¿POR QUÉ LA GUERRA? ALBERT EINSTEIN


 ¿POR QUÉ LA GUERRA?

Análisis de texto:
El documento en cuestión es una carta, escrita por Albert Einstein, dirigida a Sigmund Freud. Fechada el 30 de julio de 1932. La carta se difunde y llega hasta nosotros debido a su publicación el año 1933 por parte del Instituto de Cooperación Intelectual, dicha publicación se realizó bajo el título ¿Por qué la guerra?, y formaba parte de un conjunto de cartas publicadas de intelectuales destacados sobre temas de interés general, en este caso la amenaza de una posible guerra.

¿Quién es Albert Einstein?:
Físico alemán nacionalizado estadounidense, premiado con un Nobel, famoso por ser el autor de las teorías general y restringida de la relatividad y por sus hipótesis sobre la naturaleza corpuscular de la luz. Es probablemente el científico más conocido del siglo XX.Nació en Ulm el 14 de marzo de 1879 y pasó su juventud en Munich, donde su familia poseía un pequeño taller de máquinas eléctricas. Ya desde muy joven mostraba una curiosidad excepcional por la naturaleza y una capacidad notable para entender los conceptos matemáticos más complejos. A los doce años ya conocía la geometría de Euclides.
A la edad de 15 años, cuando su familia se trasladó a Milán, Italia, a causa de sucesivos fracasos en los negocios, Einstein abandonó la escuela. Pasó un año con sus padres en Milán y viajó a Suiza, donde terminó los estudios secundarios, e ingresó en el Instituto Politécnico Nacionalde Zurich.
Durante dos años Einstein trabajó dando clases particulares y de profesor suplente. En 1902 consiguió un trabajo estable como examinador en la Oficina Suiza de Patentes en Berna.
El 1 de enero de 1927, Ernest Freud, el hijo menor del fundador del psicoanálisis, reunió en su casa, en Berlín, a su padre y Albert Einstein. Ambos ya eran famosos, pero no se conocían personalmente. Mirado desde hoy, el encuentro parece una cumbre entre dos de los intelectuales que revolucionaron el siglo XX. El primero transformó el modo de comprender la mente; el segundo, la forma en que percibimos el universo. La reunión, según Freud, fue relajada y cordial. Einstein le pareció «alegre, seguro de sí mismo amable. Entiende tanto de sicología como yo de física, de modo que nuestra conversación fue muy agradable», escribió.

CARTA: ¿Por qué la guerra?
Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de l932
Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.
Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera siempre de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncias dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logra de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.
El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en este pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.
Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.
Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos lograr despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.
Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas “masas iletradas”. La experiencia prueba que es más bien la llamada “intelectualidad” la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo, sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.
Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.
Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.

Muy atentamente, Albert Einstein

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JOSÉ FRANCISCO VERGARA


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José Francisco Vergara: Aproximación historiográfica y análisis de la correspondencia dirigida a su hijo Salvador (1876-1882)[1]

(Este artículo fue publicado en la Revista ARCHIVUM Nº 8 del Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar, mayo 2007)
Ana Henríquez O.*

Resumen:
Este artículo tiene por objeto comenzar a dilucidar los ejes directrices del ideario político de José Francisco Vergara. Exponemos en primer lugar una aproximación historiográfica que nos revelará las diversas perspectivas del rol histórico de nuestro protagonista. Luego se determinarán las fuentes documentales que mayores luces podrían proporcionarnos respecto de sus ideales, aspiraciones e ideario político. Finalmente, como eje neurálgico de este artículo, pero a la vez sólo como punto de partida para conocer a José Francisco Vergara, presentamos un análisis pormenorizado de las cartas privadas enviadas a su hijo Salvador entre 1876 y 1882. Esto último permitirá generar una visión panorámica de las temáticas abordadas en las epístolas resguardadas por el Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar en el Fondo Vergara-Álvarez.1.- Aproximación historiográfica al rol histórico de José Francisco Vergara

El rol histórico desempeñado por José Francisco Vergara ha sido escasamente estudiado con rigurosidad analítica. En la bibliografía dedicada a estudiar el desempeño histórico de Vergara vemos fluir múltiples epítetos y juicios de valor que enturbian y entorpecen la comprensión del significado del rol político desempeñado por este líder radical.
Odiado y criticado ásperamente por sus contrincantes exuberantemente ensalzado y homenajeado por sus adherentes. Los primeros elaboran sus juicios a partir de la reticencia generada en los círculos militares respecto de la incorporación de civiles en las campañas de la Guerra del Pacífico; mientras que los segundos, vinculados a los partidos liberal o radical, promovieron e incentivaron concursos literarios destinados a rendir tributo a José Francisco Vergara, en los que se destacará su compromiso “irrestricto” con el liberalismo doctrinario. A los adherentes también se suma Francisco Antonio Encina, quien pone énfasis en los rasgos patrióticos y nacionalistas de José Francisco Vergara.

Diego Barros Arana
Diego Barros Arana, contado entre los amigos íntimos de José Francisco Vergara, escribió una interesante síntesis biográfica que tenía por objetivo trazar las líneas generales de la vida íntima y actuación pública de su compañero de tertulia. La biografía elaborada por Barros Arana antecede el compendio de discursos parlamentarios de Vergara, los cuales, según expresa afirmación de Barros Arana, tenían por objeto demostrar a todos el completo apego a los ideales doctrinarios del liberalismo, que para Vergara nunca fue sólo una simple bandera electoral.[2]
Lo curioso de esta biografía es que, si bien Barros Arana destaca en sus páginas iniciales que no ahondará en los avatares de la Guerra del Pacífico, donde José Francisco Vergara ocupó un rol protagónico, por estar ese tema ampliamente tratado en otras publicaciones, termina dedicando alrededor de 30 páginas (de 50) a describir “el heroico” desempeño de su protagonista. El objeto es contravenir la opinión negativa que se había suscitado como consecuencia de una mala maniobra adjudicada a Vergara.[3]

Destaca sus aptitudes intelectuales y su brillante paso por el Instituto Nacional, donde fue el primero de su clase. Esto le valió ser enviado a hacer sus prácticas de agrimensor en las obras de construcción ferroviaria entre Santiago y Valparaíso. Apasionado por el estudio, formó una nutrida biblioteca que constantemente acrecentaba, demostrando gran interés por la historia.[4]
Barros Arana señala en su bosquejo biográfico que Vergara se transformó en la lumbrera y jefe del radicalismo, primero a nivel local en Valparaíso y luego de toda la República. Así, en 1875 fundó a sus expensas el periódico El Deber, que fue por algunos años el órgano del radicalismo y de los principios reformistas que este proclamaba.[5] Y que desde esta posición se entregó a servir con todas sus fuerzas la causa patriótica cuando llegó la necesidad, es decir, cuando se suscitó la Guerra del Pacífico. En la biografía escrita por Barros Arana se destaca enfáticamente el patriotismo y desprendimiento de Vergara, pero por sobre todo se pone énfasis en sus aptitudes militares, adquiridas sólo a través de sus estudios acuciosos.[6]

En su labor parlamentaria, según Barros Arana, José Francisco Vergara demostró estar siempre inclinado hacia resoluciones abiertamente liberales. Ese es el carácter de todos sus discursos parlamentarios, inspirados en la vasta formación intelectual que le proveían sus libros. Esos discursos, que trataban una gran variedad de materias, dieron la voz de alarma sobre la situación política del país, señalaron los errores del gobierno y produjeron una gran impresión en la opinión pública.[7] Señala Barros Arana como una de las aptitudes más admirables de Vergara su capacidad de poner por escrito sus críticas al gobierno, logrando unir la censura vehemente e indignada a un sarcasmo estigmatizador en las cartas políticas de Severo Perpena.[8]

Otro de los elementos que cabe destacar de la biografía de Barros Arana es el hecho de que una de las causas a las cuales atribuye el fracaso de la candidatura de Vergara a la presidencia en 1886 fue la inflexibilidad de principios políticos que había mantenido toda su vida, pues éstos se convertían en un serio inconveniente para que pudieran agruparse en torno suyo todos los elementos de la oposición, sin cuya unión sólida e incontrastable sería imposible el triunfo de una candidatura popular contra los elementos administrativos de que podía disponer la intervención.[9]

En la última parte de la biografía, Barros Arana es enfático en señalar que “en Vergara se encarnó la defensa irrestricta de las ideas liberales y progresistas en nuestras contiendas políticas”.[10] Todo ello denota el aprecio con el que se recuerda a un compañero de tertulias y de luchas políticas.Propuesta de concurso sobre Biografía de José Francisco Vergara. 1919
Tal proyecto no llegó a realizarse, pero sí se lograron reunir interesantes documentos que debían servir para el investigador que algún día emprendiese la tarea. La razón principal que esgrime Víctor Arellano, uno de los que estuvo a cargo de la recolección de los materiales, es el hecho de que muchos posibles escritores se sintieron indignos o incapaces de lograr superar la biografía ya realizada por Barros Arana, quien, efectivamente conoció a José Francisco Vergara muy de cerca, y logró tener acceso a sus confesiones más intimas.

Aun así, la recopilación de documentos fue realizada y enviada a su principal promotor, Teodoro Lowey, amigo íntimo de José Francisco Vergara y miembro del partido radical.[11]
Debido a que el objetivo de la recopilación era elaborar una obra de homenaje a José Francisco Vergara en su calidad de líder del partido Radical y como fiel representante de los principios liberales, las características de estos documentos van encaminadas a ensalzar el rol histórico y su probidad en asuntos públicos y privados; también se destaca su impecable formación intelectual, sus dotes de escritor y la fuerte crítica que a través de los artículos periodísticos logró enrostrar al liberalismo tradicional y en especial al Presidente Domingo Santa María.Francisco Antonio Encina. 1951
Francisco Antonio Encina demuestra una sincera admiración por José Francisco Vergara y a lo largo de tres tomos de su obra “Historia de Chile desde la prehistoria a 1891”, vierte sus apreciaciones respecto de esta personalidad histórica. Para Encina lo más loable de Vergara es su patriotismo y su entrega por la causa chilena en la Guerra del Pacífico.[12]
La semblanza que Encina entrega de Vergara es verdaderamente positiva, llegando a afirmar que “la nota más desconcertante de la personalidad de Vergara es la conciliación de algunas características que siempre andan divorciadas, aún en los cerebros mejor dotados. Su amplitud mental era sencillamente asombrosa, sus aptitudes recorrían una gama que iba desde el hábil hombre de negocios hasta el estratega, desde el matemático hasta el escritor de poderoso temperamento literario, desde la más delicada sensibilidad hasta el más impetuoso empuje de la voluntad. Y la suya era una amplitud cerebral auténtica, la antítesis del charlatán, bueno para todo y apto para nada”.[13]

En la obra de Francisco Encina, el bosquejo biográfico que presenta de Vergara está orientado a destacar su desempeño en las campañas de la Guerra del Pacífico, en la cual, según su apreciación, Vergara había desplegado toda su habilidad, sus conocimientos topográficos, sus estrategias aprendidas en lecturas y meditaciones profundas. Niega las responsabilidades de Vergara en la derrota de Tarapacá, atribuyendo esta corriente de opinión sólo a la animosidad que Vergara generaba en los círculos de altos mandos del ejército.[14] Encina señala que todo juicio negativo que pueda tenerse de la acción de Vergara en la Guerra solo proviene de historias militares poco juiciosas, cuyos autores no se han dado el trabajo de conocer en profundidad los hechos, y sobre todo no han logrado captar la falsificación de muchos documentos de la guerra.[15]

En definitiva, lo que parece encandilar a Encina es precisamente lo que a los militares les causaba gran molestia: el hecho de que un civil, de acaudalada fortuna, se desprendiera de todo con el objeto de ofrecerse a defender la patria y aportar allí toda su formación intelectual, todas sus aptitudes innatas para la guerra. Fiel a sus particulares concepciones históricas, Encina, finalmente termina atribuyendo estas capacidades a la herencia genética de Vergara, las cuales tendrían su precedente inmediato en su padre, quien luchó al lado de O´Higgins.[16]
Respecto del rol político que desempeñó Vergara a partir de 1881, Encina también alaba el desprendimiento que demostró en apoyo de la candidatura de Santa María y la claridad con la que luego se hizo oír a la hora de exponer sus ideas y recriminaciones ante el Congreso. En efecto, el 26 de agosto de 1885, con ocasión de una interpelación en contra de Balmaceda, Vergara enrostraba a este último y al Presidente la traición de los verdaderos principios liberales.[17] Según señala Encina, las diferencias entre los liberales gobiernistas y José Francisco Vergara no se circunscribían a uno o dos temas, como algunos han querido ver, sino que eran diferencias estructurales.Archivo Histórico Patrimonial. Investigaciones Revista Archivum
Desde su fundación en 1996, el Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar, cuenta entre sus fondos documentales los materiales entregados en comodato por la señora Blanca Vergara K., una de las herederas de José Francisco Vergara. Entre tales documentos se encuentran planos, mapas, actas notariales, fotografías y las cartas privadas -enviadas y recibidas- por José Francisco Vergara entre 1876 y 1889.

Estos materiales aún no han sido trabajados en investigaciones históricas extensas. Los avances en este ámbito son breves reseñas que destacan esferas muy restringidas de la vida de José Francisco Vergara, recurriendo a la ejemplificación con alguna de las cartas privadas o bien con alguno de los documentos notariales.[18]

Con la propuesta de análisis que planteamos en esta oportunidad pretendemos comenzar a forjar un estudio acucioso de los documentos expedidos por la pluma de José Francisco Vergara, con el objeto de desentrañar los ejes directrices de su pensamiento, sus proyectos e ideario político. Al plantearnos tales objetivos, sabemos que la tarea será extensa; por ello, en esta oportunidad, la investigación se restringirá a exponer las características esenciales de la documentación mencionada y sólo profundizaremos el análisis de las cartas privadas.2.- Caracterización de las fuentes de información
En este apartado serán caracterizadas de modo general las principales fuentes documentales que mayores luces podrían proporcionarnos respecto de los ideales, aspiraciones e ideario político de José Francisco Vergara, de las cuales destacamos las expedidas por su propia pluma: cartas privadas, cartas políticas, discursos parlamentarios, periódico el Deber y La Libertad Electoral.

2.1 Cartas privadas: 1876 – 1889[19]
Las cartas privadas de José Francisco Vergara que se encuentran resguardadas en los fondos documentales del Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar son 98, la mayor parte de ellas destinadas a su hijo Salvador Vergara, quien entre 1876 y 1882 se encuentra en París realizando diversos estudios particulares y universitarios.
A través de estas cartas se puede conocer a José Francisco Vergara en el ámbito más íntimo, el de su familia. Lo interesante de estos documentos, es el hecho de que en ellos vierte los consejos que llevarán a su hijo a convertirse en un servidor público, en un futuro protagonista del escenario político de Chile. Al menos esta es la principal idea que desfila en las epístolas mencionadas.

