http://www.natgeo.tv/especiales/apocalipsis-la-segunda-guerra-mundial/el-ataque.asp
EPISODIOS:
- El ataque
- Guerra Total
- Locura
- Momentos decisivos
- Grandes desembarcos
- El fin de la pesadilla
Ver lista completa de reproducciòn en youtube:
http://www.natgeo.tv/especiales/apocalipsis-la-segunda-guerra-mundial/el-ataque.asp
EPISODIOS:
Ver lista completa de reproducciòn en youtube:
La política es considerada como una actividad autónoma por la mayoría de los autores que suscriben la visión realista. Como ejemplos se puede mencionar a Nicolás Maquiavelo y Max Weber. Para ambos autores la política se rige por cánones distintos a la moral corriente.
Max Weber en “La política como profesión” plantea su análisis respecto de la autonomía de la política estructurando su argumento a partir de las diferencias que existen entre el ámbito de la política y el ámbito de la religión cristiana. En efecto, el punto eje de su reflexión es que “el que entra en política hace un pacto con el diablo”.[1]
Todo está determinado por el medio específico utilizado por la política, es decir, la violencia. Y, en efecto, como señala Max Weber “lo que determina la singularidad de todos los problemas éticos de la política es ese medio específico de la violencia legítima como tal en manos de las asociaciones humanas”.[2] Y todo esto sólo es comprensible al aceptar que la política tiene su propia lógica interna, alejada, y en muchos casos contrapuesta, a los valores religiosos y sentimentales, por ello es que Weber afirma que “quien busque la salvación de su alma y la de otras almas no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, que sólo se pueden cumplir con la violencia”.[3] Este hecho hace que el espíritu de la política permanezca en tensa relación con el dios del amor o el dios cristiano en su manifestación eclesiástica. Así pues, este conflicto interno y subyacente puede tornarse irresoluble, producto de que las leyes éticas que rigen a uno y otro ámbito de la realidad no son compatibles. Desde esta perspectiva, quien quiera involucrarse en la política y con la política, ejerciéndola como profesión, debe ser consciente de tal paradoja, es decir, de esa tensa relación entre la política y el ámbito del sentir humano que involucra aspectos tales como el sentimiento religioso, que aspira a alcanzar la salvación del alma.
En definitiva, los vínculos entre la política y los poderes diabólicos son un hecho desde el momento en que se asume, de modo realista y consciente, que El Poder, al cual aspira toda persona que se involucra en política, es ejercido, en última instancia, a partir del control de la violencia. Y esta última no se ciñe a valores éticos de índole religiosos o a otros aspectos relacionados con la convicción. La pregunta que en estas circunstancias se plantea Weber es “¿Qué papel ha de ocupar la ética en la actividad política?”, para lo cual responde que “aquí chocan, por supuesto, distintas concepciones del mundo entre sí, entre las que, en último término, hay que elegir”.[4] Esto quiere decir que la política no puede ser sometida a los parámetros éticos de los otros ámbitos de la realidad humana. En efecto, para Weber son tres las directrices fundamentales del ejercicio de la política como profesión. Y estas son: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia. Estos tres elementos, en perfecto equilibrio, hacen que el político no se convierta en un mero hombre enceguecido por sus ansias de alcanzar el poder, y tampoco un soñador apasionado que pretenda llevar a cabo sus ideales sin tener en cuenta la realidad circundante.
Ahora bien, lo que propone Weber es que no puede medirse con la vara de la ética religiosa los actos relacionados con la política. En estas circunstancias afirma que no es posible aplicar la verdad contenida en los evangelios o específicamente en el sermón de la Montaña a los encargados de asumir la política como su profesión. ¿Cómo se le podría pedir a un gobernante que ponga su otra mejilla cuando su patria o él mismo ha sido ofendido?, ¿de qué modo podría considerarse plausible que un mandatario de gobierno no resista a la violencia con violencia?.[5] Pensar en estas posibilidades implica soslayar el hecho de que el medio específico de la política es la violencia. No la aplicación de ésta en sí misma, sino el control de ella y el derecho a aplicarla cuando las circunstancias así lo demanden. Cuando el sentido de la responsabilidad indique que es necesario recurrir a la violencia, aunque esta se encuentre fuera de cánones ético-religiosos, ya que no son estos últimos los que guían el quehacer político. Con ello nos acercamos a una afirmación desprendida de los escritos de Nicolás Maquiavelo: Se recurrirá a la violencia cuando el fin lo justifique.[6] Cuando el político acepta esta realidad hace un pacto con el diablo, pues acepta desprenderse de ataduras éticas-religiosas, que en casos extremos pudieran derivar en mandamientos tan absolutos como “ama a tus enemigos”, “ofrece la otra mejilla”, “no respondas la violencia con violencia”, etc.
