El sentido del humor y las imágenes como instrumentos de análisis histórico.


“Santa María nos deja el presupuesto”. En esta imagen vemos la crítica contra el comportamiento político de Domingo Santa María, que cuando era Diputado, Senador, o candidato a la Presidencia de la República prometió la reforma constitucional, contemplando la separación de la Iglesia y el Estado, pero estando en el poder, optó por transar con el Vaticano. Fuente: El Padre Padilla. Santiago: Juan Rafael Allende, 1884-1889. 5 t., año 1, N° 58, (1885). Biblioteca Nacional. www.memoriachilena.cl

El sentido del humor, el chiste, la caricatura y la sátira, son conceptos que derivan de una particular forma de dar cuenta de los acontecimientos. Se puede afirmar que los tres últimos conceptos, están ligados al significado del “sentido del humor”, el cual, como afirman Arturo Fontaine y Ernesto Rodríguez, debe ser reconocido como una cualidad propia del ser humano y por tanto, posible de ser analizado en su individualidad.[1]

            Para dilucidar las diferencias entre los principales conceptos contenidos o ligados al “sentido del humor”, dirigimos nuestra mirada a las definiciones entregadas por La Real Academia de la Lengua Española. Según ésta, el chiste es un “dicho o historieta muy breve que contiene un juego verbal o conceptual capaz de mover a risa. Muchas veces se presenta ilustrado por un dibujo”.[2] Por su parte, la caricatura, se define como un “dibujo satírico en que se deforman las facciones y el aspecto de alguna persona. O bien una obra de arte que ridiculiza o toma en broma el modelo que tiene por objeto”.[3]  Si bien, tanto el chiste como la caricatura contemplan la existencia de un dibujo, la diferencia radica en sus objetivos. Del chiste podemos afirmar que tiene por objeto hacer reír, mientras que la caricatura se muestra como un elemento más incisivo, que deforma o magnifica las características de algún personaje. Dentro de estas definiciones, la sátira viene a constituir la forma más punzante e hiriente del humor, definiéndose como “composición poética u otro escrito cuyo objeto es censurar acremente o poner en ridículo a personas o cosas. O también, un discurso o dicho agudo, picante y mordaz, dirigido a censurar o poner en ridículo a personas o cosas”.[4]

 Ahora bien, ¿qué entendemos, entonces, por sentido del humor? Según la Real Academia Española, “el humor es una cualidad que consistente en saber descubrir y mostrar los aspectos cómicos de personas y situaciones”.[5]  En definitiva, cada uno de estos conceptos apela a la posibilidad de hacer reír. La pregunta es: ¿hacer reír a quienes y con qué recursos?.

 Si fuera posible poner connotación ética al humor, podríamos afirmar que el chiste, la caricatura y la sátira tienen en común el objetivo de mover a la risa, mientras que su diferencia radica en que el primero puede estar marcado por un grado de benevolencia, mientras que los dos siguientes denotan un marcado grado de destructividad. Sobre todo la sátira, pues en ésta se manifiesta una animosidad latente que pretende desprestigiar y en último caso destruir el objeto satirizado, ya sea éste una persona, institución o cosa. En efecto, la sátira implica ridiculizar a alguien o algo recurriendo a cualquier medio de expresión, ya sea la literatura o la iconografía, las cuales, generalmente, toman como punto focal “la caricaturización de un personaje público, cuyo objetivo último es lograr rebajarlo a la condición de un simple y común mortal lleno de defectos”.[6]

            Ahora bien, como afirma Ricardo Donoso, la sátira en sí abarca muchos temas, pero el más destacado que posee es el de la política, ya que en él, “el escritor satírico capta con agudeza las flaquezas y debilidades de los hombres públicos, las exhibe con crudeza o con viva intención crítica y nos deja un testimonio utilísimo como expresión del sentimiento de los contemporáneos”.[7] La sátira contempla el mundo con una postura mental cargada de crítica y hostilidad, pero a la vez con una mezcla de indignación e irritación, al constatar tantos y tan variados ejemplos de la estupidez y vicios de la humanidad, quedando claro que la percepción del mundo que tiene la sátira es bastante oscura. Desde esta perspectiva se puede afirmar que  la irritación que existe por parte del satírico nace del desprecio que siente hacia su víctima, ya que su aspiración es que la víctima sea humillada, y el medio al que recurre para llegar a lograr sus fines es provocar en el público la risa despreciativa.