En estas cartas también están vertidos diversos comentarios de la contingencia nacional, de entre los que destacan los avatares de la Guerra del Pacífico. Muy interesantes son todos los informes que Vergara escribe a su hijo, con detalladas explicaciones respecto de las causas de la Guerra, el desarrollo de las campañas, la reticencia que generó su incorporación como civil al ejército, etc.2.2 Cartas políticas. Severo Perpena: 1886
Para el historiador Mario Góngora, la relevancia histórica del contenido de estas cartas lo constituye el hecho de que en ellas es posible concebir una semblanza del género de vida del alto estrato social en la década de 1880, y, en efecto, señala con énfasis que “esta realidad está descrita con más amenidad que en parte alguna en las Cartas Políticas de Severo Perpena, pseudónimo de José Francisco Vergara”.[20] Góngora afirma que estas cartas van destinadas, especialmente a combatir el autoritarismo de Santa María; no obstante, para él lo más importante es la pintura de la atmósfera de su tiempo: “Redactadas en primera persona, describen a un magnate porteño que viaja constantemente a Santiago por asuntos de negocios y judiciales; pendiente siempre de la relación del peso chileno con los peniques, ya en un régimen de papel moneda, desde 1878; frecuentando el Club de la Unión, los bancos y la Bolsa, visitando a personajes de las finanzas como José Besa, Alejandro Vial, Teodoro Sánchez, Salvador Izquierdo, Waldo Silva, retratando a figuras políticas a veces ridículas, con una de las cuales casi tiene un duelo. Los agravios contra Santa María -a quien compara con el tiránico “Ilustre Americano” de Venezuela, Guzmán Blanco- son las acusaciones típicas de la época liberal: intervención electoral, nepotismo, mala política financiera, peculados, crecimiento de la burocracia (los suches), etc.”.[21]

Para efectos de la investigación que nos hemos propuesto, la relevancia de las Cartas políticas de Severo Perpena, precisamente radica en la fuerte crítica que se lanza hacia Domingo Santa Maria, y hacia el legado autoritario del que no se ha desprendido. En estas cartas, vemos el hecho de que los presidentes salidos del Partido Liberal, pero personalmente autoritarios, defienden el poder presidencial con el vigor de una idea política que los emparienta patentemente con la tradición portaliana, y, en efecto, esa es la crítica presentada por Vergara ante todos los que él denomina “falsos liberales”.Sobre la autoría de las cartas políticas de Severo Perpena
Las cartas políticas a las cuales nos estamos refiriendo fueron publicadas en el periódico La Libertad Electoral durante el año 1886. Ahora bien, lo singular de estos escritos fue que durante largo tiempo se mantuvo en secreto el nombre del verdadero autor de tales documentos. Domingo Santa María, el principal atacado, suponía que las injurias provenían de José Victorino Lastarria, y muchos pensaron lo mismo debido a lo magistral de la forma y estilo en el que están narradas. Pero el autor era, efectivamente, José Francisco Vergara, y esto lo demostró Eduardo de la Barra.

A continuación exponemos el extracto de una carta en la que Eduardo de la Barra señala el modo en que descubrió al verdadero Severo Perpena.[22] Este documento forma parte de la recopilación de manuscritos reunidos por miembros del partido radical para elaborar una biografía de José Francisco Vergara; ello explica el tono de alabanza con el que Eduardo de la Barra expresa cada una de las descripciones referidas al desempeño de Vergara tanto en lo público como en lo privado.

Valparaíso, Abril de 1889.-Señor don Carlos T. Robinet, Santiago.
Mí querido amigo: Envío a usted con la presente mi modestísima contribución para el certamen que el Club Radical proyecta en honor de nuestro ilustre difunto el inolvidable José Francisco Vergara, y espero que ella sea aceptada, siquiera en vista de la espontaneidad con que la ofrezco.
…Mostrar la obra de Vergara con verdad y acierto; estampar su noble carácter en rasgos indelebles, y ofrecer como ejemplo a las nuevas generaciones su vida breve, pero bien empleada, es empresa digna de sus amigos políticos, y si se la ejecuta como es debido, será superior a los monumentos en bronce y mármol que la gratitud humana suele levantar sobre las tumbas ilustres.
La vida de Vergara será considerada sobre diversas fases, todas luminosas: se estudiará al hombre en las intimidades del hogar, en las relaciones amistosas, en los campos del trabajo; al político, al hombre público, al ciudadano, se le verá sobresaliendo en los comicios populares, en el Congreso, en el Ministerio, en el campamento militar, a donde quiera que en la guerra o en la paz, llevó el contingente de su ilustración, de su actividad y de su patriotismo… Él apareció, y se conquistó un primer puesto en las letras nacionales. Abrió las alas y escaló la cumbre. Cuando aparecieron de sorpresa las cartas del misterioso Perpena, llamando la atención de todo el mundo, se notó en ellas tanta maestría, y tal gracia y causticidad que la opinión pública las atribuyó a Lastarria, el primero de nuestros escritores. Mas tarde, cuando empezó a susurrarse que el aplaudido Perpena era José Francisco Vergara, nadie quería creerlo. Entonces vi que la generalidad de las gentes, muchos de sus amigos aun, ignoraban los antecedentes intelectuales de Vergara, mientras que otros, sino negaban obstinadamente su capacidad, veían una improvisación feliz, casi creación espontánea, en aquella inteligencia superior, cuyas flores tardías acababan de abrirse tan espléndidamente.
A mí mismo, aunque conocedor de la cultura intelectual, de la capacidad de mi amigo, no dejó de sorprenderme la revelación de este secreto literario y político, y casi lo puse en duda. Interrogado directamente, un día que lo encontré en su encantadora residencia de Viña del Mar, no sólo me confirmó, en aquella revelación, sino que me mostró los manuscritos de sus famosos artículos, me refirió varias anécdotas referentes a su seudónimo, y me dijo que preparaba una edición legítima de las Cartas de Perpena, aumentada con un estudio sobre la situación de Chile, que entonces estaba escribiendo.
…Tenia, pues, preparación de sobra para manejar la pluma; y no era una improvisación casual, ni un aparecido en el campo de las letras, como muchos suponen, sino un gran talento bien madurado por la meditación y el estudio. Era natural que semejante árbol, diera algún día flores y frutos. Ya lo anunciaban sus cartas privadas, a veces admirablemente escritas, y sus discursos parlamentarios tan noblemente inspirados como bien ejecutados.
Mucho tendría que agregar, si quisiera seguir hablando de nuestro amigo, tan, querido, y de tan gran ciudadano como fue Vergara; pero, no debo salir de los límites de una simple carta, que ya voy sobrepasando, llevado de mi deseo de que hagan resaltar al escritor a la par del político, los que hayan de tomar parte en el certamen propuesto por el Club Radical de Santiago. Por mi parte, deseo el éxito mas completo a los que han emprendido la obra justiciera de dar a conocer a uno de los chilenos que en los últimos tiempos más han contribuido a ilustrar y engrandecer el nombre querido de la patria.
A Lid., salud y paz, le desea su viejo, amigo,

EDUARDO DE LA BARRA.”[23]Como se aprecia, para Eduardo de la Barra era imprescindible que en la futura biografía que se elaborase de Vergara se destacaran sus dotes literarias, reflejadas con agudeza en las cartas públicas de Severo Perpena, quien, con gracia y picardía, criticaba a la sociedad de su época y especialmente a su primer mandatario. Ahora bien, según otros investigadores -entre los que se encuentra Raúl Silva Castro-, la autoría de las cartas pertenecía más bien a un equipo, a un club “secreto” que funcionaba en la Quinta Vergara, en la cual el rico propietario descansaba de las fatigas de la Guerra del Pacífico, cultivando rosas y crisantemos. Raúl Silva Castro, en su libro “Prensa y periodismo en Chile” afirma que estos documentos estaban muy bien escritos, pero no por una sola persona sino por una sociedad, compuesta por José Francisco Vergara, que proporcionaba anécdotas; Diego Barros Arana, que daba informaciones de hechos históricos, encaminados a prestar amplitud al cuadro; Enrique Valdés Vergara y acaso de alguno más… sea lo que fuere, es ya un hecho establecido que las cartas de Perpena, se deben a José Francisco Vergara.[24]

2.3 Discursos parlamentarios.[25]
A través de sus discursos parlamentarios, José Francisco Vergara denuncia la traición del ideario político liberal. Enrostra a los senadores y al mismo presidente, Domingo Santa María, haber utilizado como bandera electoral el liberalismo, pero que en los hechos y a la hora de tomar determinaciones liberales, no son más que los herederos del autoritarismo.
A continuación, se expone el contenido y los planteamientos de Vergara respecto de sus principales discursos parlamentarios. El más relevante, a nuestro juicio, es el último expuesto en este compendio, el referido a la intervención electoral. En éste se señalan las características que debería tener un gobierno administrado por genuinos liberales y se enrostra al Primer Ministro Balmaceda el hecho de que los liberales olvidan sus principios una vez que llegan al Gobierno.
Como se verá uno de los elementos que más llama la atención es la actitud de Vergara ante la adversidad de opiniones en el Parlamento, después de exponer sus ideas y en muchos casos ideales, exige que a pesar de que no logre el apoyo necesario, se consignen sus palabras y quede registro de sus propuestas.

Sobre ley de cementerios. 4 de junio de 1883. En el debate sobre ley de cementerios, Vergara se muestra contrario de las reformas a medias. El Senado auspiciaba un arreglo que dejaba en manos de la Iglesia Católica la dirección de los cementerios. Vergara abogó por reforma inmediata para garantizar libertad de conciencia. Plantea que en el proyecto desfilan muchas palabras de cambio y reforma, para que al final no se reforme nada. Acusa al Senado hacer reformas que solo tienen la forma de tales. Afirma que el Senado está compuesto por individuos que sólo usaron la sombra de la bandera liberal. Es enfático en señalar que no debería haber razón alguna para no atreverse a poner solución tajante a esta materia. Afirma que al darse cuenta que sus opiniones no cuentan con el apoyo de la mayoría, lo que no le impide exigir que quede constancia de sus inseparables e irreductibles principios liberales.
En esta oportunidad, Vergara alzó la voz en el Senado para señalar: “Repito señor, que me extraña muchísimo que el señor Ministro del Interior, que ha manifestado el propósito de ponerse al frente de la campaña que nos ha de llevar a la separación de la Iglesia y del Estado en esta materia, se contente con un proyecto que, como antes he dicho, solo importa una reforma de embeleco. El honorable ministro del interior decía que el proyecto de la Cámara de Diputados tenía una base científica.
Error, señor: La base científica es la libertad de conciencia y, mientras tanto el proyecto tiene por única base el derecho de propiedad, no consulta, lo que debiera: el respeto a todas las conciencias… Así, me he conformado con dejar salvadas mis convicciones, mis principios de libertad y sin que esto sea un acto político. Quiero, con mi indicación, dejar consignados cuales son los principios que sustento.
Señor, si hemos aprobado el proyecto en general, si daremos nuestro voto 21 artículos de la Cámara de Diputados, desearía que se agregara un segundo artículo concebido en estos términos:
Art. 2 Los individuos, familias, asociaciones y comuniones religiosas, tendrán el derecho de erigir cementerios particulares fuera de los límites urbanos de las poblaciones. Estos cementerios solo estarán sujetos a la autoridad pública en lo relativo a las medidas de policía y de salubridad y a las disposiciones de la ley para la inhumación de los cadáveres.
Las solicitudes para construir cementerios particulares se dirigirán a las municipalidades respectivas, las que deberán otorgarlo en conformidad al inciso anterior. Con este segundo artículo queda a salvo la libertad de creencias, todos los hombres podrán enterrarse según sus ideas religiosas y con las ceremonias que crean interesan a su alma después de la existencia. Si mi indicación no fuera aceptada, quiero siquiera quede constancia oficial de cuales son mis convicciones a este respecto”.[26]

Defensa del voto acumulativo. 29 de agosto de 1883: En esta oportunidad, Vergara defendió el derecho de las minorías. Cuestión que en sus palabras era algo consagrado y reconocido por todas las naciones adelantadas. La comisión del Senado opinó por excluir esta práctica de las elecciones del Senado, municipales y electores de presidente. A través de extensas intervenciones Vergara exige que se consigne su férrea postura contra el voto por lista completa que no da entrada a las minorías. Argumenta que Chile no es igual a Francia, no hay un partido monárquico que quiera cambiar el sistema de Gobierno, ni un gobierno débil, poco afianzado, sin influencias poderosas, “todo lo contrario, la influencia del gobierno en el país es excesiva, casi sin contrapeso, y es menester disminuirla… el medio mas eficaz y político para conseguirlo es dar a las minorías, a todos los partidos, la legítima representación a que tienen derecho”.[27]

Incompatibilidad parlamentaria. 4 de septiembre 1884: El informe de incompatibilidad fue firmado el 25 de agosto por: Luis Pereira, José Francisco Vergara, y José Luis de Zañartu. Tanto en el informe como en sus intervenciones en el Parlamento Vergara fue enfático en contravenir la idea de que hubiera individuos que desempeñaran al mismo tiempo labores de colaboración directa con el Ejecutivo y a la vez fueran Senadores o Diputados, puesto que tarde o temprano una de las labores queda menoscabada y además es abiertamente inconstitucional. “La constitución dice que pierden su puesto de diputados y senadores los que aceptan un empleo retribuido de nombramiento exclusivo del presidente de la República, cualquiera que sea la naturaleza del cargo”[28].

Reforma Constitucional. Septiembre – octubre de 1884: Varios fueron los discursos de Vergara referidos a la reforma constitucional entre septiembre y octubre de 1884. En ellos critica duramente a los supuestos liberales de la Cámara. Esgrimió entonces sus armas por ir directamente a la separación de la Iglesia y del Estado, fórmula que, según sus palabras, a muchos tímidos del liberalismo aún les parecía desquiciadora e inaceptable. Vergara se pregunta: ¿de qué tipo de liberales estamos hablando?.

