La primera Encíclica del Papa León XIV.
El 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV publicó la encíclica Magnifica Humanitas, el primer documento magisterial de la historia dedicado específicamente a la inteligencia artificial y su impacto en la condición humana. No se trata de una declaración de principios genérica ni de una condena tecnológica. Es un texto de 245 párrafos que articula una posición filosófica, ética y política sobre una de las transformaciones más profundas que ha experimentado la civilización desde la Revolución Industrial. Su publicación merece atención muy por fuera de los círculos religiosos.
El documento se inscribe en la larga tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, que desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891 ha participado sistemáticamente en los grandes debates sobre el orden económico y social de cada época. León XIV actualiza esa tradición para el siglo XXI con plena conciencia histórica: así como la revolución industrial planteó la cuestión obrera, la revolución digital plantea hoy la cuestión de la persona humana frente al poder algorítmico. El paralelismo no es retórico. Es estructural.
La tesis central de Magnifica Humanitas es que la inteligencia artificial no es moralmente neutra. El Papa sostiene que todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades, que refleja la visión de quien lo concibe, quien lo financia y quien lo regula. En consecuencia, el debate sobre IA no puede limitarse a sus aplicaciones prácticas ni a su regulación formal. Exige un discernimiento más profundo sobre qué visión de ser humano está inscrita en los datos, los modelos y los sistemas que estamos construyendo y adoptando globalmente.
Una de las advertencias más relevantes del documento concierne a la concentración de poder. León XIV señala que los principales motores del desarrollo tecnológico ya no son los estados sino actores privados transnacionales, con recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. Ese poder, predominantemente privado, genera lo que el texto llama una «asimetría epistémica, económica y política» que contradice principios fundamentales como el bien común, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes.
Sobre la naturaleza de la inteligencia artificial, el Papa establece una distinción que tiene consecuencias prácticas de gran alcance. Los sistemas de IA, afirma, no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Su aprendizaje es adaptación estadística, no crecimiento interior. Esta diferencia no es filosófica en el sentido abstracto: define qué puede y qué no puede delegarse a una máquina sin comprometer la dignidad del proceso y de las personas involucradas.
La encíclica dedica un capítulo de particular densidad a la verdad como bien común. El Papa retoma a Hannah Arendt para recordar que los sistemas totalitarios no requieren ciudadanos ideológicamente convencidos, sino ciudadanos para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción. León XIV conecta esa advertencia directamente con el funcionamiento actual de los algoritmos que optimizan para el enfrentamiento y la reacción emocional por encima de la veracidad. La degradación del ecosistema informativo no es un efecto secundario de la digitalización. Es, en muchos casos, el resultado directo de un modelo de negocio.
En materia laboral, Magnifica Humanitas adopta una posición que va a contracorriente del discurso dominante sobre automatización e IA. El documento advierte que los enfoques actuales de implementación tecnológica pueden paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas. La promesa de que la IA liberará al ser humano del trabajo mecánico choca, según el Papa, con una realidad en la que frecuentemente ocurre lo contrario: el trabajador se adapta al ritmo de la máquina, no la máquina al ritmo del trabajador.
Uno de los pasajes más exigentes del documento concierne a la economía invisible que sostiene la IA. León XIV describe el trabajo silencioso de millones de personas empleadas en el etiquetado de datos, la moderación de contenidos y el entrenamiento de modelos, frecuentemente en condiciones de precariedad extrema. Y más atrás en la cadena, la extracción de minerales en condiciones peligrosas para fabricar los dispositivos sobre los que corre toda esta infraestructura. El Papa es categórico: ninguna ventaja tecnológica puede construirse sobre una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta.
El documento cierra con una propuesta que León XIV denomina «civilización del amor«, heredada de Pablo VI y actualizada para el contexto digital. No se trata de una utopía sentimental. Es la afirmación de que la interdependencia global que crea la tecnología puede convertirse en solidaridad elegida o en dominación tolerada, y que esa elección es política, cultural y también personal. El Papa pide que las decisiones sobre datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto sobre todos los pueblos y sobre las generaciones futuras.
Magnifica Humanitas no es un texto fácil ni cómodo. Tampoco pretende serlo. Es la intervención de una institución milenaria que ha visto suficientes revoluciones tecnológicas como para saber que ninguna se resuelve sola, y que las preguntas sobre poder, dignidad y bien común no desaparecen porque la velocidad del cambio haga incómodo plantearlas. La pregunta que deja abierta el documento es también la más difícil: ¿la inteligencia artificial que estamos construyendo y adoptando hace la vida humana más digna del ser humano, o simplemente más eficiente para quienes ya tienen el poder?
Ana Henriquez Orrego, Académica del Observatorio de IA en Educación UDLA.