Para que la sátira pueda lograr los fines deseados, la denuncia agresiva que se plasma en palabras y dibujos  debe contar con algún rasgo estético que produzca placer en los receptores, pudiendo llegar este último a identificarse con el satírico y compartir su sentido de desprecio hacia la víctima. Por ejemplo, como afirma Ricardo Donoso, “deben haber dentro de la sátira otras fuentes de placer como ciertos juegos de sonidos y palabras, o el tipo de relación que llamamos ingenio…”. Todos estos elementos tienen por función llamar la atención y resultar atractivos o intrigantes por sí mismos, independiente del tema que trate la sátira.

En una auténtica sátira no sólo deben estar elementos como la capacidad de abstracción y el ingenio, sino que fundamental resulta el componente fantasioso que forma parte de toda sátira verdadera. La fantasía contiene siempre un ataque más o menos violento y una visión fantástica del mundo, ya que “está escrita para entretener pero contiene agudos y reveladores comentarios sobre los problemas del mundo en que vivimos”. Se magnifican los rasgos negativos de las personas, especial foco de sátira son los líderes políticos, a quienes además se atribuye la responsabilidad de los problemas que afectan a la sociedad.

El sentido del humor, como concepto, hace alusión a la capacidad de hacer reír y a ese estado de ánimo en sí mismo. No obstante,  la posibilidad de explotar el sentido del humor desde el punto de vista del análisis histórico, está dada por el hecho de que tales estados anímicos dejaron huella concreta. Hasta nosotros llegan innumerables folletos, revistas, periódicos, diarios u otros medios impresos en los cuales quedó plasmado el sentido del humor del pasado. Ese tipo de fuentes han sido ignoradas por la historiografía tradicional, no obstante, en la actualidad, las nuevas generaciones estamos llamadas a indagar en estos ámbitos, poco explorados, y en muchos casos desdeñados.

  El análisis histórico de las imágenes

Como hemos precisado en el primer apartado, la mayoría de las manifestaciones del humor conjugan el desarrollo narrativo con la parte gráfica o ilustrativa, que sintetiza o complementa las ideas expresadas en los textos. Esta situación hace necesario precisar las potencialidades que adquiere la imagen como instrumento de análisis histórico.

La imágenes nos dicen algo, las imágenes tienen por objeto comunicar.  Pero si no sabemos leerlas no nos dicen nada. Son irremediablemente mudas[8].

Ahora bien, tal como afirma Peter Burke, todas las imágenes, sean éstas de carácter humorístico o no, comunican algo, pero para poder dilucidar su contenido es preciso saber analizarlas. Esta última es la tarea que debe emprender el historiador – profesor de historia – estudiante de historia si pretende hacer de la imagen una fuente de información.

            En primer lugar, debe ser asumida la posibilidad de considerar las imágenes como fuentes de información factibles de ser utilizadas por los historiadores y profesores de historia. Reconocer el valor implícito en las imágenes que nos han legado las antiguas generaciones, implica tener conciencia de que éstas pueden entregarnos información que no se encuentra tan nítidamente manifestada en el cúmulo de documento escritos referidos a la misma época en cuestión. Las imágenes, como señala, Peter Burke, nos permiten adentrarnos en el mundo de las mentalidades, en aquellas manifestaciones del sentir cotidiano o bien en las ideas forjadas por las gentes productoras de tales imágenes.[9]