El señor VERGARA (don José Francisco). –“Voy a usar de la palabra por breves momentos. Cuando en una de las sesiones anteriores hice indicación para que se sustituyese el artículo 1.0 del proyecto del Ejecutivo el 5.0 de la comisión especial del Senado, que, a mi juicio, consulta completamente los genuinos principios liberales, tuve la esperanza de que mereciera el apoyo de algunos de mis colegas y que si se votaba, aunque no obtuviere mayoría, por lo menos seria aprobado por los que quisieran permanecer fieles a las ideas que desde tanto tiempo atrás vine sosteniendo el liberalismo. Pero el voto que la Cámara dio ayer ha muerto esa esperanza, porque no habría ni siquiera el tiempo material para tratarla debidamente haciendo las modificaciones que sugiriera la discusión, no en la parte sustancial, sino en su forma. Por este motivo retiro mi indicación, cediendo a la fuerza y no a la razón. Vencidos por el voto, tendremos que encogernos de hombros, aunque conservando muy alta la cerviz”.[29]

Intervención electoral. 24 de agosto de 1885. La más ruidosa intervención de Vergara en el Parlamento fue la del 24 de agosto de 1885 referida a un telegrama con carácter de documento oficial publicado por un diario de Valparaíso.
El documento en cuestión expresaba lo siguiente:
“Telégrafo de la Moneda.-Agosto 13 del 85. -Señor gobernador. -Confidencial -El comité parlamentario de diputados liberales desea conocer las opiniones de sus amigos liberales de ese departamento sobre bases de convención. Para el efecto sírvase enviar por telégrafo cinco -y hasta diez nombres de personas liberales, de posición caracterizada y capaces de dirigir la opinión liberal para que los amigos de acá se dirijan a ellos y puedan así investigar la opinión dominante en los amigos liberales de toda la República. Proceda con presteza y por telégrafo.-Balmaceda”.[30]
Debido a este documento, se llevó a cabo en el Parlamento una prolongada discusión en la que Vergara enrostró a Balmaceda y a sus correligionarios ser hombres que sólo blandieron la bandera liberal con fines electorales, sin mantener apego a tales principios. Destaca el hecho de que los denominados liberales de gobierno fueron quienes lucharon contra autoritarismos e intervencionismos de antaño, pero que una vez en el poder no hacen otra cosa que seguir repitiendo tan nefastas características gubernamentales. En síntesis, la voz que alza Vergara es para señalar que los liberales chilenos, una vez en el gobierno, olvidan sus ideales y principios.
Como recuerdan sus contemporáneos, de modo muy enérgico, Vergara tomó la palabra y sostuvo “Un gobierno liberal no es el que pone los elementos del poder en servicio de los intereses materiales de un partido, sino el que dirige la sociedad según las doctrinas políticas liberales. El señor ministro no podría citar ningún país de régimen parlamentario en que un jefe de gabinete tomara a su cargo la dirección de los trabajos electorales de un partido y sostuviera públicamente semejante doctrina como legítima… El señor ministro nos dice que todo su celo, todo su empeño es afianzar al partido liberal, llevarlo al cumplimiento de sus grandes fines, darle los medios de que en la dirección de la sociedad pueda realizar la plenitud de sus aspiraciones… Mas, ¡qué medios tan peregrinos tiene el señor ministro para lograr estos fines!… El régimen liberal de su señoría es el principio del régimen dictatorial. Su señoría que combatió tan largo tiempo y con tanta vehemencia y con tanta eficacia también, contra la intervención gubernativa en actos electorales, y la combatió a nombre de los principios y de la bandera del mismo partido liberal, una vez en el poder se convierte en el agente más interventor que jamás hemos tenido en Chile; y, cambiando completamente de teorías y aspiraciones, sustenta el originalísimo sistema de ministro al servicio de un partido que gobierna solo para servir los intereses”.[31]
Tales recriminaciones no quedaron sin respuesta y, en la réplica, Balmaceda enrostró a Vergara haber caído en el mismo pecado de intervención en los años en que contribuyó a promover la candidatura del mismísimo Domingo Santa María. Vergara respondió en estos términos:
“…asumo mi falta de 1881, y Dios ha querido que reciba el castigo al verme acusado por el mismo usufructuario de ella”. “Entré con empuje y con calma abierta en el movimiento político de 1881, aunque ocupaba un puesto de gobierno del Estado. Esta fue mi falta, no la excuso ni la atenúo”. “Entregué mi nombre, que pude guardar intacto y respetado de todos, a los furores de una lucha en la que solo tenía que perder, nada que ganar. Acepté en silencio muchas faltas que no eran mías, y solo mantuve ileso el decoro que debía a mi propia dignidad, al puesto que ocupaba y al país que servía”.[32] La defensa que reclama Vergara a favor de su honra es que su intervención, si es que así califican su labor durante la campaña presidencial de Domingo Santa María, solo se remitió a participar de las giras y reuniones en que se exponían las aptitudes y características del candidato. En estas circunstancias, en la parte final de sus discursos, en tono de arrepentimiento, pero también de justificación, Vergara afirma: “Desafío a su señoría a que encuentre, no digo un hecho, una palabra, sino un leve rasgo siquiera que pudiera significar de mi parte, presión, estimulo al abuso, atropello del derecho o injerencia en los actos electorales”.[33]

2.3 periódico “La libertad electoral”
Su primera publicación fue realizada el 11 de marzo de 1886, y sus ediciones alcanzaron el número 4644 el 31 de diciembre de 1901.
La lucha política que se desarrollaba durante la administración Santa María y que tenía por finalidad, casi exclusiva, emancipar a los grupos políticos de la tutela que sobre ellos ejercía regularmente el presidente de la República, llevó a la fundación de un diario que hizo ondear como bandera predilecta la libertad electoral. Y fue este el nombre que se escogió para darle la fijeza de una consigna. Don Luis Orrego Luco escribía a este propósito en una obra destinada a dar cuenta de los progresos de Chile en 1903: “La Libertad Electoral, fundada al concluir la Administración Santa María, para combatir la intervención oficial del Presidente de la República, viene a señalar, junto con La Época, un punto culminante de desarrollo de la prensa chilena. Entre sus redactores figuraron los señores Gaspar Toro, Adolfo Guerrero, Ibáñez y Bianchi; entre sus colaboradores los señores Miguel Amunátegui, José Francisco Vergara, Diego Barros Arana, Arnaldo Márquez, Daniel Riquelme, Lorenzo Montt y Luis Orrego. La noticia comenzó a tomar en la prensa chilena un lugar casi tan importante como en la norteamericana”.[34]
En “La Libertad Electoral” encontraron cabida las cartas políticas de Severo Perpena, llamadas a producir profunda impresión en el palacio Presidencial y en quien ocupaba sus dependencias. Estaban ellas, destinadas a atacar al Presidente de la República, a Santa María, y era visible que quien las había escrito conocía muy a fondo la psicología del personaje así como sus andanzas por la vida política.
“La Libertad Electoral” dejó de publicarse el 31 de diciembre de 1901, con el número 4.644, y en el editorial de la despedida, firmado por Alejandro Cañas, decíase que el Partido Liberal estaba organizando un nuevo diario que, en caso de aparecer, debía ser considerado continuador de la obra periodística iniciada por la Libertad Electoral.[35]
En las páginas de este diario José Francisco Vergara señaló sus recriminaciones contra el gobierno, los ministros y en particular contra el primer mandatario a quien llegó a tachar de monarca temporal de un gobierno absoluto. En esencia, en los artículos y columnas que Vergara publicaba en este diario se manifiestan las disensiones entre él y los liberales del Gobierno, a los que tacha constantemente como “falsos liberales”.

2.4 Periódico “El Deber”
Periódico publicado en Valparaíso desde el 5 de agosto de 1875 hasta el 11 de enero de 1879. Su editor y redactor fue don Daniel Feliú, que se mantuvo en su cargo directivo hasta la expiración del diario. Figura entre sus colaboradores más inmediatos el periodista colombiano Ricardo Becerra. Otro de los colaboradores del señor Feliú fue Carlos Grez Torres, quien redactó la sección “pinceladas”, crónica semanal de los sucesos más interesantes.[36]
Este diario fue creado bajo la inspiración de don José Francisco Vergara, a quien iba a caber más adelante importante papel en la guerra del Pacífico en su calidad de ministro en campaña y que alcanzó a ser candidato a la presidencia de la República para suceder a Don Anibal Pinto. La finalidad explícita de este diario fue apoyar y propagar las doctrinas del partido Radical.[37] Según las indicaciones de Barros Arana, los costes de publicación corrieron a expensas de su amigo José Francisco Vergara.[38]

3.- Análisis de las cartas enviadas por José Francisco Vergara a su hijo Salvador.Este último apartado se estructura a partir de la identificación de los ejes directrices o temáticas desarrolladas a lo largo de las 98 cartas que el Archivo Histórico resguarda en sus fondos documentales. En esencia, lo que se bosqueja en estas cartas son las aspiraciones, ideales y anhelos de José Francisco Vergara respecto de la formación integral de su hijo, la cual encauza a través de múltiples consejos, entre los cuales destacan aspectos de comportamiento en el ámbito familiar, económico, religioso y político.

Bordeando los quince años, Salvador Vergara fue enviado por su padre a Francia con el objeto de enriquecer su acervo cultural y orientar su elección profesional. Durante los años en que se prolongó su estadía en el viejo continente, José Francisco procuró mantener el vínculo paternal en plena actividad, convirtiendo sus epístolas en el medio a partir del cual orientó, estimulo, reprochó y recriminó las conductas de su hijo. También en sus escritos, surcando océanos, viajaban los informes referidos a la contingencia local y nacional. Considerando la coyuntura política que atravesó Chile en los años en que José Francisco envía a su hijo a Francia, estas epístolas se transforman en una fuente de información muy interesante, pues, si bien el relato de los acontecimientos político-militares de los años 1876 – 1882 comienza siendo un buen testimonio de época producido por un civil no involucrado de modo directo con los acontecimientos relatados, esta situación comienza a cambiar a mediados de 1879, puesto que las cartas expedidas por la pluma de J. F. Vergara dejan de ser el testimonio de un viñamarino, para pasar a transformarse en las opiniones y análisis de un hombre directamente involucrado en la Guerra del Pacífico. En efecto, entre los diversos cargos que le correspondió ocupar durante la contienda destaca, el de Ministro de Guerra, que tanta reticencia causó en los círculos militares y que tanto orgullo causaba en su hijo.
A continuación, señalaremos los ejes temáticos en torno a los cuales podemos estructurar las cartas enviadas por José Francisco a su hijo Salvador.
Con el objeto de no convertir este artículo en un trabajo más extenso de lo que ya ha resultado, solo señalaremos el eje temático, identificando sus principales características y ejemplificando con una breve cita de las palabras de Vergara. No obstante, el lector debe ser consciente que la identificación de cada eje responde a su constante reiteración a lo largo de todas las epístolas.

1. Estrictos consejos y constantes muestras de afecto:
Una constante en todas las epístolas analizadas son los estrictos consejos que José Francisco dirige a su hijo. Todo comentario referido a lo académico, a sus relaciones interpersonales e incluso a sus pasatiempos, tales como la gimnasia, la pintura y la lectura, son expresados con un rigor que raya en la crítica inquebrantable, en cada carta parecieran desfilar decenas de reprimendas y enojos de un padre al que le desespera la distancia, pues siente que no puede detener a tiempo los descarríos de su hijo.
A un año de estar fuera de casa, José Francisco le señala a su hijo: “En las horas de recreo juega bastante, has ejercicio en la gimnástica y ejercítate en las marchas a pié pero teniendo cuidado de llevar el cuerpo derecho y los pies para afuera. Un hombre contrahecho y desgraciado para andar pierde a los ojos de los demás una buena parte de lo que vale. La ortografía, la letra y la forma de tu carta de ayer dejan mucho que desear. ¿No podrías escribir con un poco de mas cuidado para no hacer renglones de soslayo ni comerte palabras?.[39]
Los estrictos consejos siempre fueron acompañados de constantes muestras de afecto, ninguna de las cartas carece de este elemento, cuya lectura llega en muchos casos al límite de la emotividad; como ejemplo presentamos unas líneas tomadas absolutamente al azar: “Que Dios te conserve bueno y que no olvides en ningún caso que tienes un padre que te ama más que su vida. Un abrazo y todo el corazón de tu amante papá”.[40]

2. Consejos de carácter religioso
Si bien no es nuestro objeto profundizar en el aspecto religioso de la personalidad de Vergara, sí nos referiremos al modo en que el elemento teológico aparece destacado en sus cartas. En concordancia con sus concepciones, la idea de Dios se relaciona con un ser supremo, todopoderoso y gran arquitecto de la realidad. En las cartas resguardadas por el Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar la palabra Dios se menciona 68 veces; en la mayor parte de ellas encomienda el devenir de su hijo a este ser supremo: “Dios ha de darte el buen ánimo que necesitabas para portarte bien y ser un hombre que honre a sus padres y a su país”,[41] “espero en la bondad de Dios que tu mamá, la Blanca y tú estén perfectamente buenos de salud y contentos de su residencia en esa maravillosa capital”,[42] “pidiendo a Dios con todo mi corazón para que te proteja y seas virtuoso, honorable e instruido como tan ardientemente lo desea tu amante padre”.[43]
Las líneas expuestas no son consejos, ni recomendaciones, sino los deseos de un padre preocupado por el futuro de su hijo. Las exhortaciones aparecen cuando el propio hijo propone o comenta temáticas de índole religiosa. Ante ello Vergara señala: “La cuestión es muy ardua para un padre, pero como estoy obligado a decirte la verdad, tal como yo la creo, y hablarte con toda franqueza, no encuentro otro medio de contestar tu pregunta que decirte cual es mi modo de pensar respecto a religión… Creo deliberada y tiernamente en la existencia de un ser superior que ha dado las leyes a la Naturaleza y que en nuestra limitación de lenguaje y de inteligencia no encuentro otra expresión que traduzca mejor mi creencia que decir que Dios es el Alma del Universo. No por eso pienses que acepto los atributos que casi todas las religiones dan a este ser supremo, porque ellas no son sino la perfección o la elevación a una potencia infinita de la cualidades del hombre. No me empeño tampoco en buscar ni la esencia de este Ser ni su forma, porque estos son absurdos que solo la extrema ignorancia de los hombres puede darles nacimiento. Para mi conciencia es bastante la convicción de que existe y que por consiguiente a Él deben pertenecerle todo lo que somos, ideas y sentimientos. Ese sentimiento no puede ser hijo del extravío de los sentidos, y como nace con la criatura, es entonces una ley natural y por consiguiente, es porque Dios existe y ha dado para el hombre la ley moral que es tan inmutable y eterna como la otra. Pues bien, según esta ley moral las acciones de los hombres son buenas o malas según se aparta o conforme con ellas; si las observamos somos dichosos, si las violamos somos infelices, por más que las apariencias nos engañen a veces… En resumen, mi opinión es que el hombre debe ser profundamente religioso: porque debe cultivar este sentimiento con cariño y respeto y que debe tratar siempre de encaminar sus actos teniendo presente las leyes morales de que hablaremos después. Lo que puedo decirte como mi última palabra es que la verdadera religión consiste para mí en ser bueno, siempre bueno y siempre bueno”.[44]
En el ámbito teológico destaca también la idea de respeto hacia las manifestaciones religiosas y sus palabras rayan el límite del enojo cuando afirma “no le es lícito a ninguna persona y por consiguiente mucho menos a un niño hablar con ligereza e irrespetuosamente de la religión y de sus ministros. Con el derecho que tengo, de padre te prohíbo terminantemente que hables con desden de estas cosas”.[45] En sus epístolas también Vergara subraya la idea referida a la libertad de pensamiento, que incluye entre sus primeras manifestaciones la libertad de expresar libremente el credo religioso; en efecto, en una de sus cartas señala que la libertad de pensamiento es la base y la madre de todas las libertades.[46]
Como se aprecia, el interés de Vergara es orientar la formación de su hijo, cuyo principal principio en el ámbito religioso se relaciona con el respeto a la diversidad de pensamiento y expresión.

