadano particular alguno, intentó valerse de fuerzas exteriores, pues teniendo el remedio en casa, no necesitaban buscarlo fuera de ella.[67]

4. LA AUTONOMÍA DE LA POLÍTICA

En el primer libro de los Discursos de Nicolás Maquiavelo es posible percibir claramente la autonomía de la política respecto de otras esferas, como la religiosa,[68] cuando se evidencia que Maquiavelo considera excusable el fratricidio cometido por el fundador de Roma[69] y los asesinatos perpetrados por el Curiacio vencedor.[70]

El “no matarás” bíblico no está sujeto a condicionantes, sino que posee un valor absoluto.[71] Pero en Maquiavelo siempre está presente la idea de que los objetivos y los resultados son los que pueden absolver de culpas como la criminal. No es en sí mismo el crimen el que se justifica, sino la razón por el que tal acto se cometió.

Así, por ejemplo, en el acto criminal cometido por uno de los Curiacios, matando a sus contrincantes, los Horacios, se absuelve de la culpa debido a que el objetivo era defender a Roma, pero cuando el mismo hombre mata a su hermana, a pesar de todos sus honores, fue juzgado puesto que este segundo acto criminal no poseía ningún móvil superior que pudiera justificar su acción.[72]

Al analizar el libro primero de los Discursos percibimos que Maquiavelo reclama una especificidad ética propia de lo político, que acepta como permisibles actos de engaño y crueldad. A través de su obra, Maquiavelo demuestra que en lo político se hace y se ha hecho el mal, llegando a sostener que en el ámbito político existen ocasiones en que se debe hacer el mal porque la necesidad lo demanda. En efecto, a lo largo de su escrito se advierte una nítida defensa de métodos extraordinarios en el ámbito de lo político, lo que nos lleva a afirmar que innegablemente en Maquiavelo se defiende la autonomía de la política.

En definitiva, dos son los principales factores que nos llevan a sostener que en Maquiavelo se reclama la autonomía de la política. Por una parte su constante inclinación a defender la idea de que el fin (objetivo-resultado) es capaz de justificar los medios utilizados y, por otra, la indiferencia respecto de los postulados religiosos (cristianos).

El primero de estos factores se evidencia con nitidez al momento en que Maquiavelo señala que Rómulo queda absuelto de su culpa por el resultado superior al que se supeditaron los asesinatos cometidos:

“Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y que si este es bueno como sucedió en caso de Rómulo siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la que reconstruye… que Rómulo mereciese perdón por la muerte del hermano y del colega y que lo hizo por el bien común y no por propia ambición, lo demuestra el hecho de haber organizado inmediatamente un Senado que le aconsejara, y a cuyas opiniones ajustaba sus actos”.[73]

Es indudable que, de afirmaciones como éstas, podemos claramente deducir el principio desprendido de las enseñanzas de Maquiavelo, respecto de que el fin, si es bueno, logra justificar los medios utilizados. Maquiavelo piensa que el ámbito de lo político tiene principios éticos propios, distintos a los que debieran regir el resto de la vida humana. Es decir, en lo político es permisible, recomendable, e incluso admirable, llevar a cabo, en ciertas circunstancias, actos que no serían aceptables en ningún otro ámbito de la vida humana, y que francamente serían reprochables. Estos actos incluyen las más diversas expresiones del engaño, la violencia y la crueldad, pero la vara con la que se mide estos actos, son los resultados obtenidos. No se trata de que Maquiavelo niegue la categoría del bien y el mal, pero legitima el mal y lo excusa cuando subyace una necesidad política. En definitiva, puede ser excusable la utilización de medios malos, si los fines son buenos.