            Pero las imágenes no son el reflejo fidedigno de la historia, por ello es que una de las precauciones básicas que debe tener el historiador-profesor-estudiante de historia a la hora de analizar una imagen es la imposibilidad de atribuir a ningún artista o reportero una mirada inocente, en el sentido de una actitud totalmente objetiva, libre de expectativas y prejuicios de todo tipo. Como señala Peter Burke, los historiadores no pueden ignorar la posibilidad de propaganda o visiones estereotipadas del “otro”.  Incluso aquellas imágenes que pudieran parecer libres de distorsión, como es el caso de las fotografías, pueden perfectamente haber sido trucadas o elaboradas de manera que permitan al fotógrafo mostrar una realidad que no es tal. Los periódicos, por ejemplo, llevan muchos años utilizando la fotografía como testimonio de autenticidad, esperando conseguir el denominado “efecto realidad”, pero desde el momento en el que un fotógrafo selecciona un tema, está trabajando sobre la base de una actitud sesgada, que no debe ser desatendida. Y lo que es peor, se ha comprobado que muchas de las fotografías que parecen auténtico retrato de la realidad, son montajes preparados para  alguna revista o diario.[10]  Así pues, las imágenes no son reflejo objetivo de un tiempo y un espacio, sino parte del contexto social que las produjo, y es cometido del historiador reconocer ese contexto e integrar la imagen en él.

            Los elementos que deben ser tomados en cuenta a la hora de proceder al análisis de las imágenes, sean estas pinturas, fotografías o caricaturas de diversos tipos, son, en primer lugar, el ambiente cultural en el que se produjo la imagen, puesto que las imágenes forman parte de una cultura total y no pueden entenderse si no se tiene conocimiento de esa cultura. Para interpretar el mensaje es preciso estar familiarizado con los códigos culturales en los que fue generada.[11] Por ello, es que el historiador no debe sólo contemplar las imágenes del pasado, debe aprender a leerlas e interpretarlas. Para ello es necesario que el investigador se interrogue respecto de quién es el productor de la imagen, a qué grupo social y cultural pertenece, cuáles fueron sus intenciones y también es imprescindible que el investigador -(historiador, profesor de historia, estudiante)- conozca y se interiorice en los personajes y elementos, simbolizados y representados en las imágenes, pues de lo contrario, no podrá captar las ideas trasmitidas.

            Desde el punto de vista del análisis histórico podemos afirmar que las imágenes pueden ser clasificadas en dos grandes grupos. Por una parte, se encuentran todo el cúmulo de imágenes producidas en el seno de una sociedad y que tienen por objeto entregar y dar a conocer al público la propia imagen, es decir, aquella con la que se pretende ser conocido y recordado. En este ámbito se ubican todas las imágenes que los grupos dominantes o elitarios de todas las sociedades confeccionan de sí mismos. Ejemplo típico de son los retratos de los monarcas u otras autoridades. El otro tipo de imagen corresponde a aquel que entrega información acerca del “OTRO”. Es decir son producidas al margen del grupo social retratado. En estas imágenes es frecuente ver al OTRO estereotipado. Ejemplo de estas imágenes son las producidas por viajeros del siglo XVI que se interesaron  por retratar  las sociedades aborígenes de diversos lugares. Generalmente cuando la imagen hace referencia al OTRO se puede evidenciar que los rasgos que los describen son los opuestos al productor de la imagen[12].

            Ahora bien, el tipo de imagen que mejor permite captar la idea que se tiene del OTRO es  la caricatura, pues ésta hace referencia a una persona o grupo social al que se pretende ridiculizar, desacreditar  y atacar. En efecto, una de las características de la caricatura es que disfraza la opinión recurriendo a la ironía, apelando con ello a convertir a la víctima de la caricatura en objeto de risa. Como señalamos en el primer apartado, la caricatura es una forma de expresión gráfica  que exagera, distorsiona o acentúa los rasgos, apuntando a ridiculizar los aspectos físicos, morales o sicológicos. Busca poner de relieve flaquezas y pasiones, más allá de la exageración física. El objetivo último es identificar claramente a los sujetos.  Así pues, la sátira gráfica ridiculiza cualquier situación o personaje, analiza un hecho, una realidad y lo convierte en un instrumento de humor, que desenmascara, critica o ataca a una persona, institución o situación. En este ámbito se confunde con el límite de la crítica.