En esencia, los planteamientos de Weber respecto de la autonomía de la política sostienen que ésta posee una ética distinta, que en muchos casos entra en conflicto y se contrapone a la ética absoluta de la religión cristiana. En efecto, como señala Weber, la ética evangélica dice que «no hay que resistir el mal con la fuerza«, pero para el político vale que hay que resistir el mal con la fuerza, pues de lo contrario hay que hacerse responsable del triunfo del mal.[7]
Ahora bien, en la obra de Nicolás Maquiavelo, específicamente en los Discursos, vemos muy claramente que la acción política no está sometida a cánones éticos comunes, es decir, no está regida por éticas como la religiosa. Un ejemplo muy claro lo encontramos en el capítulo 9 del libro primero, donde Maquiavelo justifica plenamente el fratricidio cometido por Rómulo, llegando a señalar: “ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y que si este es bueno como sucedió en caso de Rómulo siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la que reconstruye”.[8] Es claro que para Maquiavelo la ética con la que se mide la política está alejada de la ética religiosa-cristiana, en esta última, el mandamiento de “no matarás” no está sometido a circunstancias, sino que posee un valor absoluto,[9] en cambio, como se aprecia, para el florentino los resultados obtenidos pueden llegar a justificar los medios o procedimientos utilizados. El asesinato no deja de ser asesinato, ni el mal deja de ser mal, pero cometer el primero y utilizar el segundo son justificados por Maquiavelo cuando la necesidad lo demanda, en este ámbito se comprende la sentencia “cuando los hechos te acusen, que el resultado te excuse”.
Hemos expuesto hasta aquí argumentos que se orientan a destacar el carácter autónomo de la política a partir de los planteamientos de Max Weber y hemos señalado algunos ámbitos en los cuales, efectivamente, es posible identificar en los escritos de Nicolás Maquiavelo el aspecto autónomo de la política.
Un contrapunto a lo anteriormente señalado lo plantea don Luis Oro al momento de bosquejar una definición tentativa de “la política”. Oro afirma que “la política es una actividad parcialmente autónoma que tiene por finalidad regir la sociedad, mediante el poder soberano, y los interesados en llevar a cabo tal propósito intentan, de manera legítima o ilegítima, conquistar o incidir sobre dicho poder, recurriendo para ello a estrategias de conflicto y cooperación”.[10]
Luis Oro sostiene que la política es parcialmente autónoma, porque a pesar de que posee su propia racionalidad, esta es vulnerable a las dinámicas que provienen de otros campos, esto es a las influencias que proceden de otros dominios de la realidad que también poseen sus propias valoraciones, por ejemplo aspectos teológicos y económicos.
No obstante, de inmediato, Luis Oro reconoce que a pesar de que valoraciones e intereses provenientes de otros ámbitos inundan la política, esta mantiene su especificidad y cierto grado de independencia. En estos aspectos radicaría, entonces, la relativa autonomía de la política.
[1] Max Weber plantea esta idea tres veces a lo largo del escrito, instando a sus interlocutores a no olvidar tal premisa: Weber, Max, La política como profesión, Editorial Epasa, Calpe, Madrid, 1992: 1. “quien se mete con el poder y la violencia como medios, firma un pacto con los poderes diabólicos y sabe que para sus acciones no es verdad que del bien solo salga el bien y del mal solo el mal, sino con frecuencia todo lo contrario”, página 156; 2. “quien quiera hacer política en general, y quien quiera ejercerla sobre todo como profesión, tiene que ser consiente de esas paradojas éticas y de que es responsable de lo que él mismo pueda llegar a ser bajo la presión de éstas. Repito que tendrá que comprometerse con los poderes diabólicos que acechan en toda acción violenta”, página 160; 3. “(todos los objetivos) a los que se aspira con una acción política que opera con medios violentos y por el camino de la ética de la responsabilidad, pone en peligro la salvación del alma…si se quiere alcanzar los objetivos con una pura ética de convicciones dentro de una lucha religiosa, estos objetivos pueden sufrir daño y desacreditarse para muchas generaciones porque falta la responsabilidad por las consecuencias, ya que el actor sigue sin ser consciente de aquellos poderes diabólicos que están en juego”. Página 161.