El segundo elemento en que concebimos la autonomía de la política está dado por la indiferencia de Maquiavelo respecto de la verdad religiosa. Ahora bien, la autonomía de la política respecto de la religión, en Maquiavelo, no implica ignorar el rol que cumple o puede llegar a cumplir la religión en la sociedad.[74] En este ámbito entra en juego la utilización de la religión, a la cual Maquiavelo concibe como un buen instrumento de control y sometimiento de la población.[75]

Refiriéndose Maquiavelo a la religión de los romanos, señala que los buenos principios religiosos lograron generar y mantener el orden social. [76] Maquiavelo afirma que los romanos temían más faltar a sus juramentos que a las leyes, como todos los que tienen en más el poder de Dios que el de los hombres. Siendo conciente de esto, los gobernantes romanos utilizaron la religión para convencer al pueblo a aceptar determinaciones o para convencer a éste a actuar. Por ejemplo Numa simuló estar inspirado por una ninfa para establecer nuevas y desconocidas reglas.[77] Así también, la religión fue utilizada para inspirar confianza en los ejércitos[78] o para instar al pueblo a tomar una decisión.[79]

Ahora bien, Maquiavelo propone que para convertir la religión en un buen instrumento político, sus fundamentos deben estar sanos y la sociedad incorrupta, puesto que de lo contrario sus preceptos no son respetados, llamando al descreimiento de la población. En este contexto se entiende la fuerte crítica que Maquiavelo manifiesta hacia la Sede Pontificia, a quien acusa de no haber sido capaz de mantener los fundamentos religiosos y a además ser la causa de los males de Italia, ya que a lo largo de los siglos no logró ser suficientemente fuerte para unificar el territorio, ni lo suficientemente débil como para desaparecer.[80]

Como queda demostrado, en el primer libro de los Discursos de Maquiavelo, efectivamente se evidencia la autonomía de la esfera política, ya que en este escrito se expresan variados argumentos que tienen por objeto reclamar y declarar que la ética política no es la misma ética religiosa. En la primera esfera es posible justificar e incluso defender actitudes que en la otra son absolutamente reprobables. Esto debido a que la vara con la que se mide el actuar político, según Maquiavelo, radica en los resultados obtenidos, he aquí que la máxima que dice “cuando los hechos te acusen, que los resultados te excusen”[81], cobra todo su valor.

REFLEXIONES FINALES

En el presente escrito se ha tenido por objetivo esclarecer la posibilidad de identificar a Nicolás Maquiavelo como un realista político. Para alcanzar tal propósito, en primer lugar, se expuso una aproximación conceptual en la que nos planteamos críticamente frente a algunas definiciones tentativas del realismo político, poniendo especial énfasis en el análisis de los 6 principios expuestos por Hans Morgenthau. Respecto de éstos señalamos nuestras aprensiones y disconformidades, debido a que el intento clasificatorio de Morgenthau no satisface la necesidad de delinear con claridad los elementos constitutivos del realismo político. Ninguno de sus principios es nominado y no delinea los límites entre cada uno de ellos. A pesar de ello, presentamos un intento de nominación y explicación de cada uno de los principios. Así, nuestra propuesta de nominación arrojó por resultado lo siguiente:

1. Empirismo.
2. Interés como principio rector del quehacer político.
3. Lo variable y lo permanente en el concepto de interés.
4. Ética de los resultados.
5. Rechazo de la existencia de una moral universal.
6. Especificidad de la política.

Frente a la propuesta de Morgenthau, expusimos también una visión crítica del realismo político, en la que Francis Fukuyama deshecha esta metodología de análisis debido a no aceptar dos de sus principales postulados: el carácter inevitable del conflicto y el equilibrio de poder. La incorporación de estos planteamientos sólo tuvo por objeto enriquecer la panorámica general respecto de la configuración del concepto y sus ejes directrices.

En el apartado final de la primera etapa del trabajo expusimos una conceptualización tentativa del realismo político, delineada a partir de cuatro indicadores fundamentales: Percepción trágica de la naturaleza humana, equilibrio de poder, carácter inevitable del conflicto y autonomía de la política. Tales indicadores fueron establecidos partiendo de la premisa de que estos elementos son considerados como básicos para la mayoría de los analistas que adhieren a la escuela del realismo político. La definición de cada uno de estos elementos nos permitió construir una herramienta de análisis a partir de cual nos adentramos en el estudio minucioso del libro primero de los Discursos de Nicolás Maquiavelo.