3. Apreciaciones acerca de la guerra y consejos para ser un buen servidor de la patria.
El desarrollo de esta temática tiene una peculiar característica: las opiniones de José Francisco Vergara respecto de la Guerra y todo lo referido a ella sufrieron transformaciones abruptas, notándose claramente los cambios entre un antes y un después de comenzada la Guerra del Pacífico. En una primera etapa, que podemos clasificar entre 1876 y 1879, Vergara se muestra muy reticente y en muchos casos abiertamente contrario a aceptar las inclinaciones demostradas por su hijo Salvador hacia los temas bélicos. Al parecer, al joven muchacho quinceañero le apasionaban las hazañas guerreras de antaño, los héroes y las glorias legendarias, la exaltación de valores y emblemas patrios, lo cual le lleva a comunicar a su padre su inclinación a seguir la carrera de las armas. Ante tal posibilidad Vergara señala “Veo que te apasiona e interesan mucho las cosas de guerras y aunque esto sea una tendencia natural, no la fomentes porque es para nosotros uno de los gustos mas estériles”.[47] Así también, respecto de los hombres que dedican su vida a la guerra sostiene: “soldados hay siempre de sobra en todas las agrupaciones humanas, pero hombres que conozcan el camino de la civilización y que puedan guiar por él a sus semejantes, no sobran en ninguna sociedad y esos si que son los verdaderos héroes de la humanidad”.[48] A Vergara le preocupaba que su hijo se inclinara por la carrera de las armas y es enfático en afirmar que en Chile esa ocupación no es la que más se necesita, incluso llega a afirmar, casi de modo premonitorio, que si llegara a producirse en nuestro país una guerra, donde los militares tendrían actuación concreta, un civil también podría prestar a su patria su instrucción y aptitudes organizadoras, haciéndose cargo de una intendencia o un ministerio.[49] Respecto de las glorias y sacrificios de sangre que un hombre puede entregar por su patria siendo militar, Vergara señala que un país como el nuestro no necesita ni en el presente ni el futuro cercano tales sacrificios, que en el estado actual del devenir de Chile, a un militar no le queda más que custodiar presos, servir de guardias, fusilar criminales, quitarles ganado a los indios y servir de adorno en la procesiones.[50] Y evidentemente, no es ese el futuro que quisiera para su hijo. Prosiguiendo en forma constante con sus consejos, Vergara intenta guiar a Salvador para que tome una buena decisión en al ámbito de su formación e instrucción profesional. Continuamente le señala que espera verle convertido en un digno servidor de la república, pero no en el servicio de las armas, puesto que “lo que Chile necesita mas que soldados, son hombres instruidos, serios y probar que trabajen en administrarlo y dirigirlo bien; que su juventud sea estudiosa y moral; que los caracteres se formen desde temprano templándolos en el amor a la rectitud a la nobleza de las acciones y a la consagración a su Patria… tu no puedes hacer un mejor servicio a tu patria que instruyéndote y preparándote para contribuir dignamente a su sostén y a su progreso”.[51]
Para Vergara, una gran preocupación fue orientar a su hijo respecto del modo en que podría transformarse en un buen servidor de la patria. Se deduce de sus epístolas que su hijo insiste en señalar sus motivaciones patrióticas y que ellas le instarían a sobredimensionar los sucesos bélicos, puesto que en estos acontecimientos es donde más sobresalen aspectos de entrega y sacrificio. Ante tales opiniones, Vergara es enfático en señalar a Salvador que existen diversas formas de servir al país y demostrar el patriotismo. La primera de estas formas se relaciona de modo directo con procurar adquirir una instrucción de excelencia. En este ámbito, a principios de 1879 Vergara expresa “no necesito decirte mucho para que tú comprendas toda la satisfacción que experimento cada vez que me manifiestas tus propósitos de instruirte bien, y de aprovechar el tiempo que tengas que permanecer lejos de tu familia y de tu patria para poderlas servir después con honra y utilidad”.[52] Las palabras dirigidas por Vergara a su hijo evidencian constantemente el interés por encauzar los febriles descarríos patrióticos de Salvador, procurando hacerle entender que no son las palabras, ni alzamiento de emblemas, ni de banderas lo que necesita Chile de sus hijos, sino hombres íntegros, honrados y preparados para hacerse cargo de su conducción política.[53]
Uno de los consejos más reiterado en las epístolas analizadas es la necesidad de que toda persona conduzca su vida íntima y sobre todo su actuación pública siguiendo los eternos e inmutables principios de justicia que constituyen la base de la perfección moral de la humanidad.[54] Al leer cada una de las cartas, constatamos que en ellas Vergara vierte sus más sublimes principios, esperando que su hijo se identifique con ellos y forje así una vida íntegra y laboriosa. Como hemos visto hasta ahora, múltiples son los consejos encauzados a orientar la formación de Salvador. A un año de su partida de Chile, por ejemplo, subraya y pide a su hijo conducirse por la senda del honor y el trabajo.
El primero de estos principios, el honor, Vergara lo define como la disposición constante a cumplir siempre con el deber, pero cada vez que se pueda, más que el deber; en no apartarse jamás de la verdad, aunque se tenga que sufrir por decirla; en no apelar nunca a expedientes o recursos poco decorosos para procurarse dinero, en no hablar mal de nadie ni repetir lo que se oye y puede originar disgustos o dificultades entre otras personas; en no faltar a la confianza que se deposita en uno y, en fin, en conducirse siempre con los demás como querríamos que ellos se condujeran con nosotros. Por otro lado, la laboriosidad consiste en ocupar siempre el tiempo en hacer cosas útiles, bien sea en el propio provecho de uno o de los demás. Como párrafo cúlmine de la carta en la que Vergara define esto principios declara con un tono de solemnidad: “me resta decirte que entiendo por vida bienhechora ó más bien benéfica, toda persona que consagra una parte de su tiempo en beneficio de los demás, que emprende trabajos, que da medios de existencia a los pobres, que por medio del estudio encuentra cómo utilizar en beneficio de los hombres lo que antes no se aprovechaba, que enseñando o escribiendo contribuye a destruir la ignorancia, esa persona lleva una vida benéfica. ¿Realizarás este ideal? Si lo quieres con toda voluntad no veo obstáculos insuperables y espero que he de tener el consuelo de ver que lo consigues”.[55]

4. Consideraciones sobre la Guerra del Pacífico
A partir del momento en que José Francisco Vergara es llamado a participar directamente de la Guerra del Pacífico, en mayo de 1879, el carácter de las epístolas enviadas a su hijo adquieren nuevos ribetes; ya no son sólo el medio a partir del cual un padre afectuoso y preocupado por el devenir de su hijo transmite consejos y amonestaciones, sino que también estas cartas se trasforman en un medio informativo a partir del cual Vergara relata sus percepciones respecto del conflicto suscitado entre Chile y Bolivia-Perú a partir de 1879.
Para Vergara las causas de la guerra se explican fundamentalmente por una cuestión de carácter económico, puesto que Bolivia no respetó el pacto firmado en 1874, según el cual se fijaba como limite definitivo el paralelo 24°, pero obligándose Bolivia a no gravar con impuesto ni derechos las industrias de los chilenos establecidos entre el 23º y 24º ni a los productos y mercaderías de Chile. No obstante, señala Vergara, “después de transcurrir solo tres años y medio de tan solemne y ventajoso pacto, Bolivia, creyéndonos en guerra con los argentinos y sumamente abatidos con la crisis económica, dictó una ley gravando la exportación de los salitres que produce la gran Compañía Chilena”.[56] Tal deslealtad es la que justificaba, desde la perspectiva de análisis de Vergara, la posición de Chile frente Perú-Bolivia.
Ahora, en el contexto de la guerra, Vergara vuelve a hablar a su hijo respecto del mejor modo en que puede transformarse en un fiel servidor de la patria, señalándole que ese será el tipo de gente que necesitará Chile tras la conflagración, sea favorable o adverso el resultado. A principios de 1879, escribe Vergara a su hijo: “ahora más que nunca debes dedicarte a estudiar con ardor porque en todo sentido sería útil tu presencia aquí, ya sea próspera ó adversa la fortuna. Chile pasa por una de esas situaciones que son decisivas en la vida de los individuos y de las naciones y necesita actualmente y necesitará durante cuatro o cinco años del concurso enérgico y desinteresado de todos sus hijos”.[57]
También vuelve a profundizar en la temática del “falso patriotismo”, configurando este concepto a partir de todo aquello que en lo aparente pueda confundirse con amor y apego a la patria, pero que en lo concreto no encuentra un cauce real en que se exprese un verdadero beneficio y contribución hacia el país. En abril de 1879, Vergara expresa a su hijo “es preciso venir instruido y apto para ser útil, y no para tener que confundirse con los millares de mozos que se ven aquí que no saben hacer otra cosa que hablar desatinos, avergonzar a su país y hacer alarde de un patriotismo vulgar y fácil que todo se queda en bulla. No son brazos los que faltan en Chile, sino hombres de saber, con conocimientos fundamentales sobre las cosas y que hayan nutrido su alma desde pequeños con el noble sentimiento del deber”.[58]
Teniendo en cuenta el contexto de guerra que atravesaba Chile, en marzo de 1879 Vergara sostiene que a cada chileno le corresponderán roles distintos en este difícil escenario; él por ejemplo, está dispuesto a servir donde le llamen, pero considerando que es padre de familia, seguramente será el congreso el lugar donde podrán ser de mayor utilidad sus esfuerzos.[59] No obstante, a poco tiempo de haber comenzando el conflicto, Vergara fue llamado a prestar sus servicios en el frente de batalla; parecía ser que sus consejos paternales de años anteriores hacíanse realidad, puesto que un padre de familia, “simple campesino” como se autodenominaba, llegada la hora, también podía entregar su contribución a la causa bélica en la que se encontraba envuelto el país. Así pues el 17 de mayo comunicaba a su hijo “Solo cuatro líneas puedo escribirte, porque salgo dentro de una hora para incorporarme en el ejército del Norte como secretario general o especie de Delegado del Gobierno ante el general en Jefe”.[60] Así, para finales del mismo mes, las palabras de Vergara conmueven por su sinceridad y el modo en que reflexiona respecto de las recriminaciones que hizo a su hijo cuando éste le daba a conocer su interés por los asuntos bélicos. El 30 de mayo escribía “¡Que tal, amado hijo mío, escribiéndote desde un campamento después de haberte exhortado tanto a desechar y combatir tus gustos marciales! ¡Cuando habrías creído, leyendo mis cartas, que pocos meses mas tarde habría de verse tu padre de quepi y espada, ocupado todo el día de cosas de la guerra. Así es la oscuridad de la vida humana, que uno no ve mas allá del momento actual y es vano todo lo que se propone en el porvenir”.[61]
La guerra dio motivo a Vergara para que sus cartas fueran ahora un instrumento de lecciones filantrópicas, esa entrega desinteresada en la que era posible hacer patente el patriotismo, idea que tanto interesaba a Salvador. Pareciera ser que a partir de mayo de 1879, momento en que José Francisco se dirige a cumplir labores al frente de batalla, sus apreciaciones respecto de las cuestiones bélicas sufrieron un vuelco. Es que ahora la guerra no era parte del imaginario legendario, ni del futuro, era una realidad en la que Chile estaba envuelto, y una atmósfera en la que el propio José Francisco habría de ocupar un rol protagónico. Así el que partió siendo “una especie de secretario”, según las propias palabras de Vergara, terminó dirigiendo como Ministro de Guerra el ingreso de las tropas chilenas a territorio peruano.
A poco tiempo de haberse dirigido al norte, relata a su hijo su desinteresada labor en el campo de batalla y su disposición a morir por la causa patriótica: “No le temí a la muerte porque contaba con que mi espíritu quedaría encarnado en ti. Mi manta blanca, bien visible para todos me atraía la atención de los adversarios, y eso me complacía, porque si sucumbía sabrías tú que había sido frente a frente del peligro. En Tarapacá usé el mismo traje y el mismo caballo y por mas de una hora, a la cabeza de unos 300 soldados que ya retrocedían fugitivos, contuve el avance de una gruesa división peruana y la hice retroceder por mas de dos kilómetros. Las balas me llovieron porque era el blanco de los enemigos, y si el corazón no flaqueo fue porque pensaba en tu honor que en esos momentos estaba en mis manos. Peleaba más por ti que por mí. ¿Será estéril este grande anhelo que siento por verte un hombre digno de ser amado de mi alma mas por tus virtudes y tus méritos que por ser el hijo de mi corazón? Tú lo dirás, porque solo de ti depende.[62]
Tres meses después, escribe Vergara a su hijo “Continúo, hijo de mi alma, mi interrumpida carta aprovechando un pequeño descanso que me deja el despacho que siempre es sumamente laborioso. A veces me canso mucho y me aburro de un servicio tan pesado impuesto voluntariamente sin retribución ninguna, no digo pecuniaria porque eso hasta pensarlo sería indecoroso, sino moral, que los estimamos a veces tanto, cuando se llama gloria, prestigio. Pero nada de eso me espera a mí, ni siquiera la general estimación que merecen las acciones honestas, porque en nuestro país solo tiene eco la charlatanería, la farsa y el ruido de las apariencias. Pero tampoco me importa nada ese resultado, porque no trabajo para la fama ni para ganar influencia, sino para mi propia satisfacción, buscándola en el fiel cumplimiento del deber”.[63] Como se aprecia en estas últimas líneas, para entonces, Vergara ya percibía la fuerte reticencia que causaba su presencia en el ejército. No era bien venido, así lo evidencian los comentarios aparecidos en la prensa y su propio Diario de la Guerra, en el cual relata y explica sus percepciones respecto de la guerra y sus protagonistas. Aquel hombre acaudalado y sin carrera militar era visto como un intruso invadiendo una esfera restringida a quienes habían dedicado su vida a la carrera de las armas. Esta situación se hizo mas evidente cuando fue nombrado Comandante General de Caballería en reemplazo del General Baquedano que sustituyó al General Escala en el mando del ejército. Luego de darle esa noticia a su hijo, Francisco Vergara le señala: “Como debes suponerlo no he llegado a este puesto sin suscitar envidias y recelos en los militares de oficio, porque esto acusa su incompetencia, pero entre la oficialidad y la tropa se encuentra muy bien sentado mi nombre y a cada paso recibo testimonios de satisfacción”.[64]
El relato que entrega Vergara a su hijo, cobra en ciertas instancias las características de una gesta digna de admiración, una historia como las legendarias que tanto atraían la imaginación de Salvador. En reiteradas oportunidades, Vergara comenta su disposición a morir en el campo de batalla, marchando al frente de las tropas por él dirigidas. En octubre de 1879 señala, por ejemplo: “tomo parte en todo o casi todo lo que se resuelve y asumo también una parte proporcional en las responsabilidades, lo que me obliga a seguir adelante con mis compromisos, porque no es conciliable con el honor y el respeto que uno debe a su nombre retirarse del peligro cuando van hacia él sus compañeros. Y en el caso mío la cosa seria más censurable aun porque nadie me ha excedido en tesón para trabajar por la guerra ofensiva y tremenda. No he podido pues recular y no cejaré hasta sucumbir o cumplir por completo con el deber como yo lo entiendo”.[65] Así, en febrero de 1881 vuelve a señalar su disposición a morir diciendo: “te aseguro que mas de una vez he anhelado morir noblemente al frente del enemigo, no por vanidad ni seducido por el liviano amor a la gloria, sino para sellar con mi vida tu pacto con el honor y la virtud, porque tu no podrías sin afanarte dejar de ser un hombre de bien con sus nobles atributos, después del ejemplo que te dejaba tu padre”.[66]
Los pormenores de la guerra que Vergara comenta a su hijo hacen de estas cartas un testimonio interesantísimo, puesto que su lectura nos enfrenta a las percepciones sinceras que un padre relata a su hijo; quizá pueda criticarse a estos documentos estar cargados de elementos subjetivos, pero ello mismo es lo que les brinda mayor interés para efectos de nuestro análisis, puesto que nos encontramos directamente con el pensamiento, los análisis y reflexiones de nuestro protagonista en el ámbito más intimo en el cual una persona pueda manifestarse: el de su familia. Como precisábamos al principio de este apartado, las cartas enviadas por José Francisco a su hijo comienzan siendo el medio a través del cual un hombre procura mantener sus lazos paternales, felicitando, amonestando u orientando la trayectoria de su hijo, pero se transforman también en el vehículo a partir del cual se informa de los avatares locales y nacionales. Junto a información periódica de los acontecimientos cotidianos acaecidos en la Hacienda de Viña del Mar (compra-venta de ganado, sequía o precipitaciones, construcción de canales de regadío, contrata o despido de trabajadores, calidad de producción, etc.) viajan también los informes de la Guerra. Relata a su hijo sus tareas, sus opiniones respecto de los altos mandos del ejército, de los ministerios y también le va narrando el modo en que es tratado por los demás militares chilenos. Esto último pareciera ser un tema que preocupa a Salvador, puesto que las noticias que lee a través de los periódicos que llegan a Francia, relatan las reticencias surgidas en los círculos militares contra su padre. Estos hechos son aclarados constantemente por José Francisco, aunque no los niega ni oculta, sólo trata de forjar en su hijo una idea más acabada de la situación.