[2] Weber, Max, Ob. Cit., página 159
[3] Weber, Max, Ob. Cit., página 160
[4] Weber, Max, Ob. Cit., página 150
[5] Lucas 6, 27-29: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames”
[6] Ejemplos del uso de la violencia justificada la encontramos en Discursos I, capítulo 9 y 22
[7] Weber, Max, Ob. Cit., página 152
[8] Discursos I, Capítulo 9. (Página 86). El subrayado y las cursivas son nuestras.
[9] Éxodo, 20, 13 – Mateo 5, 21 – Santiago, 2, 11 – Deuteronomio 5, 17.
[10] Oro, Luis, ¿Qué es la política?, Ril Editores, Santiago de Chile, 2003. Página 161. La cursiva es nuestra
Autor: Ana Henríquez Orrego, 2006.
“La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas (la sociedad ideal que quisiéramos construir) y, para decirlo con toda crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha casi exclusivamente de maniobras e intrigas, conspiraciones, pactos y paronoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque el político profesional, sea de centro izquierda o derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes. Hay excepciones, desde luego, pero son eso: excepciones. Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas (cambiar la sociedad, conseguir la justicia, impulsar el desarrollo, moralizar la vida pública), pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discurso y declaraciones y, al final, lo que prevalece en ellos es el apetito crudo y a veces inconmensurable de poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso”.
Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2006, pp. 102-103.
(fragmento enviado por LUIS ORO TAPIA)
La Democracia Resiliente
Entrevista a Luis Oro Tapia
Por estos días se ha reinstalado en el debate político la cuestión de la índole de de la democracia. La polémica ha sido atizada por el apoyo que el Partido Comunista brindó a la candidatura de Eduardo Frei. La Coalición por el Cambio reprocha a los comunistas su obsecuencia con la dictadura cubana. El régimen castrista, según las Naciones Unidas, no es democrático ni respeta los derechos humanos. Por su parte, la Concertación acusa a la candidatura de Sebastián Piñera de ser retrograda y la izquierda más radical la califica de antidemocrática.
Es evidente que tanto la Concertación como la Coalición aspiran a apropiarse y monopolizar los beneficios que irroga la palabra democracia. Pero en la guerra de las declaraciones, ni la un a ni la otra se encarga de explicitar qué entienden por democracia.
Para aclarar qué se entiende por democracia, recurrimos al cientista político Luis Oro Tapia. Nuestro entrevistado es magíster en ciencia política y doctor en filosofía política. Es, además, autor de tres libros y de una decena de artículos publicados en revistas académicas chilenas y extranjeras. El profesor Oro es oriundo de nuestra región (ex-alumno del liceo Gregorio Cordovez) y actualmente reside en Santiago.
¿Qué entiende usted por democracia?
Personalmente defino la democracia de manera amplia, para incluir la de los antiguos y los modernos, como un método de toma de decisiones de carácter vinculante —vale decir, obligatorias para toda la comunidad— en cuya elaboración participan, de manera directa o indirecta, los ciudadanos que van a ser afectado por tales resoluciones.
¿Ha variado el concepto de democracia con el tiempo?
Sí ha cambiado y muchísimo. Tanto es así que casi se puede llegar a afirmar que entre la democracia antigua y la contemporánea solo existe una coincidencia de nombres, es decir, una mera homonimia. La democracia griega era directa y la nuestra es indirecta o representativa. Los griegos no concibieron la noción de representación política. Los atenienses gestionaban los asuntos públicos en primera persona. Cada ciudadano participaba personalmente en la asamblea y para ello bastaba con que pidiera la palabra y ésta fuese escuchaba sin amplificaciones, ni artificios técnicos, por la concurrencia.
¿Y qué se puede decir, al respecto, de la democracia de hoy en día?