Percepción trágica de la naturaleza humana: respecto de este indicador precisamos que el realismo político concibe que el hombre se caracteriza por estar constantemente sometido a conflictos interiores en el que emociones divergentes luchan por satisfacer sus demandas. Así, la maldad y la bondad, están presentes en el ser humano y permanecen en un estado potencial prestas a entrar en juego en cualquier instante. En esencia, el realismo político concibe que el hombre no es bueno ni malo, sino que ambas cosas al mismo tiempo y en ello radica el carácter trágico de su naturaleza.

Equilibrio de poder: los autores que adhieren al realismo político se muestran favorables al establecimiento del equilibrio de poder entre los actores políticos. Este equilibrio, implica, esencialmente, que el orden y la paz surgen como resultado del constante interés y preocupación por mantener equilibrada la balanza del poder, es decir, que ninguno de los actores (Estados en el ámbito internacional) logre alcanzar un grado tal de fuerza que pueda verse tentado a avasallar, aplastar y someter a los demás. El equilibrio de poder no garantiza la paz perenne, pero sí puede lograr evitar las crisis generalizadas.

Carácter inevitable del conflicto: en el realismo político, el conflicto se concibe como una propiedad connatural de las relaciones humanas y las razones por las que éste puede surgir son tan variadas, que difícilmente pueden ser clasificadas, puesto que la convergencia o la divergencia de objetivos puede conducir a un conflicto, es decir, por que se desea (ambiciona) una misma cosa o porque se desean cosas contrapuestas.

Autonomía de la política: el realismo político reclama y declara autonomía del quehacer político, reflejando en sus postulados una ética particular y autónoma, no sujeta a éticas de carácter religioso. La autonomía no implica desestimar que la política está constantemente influida por otras esferas como la religión o la economía.

A partir de la configuración de estos cuatro indicadores, nos adentramos en el capítulo II con el objeto de verificar o descartar en el escrito de Nicolás Maquiavelo dichos elementos constitutivos del realismo político. Como se pudo apreciar a lo largo de todo este capítulo, en el primer libro de los Discursos de Maquiavelo, efectivamente se encuentran presentes los cuatro indicadores básicos del realismo político. Por tanto, podemos decir con propiedad, que Maquiavelo puede ser considerado un realista político.

En el primer libro de los Discursos de Maquiavelo se bosqueja una percepción trágica de la naturaleza humana, donde las pulsiones internas de la maldad y la bondad se encuentran omnipresentes y en conflictividad. Vimos que algunas aseveraciones de Maquiavelo pueden llevarnos a deducir que para él los hombres son “naturalmente” malos, pero en el libro analizado son más las veces en que se afirma que el hombre no es, y no sabe ser, completamente bueno ni malo, pero que la ambición –cualidad permanente en todo hombre- lo inclina a comportamientos agresivos.[82]

Acerca del equilibrio de poder, podemos afirmar que Maquiavelo, efectivamente, se muestra favorable a este tipo de orden político. En el libro primero esto se manifiesta en las apreciaciones de Maquiavelo respecto de la constitución de régimen Mixto. Según Maquiavelo, fue beneficioso para Roma haber logrado organizar una institucionalidad en la que la monarquía, la aristocracia y la democracia encontraran cabida en su constitución, puesto que el equilibrio y el contrapeso ejercido por estas tres entidades habrían conferido a Roma la grandeza y la libertad.[83]

El carácter natural del conflicto es el elemento de mayor notoriedad en el primer libro de los Discursos. Maquiavelo sostiene que al ser la ambición una característica propia de todo hombre y todo grupo humano, ésta lo conduce a mantener una actitud hostil que puede desembocar en tumultos, desordenes y enfrentamientos declarados. Ahora bien, este reconocimiento de la naturalidad del conflicto va más allá para transformarse incluso en una alabanza de la discordia, puesto que Maquiavelo llega a afirmar –reiteradas veces- que la causa principal de la libertad de los romanos y de la grandeza romana, radica en los enfrentamientos que se produjeron entre la plebe y los nobles, ya que de tales disturbios se obtuvo por resultados el perfeccionamiento de la institucionalidad y la creación de leyes beneficiosas.[84] En definitiva, los buenos resultados justifican los medios utilizados para obtenerlos.