Por ejemplo, en julio de 1880 José Francisco comunica a su hijo su nombramiento como Ministro de Guerra diciendo “la responsabilidad que me he echado encima es muy grande y he necesitado de una gran corazonada para aceptarla, porque de la buena o mala dirección que dé a las operaciones de la guerra pende en mucha parte el porvenir de la república y la suerte de muchos de sus hijos. ¡Que Dios me inspire bien y que dé fortaleza a mi corazón para hacer frente a las dificultades!”.[67] En la misma carta, comunica también los problemas que tuvo que enfrentar por la oposición y opiniones adversas que proliferaron en su contra; en este contexto insiste en dejar patente que sus labores y sacrificios en la guerra tenían las mas nobles y desinteresadas características filantrópicas: “mi nombramiento de ministro ha suscitado muchos recelos y murmuraciones entre algunos jefes del ejército, porque han creído talvez que yo trataría de anularlos por prevenciones ó mal querencia personal. ¡Pobres gentes! No tardarán en convencerse de que en mi alma no se abrigan ni rencores ni propósitos torcidos, sino el sincero anhelo del bien general y de una perfecta justicia. Procuraré ser de incontrastable energía para combatir los abusos o las faltas; pero tendré especial empeño por hacer valer el mérito de los hombres y abrirles todos los caminos para su elevación.”[68]

Si bien José Francisco narra a su hijo las diversas manifestaciones de heroísmo y entrega por la causa patriótica, no escatima palabras y ejemplos para que Salvador no se vuelva loco, alucinando con las gestas narradas por los diversos medios de comunicación. En algunos casos sus palabras se encargaban y tenían por principal objetivo demostrar a su hijo que la guerra posee muchos elementos vituperables y que no todo marchaba al son de los tambores y las hondas de los emblemas patrios. En este contexto reprocha las falsas glorias, el falso amor a la patria y las mentiras que estila publicar la prensa. En este ámbito, en agosto de 1879 Vergara escribía: “La verdad es que el mal que tanto lamento en mi país es tan general, que todo lo tiene invadido. Me refiero al espíritu de apariencia que predomina en todo y a la facilidad que hay que enaltecer las más vulgares acciones si van acompañadas de ruido y aparato. De aquí nace que se falsean los caracteres, que no se conozca lo que realmente valen los hombres y que una vez en la prueba falles lastimosamente. Todos hemos considerado como una verdad sin sombra que el valor, el arrojo y la pericia de nuestros marinos eran muy superiores a lo que podía oponer los peruanos, y yo mismo participaba de este error, porque uno se contagia de la atmósfera en que vive… El país está carcomido, hijo mío, por la gloria barata y hemos de tener que devorar muchas afrentas y amarguras antes que se levante a la altura que corresponde”.[69]

De las palabras de Vergara se deduce que su hijo alucina con los triunfos y glorias en las que participa su padre, demostrando una constante preocupación por los pormenores del conflicto. A veces José Francisco se lamenta de no poder responder satisfactoriamente a los anhelos de su hijo; en noviembre de 1880 le comenta con franqueza que le será imposible exaltar como quisiera el supuesto heroísmo que tantas páginas ocupa en los periódicos: “te parecerá extraño que no te cante aquí un himno en nota alta y vibrante sobre el heroico valor del soldado chileno; pero mi mayor anhelo es que tu espíritu no esté fuera de la verdad, te hablo de las cosas tal cual son realmente y no según el lenguaje, fanfarrón, jactanciosos e hiperbólico tan en boga en nuestro país… La experiencia propia me ha enseñado, hijito mío, que cuando el peligro es serio muchos son los que reculan, y que de lo que reluce el oro es lo menos”.[70] Si bien también hay ocasiones en las que Vergara alza su pluma para narrar aspectos loables de su actuación y de sus tropas en el frente, la mayoría de las veces se esmera en encausar las ideas de su hijo, las cuales se relacionan con lo que él denomina “fabulas de prensa”. En septiembre de 1881 le explicaba a su hijo las “verdaderas” razones del triunfo, señalándole que observa con pesar el extravío mental, ocasionado en parte por el imperfecto conocimiento de las cosas, las lecturas de las fábulas de los diarios, por el largo tiempo de ausencia del país, y por aquella tendencia a ver en la Guerra del Pacífico la concreción de sus lecturas de acontecimientos militares. Al respecto señala: “Si hemos vencido a los peruanos no es porque hayamos poseído ni el genio militar ni las relevantes virtudes de los guerreros de primera nota, sino porque nuestra población posee una constitución física mas vigorosa que la peruana, porque políticamente hemos estado mejor preparados para el manejo de los negocios y exentos de las llagas del egoísmo y del interés personal que tanto daño han hecho al Perú… ¡Como te desengañarías de la milicia y de los militares á las 24 horas de estar aquí! Todas tus fantasías vendrían por tierra y te arrepentirías amargamente de haber perdido tanto tiempo en fabricar castillos en el aire”.[71] El objetivo declarado por el propio José Francisco era eliminar del pensamiento de su hijo la fanfarronería y la petulancia a la que tanto había contribuido la prensa nacional. La enemistad de Vergara con la prensa puede ser explicada por los múltiples publicaciones en su contra, de las cuales le advierte también a su hijo en varias cartas, por ejemplo, en agosto de 1880 declaraba “esto te lo digo para que no te preocupes con lo que puedan decir de mí en los diarios uno que otro descontentadisimo o malqueriente”.[72]

Como corolario de este análisis debemos señalar que un elemento de carácter trasversal en las temáticas desarrolladas por José Francisco en sus cartas a Salvador es la preocupación constante por brindar una formación integral a su hijo, intentando alejarle con sus consejos de los descarríos juveniles y señalándole la senda adecuada para transformarse en una persona útil para la sociedad. En momentos en que Salvador insiste en sus deseos de regresar a Chile con el objeto de hacerse parte de la contienda, su padre le advierte que la mejor forma que podría servir a Chile es manteniéndose firme en el camino de la instrucción y la educación, puesto que personas preparadas y dignas deben ser las que participen de la reestructuración político-económica de Chile tras la guerra.

En agosto de 1879 le indicaba Vergara a su hijo “comprendo bien tus impaciencias por volver a Chile, sobre todo en estas circunstancias, y tu vehemente anhelo por tomar parte en la justa guerra que sostenemos, animado del puro amor del sacrificio que sólo germina en las almas nobles. Pero, como tantas veces te lo he dicho, por mucho que enaltezcan al hombre los sentimientos generosos, si no gobierna estos mismos sentimientos con una roza tranquila y reflexiva, que es lo que se llama discreción, cordura, en lugar de servirle para su bien propio y el de los demás, sólo le sirven de daño”.[73] Así pues, exactamente dos año después, José Francisco continuaba reiterando la misma idea a su hijo “como tantas veces te lo he dicho, si aspiras a ser un miembro útil de la comunidad en que estés obligado a vivir, si quieres alcanzar el nivel de los tipos elevados de esa misma sociedad, es preciso prepararte por el estudio y el trabajo para realizar este fin… Pero ya que te inclinas tanto a la milicia, no está de mas te recuerde que la primera cualidad del soldado es aprender a someterse a la disciplina, y que el soldado del progreso que debe ser uno mismo con el de las armas tiene que adquirir antes que nada la disciplina del espíritu que enseña a pensar y dirigir las acciones”.[74] Como se evidencia, Vergara esperaba, a pesar de la distancia que le separaba de su hijo, seguir siendo un buen padre, demostrando una preocupación constante hasta por los detalles más mínimos de las cosas que hiciera o dejara de hacer Salvador.

Un último tema que percibimos en las cartas que José Francisco envió a su hijo se refiere a las posibilidades de seguir involucrado en los asuntos públicos. De las palabras de Vergara se infiere que su hijo le instaba a trazarse metas ambiciosas que le llevaran a la cúspide del poder y la gloria: quería ver a su padre convertido en presidente. Esta efectivamente fue una posibilidad concreta en el derrotero de la vida de Vergara, pero a principios de 1881 advertíale a su hijo que ello no estaba entre sus máximas aspiraciones: “Tú te dejas llevar a ciertas ilusiones ambiciosas que no deben dejarse brotar en un alma que sabe levantarse más arriba de lo vulgar. ¿Qué ganaría yo con entrar en el camino trillado de las intrigas y compromisos de partido, cosas indispensables para llegar a donde, según parece, querrías tú verme? ¿No crees que seria más honroso para mi retirarme a la vida privada con la integridad de mis opiniones y despojado de las ambiciones tan comunes a nuestra naturaleza, que llegar al primer puesto del país a fuerza de lucha y de concesiones a los hombres o a los partidos que me apoyaran?”.[75]
Ahora bien, respecto de la carrera presidencial, a Vergara le correspondió estar en dos oportunidades directamente involucrado con ella. Ocupando aún el cargo de Ministro de Guerra, Vergara desempeñó un rol activo en la campaña electoral de 1881 en la que promovió la candidatura de Domingo Santa María.[76] Mientras que el 6 de enero de 1886 asume como candidato a la presidencia de la República, representando a la convención Liberal-Radical, oponiéndose de este modo a la candidatura de José Manuel Balmaceda que lideraba a la convención Liberal Nacional. Este último candidato contó con el apoyo del presidente Domingo Santa María, cuestión que finalmente llevó a Vergara a desistir de su proyecto presidencial.Palabras finales
Padre de familia, agrimensor, fundador de Viña del Mar, líder radical, diputado, senador, Ministro de Guerra, candidato a la presidencia, son algunos de los adjetivos que pueden caracterizar a José Francisco Vergara. Todos estos atributos posibilitan la apertura de múltiples vetas de investigación. No obstante, como hemos precisado, nuestro objeto ha sido trazar las primeras líneas de una investigación acuciosa que pretende conocer y precisar el ideario político de este hombre que enarboló la bandera del liberalismo, generando una posición crítica hacia el liberalismo tradicional desarrollado en Chile durante el siglo XIX.
Nuestro primer paso se ha circunscrito a analizar la correspondencia privada de José Francisco a su hijo Salvador, y a través de esta tarea hemos conocido a nuestro personaje desde el ámbito más íntimo y sincero. En las epístolas analizadas desfilan sus principios, sus reflexiones y sus críticas respecto del acontecer político nacional, éstos se conjugan con los consejos y reprimendas hacia su hijo, hombre en el cual J. F. Vergara quiso ver cristalizados sus ideales.
Bibliografía
1. Barros Arana, Diego, Don José Francisco Vergara: bosquejos biográficos a través de su labor parlamentaria su muerte y apoteosis, Imprenta de la Alianza Liberal, Valparaíso 1919.
2. Barros, Arana, Diego, Historia General de Chile, Santiago, 1884. 1902. Volumen XVI.
3. Encina, Francisco Antonio, Historia de Chile, Ed. Nascimento, Santiago de Chile, 1951. Tomos XVI, XVII Y XVIII
4. Errázuriz, Isidoro,”Hombres y cosas durante la guerra:”serie de artículos editoriales de «La Patria», escritos con motivo de la publicación de la Memoria de la guerra de 1881, Imprenta de la Patria, Valparaíso 1882.
5. Góngora, Mario, Ensayo Histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 2003.
6. Notas históricas y geográficas N° 5 y 6, Universidad de Playa Ancha, 1994-1995.
7. Revista Archivum del Archivo Histórico Patrimonial, N° 6, Viña del Mar, año 2004.
8. Revista Chilena de la Historia y Geografía, N° 120
9. Silva, Castro, Raúl, Prensa y periodismo en Chile 1812-1956, Ed. Universidad de Chile, Santiago 1958.

NOTAS
[1] El presente artículo forma parte de una extensa investigación referida al ideario político de José Francisco Vergara, la cual aspira a convertirse en la tesis del programa de Magíster en Historia cursado por la autora en el Instituto de Historia de la PUCV.
* Investigadora del Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar; Profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales; Licenciada en Educación y Magíster © en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
[2] BARROS ARANA, Diego, Don José Francisco Vergara: bosquejos biográficos a través de su labor parlamentaria su muerte y apoteosis, Imprenta de la Alianza Liberal, Valparaíso 1919, p. XLII
[3] Esta opinión surgió entre los círculos de generales del ejército y encontró eco en los periódicos, excepto en El Mercurio, La Patria y El Coquimbo. En su “Diario de la Guerra”, José Francisco Vergara señaló: “llegué a mi país y a mi hogar en diciembre de 1879, dando por fracasadas mis concepciones sobre el patriotismo y el sentido moral de los hombres y por terminada para siempre mi vida pública, iniciada tan desastrosamente para mi alma. La prensa no fue benigna conmigo. Salvo El Mercurio, La Patria y El Coquimbo, todos los otros diarios me dedicaron duros denuestos, cuando no ruines calumnias. Herido, pero aguantando como el espartano para no revelar el dolor”. Este documento fue publicado en 1881 bajo el nombre “Memoria de la Guerra” y expuesta primeramente ante el Congreso Nacional. Ver: Errázuriz, Isidoro, Hombres y cosas durante la guerra: serie de artículos editoriales de «La Patria», escritos con motivo de la publicación de la Memoria de la guerra de 1881, Imprenta de la Patria, Valparaíso 1882.
[4] BARROS ARANA, Diego, Op. Cit., p. VII, VIII y IX
[5] Ibidem, p. XV
[6] Ibidem, p. XXXII
[7] Ibidem, p. XLI y XLII
[8] Ibidem, p. XLIII y XLIV. En el segundo apartado del presente artículo nos extenderemos en la explicación de la relevancia histórica de las carlas de Severo Perpena, pseudónimo utilizado por J. F. Vergara.
[9] Ibidem, p. XLVI
[10] Ibidem, p. L
[11] Los documentos referidos de Teodoro Lowey fueron donados por su nieto, del mismo nombre, a la biblioteca del Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar y actualmente forman el “Fondo Teodoro Lowey”.
[12] ENCINA, Francisco Antonio, Historia de Chile, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1951, T. XVI, XVII Y XVIII.
[13] Ibidem, Tomo XVII, p. 252
[14] Ibidem, Tomo XVII, p. 62
[15] Ibidem, Tomo XVII, p. 79
[16] Ibidem, Tomo XVII, p. 254
[17] Ibidem, Tomo XVIII, p. 162
[18] Ver: Revista Archivum. Archivo Histórico Patrimonial, N° 6, Viña del Mar, año 2004.
[19] Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar, Fondo Familia Vergara- Alvarez, Seccion cartas.
[20] GÓNGORA, Mario, Ensayo Histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 2003, p. 87.
[21] Ibidem, p. 88
[22] Una amplia explicación respecto de la autoría de las cartas de Severo Perpena la entrega Eduardo de la Barra y otros, en: Revista Chilena de la Historia y Geografía, N° 120, p. 185 – 222.[23] En: ARELLANO, Víctor, Don José Francisco Vergara, Imprenta de la Alianza Liberal, Valparaíso, 1919, pp. 106 – 110.
[24] SILVA CASTRO, Raúl, Prensa y periodismo en Chile 1812-1956, Ediciones Universidad de Chile, Santiago 1958, pp. 307, 308 y 309
[25] El compendio de los discursos parlamentarios de José Francisco Vergara en: BARROS ARANA, Diego, Don José Francisco Vergara: bosquejos biográficos a través de su labor parlamentaria su muerte y apoteosis, Imprenta de la Alianza Liberal, Valparaíso, 1919.