La democracia contemporánea es representativa. Ninguno de nosotros participa de manera directa en los debates legislativos. Nosotros participamos solo indirectamente (a través de nuestros representantes: diputados y senadores) en la elaboración de las leyes y otras decisiones de carácter vinculante. La representación política es una invención tardía de la Ilustración. De hecho, fue ideada en Inglaterra y Francia a finales del siglo XVIII. Ella fue concebida atendiendo, básicamente, a dos tipos de razones: demográficas y territoriales.
¿Podría explicar, brevemente, cada una de ellas?
¡Claro que sí! En cuanto a la primera razón, cabe consignar que desde mediados del siglo XIX el número de personas que adquieren derechos políticos (los ciudadanos) es cada vez mayor. No sólo por la expansión del derecho a sufragio, sino que además por el crecimiento natural de la población. En cuanto a la segunda, no hay que olvidar que el Estado Moderno, aún el más pequeño, es de una dimensión geográfica ostensiblemente mayor que el territorio de cualquier polis de la antigüedad clásica.
Entonces, ¿cuál sería, según usted, una de las mayores diferencias entre la democracia griega y la contemporánea?
Hay una diferencia crucial: los griegos no concibieron la idea de representación política ni aceptaron, intelectualmente, la idea de partido político. Cuando de hecho se articulaban partidos, o si un conato de partido irrumpía en el escenario político, ello era motivo de pavor y espanto. El partido era una realidad digna de ser temida y evitada. Los griegos denominaban esa realidad con la palabra stásis que simultáneamente significa partido, facción, revolución, guerra civil. Es una palabra que casi siempre tenía una connotación negativa.
¿Por qué se temía tanto a la stásis?
Porque la stásis constituía un síntoma inequívoco de que la polis estaba fracturada de tal manera que corría peligro de destruirse. Desde este punto de vista, los partidos surgen sólo cuando la sociedad está partida, es decir, cuando ha perdido el consenso normativo, la concordia y amistad cívica.
Tras las diferencias, anteriormente señaladas, subyace una diferente concepción de la libertad. Nosotros nos sentimos más libres en la medida que tenemos un mayor margen de maniobra en nuestra esfera privada; mientras más lejos esté de nuestras vidas el gobierno experimentamos una mayor sensación de libertad. En cambio, para los griegos la libertad consiste en participar activamente en la gestión de los asuntos públicos, en los negocios la polis, en el quehacer de la comunidad política.
No obstante las diferencias consignadas, la democracia griega y la moderna tienen un punto en común. En ambas los ciudadanos participan (de manera directa en el primer caso e indirecta en el segundo) en la toma de aquellas decisiones que van afectar sus propios intereses, sus propias vidas y su destino como comunidad política. Por eso, se puede decir que en la fórmula democrática de gobierno la opinión de los ciudadanos, de los gobernados, pesa mucho más que en cualquier otro tipo de régimen político.
¿Por qué 1973 no fue un buen año para la democracia en Chile?
No es del todo aventurado afirmar, en mi opinión, que hacia mediados de 1973 ningún partido tenía aspiraciones genuinamente democráticas. Por diversas razones casi todos los partidos estaban más interesados en destruir la democracia (que ya era precaria) que en preservarla. Síntoma de ello es la intolerancia ideológica. Ésta indujo a los partidos a negarse recíprocamente “la sal y el agua”.
Otro síntoma, es la virulencia verbal que progresivamente fue pasando de las bravatas retóricas a hechos concretos de violencia. Más aún, algunos partidos llegaron al extremo de abominar de la pluralidad social y política y a cifrar su éxito en la posibilidad de evaporar a los partidos y grupos sociales que no eran compatibles con su visión de mundo. En definitiva, la figura del adversario fue reemplazada por la del enemigo.
¿Qué fue lo que exacerbó tanto los antagonismos?
Su pregunta tiene varias respuestas. Si se analiza el conflicto desde el punto de vista del liderazgo político, la polarización prevaleciente se explica (en medida no menor) por el predominio de un discurso ideológico que alentó aspiraciones maximalistas y un tipo de liderazgo político que menospreciaba el pragmatismo. Todo ello incitó a los partidos a renegar de la negociación política y de la búsqueda de consensos. De una u otra manera todos querían “avanzar sin transar”. Por ello, los partidos en vez de llevar a cabo estrategias de cooperación optaron por llevar a cabo jugadas de suma cero. Ellas, más temprano que tarde, resultaron ser nocivas para la democracia y para toda la sociedad.