Finalmente debemos señalar que la autonomía de la política respecto de otras esferas de la vida humana constituye en Maquiavelo un eje estructurante de todo su argumento. Es evidente que para Maquiavelo el actuar político no se mide con la misma vara con la que se miden otras esferas de la realidad. En efecto, el instrumento con el que deben, según Maquiavelo, sopesarse las acciones políticas son los resultados obtenidos. Y cuando estos son buenos, los medios utilizados para alcanzarlos son justificados.[85] Por ello es que el homicidio es justificable cuando un fin superior lo justifica, así también ocurre con el engaño, la mentira, la crueldad, etc.

NOTAS

[1] Tradicionalmente se designa con este nombre la obra en Nicolás Maquiavelo se dedicó a analizar la primera década de Tito Livio. Así también será referida tal obra a lo largo del presente trabajo.
[2] Borja, Rodrigo, Enciclopedia de la Política, Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 815
[3] Idem
[4] Ibidem, Página 816
[5] Ibidem, página 615.
[6] Touchad, Jean, Historia de las Ideas Políticas, Editorial Tecnos, Madrid, 1998. Página 203
[7] Chevaliere, Los grandes textos políticos desde Maquiavelo a nuestros días, Aguilar S.A. Ediciones, Madrid 1998. Página 34

[8] Morgenthau, Hans, Escritos sobre política internacional, Editorial Tecnos, Madrid, 1990: “Consideramos que los estadistas piensan y actúan en términos de interés definidos como poder, y la evidencia histórica confirma esta suposición. Esta suposición nos permite seguir y prever, por así decirlo, los pasos que un estadista –pasado, presente o futuro- ha tomado o tomará en la escena política. Miramos por encima de su hombro cuando escribe sus notas; escuchamos sus conversaciones con otros estadistas, y leemos y prevemos sus mismos pensamientos. Pensando en términos de interés definido como poder, pensamos como él lo hace, como observadores desinteresados comprendemos sus pensamientos y acciones quizás mejor que él mismo actor en la escena política”. Página 5
[9] Morgenthau acepta esta contradicción y ante ello sostiene que la teoría política que pretenda ser racional haga abstracción de los elementos irracionales. Incluso ilustra con el ejemplo de la guerra llevada a cabo en Indochina por Estados Unidos, proponiendo 5 principios de irracionalidad política: “aplicación al mundo empírico de un cuadro simplista y apriorístico del mundo derivado del folklore y de presunciones ideológicas; la negativa a corregir dicho cuadro del mundo a partir de la experiencia; la persistencia de una política exterior derivada de la percepción incorrecta de la realidad y el uso de la inteligencia no para adoptar la política a la realidad, sino para reinterpretar la realidad haciéndola coincidir con la política; la vanidad de los políticos que aumenta la distancia entre percepción y política, de un lado y realidad, del otro; y la necesidad de disminuir esa distancia al menos subjetivamente a través de la acción, cualquier tipo de acción que cree la ilusión de control sobre la realidad”. Morgenthau, Hans, Ob., Cit., Página 49
[10] Morgenthau, Hans, Escritos sobre política internacional, Editorial Tecnos, Madrid, 1990. Página 51
[11] Morgenthau, Hans, Ob. Cit., Página 54
[12] Maquiavelo, Nicolás, Obras políticas, Editorial El Ateneo Pedro García S. A., Buenos Aires 1957. Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Libro I. Capítulo 9. (Página 86). Las siguientes referencias de la obra citada se harán sólo como “Discursos”, indicando el libro, capítulo y Nº de página.
[13] Francis Fukuyama nació en el seno de una familia de origen japonés en 1952, en la ciudad de Chicago, Estados Unidos. Creció en Nueva York y se graduó en Harvard. Durante su carrera escribió sobre democratización y política económica internacional, especializándose en la política exterior de la ex Unión Soviética. También trabajó para el Departamento de Estado de los Estados Unidos. En la actualidad es miembro del Consejo Presidencial sobre la Bioética y catedrático de Economía Política Internacional en la Universidad Johns Hopkins en Washington, DC. (Rechaza el Realismo político como metodología de análisis para las relaciones internacionales tras la Guerra Fría)