[26] BARROS, ARANA, Diego, Op. Cit., pp. 3 – 33.
[27] Ibidem, p. 37
[28] Ibidem, p. 65
[29] Ibidem, pp. 142 – 166
[30] Ibidem, p. 216
[31] Ibidem, pp. 222 – 230
[32] Ibidem, p. 234 – 235
[33] Ibidem, p. 235
[34] SILVA, CASTRO, Raúl, Prensa y periodismo en Chile 1812-1956, Editorial Universidad de Chile, Santiago 1958, p. 307
[35] Ibidem, p. 308
[36] SILVA, CASTRO, Raúl, Prensa y periodismo en Chile 1812-1956, Editorial Universidad de Chile, Santiago, 1958, p. 277
[37] CORTES, Lia – FUENTES, Jordi, Diccionario político de Chile, Editorial Orbe, Buenos Aires, 1967, p. 141
[38] BARROS ARANA, Diego, Op. Cit., p. XV
[39] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, París, 30 de octubre de 1877.
[40] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 30 de diciembre de 1879.
[41] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 31 de marzo de 1877
[42] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 14 de abril de 1877
[43] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 30 de octubre de 1877
[44] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 08 de octubre de 1878
[45] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 18 de junio de 1878
[46] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 25 de agosto de 1880
[47] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 15 de abril de 1878
[48] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 4 de diciembre de 1878
[49] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 08 de octubre de 1878
[50] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 25 de julio de 1878
[51] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 5 de noviembre de 1878
[52] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 27 de enero de 1879
[53] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 30 de enero de 1877
[54] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 26 de julio de 1878
[55] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, París, 12 de noviembre de 1877 (Salvador está en Ginebra)
[56] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 24 de febrero de 1879.
[57] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 24 de febrero de 1879
[58] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 21 de abril de 1879
[59] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Valparaíso, 13 de marzo de 1879
[60] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Valparaíso, 17 de mayo de 1879
[61] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Antofagasta, 30 de mayo de 1879
[62] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Antofagasta, 30 de mayo de 1879
[63] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Antofagasta, 27 de agosto de 1879
[64] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Campamento del puerto de Sama, 15 de mayo de 1880
[65] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Antofagasta, 2 de octubre de 1879
[66] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Lima, 1 de febrero de 1881
[67] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 25 de julio de 1880
[68] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 25 de julio de 1880
[69] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Antofagasta, 28 de agosto de 1879
[70] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Pisco, 23 de noviembre de 1880
[71] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Valparaíso, 27 de septiembre de 1881
[72] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 25 de agosto de 1880
[73] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Viña del Mar, 9 de agosto de 1879.
[74] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Santiago, 31 de agosto de 1881
[75] Carta de J.F. Vergara a su hijo Salvador, Lima, 1 de febrero de 1881
[76] Este hecho le fue enrostrado por Manuel Balmaceda a J. F. Vergara el 28 de agosto de 1885, acusándolo de ese modo de haber sido parte de la intervención electoral, tan bullada y tan recriminada por José Francisco. Ante tales recriminaciones Vergara profirió las siguientes palabras: “el señor ministro, llamando en su auxilio, para que le sirva de disculpa, la participación que en los trabajos electorales han tomado los ministros de otras administraciones, han aludido a la parte que me cupo en la elección de 1881… nunca se me había ocurrido pensar que hubiera podido llegar un día en que un ministro del despacho, del actual presidente de la república, que habla en su nombre, viniera aquí a enrostrarme la activa parte que había tomado en su elección. ¡extraño sarcasmo del destino! ¡pero severo y justo castigo, que ojala quedara grabado en caracteres indelebles en las paredes de la Moneda para perpetua lección de los ministros futuros!”. BARROS ARANA, Op. Cit., p. 234.

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EL CONCEPTO GUERRA FRÍA EN LA HISTORIOGRAFÍA


TODO SOBRE GUERRA FRIA

EL CONCEPTO GUERRA FRÍA EN LA HISTORIOGRAFÍA

Antes de introducirnos en las definiciones propuestas por la historiografía, creemos pertinente señalar que las principales diferencias detectadas en las diversas propuestas historiográficas de la Guerra Fría, radican esencialmente, en el área de la cronología y las causalidades. Con el fin de sistematizar las principales tendencias historiográficas, éstas han sido organizadas en dos grandes grupos. En el primero de ellos se incorporan todos los autores que consideran la Guerra Fría como el conflicto suscitado entre EEUU y la URSS tras la Segunda Guerra Mundial, mientras que en el segundo grupo se ubican los autores que consideran como punto de partida de la Guerra Fría el año 1917.En primer lugar, serán explicadas de modo general cada una de estas tendencias historiográficas, para luego introducirnos en las propuestas de los autores seleccionados, intentando destacar las particularidades, puntos en común y diferencias entre cada uno de ellos.

La clasificación que se propone en este trabajo no pretende soslayar las tradicionales clasificaciones referidas a las escuelas interpretativas de la Guerra Fría. Por el contrario, y como se evidencia en las siguientes páginas, esperamos recoger su propuesta y complementarla.

Como ejemplo de la clasificación tradicional de la Historiografía referida a la Guerra Fría, se incorpora a continuación la clasificación realizada por Ronald Powaski,[2] quien sintetiza las escuelas historiográficas de la Guerra Fría en tres grandes tendencias: Ortodoxa, Revisionista y Posrevisionista.

Ortodoxa: según esta interpretación el principal culpable de la Guerra fría fue la Unión Soviética y Estados Unidos no tuvo más opción que contener y, donde fuera posible, trastocar la expansión de un estado comunista agresivo que ambicionaba por encima de todo derribar el capitalismo, la democracia y otros aspectos de la cultura occidental.

Revisionistas: sostienen que Estados Unidos fue el principal responsable de la Guerra Fría y que la Unión Soviética se vio obligada a reaccionar a la agresividad de un país que estaba decidido a fomentar la expansión del capitalismo asegurándose el acceso ilimitado a los mercados y recursos del mundo y resuelto a aplastar a los movimientos revolucionarios que amenazasen su interés.

Posrevisionista: ésta echa la culpa de la Guerra Fría a ambos bandos. La actuación de ambos bandos provocó reacciones hostiles en el otro bando y esto creó una especie de ciclo acción-reacción en el cual el nivel de animosidad se elevaba periódicamente hasta niveles peligrosos e incluso llegaba al borde de una guerra nuclear total que ninguno de los bandos deseó jamás.”

Como se puede apreciar, esta clasificación tienen como eje central las causas y los culpables del origen de la Guerra Fría, y se refiere a las escuelas historiográficas occidentales, las cuales progresivamente experimentaron una evolución hacia la objetividad interpretativa.

1. La Guerra Fría: conflicto suscitado entre Estados Unidos y la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial.

Aspectos principales de esta definición

Tradicionalmente se denomina Guerra Fría a la hostilidad comenzada tras la Segunda Guerra Mundial por las dos grandes potencias vencedoras de dicho conflicto, es decir, Estados Unidos y la Unión Soviética. Estas potencias vinieron a ocupar el vacío de poder generado a partir de la decadencia de las antiguas potencias europeas que para 1945 se encontraban desgastadas y al borde del colapso económico, incluso Inglaterra, que no había sido vencida estaba en decadencia, desangrada por los años de guerra.

Desde esta perspectiva, tras la Segunda Gran Guerra comenzó un nuevo conflicto de orden mundial, pero con características singulares, era un conflicto no declarado que permaneció latente por 45 años entre los dos principales vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de Hitler y de la Alemania Nazi, Estados Unidos y la Unión Soviética habían perdido la razón de su unión, ya no existía el enemigo común y se encontraban frente a frente en la mitad del continente europeo, justo hasta donde sus ejércitos habían logrado llegar en el avance contra las tropas nazis. En efecto, fue Europa el primer escenario de la Guerra Fría, no obstante, una vez que ambas partes aceptaron la existencia de sus respectivas zonas de influencia, la rivalidad se desplazó hacia zonas periféricas, a países de Asia, África y América Latina. Fue en estas zonas donde las dos potencias midieron su poder, ya sea a través de métodos indirectos (influencia, magnetismo) o directos (intervención económica y/o militar).

Son los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos inmediatamente posteriores los que marcarán el derrotero de las relaciones internacionales de los próximo 45 años, es decir, hasta el momento en que uno de los actores sucumbe y pierde la calidad de Gran potencia en el escenario internacional. Las diferencias se hicieron insostenibles una vez terminado el combate contra el enemigo común. Cada uno de los vencedores poseía una visión particular del mundo y las contradicciones se hacían evidentes e infranqueables en aspectos tales como la organización económica, política y social que cada uno propugnaba. En efecto, el diálogo mantenido entre estos dos mundos durante la Segunda Guerra Mundial, no logró mantenerse una vez que ya no existían razones para continuar perteneciendo al mismo bando. Así se fueron configurando dos mundos opuestos que derivaron luego en dos bloques militares y económicos en permanente tensión.

Como se puede apreciar, los elementos constitutivos de esta definición son muy generales y sólo especifican que el eje de partida de la Guerra Fría se encuentra tras la segunda Guerra Mundial. Entre los autores que adhieren a esta perspectiva historiográfica analizaremos las propuestas de Juan Pereira, Julio Gil, Rafael Aracil, Eric Hobsbawm, Henry Kissinger, Geoge Kennan, Analdy Dorynin, Jean Duroselle y algunos ejemplos destacados de la Historiografía Oficial de la Unión Soviética.

¿Qué dice la historiografía?

En primer lugar debemos señalar que dentro del grupo de historiadores que consideran la Guerra Fría como parte de las consecuencias provocadas por la Segunda Guerra Mundial, son claramente identificables dos vertientes historiográficas, por una parte tenemos la occidental y por otra la soviética. La primera de éstas se caracterizó por ir experimentando una evolución progresiva hacia la objetividad interpretativa, mientras que la historiografía soviética mantuvo durante mucho tiempo su rigidez y ortodoxia.

Según señala Juan Pereira, esta rigidez se mantuvo incólume hasta la década de los setenta y los primeros ochenta, donde la relajación de la tensión y la mejora de las relaciones entre Moscú y Washington, permitieron una matización en la interpretación de las relaciones entre las dos superpotencias en el contexto de la Guerra Fría. No obstante, “solo con Gorvachov y su libro Perestroika se inició un amplio proceso de crítica interna que contribuyó, sin duda, a la crisis del primer Estado Socialista del mundo, cuya desaparición se certificó en la Navidad de 1991”.[3]

Para aproximarnos al punto de vista soviético se han contemplado las definiciones y propuestas planteadas en las siguientes obras: “Compendio de Historia de la URSS” (1966), “Gran Enciclopedia Soviética” (1970), “Historia de la Política Exterior de la URSS” (1971), y “En Confianza: El embajador de Moscú ante los seis presidentes norteamericanos de la guerra fría” (1998). De estas obras, sólo la última podría ser considerada como un análisis crítico que intenta buscar respuestas de una manera más objetiva, ya que al contrario de las anteriores, no se encuentra sometida a las demandas impuestas por el Estado Soviético, quien se encargaba de establecer las directrices de la historiografía, teniendo ésta que ajustarse estrictamente a la interpretación oficial.

Para conocer la interpretación occidental contamos con una gama de autores mucho más amplia. La característica que unifica a este grupo seleccionado es que todos ellos poseen una perspectiva general y completa del período en estudio ya que todas sus obras fueron publicadas en el transcurso de la última década del siglo XX. En efecto, la obra más antigua que analizaremos fue publicada en 1989, cuando aún la Unión Soviética se encontraba en pie, aunque ya padeciendo muchos de los síntomas que la condujeron al colapso. Ahora bien, la evolución experimentada por la historiografía occidental la conoceremos esencialmente a partir de Juan Pereira Castañeda a través de sus obras “Historia y Presente de la Guerra Fría” (1989) y “Orígenes de la Guerra Fría” (1997), en ambas obras se presentan a grandes rasgos la evolución experimentada por la historiografía referida a la Guerra Fría desde 1947 hasta el momento en que se edita cada libro. Autores tales como Rafael Aracil y Eric Hobsbawm, nos aportarán un análisis general acerca de los aspectos más relevantes de la Guerra Fría. Mientras que a través de Hery Kissinger y George Kennan podremos conocer las percepciones de dos protagonistas destacados de la Guerra Fría, los cuales, a través de sus obras intentan aproximarse de manera analítica al estudio del período en que por diversas circunstancias se vieron directamente implicados.

Interpretación Soviética

Desde el punto de vista soviético la Guerra Fría era vista a través del prisma de la lucha de clases trasplantada al nivel internacional, según ésta el capitalismo mundial y los países que lo representaban habrían comenzado un ataque en todos los frentes contra el mundo socialista[4]. Los análisis soviéticos son oficiales e insisten en la unilateralidad de las causas de la Guerra Fría, culpando al que ellos llaman “capitalismo imperialista norteamericano”. Como ya se ha señalado, la crítica interna sólo se evidenció con la llegada de Gorvachov al poder en la década del ochenta.

1. Gran Enciclopedia Soviética:

En la definición que entrega la Gran Enciclopedia Soviética se hace evidente la unilateralidad explicativa acerca de las causas que originaron el conflicto denominado Guerra Fría.

“La Guerra Fría constituye un rumbo político agresivo que tomaron los círculos reaccionarios de las potencias imperialistas, bajo la dirección de Estados Unidos e Inglaterra, a raíz de la Segunda Guerra Mundial 1939-1945 (…) La Guerra Fría esta orientada a no permitir la coexistencia pacífica entre Estados de diferentes sistemas sociales, a agudizar la tensión internacional y a crear las condiciones para el desencadenamiento de una nueva guerra mundial (…) En la práctica la política de Guerra Fría se ha hecho patente en la creación de bloques político-militares agresivos, en la carrera de armamentos, en el establecimiento de bases militares en el territorio de otros Estados, en la histeria de la guerra, en la intimidación de los pueblos amantes de la paz (…), en la desorganización de las relaciones económicas pacíficas, en los intentos de sustituir por la violencia y la dictadura las normas generalmente reconocidas de las relaciones diplomáticas entre los Estados”[5]

Según esta definición el conflicto lo originó Estados Unidos y está dirigido contra los países que no comparten su mismo sistema social, es decir, contra los países socialistas, los cuales propugnan la coexistencia pacífica. No obstante, esta última se ve directamente afectada por el constante clima de tensión internacional que genera un permanente peligro de desencadenar una tercera guerra Mundial.