            En las caricaturas las palabras son inseparables de la gráfica, aunque muchas veces el sólo dibujo permite llegar al fin deseado. La caricatura política es opinante, no cambia la opinión del lector, más bien la refuerza[13]. Para la prensa, la caricatura permite una rápida llegada y un significado literal. En la caricatura se denuncian circunstancias que mantienen a la sociedad o a la vida nacional en tensión o son de particular interés, se elabora un juicio, un cuestionamiento. No son sólo historietas que entretienen y divierten, son una herramienta crítica que sirve de termómetro de la situación social y económica.  Se puede afirmar que la caricatura genera una situación de desahogo por donde se canalizan tensiones, rencores, resentimientos y odiosidades, por ello la caricatura puede provocar risa o indignación en el receptor.

            Por todo lo expuesto, la información que nos entrega el estudio de la caricatura en particular y las imágenes en general, no son la realidad del grupo social retratado, sino la particular percepción que se tiene de él.

Por supuesto, las páginas de un breve artículo, solo nos permiten abrir el camino hacia el diálogo y reflexión, por ello, simplemente pretendemos con estas líneas dejar abierta la puerta para que estudiantes y profesores, consideren entre sus opciones, el estudio de la historia a través de nuevas perspectivas, que contemplen las imágenes, las caricaturas, la sátira, etc. ¡que interesante sería conocer nuestra historia o la historia de diversos procesos significativos del mundo a través del tipo de documentos descritos en este artículo!

Autor:

Ana Henríquez Orrego

  • Docente Pedagogía en Historia Geografía y Ed. Cívica Universidad de Las Américas.
  • Magister en Historia, Política y Relaciones Internacionales, Licenciada en educación, Profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales. Por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
  • historia1imagen@gmail.com

Nota del autor:

Este artículo se confecciona a la luz de las reflexiones generadas a partir de la investigación “La sátira política: análisis de la visita de Fidel Castro a Chile, a través del diario Tribuna”, presentado por Ana Henríquez ante la comisión del seminario “La Sátira Política”, dirigida por Santiago Lorenzo Schiaffino, PUCV, 2006. Investigación completa disponible en www.historia1imagen.cl

Descargar investigación completa AQUÍ


[1] Rodríguez, E; Fontaine, Arturo, El Sentido del Humor, Una Virtud, Estudios Públicos N° 88, Santiago – Chile. Página 234

[2] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Madrid, 1992. Volumen I, Vigésima primera edición, Página 650.

[3] Ibídem, Página 415

[4] Ibídem, Página 1848

[5] Océano Uno, Diccionario enciclopédico ilustrado, Editorial Océano, Barcelona 1996. S/P

[6] Hodgart, Matthew, La Sátira, Editorial Guadarrama, Madrid, 1969 Página  7

[7] Donoso, Ricardo, La Sátira Política en Chile, Editorial Universitaria, Santiago, 1950. Página  8

[8] Burke, Peter, Lo Visto y  No Visto. El Uso de la Imagen Como Documento Histórico, Editorial Crítica, Barcelona – España.  Página 43

[9] Ibidem, Página 38

[10] Ibidem, Página 24

[11] Ibidem, Página 46

[12] Ibidem, Página 156

[13] Soto G. Angel, Caricatura y Agitación Política en Chile Durante a Unidad Popular. 1970-1973, Bicentenario, Revista de Historia de Chile y América Volumen 2, N° 2, Editado por el Centro de Estudios Bicentenario, Santiago – Chile, 2003. Pagina  103

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Acerca de Ana Henríquez Orrego

Docente de la carrera Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica UDLA. Magíster en Historia, Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Geografía y Cs. Sociales por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Directora General de Asuntos Académicos, Vicerrectoría Académica UDLA.
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