[14] Fukuyama, Francis, El Fin de la historia y el último hombre, Editorial Planeta, Barcelona 1992. Página 343
[15] TOMÁS A. CHUAQUI. Ph. D. Politics, Princeton University. Profesor Auxiliar del Instituto de Ciencia Política, Pontificia Universidad Católica de Chile.
[16] OSCAR GODOY ARCAYA. Doctor en Filosofía, Universidad Complutense de Madrid. Profesor Titular de Teoría Política y Director del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Miembro de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile. Consejero del
Centro de Estudios Públicos.
[17] Chuaqui, Tomas, “La ética política de Maquiavelo, gloria, poder y los usos del mal”, Estudios Públicos, N° 79, invierno 2000. página 417
[18] Godoy, Oscar, “Antología del pensamiento de Maquiavelo”, Estudios Públicos, N° 73, 1994. Página 393
[19] Discursos I, Capítulo 26, 27 y 30
[20]Discursos, I. Capítulo 27. (Página 128)
[21] Ibidem, página 67. (Disc., I, Capítulo 3). La cursiva es nuestra.
[22] Kissinger, Henry, Diplomacia, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1995. página 62
[23] Kissinger desarrolla ampliamente esta temática en su obra Un Mundo Restaurado (Editorial, FCE, México, 1973). En ésta describe y analiza el complejo sistema de alianzas generado en Europa a partir del Congreso de Viena, que puso fin a la convulsión derivada de la Revolución Francesa.
[24] Este complejo sistema es el que explica Kissinger en su libro “Un Mundo Restaurado” (Fondo de Cultura Económica, México, 1973). Tras el Congreso de Viena que aplacó la convulsión revolucionaria francesa, las potencias europeas, se propusieron mantener la paz y para ello se recurrió al establecimiento de un sistema de equilibrio de poder, donde el objeto fue mantener a raya los apetitos expansivos de Francia, pero ello se logró fortaleciendo los países circundantes, y en este complejo juego, Inglaterra se transformó en el tercero autoexcluido, dispuesto a mantener en equilibrio la balanza del poder.
[25] Oro, Luis, ¿Qué es la política?, Ril Editores, Santiago de Chile, 2003. Página 15
[26] Weber, Max, Ob. Cit., páginas 94 y 95
[27] Weber, Max, Ob. Cit., páginas 154
[28] Discursos, I. Capítulos 2, 3, 4 y 6. (Páginas 61-69, 74-79)
[29] Discursos, I. Capítulo 4 (Página 69)
[30] Discursos, I. Capítulo 3. (Página 68)
[31] Max Weber plantea esta idea tres veces a lo largo del escrito, instando a sus interlocutores a no olvidar tal premisa: Weber, Max, La política como profesión, Editorial Epasa, Calpe, Madrid, 1992: 1. “quien se mete con el poder y la violencia como medios, firma un pacto con los poderes diabólicos y sabe que para sus acciones no es verdad que del bien solo salga el bien y del mal solo el mal, sino con frecuencia todo lo contrario”, página 156; 2. “quien quiera hacer política en general, y quien quiera ejercerla sobre todo como profesión, tiene que ser consiente de esas paradojas éticas y de que es responsable de lo que él mismo pueda llegar a ser bajo la presión de éstas. Repito que tendrá que comprometerse con los poderes diabólicos que acechan en toda acción violenta”, página 160; 3. “(todos los objetivos) a los que se aspira con una acción política que opera con medios violentos y por el camino de la ética de la responsabilidad, pone en peligro la salvación del alma…si se quiere alcanzar los objetivos con una pura ética de convicciones dentro de una lucha religiosa, estos objetivos pueden sufrir daño y desacreditarse para muchas generaciones porque falta la responsabilidad por las consecuencias, ya que el actor sigue sin ser consciente de aquellos poderes diabólicos que están en juego”. Página 161.
[32] Weber, Max, Ob. Cit., página 159
[33] Weber, Max, Ob. Cit., página 160
[34] Weber, Max, Ob. Cit., página 150
[35] Lucas 6, 27-29: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames”
[36] Ejemplos del uso de la violencia justificada la encontramos en Discursos I, capítulo 9 y 22
[37] Weber, Max, Ob. Cit., página 152
[38] Discursos I, Capítulo 9. (Página 86). El subrayado y las cursivas son nuestras.
[39] Éxodo, 20, 13 – Mateo 5, 21 – Santiago, 2, 11 – Deuteronomio 5, 17.
[40] Oro, Luis, ¿Qué es la política?, Ril Editores, Santiago de Chile, 2003. Página 161. La cursiva es nuestra