2. Compendio de Historia de la URSS

Los objetivos y directrices interpretativas del libro quedan claramente especificados en los títulos de los capítulos dedicados al estudio de la Guerra Fría, entre ellos destacamos los siguientes:

1. Occidente da comienzo a la “guerra fría”
2. Lucha de la Unión Soviética por la Distensión
Primeros éxitos de la URSS en la lucha contra la guerra fría
La URSS y el Desarme

Según lo que se desprende de los capítulos dedicados a la Guerra Fría, ésta comenzó en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y como punto de partida podría señalarse el “innecesario” lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón. Según la percepción soviética, el lanzamiento de las bombas estaba destinado, más bien, a intimidar a la Unión Soviética, que a derrotar al último bastión de las potencias del Eje.[6]

Desde esta perspectiva, la Guerra Fría fue fraguada y emprendida por Estados Unidos contra la Unión Soviética. Así, Mientras que la URSS se había mantenido en un esfuerzo permanente por mantener la paz, Estados Unidos siguió provocando situaciones de conflicto y tensión. A través del libro se hace evidente el deseo de mostrar a la Unión Soviética como valuarte de los países pacíficos, insistiendo en que la URSS se encargó durante todos los años de posguerra de velar por el mantenimiento de la paz. Se presenta a la URSS como un actor fundamental en la superación de las tensiones internacionales, y especialmente preocupada de proponer en la ONU las soluciones más plausibles en favor de la paz, pero todos sus esfuerzos se vieron siempre coartados por los representantes de Estados Unidos y los países occidentales que seguían sus directrices.

Ahora bien, el eje cronológico de la obra está condicionado por su fecha de publicación, año 1966. Por tanto, además de carecer de amplitud analítica al ceñirse estrictamente a la interpretación oficial sostenida por la Unión Soviética, esta obra sólo nos entrega el análisis de 20 años de la Historia de la Guerra Fría. No obstante, a partir de esta obra podemos conocer la perspectiva soviética acerca de algunos de los hitos más relevantes de la Guerra Fría. Por ejemplo, se puede conocer la versión soviética de las razones del quiebre definitivo de la alianza forjada durante la guerra, así como las causas que provocaron la Crisis de Berlín, la Guerra de Corea, la Crisis de los misiles y los inicios de la Guerra de Vietnam.

En cada uno de los casos mencionados las explicaciones son unilaterales y siempre los conflictos encuentran su causa primaria en agresiones provenientes del mundo occidental, especialmente desde Estados Unidos. Incluso la construcción del muro de Berlín y la Crisis de los misiles cubanos se explica sólo a partir de la agresividad directa o encubierta de los Estados Unidos contra el bloque de países socialistas.

3. Anatoly Dorbryn, el embajador de Moscú ante los 6 Presidentes norteamericanos durante la Guerra Fría.

Dorbryn llegó a Washington en 1962 y con sólo 42 años era el Embajador más joven de Moscú, permaneció como tal durante los mandatos de Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter y Reagan, llegando a ser el principal canal de comunicación entre la Casa Blanca y el Kremlin. En su libro “En Confianza”, aporta detalles de las circunstancias que rodean las grandes pugnas entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el periodo de la Guerra Fría. Dorbryn participó en la preparación de todos los encuentros de alto nivel entre los líderes de las dos naciones, desde el primero que tuvo lugar en 1955, hasta el último entre Gorvachov y Bus en 1990.

En esta obra se evidencia un interés analítico más amplio. Respecto de las causas de los acontecimientos estudiados, no apuesta por la unilateralidad, sino que se interesa por sopesar la mayor cantidad de elementos involucrados, con el fin de presentar una estructura explicativa más coherente y desapegada de los tradicionales parámetros impuestos por las interpretaciones oficiales que establecía la Unión Soviética. No obstante, cada hombre es hijo de su circunstancia, por tanto, es lógico que también intente exponer la explicación y en muchos casos justificación de los procederes del mundo al cual perteneció, la Unión Soviética, y también de sus propios actos en calidad de primer representante de ese mundo frente a su principal enemigo, Estados Unidos.

Bastante impactante nos parece su apreciación acerca de la Guerra Fría, al referirse a ésta como una “perversión temporal, fundamentada en la ideología y no en los intereses nacionales”.[7] Esto último lo afirma en su interés por destacar las posibilidades de entendimiento que tienen Rusia y Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría, ya que al no existir choque de intereses entre ambas, y al haberse apartado de la ideología comunista, el futuro presenta grandes posibilidades de un acercamiento y cooperación efectiva entre ambos países. En efecto, a lo largo del libro Anatoly Dorbryn, expresa una manifiesta crítica hacia la sobrecarga ideológica con la que fueron impregnadas las relaciones soviético-norteamericanas. Las actitudes dogmáticas e intransigentes contribuyeron a perpetuar el estado de tensión que caracterizó a toda la segunda mitad del siglo XX.

Los aportes de esta obra pueden ser comparados a los aportes extraído de los libros de Henry Kissinger y George Kennan, estos dos último en calidad de representantes del bloque occidental, liderado por Estados Unidos. Los puntos en común radican esencialmente en el hecho que estos tres autores al escribir sobre la Guerra Fría no sólo lo hacen respondiendo a su interés por un período relevante del siglo XX, sino que a su vez están intentando poner en perspectiva histórica su propio actuar dentro de ese período, ya que todos ellos se vieron involucrados en los acontecimientos que narran y explican. A pesar de que se pueda argüir que muchos de sus postulados carecen de la objetividad necesaria, es muy interesante para nosotros poder conocer el análisis realizado por los actores de los acontecimientos que se estudian.

Interpretación Occidental

Al contrario de la interpretación Soviética, la interpretación occidental experimentó una notable evolución a lo largo de los años en que se extiende la Guerra Fría. En los primeros años, los estudios dedicados a la Guerra Fría guardaban un gran apego a la ortodoxia, entregando explicaciones unilaterales, donde las causas principales radicaban, esencialmente, en la agresividad soviética y su afán expansionista sobre el resto del mundo. Desde esta perspectiva, Estados Unidos se consideraba legítimo defensor del mundo libre, al cual debía proteger, evitando de ese modo el avance de las fuerzas comunistas que amenazaban con extenderse por todo el orbe.

Un ejemplo de esta interpretación lo refleja la definición establecida en el Manual de Temas Militares de la República Federal Alemana en 1963: “La Guerra Fría es la forma procedente del agresivo comunismo mundial, de la confrontación político-espiritual y psicológico-propagandística con el mundo no-comunista. En la Guerra Fría, el comunismo mundial quiere, en primer lugar, dominar la conciencia de las masas. Por tanto, el mismo trata de que su influencia penetre en todos los ámbitos vitales de la sociedad en los Estados no-comunistas. La meta suprema de la guerra fría radica en el completo dominio, descubierto u oculto, del mundo no comunista. A tal efecto se utilizan preferentemente medios no-militares. No obstante, de vez en cuando también puede recurrirse a medios militares. Los éxitos comunistas en la Guerra Fría pueden conducir a situaciones revolucionarias”.[8]

Como se puede apreciar, según esta perspectiva, la Guerra Fría es un instrumento del comunismo mundial, que espera poder lograr la subversión de las masas en los países occidentales. Para obtener sus objetivos, el mundo comunista utilizaba preferentemente medios no militares, por ejemplo la propaganda. No obstante, la utilización de medios militares no se encuentra descartada. De este modo, el actuar de Estados Unidos se explica como parte de la legítima defensa ante el inminente peligro que significa para el mundo occidental los afanes agresivos y expansionistas del mundo comunista.

En Occidente la interpretación ortodoxa se fue matizando y orientando hacia estudios más objetivos que intentaban poner en perspectiva los diversos factores involucrados en las causas que originaron la denominada Guerra Fría.

Como ejemplo de esta evolución se puede mencionar el análisis propuesto por Jean Duroselle, en su libro “Europa de 1815 a Nuestros días” (1967). Si bien, en este libro el estudio de la Guerra Fría sólo ocupa uno de sus diez capítulos, en él se evidencia el claro interés por aproximarse a un estudio crítico y no ortodoxo del conflicto sostenido por las dos superpotencias. Para este autor, el conflicto entre dos ideologías político-sociales se transformó en el fenómeno más sobresaliente de la posguerra. Durante la guerra, las necesidades de permanecer unidos habían disfrazado las profundas heterogeneidades entre los principales componentes de la coalición, pero una vez que la conflagración terminó las divergencias se hicieron insalvables. Más aún, debido a que la guerra había contribuido a consolidar en la calidad de superpotencias militares tanto a Estados Unidos como a la Unión Soviética. Desde esta perspectiva, las condiciones para que se produjera la Tercera Guerra Mundial ya estaban generadas. Pero la conflagración no se llevó a cabo, debido esencialmente, a los que Duroselle denomina “equilibrio del terror”,[9] el cual se explica a partir del hecho que la tecnología militar utilizada por ambos bandos había sobrepasado por primera vez los límites de la destrucción total. Ante tales condiciones, dar comienzo a un conflicto directo, habría significado sentenciar a muerte a la propia población, cuestión a la que ninguno de los dos bandos en pugna llegó arriesgarse. Así había sido hasta 1967, año en que se edita por primera vez la obra citada de Duroselle, y así continuó siendo hasta el final de la Guerra Fría.
Otro de los autores que destacamos en la evolución de la historiografía occidental es Andre Fontaine, en su Obra “La Historia de la Guerra Fría” (1970). Si bien, la propuesta de este autor será analizada más detenidamente dentro del conjunto de autores que consideran el año 1917 como punto de partida de la Guerra Fría, acá se presenta brevemente su definición del concepto. Para Fontaine la Guerra Fría era un enfrentamiento entre soviéticos y norteamericanos, motivados por sus ambiciones e intereses contrapuestos, por el choque de dos ideologías de pretensión universal, encarnadas cada una de ellas en un estado con poder suficiente para hacer de él un candidato a la hegemonía. Solo el “equilibrio del terror” había permitido una especie de armisticio.[10] Como se puede apreciar, Fontaine elabora una definición equilibrada que contempla las responsabilidades de ambos actores, subraya también el factor crucial que hasta ese momento (1970), había impedido el enfrentamiento: el denominado “equilibrio del terror”.

A continuación se exponen las perspectivas de análisis presentadas por la historiografía occidental actual. Todos los autores que se analizan a continuación cuentan a su haber el poder contemplar su objeto de estudio, la Guerra Fría, como un proceso acabado, ya que todos escriben durante la última década del siglo XX e incluso en los primeros años del presente siglo.

En primer lugar nos referiremos a los estudios académicos que tienen un interés de síntesis analística, entre ellos figuran Juan Pereira, Julio Gil, Rafael Aracil, y Eric Hobsbawm. De todos ellos, sólo Hobsbawm no entrega una síntesis historiográfica acerca de la Guerra Fría, no obstante como el mismo lo señala en las páginas iniciales de su libro, “El siglo XX”, su interés no es realizar un estudio exhaustivo de documentación primaria, sino que es buscar respuestas que sirvan para explicar el “tan extraño desarrollo del siglo XX”. Además, él no se ha especializado en el estudio del siglo XX, su área es la historia del siglo XIX europeo. Por ello su propuesta viene a ser la reflexión de un hombre que vivió y padeció el siglo XX, del cual la Guerra Fría abarca aproximadamente 45 años.

Finalmente serán analizadas las propuestas interpretativas de Henry Kissinger y George Kennan, quienes además de dedicarse a la tarea de investigar e historiar el siglo XX, son partícipes directos de muchos de los hechos que relatan. Ambos tuvieron participación directa en los procesos constitutivos de la Guerra Fría.

¿Qué dice la historiografía occidental actual?

En primer lugar, recogemos la propuesta de Juan Pereira, que en su obra “Orígenes de la Guerra Fría”, señala las divergencias interpretativas entre la historiografía occidental y la soviética. No obstante, lo que destacamos de su obra es la definición del concepto, los ejes cronológicos y su intento por resumir y sintetizar a partir de las interpretaciones divergentes un concepto que contenga las principales características de la Guerra Fría.

Para este autor, la Guerra Fría dura casi 45 años, se extiende desde 1947 hasta 1989-1990. En ese período la Guerra Fría se transformó en factor central de las relaciones internacionales. Condicionó la política exterior de Estados Unidos y la URSS, y también de gran parte de las naciones del mundo, del norte y del sur, del Este y el Oeste. Este peculiar conflicto no sólo se desarrolló en Europa, sino que progresivamente se fue mundializando, convirtiéndose el tercer mundo en principal teatro de operaciones militares, no obstante, la Guerra Fría no sólo es el conflicto entre el Este y el Oeste; pues sus manifestaciones y consecuencias se pueden apreciar en campos tan variados como el de la sicología de la guerra, la creación de la red de Internet, la censura en el cine y los medios de comunicación.[11]

El año 1947 es considerado por J. Pereira como punto de partida de la Guerra Fría, ya que es ahí, donde según su apreciación se evidencia el quiebre definitivo de la alianza de guerra. Y esto viene a manifestarse concretamente a través de la Doctrina dada a conocer por el Presidente norteamericano Harry Truman, quien el 12 de marzo de 1947 se dirigió al Congreso de EEUU para anunciar un cambio importante en los objetivos y estrategias de la política exterior norteamericana. La idea central del discurso versaba, esencialmente, entorno a la responsabilidad que debían adoptar los Estados Unidos en defensa del mundo libre frente al asedio de los regímenes totalitarios. En términos concretos, se estaba pidiendo al Congreso la autorización de apoyar económicamente a Grecia y Turquía frente al avance comunista.

“Uno de los objetivos fundamentales de la política de EEUU es la creación de condiciones en las cuales nosotros y otras naciones podamos forjar una manera de vivir libre de coacción(…) debemos estar dispuestos a ayudar a los pueblos libres al mantenimiento de sus instituciones libres y su integridad nacional (…)”
“Si dejamos de ayudar a Grecia y a Turquía en esta hora decisiva las consecuencias, tanto para Occidente como Oriente serían de profundo alcance (…) Pido al Congreso la cantidad de 400 millones de dólares durante el período que termina el 30 de junio de 1948”
H. Truman. 12 de febrero 1947

El discurso viene a significar un hito crucial en el cambio experimentado por las relaciones internacionales. Por una parte el compromiso que Estados Unidos está asumiendo en defensa de Grecia significa el reconocimiento de la inminente decadencia del último país europeo que podría haber jugado como contrapeso en el período de posguerra, este es Gran Bretaña. En este punto debemos recordar que en febrero de 1947, el Ministro de Asuntos Exteriores Británico, Ernest Bevin, hizo saber al Gobierno Norteamericano que Gran Bretaña no podía soportar más la carga que había asumido de ayudar financiera y militarmente a Grecia y a Turquía.[12] Por otra parte, en el discurso se esboza la política que va a caracterizar todo el período abarcado por la Guerra Fría, nos referimos a la Contención.