¿Es Chile un país democrático?
No ha existido y probablemente nunca no va existir una sociedad plenamente democrática. Por eso, en mi opinión, la democracia es un ideal con marcados rasgos utópicos. No olvidemos que todos los ideales de perfección son tan exigentes que terminan, tarde o temprano, difamando a la realidad y maldiciendo a la naturaleza humana.
¿Cuál ha sido, en su opinión, la época más democrática en Chile?
Creo que Chile ha tenido dos momentos en que el juego político se ha acercado más, aunque a bastante distancia, al ideal democrático. El primer momento, a mi modo de ver, sería uno de los períodos de la historia de Chile que paradójicamente es más cuestionado. Me refiero a la República Parlamentaria. En tal período el juego político de las alianzas y de la alternancia en el poder se llevó a cabo con bastante fluidez. Además existía tolerancia por las opiniones disidentes. También en ese período se formaron la mayoría de los partidos políticos que tuvieron un rol protagónico en el siglo veinte.
Por supuesto que lo que digo, si se mira de manera aislada, puede parecer insostenible. Pero si se compara dicho período con lo ocurrido en las décadas de 1960 y 1970, es evidente que durante ellas comienza a perfilarse una progresiva intolerancia ideológica e intransigencia políticas. Ambas actitudes no tardaron en alentar conductas reacias a la negociación y a la búsqueda de consensos. También algunos partidos políticos optaron por la estrategia del camino propio en desmedro de los restantes partidos. Incluso algunos partidos optaron explícitamente por la vía violenta. Vista así las cosas, la tan denostaba República Parlamentaria arroja uno que otro destello de luz democrática.
¿Y cuál sería el segundo momento?
Creo que el segundo momento es el actual. Entre otras cosas, porque la negociación política no es vista como una traición a la pureza de los principios. Por eso, ha surgido y prosperado una la política de alianzas. Ella no sólo ha dado estabilidad política al país, sino que además ha creado una cultura de búsqueda de consensos, en la cual el otro es visto como un adversario razonable con el que es posible dialogar. Incluso se puede decir que es visto como un mero oponente verbal. Pero en ningún caso como a un enemigo al cual hay que poner fuera de la ley, encarcelar o destruir físicamente.
No obstante, la brecha entre el ideal y la realidad sigue siendo grande. Aún quedan asignaturas pendientes. Como, por ejemplo, el ejercicio responsable de la libertad de expresión y erradicar ciertos resabios de clientelismo y caudillismo. Pero por sobre todas las cosas falta democratizar a los principales actores de la vida democrática: los partidos políticos.
¿Está consolida la democracia en Chile?
Sí, porque los sistemas alternativos de gobierno están desacreditados, principalmente en la variante autoritaria y después, aunque en menor grado, la opción populista. Pero el indicador más claro, en mi opinión, es que en la actualidad ya no es necesario elaborar un sofisticado discurso, con afilados argumentos intelectuales, para defender la democracia como forma de gobierno.
Cuando una formula política requiere de mucha explicaciones es porque no está afianzada. Las cosas que son evidentes no requieren de mayores explicaciones. Por eso, en la actualidad (a nivel del ciudadano corriente) no es necesario dar mayores argumentos para sostener que el régimen democrático es el menos malo de los sistemas de gobierno. Sin embargo, no hay que olvidar que el más mínimo sentido histórico nos dice que toda conquista, por muy consolidada que aparezca, es siempre frágil, aunque se nos presente con visos de eternidad.
¿Cuál es, en su opinión, el futuro de la democracia en Chile?
Hacer diagnósticos a largo plazo siempre es demasiado aventurado. La realidad sociopolítica y el azar siempre se complacen en sorprendernos. No obstante se puede decir, que en la actualidad la democracia en Chile goza de buena salud y que su pronóstico para la década que está por comenzar es alentador.
Luis R. Oro Tapia
Santiago, 30 de diciembre de 2009.
Ana Henríquez Orrego
Docente de la Universidad de Las Américas, Viña del Mar
Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica

Fono Admisión: 800 242 800