[41] Para precisar ámbitos contextuales ver: Vallespín, Fernando, Historia de la Teoría Política, Alianza Editorial, Madrid, 1990. Páginas 60 y siguientes.
[42] Strauss, Leo, Ob. Cit., página 115
[43] Discursos, I, Prólogo. (Página 54)
[44] Discursos I. Prólogo. (Página 55)
[45] En el capítulo 39 del libro I de los Discursos vuelve a exponer explícitamente la idea de una naturaleza humana imperecedera: “Quien estudia las cosas presentes y antiguas se da cuenta que en todas las ciudades y todos los pueblos han existido y existen los mismos deseos y las mismas pasiones”. Página 155.
[46] Discursos, I. Capítulos 1, 5, 9, 20, 29, 35, 37, 42, 43, 46, 52, 55. Respecto de esta situación Chevalliere sostiene que los Discursos de Maquiavelo constituyen la historia de un pueblo ambicioso, mientras que El Príncipe es la historia de un hombre ambicioso. Ob. Cit., página 9

[47] Discursos, I. Capítulo 37. (Página 148)
[48] Discursos, I. Capítulo 37. (Página 148)
[49] Discursos, I. Capítulo 27 y 30
[50] Godoy, Oscar, Ob. Cit. Página 393
[51] Discursos, I. Capítulo 3. (Página 67)
[52] Discursos, I. Capítulo 3 y 58. (Páginas 68 y 196). En el capítulo XVIII de El Príncipe también se encuentra un claro ejemplo que puede inducir a pensar que para Maquiavelo, los hombres son naturalmente “malos”: “si los hombres fueran buenos, este principio no sería válido, pero como son perversos y no mantienen lo que prometen, tampoco uno debe mantenerlo”. Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Editorial Planeta, Barcelona, 1999. Página 82.
[53] Discursos, I. Capítulo 27 y 30
[54] Como ejemplo de analista político que construye su estudio de las relaciones internacionales teniendo como base el equilibrio de poder, podemos citar a Henry Kissinger: Un Mundo Restaurado (Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1973) y Diplomacia, (Fondo de Cultura Económica, México 2000). En la primera de estas obras, Kissinger analiza la configuración del concierto europeo tras el Congreso de Viena y el modo en que las potencias logran mantener la paz, recurriendo al equilibrio de poder. En la segunda obra Kissinger extiende su análisis hasta la etapa final de la Guerra Fría.
[55] Discursos, I. Capítulo 2. (Pagina 65)
[56] Discursos, I. Capítulo 2. (Página 67)
[57] Discursos, I Capítulo 18: “Gran dificultad o imposibilidad de conservar o fundar de nuevo una república en ciudad corrompida. Para organizar gobierno se deberá acudir mejor a instituciones monárquicas que populares, a fin de que los hombres cuya insolencia no pueden corregir la leyes, sean frenadas por un poder casi regio. Querer hacerlos buenos por otro camino sería empresa cruelísima o imposible”. Página 115
[58] Discursos, I. Capítulos 2, 3, 4 y 6.
[59] Discursos, I. Capítulo 4: “En el caso del análisis de la República romana, los tumultos y desordenes que se produjeron debido al enfrentamiento entre el senado y la plebe, los cuales muchos, consideran perjudiciales, son, en realidad, la causa de la creación de leyes y reglamentos que beneficiaron la libertad pública”. Página 70
[60] Discursos, I. Capítulo 37. (Página 148)
[61] Discursos, I. Capítulo 6. “Para mantener la tranquilidad en Roma, los legisladores romanos debían hacer una de estas dos cosas: o no educar la plebe para la guerra, como los venecianos, o cerrar las fronteras a los extranjeros, como los espartanos. Hicieron precisamente lo contrario, aumentando con ello el número y el poder de la plebe y las ocasiones de tumultos que infinitas veces perturbaron la tranquilidad… Pero al desear Roma disminuir la causa del alboroto, destruiría también la causa de su engrandecimiento… Si quiere tener un pueblo numeroso y armado para engrandecer el imperio, lo has de organizar de tal suerte que no siempre puedas manejarlo a tu gusto”. Páginas 78 y 79
[62] Discursos, I. Capítulo 2. (Página 65)
[63] Discursos, I. Capítulo 2. (Página 66)
[64] Discursos, I. Capítulo 6. (Página 76)
[65] Discursos, I Capítulo 6. (Página 76)
[66] Discursos, I Capítulo 7. (Página 79)
[67] Discursos, I. Capítulo 7. (Página 82)
[68] En este caso nos referimos a la religión cristiana, que es la atmósfera religiosa en la que se desenvuelve Maquiavelo. Este ámbito de indiferencia religiosa y desapego de los mandamientos bíblicos son expuestos claramente por Leo Straus: Meditaciones sobre maquiavelo (Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1964, Capítulo IV: “La doctrina de Maquiavelo”): “Maquiavelo no habla a menudo de temas teológicos, tales como la Biblia, personajes bíblicos, sucesos bíblicos, o el cristianismo. Este hecho no demuestra necesariamente indiferencia o ignorancia… vamos a aceptar que la ciencia política es autónoma en su esfera y puede ser tratada sin ninguna atención a la enseñanza de la Biblia misma… basta para verlo recordar simultáneamente lo que dice Maquiavelo sobre el carácter excusable del fratricidio cometido por el fundador de la ciudad de Roma y lo que dice la Biblia sobre el fratricidio cometido por el primer fundador de la primera ciudad…(Maquiavelo) silenciosamente hace que los lectores superficiales olviden la doctrina de la Biblia…”. Páginas 211 y 212.
[69] Discursos, I. Capítulo 9. (Página 86)
[70] Discursos, I. Capítulo 22. (Página 121)
[71] Éxodo, 20, 13 – Mateo 5, 21 – Santiago, 2, 11 – Deuteronomio 5, 17.
[72] Discursos, I. Capítulo 22: “al volver Horacio vencedor a Roma, encontró a una hermana suya casada con uno de los Curiacios muertos llorando la perdida de su marido y la mató”. Tras este hecho Horacio fue sometido a juicio por su delito, y fue absuelto, más por los ruegos de su padre que por los méritos de vencedor de los albanos… En un pueblo bien gobernado nunca se compensan los actos criminales con los meritorios”. Página 120
[73] Discursos, I. Capítulo 9. (Página 86 – 87)
[74] Leo Straus al comentar esta actitud sostiene que “no dudamos en afirmar, como otros muchos han afirmado antes que nosotros, y como trataremos de probar más adelante, que la doctrina de Maquiavelo es inmoral e irreligiosa. (los que opinan lo contrario) está convencidos de que Maquiavelo era amigo de la religión porque subrayaba la utilidad y el carácter indispensable de la religión. No tienen en cuanta el hecho de que su alabanza de la religión es solo el reverso de lo que podemos llamar provisionalmente su completa indiferencia a la verdad de la religión”. Straus, Leo, Meditación sobre maquiavelo, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1964. Página 12
[75] Discursos, I. Capítulos 10, 11, 12, 13, 14 y 15
[76] Discursos, I. Capítulo 11. (Página 93)
[77] Discursos, I. Capítulo 11. (Página 94)
[78] Discursos I. Capítulo 14: “Jamás se comenzaban una expedición belicosa sin haber persuadido a los soldados de que los dioses les prometían la victoria”, pero “muchas veces se dio orden de batalla sin sospechar el ejército que estaba en desacuerdo con lo que ordenaba su religión, pedíanse los auspicios para inspirar a los soldados la confianza que casi siempre es garantía de la victoria, y por ello hubo esta costumbre entre los romanos y entre los otros pueblos”. Página 104
[79] Discursos, I. Capítulo 13: Frente a la nueva creación de los tribunos, los patricios utilizaron algunos prodigios para decir que los dioses estaban llenos de ira por haber usado mal Roma la majestad del imperio. Por ello “el pueblo que era muy religioso, asustado por lo que se decía de los dioses, eligió a todos los tribunos de la clase patricia”. Página 100
[80] Discursos, I. Capítulo 12. (Página 98)
[81] Discursos, I. Capítulo 9. (Página 86)
[82] Discursos, I. Capítulos 1, 5, 9, 20, 29, 35, 37, 42, 43, 46, 52, 55.
[83] Discursos, I. Capítulo 2. (Página 67)
[84] Discursos, I. Capítulos 2, 3, 4 y 6.
[85] Discursos, I. Capítulo 9, 22.

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GUERRA FRÍA – GUERRA FRIA – GUERRA FRÍA


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GUERRA FRIA

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Tesis Guerra Fría en la PUCV

1.0 Guerra Fría: 8 definiciones del concepto

1.1 El concepto Guerra Fría en la Historiografía

1.2 La Guerra Fría y el surgimiento del nuevo orden

1.3 La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría

1.4 Conferencias Aliadas y Segunda Guerra Mundial

1.5 La Guerra Fría Abierta (desde 1945)

1.6 Orígenes de la Guerra Fría: Análisis del telegrana largo de George Kennan

1.7 Wiston Churchill: análisis del discurso «el telón de acero o la cortina de hierro»

1.8 Fases de la Guerra Fría abierta

1.9 El Plan Marshall (junio 1947)

1.10 Informe Jdanov (septiembre 1947)

1.11 El bloqueo de Berlín (1948-1949)

1.12 Doctrina Truman (marzo 1947)

1.13 La Guerra de Corea (1950-1953)

1.14 Guerra Fría fase 2: la coexistencia pacífica (informe secreto sobre el culto a la personalidad, 1956)

1.15 Crisis de los misiles (explicación extensa) 1.16 Crisis de los misiles (explicación breve)

1.17 Guerra de Vietnám (Descolonización y Guerra Fría 1945-1975)

1.18 La Guerra Fría en América Latina

1.19 La Guerra Fría en Chile

1.20 Carrera de armamentos y temor nuclear durante la Guerra Fría

¿¿¿GUERRA FRÍA???

La Guerra Fría fue un conflicto de carácter político, económico y social entre el capitalismo y el comunismo, cuyos antecedentes se remontan a 1917, con el triunfo de la Revolución comunista en Rusia. Esta lucha se mantuvo latente por casi tres décadas, alcanzando su máxima expresión una vez que los líderes indiscutidos de cada uno de los bandos -EEUU y URSS- se instalaron en la cúspide del escenario internacional, quedando frente a frente en mitad del continente Europeo; allí, hasta donde sus ejércitos habían logrado llegar en la arremetida contra las tropas nazis.Una vez derrotado el enemigo común en 1945, ya no hubo razones para llegar a acuerdos, cada bando afianzó su poder e influencia en las áreas ocupadas y se estabilizó de ese modo la bipolarización del mundo, la cual sólo se derrumbó con la caída del Muro de Berlín ydefinitivamente con el fin de la URSS en 1991.

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JOSE FRANCISCO VERGARA (imágenes)


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    Litografía José Francisco Vergara, del Libro «Discursos políticos y parlamentarios».

    Don José Francisco Vergara, Fondo Teodoro Lowey «Archivo Histórico Patrimonial»

     

    José Francisco Vergara junto a su hija Blanca (Portada Revista Archivum Nº6)

     

    José Francisco Vergara. En: Antonio Bisama Cuevas «Album Gráfico y Militar de Chile» Colección: Marcelo Villalba Solanas

    Ver: Museo virtual «Guerra del Pacífico»

    José Francisco Vergara en su tienda de campaña durante la Guerra del Pacífico.

    (Gentileza de Marcelo Billalva Museo virtual «Guerra del Pacífico» )

    vergara en la guerra del pacifico

    vergara-ministro-1881

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