Volviendo al análisis presentado por Juan Pereira, éste considera que la Guerra Fría tuvo por elementos constitutivos las siguientes características:

Fue un enfrentamiento directo y no bélico, primero entre Estados Unidos y Unión Soviética, después por los dos bloques liderados por éstos Estados.
Un enfrentamiento que se inició en 1947 entre los Dos Estados con mayor poder e influencia en el mundo que adquirieron un nuevo status en la política internacional: El de superpotencia. Posición adquirida tanto por sus intereses mundiales y recursos disponibles, como por los medios políticos, ideológicos y militares que tenían para alcanzar sus objetivos.
Este nuevo equilibrio de poder dio lugar a un sistema internacional bipolar y flexible, en el que junto a las dos potencias y los bloques que estaban bajo su influencia, se encontraron actores no alineados y un actor universal la ONU, que trató de jugar un papel atenuador de la tensión internacional.
En este sistema bipolar ambas potencias trataron de distinguir entre aliados u enemigos, delimitaron sus zonas de influencia y trataron de ampliarlas a costa del bloque contrario, intentando evitar cualquier desviacionismo político o ideológico en sus respectivas zonas. No hubo posibilidad de que un Estado se declarase neutral sin el consentimiento de las dos superpotencias.
Ocupada, controlada y delimitada una zona de influencia su respeto por la otra superpotencia fue una regla básica. Cuando esta regla se incumplió y muy especialmente cuando este incumplimiento afectó a territorios incluidos en el perímetro de seguridad establecidos por las dos superpotencias, el peligro de enfrentamiento directo surgió y la tensión se agravó provocando los momentos de mayor inestabilidad.
El enfrentamiento entre los bloques se fue mundializando paulatinamente a partir de los primeros choques en Europa. De forma progresiva el antagonismo ideológico y dialéctico se amplió y en él se integraron factores políticos, psicológicos, sociales, militares y económicos, convirtiéndose de este modo en un enfrentamiento global.
La tensión impulsó la elaboración de una política de riesgos calculados, con la disuasión nuclear como eje básico, que adoptó una estrategia diplomática militar cuyas bases fueron: la contención del enemigo y de su expansión; La disuasión de cualquier acto hostil ante la amenaza de recurrir al enfrentamiento bélico y provocar cuantiosos daños; la persuasión con factores ideológicos y psicológicos; la subversión para eliminar autoridades políticas o militares que no aceptaron los valores o las reglas del bloque en el que estaban integradas; el espionaje ante la necesidad de conocer rápida y verazmente las actividades y decisiones del enemigo.

El segundo autor que consideramos en este análisis es Julio Gil, quien se pregunta por el origen del término Guerra Fría, del cual sostiene “es de origen norteamericano. Lo inventó en 1947 el periodista Herbert B. Swope para su uso en un discurso del senador Barnard Baruch. Lo recogió otro periodista Walter Lipman que lo popularizó en una recopilación de sus artículos titulada La Guerra Fría. Estudio de la política exterior de los Estados Unidos. A finales de los años cuarenta la expresión había ganado carta de naturaleza y se utilizaba para designar al complejo sistema de relaciones internacionales de la posguerra, la pugna entre las dos superpotencias por la hegemonía mundial y la aparición de un abismo de hostilidad y temor entre los dos grandes bloques geopolíticos”.[13] Como se puede apreciar, inmediatamente explica que el término Guerra Fría se utilizó para caracterizar al nuevo tipo de relaciones internacionales que sobrevendría entre las dos grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. En este nuevo período, la característica estaría dada por la tensión generada a partir de la competencia que ambas superpotencias emprendieron con el fin de asegurar su hegemonía mundial.

Un aspecto que destaca Julio Gil, es el rol de dos políticos en la teorización de los parámetros que caracterizaron a este nuevo período. Se refiere a George Kennan y Andrei Jdanov, el primero de éstos es un norteamericano dedicado al estudio de la Unión Soviética, que se encuentra en Moscú en 1946 como primer representante en la embajada Norteamericana. Este es el año en que Kennan escribe un telegrama a sus superiores norteamericanos, explicando las motivaciones profundas del comportamiento soviético;[14] el segundo personaje, Andrei Jdanov, es un soviético, miembro del Politburó desde 1938, fue uno de los principales promotores de la creación de la Kominform. En 1947, con motivo de la Conferencia Fundacional de la Cominform (Oficina Internacional de Infamación), expresa su percepción acerca de la inminente e inevitable división del mundo en dos bloques.

En ambos casos, lo que manifiestan los autores es su análisis respecto de la inevitable división del mundo en dos bloques. Cada uno de ellos veía en el otro a un agresor. Según la propuesta de Kennan al gobierno norteamericano le correspondía contener con paciencia, firmeza y vigilancia las tendencias a la expansión de la URSS. Para Jdanov, el rol que debía jugar la URSS era luchar contra el peligro de otra guerra imperialista, recordemos que desde el punto de vista del análisis soviético las guerras son intrínsecas del capitalismo imperialista; debía esforzarse también por afianzar la democracia,[15] y exterminar los restos del fascismo.

De este modo, los análisis de Kennan y Jdanov contribuyeron a enmarcar el nuevo estilo de las relaciones internacionales, que se caracterizó por el predominio de “Una guerra jamás declarada, cuyos argumentos más contundentes no se esgrimían en el campo de batalla, sino en los foros internacionales, en los despachos de los estrategas, en las páginas de los periódicos y en los laboratorios de los científicos nucleares.”[16]

Un último punto que nos parece interesante destacar del análisis de Julio Gil es la caracterización de la vida internacional durante el período de la Guerra Fría[17]:

1. La estructuración de un sistema bipolar rígido, en el que no cabían las posiciones intermedias, que alineaba a dos bloques de países agrupados entorno a dos potencias imperiales, Estados Unidos y la Unión Soviética.
2. La tensión permanente entre los dos polos, motivada por la búsqueda del equilibrio estratégico en un mundo profundamente alterado por la Segunda Guerra Mundial y sometido a continuos cambios en la posguerra.
3. Una política de riesgos calculados destinada en un primer momento a la contención de los avances del adversario y luego a disuadirle de cualquier acto hostil, pero evitando provocar un conflicto de carácter mundial. Esta política condujo a la continua aparición de puntos calientes (Corea, Berlín, Cuba, et.) , Donde los bloques midieron sus fuerzas, dispuesto a volver a las negociaciones cuando los riesgos fueran excesivos para ambos.
4. El papel asignado a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como foro de discusión entre los bloques, último recurso ante las crisis y, a la vez, escenario de la propaganda de los adversarios.

El tercer autor considerado en este análisis es Rafael Aracil, que en su libro “El Mundo actual. Desde la Segunda Guerra Mundial a nuestros Días”, presenta su perspectiva de análisis acerca de la Guerra Fría. Esta guerra habría sido provocada por el estado de paranoia y persecución de cada uno de los bandos más que por amenazas y peligros reales. “La Guerra Fría encontró su origen, menos en la agresividad efectiva de los adversarios, que dieron pruebas en realidad de una gran prudencia, que en la escalada de sus desconfianzas recíprocas”.[18] Cada actor vio en el actuar de su oponente una provocación directa para iniciar el enfrentamiento. Desde esta perspectiva, Aracil destaca un fuerte componente psicológico en las motivaciones que provocaron el comienzo de la Guerra Fría. Desde este punto de vista se explican las divergencias interpretativas de cada uno de los bloques al comenzar la Guerra Fría, ya que cada uno veía en el otro a un agresor, dispuesto a recurrir a todo tipo de estrategias y armas para ampliar su esfera de influencia e ir derrotando así, progresivamente a su rival.

Respecto de la definición del concepto “Guerra Fría”, Rafael Aracil considera que “Aplicado a las Relaciones internacionales el término “guerra fría” caracterizará las relaciones entre el Este y el Oeste. Las relaciones conflictivas entre los dos grandes actores del juego internacional, Estados Unidos y la Unión Soviética, los cuales tendrán por objetivo asegurar su dominio o su seguridad con el empleo de todos los medios que tengan a su disposición –intimidación, propaganda, conquista del campo ideológico y cultural, subversión, guerras locales en la periferia por clientes interpuestos, etc.-, con la excepción de un enfrentamiento directo.”[19]

Rafael Aracil coincide con la cronología propuesta por Juan Pereira, es decir, también es el año 1947 el punto de partida de la Guerra Fría. Aunque respecto de esto último, afirma que también es correcto considerar como inicio de la Guerra Fría el año 1945, ya que inmediatamente terminada la Segunda Guerra Mundial, comienzan a manifestarse, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, las mutuas desconfianzas que culminaron con el quiebre definitivo en 1947. La Guerra Fría se manifestó inicialmente en Europa, donde se produjeron las primeras fricciones entre las dos superpotencias, no obstante, pronto cada una aceptó tácitamente la esfera de influencia de su oponente y así se estabilizó o más bien se congeló la división de Europa durante todo el período que barca la Guerra Fría, desde 1947 hasta 1989-1991. Este último factor fue la causa para que la Guerra Fría se extendiera hacia la periferia, especialmente a aquellos lugares donde la delimitación de las influencias aún no estaba definida, como ejemplo crucial se encuentra Asia, con la excepción de Japón que tras su derrota pasó a ser controlada exclusivamente por Estados Unidos.
Finalmente hemos contemplado el análisis propuesto por Eric Hobsbawm, para quien la Guerra Fría es el telón de fondo sobre el cual se estructura el devenir histórico de los últimos 45 años del que ha denominado “Corto siglo XX”, que abarca desde 1914 hasta 1991, es decir, entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y la caída de la Unión Soviética. Según Hobsbawm “(la segunda mitad de siglo XX) en su conjunto siguió un patrón único marcado por la peculiar situación internacional que lo dominó hasta la caída de la URSS: el enfrentamiento constante de las dos superpotencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial, la denominada Guerra Fría”.[20]

La Segunda Guerra Mundial se encargó de dejar frente a frente a dos superpotencias militares. La URSS había salido del conflicto ocupando amplias extensiones de Europa, y rebosante de un enorme prestigio mundial, ya que según Hobsbawm a ella pertenecía, esencialmente, el mérito del triunfo ante las potencias del Eje. No obstante, en términos concretos la URSS no representaba ninguna amenaza inmediata para quienes se encontrasen fuera del ámbito de ocupación de las fuerzas del ejército rojo. Después de la guerra, se encontraba en ruinas, desangrada y exhausta, con una economía civil hecha trizas y un gobierno que desconfiaba de una población gran parte de la cual, fuera de Rusia, había mostrado una clara y compresible falta de adhesión al régimen.[21] Pero esto último no lo tuvieron presente los políticos de Estados Unidos, que creyeron ver en la URSS una potencia expansiva y agresiva, frente a la cual era necesario actuar.

En términos concretos, para Hobsbawm el período en que se entiende la denominada Guerra Fría no hubo ningún peligro inminente de guerra mundial. Pues a pesar de la retórica apocalíptica utilizada por ambos bandos, los gobiernos de ambas superpotencias aceptaron el reparto global de fuerzas establecido al final de la Segunda Guerra Mundial.[22] Desde esta perspectiva el rol que correspondió a las armas nucleares fue el haber mantenido y congelado esta situación hasta fines de la década de 1980, cuando amabas partes aceptaron que la otra sinceramente deseaba acabar con la carrera de armamentos.[23] Esto aconteció concretamente entre los años 1986 y 1987, fecha en que se llevan a cabo las cumbres de Reykjavik y Washington. No obstante, el fin de esta peculiar guerra sólo se hizo inminente para todos con el hundimiento del Imperio Soviético en 1989 y la posterior disolución de la URSS en 1991.

Ahora bien, la particularidad que destacamos de este autor es su percepción acerca de las causas que motivaron el surgimiento de la Guerra Fría. Si bien, Hobsbawm reconoce que es tentador para todo historiador quedarse siempre con el término medio, buscando un justo equilibrio cuando se trata de hallar a los culpables o responsables de ciertos acontecimientos históricos, finalmente, termina equilibrando la balanza hacia la responsabilidad que tuvieron muchos políticos norteamericanos. Estos últimos habrían llegado a la conclusión de que la construcción de la imagen de un enemigo exterior era una herramienta política perfecta, que servía a sus intereses. Así, “El anticomunismo apocalíptico se volvió útil y tentador. Un enemigo exterior que amenazase a Estados Unidos le resultaba práctico a los gobiernos norteamericanos, que habían llegado a la acertada conclusión de que los Estados Unidos eran ahora una potencia mundial. Como fantasma y como uno de los mayores obstáculos internos se encontraba el aislacionismo. Si los mismísimos Estados Unidos no estaban a salvo, entonces no podían renunciar a las responsabilidades y recompensas del liderazgo mundial, igual que hicieron al término de la primera gran guerra”.[24] Desde este punto de vista, era necesario crear una imagen del enemigo exterior, ya que de ese modo podía justificarse el giro que estaban experimentando las Relaciones Internacionales de Estados Unidos. Ya no se quedaría acorralado o protegido tras los dos océanos, sino que ahora tomaría participación directa en los diversos conflictos suscitados alrededor del mundo: Europa, Asia, América Latina y Asia.

A continuación se analizarán las interpretaciones de dos autores que, además de dedicarse a la tarea de investigar e historiar el siglo XX, son partícipes directos de muchos de los hechos que relatan. Nos referimos a George Kennan (Al Final de un siglo, Reflexiones, 1982-1995) y Henry Kissinger (La Diplomacia, 1998). Ambos autores tuvieron participación directa en los procesos constitutivos de la Guerra Fría. Kennan es conocido, esencialmente, por su “Telegrama Largo”, enviado desde Moscú el año 1946. En el telegrama intenta explicar al gobierno norteamericano las motivaciones profundas que guiaban el actuar de los soviéticos y las razones por las que se estaba produciendo el quiebre de la alianza. El telegrama de George Kennan es recurrentemente citado por la bibliografía especializada en la Guerra Fría, ya que es considerado el promotor de la política que posteriormente H. Truman estableció como línea directriz del comportamiento norteamericano frente a los soviéticos, nos referimos a la “Contención”. Henri Kissinger es uno de los diplomáticos más famosos del siglo XX, fue secretario de Estado norteamericano entre los años 1973 y 1977, uno de los períodos más difíciles para Norteamérica, pues tuvo que retirarse de Vietnam sin haber logrado sus objetivos.

George Kennan estuvo involucrado en el episodio del acercamiento diplomático entre Estados Unidos y la Unión Soviética entre 1933 – 1934. Debemos recordar que Estados Unidos no había reconocido al gobierno bolchevique instaurado en Rusia el año 1917. Las razones fundamentales de ello habían sido las profundas discrepancias entre este nuevo gobierno y el gobierno de Estados Unidos, esencialmente, si consideramos los postulados del Presidente norteamericano W. Wilson, acerca de las características que debía poseer el nuevo orden mundial que debía surgir tras la guerra. Este nuevo orden debía caracterizarse por la cooperación internacional, la seguridad colectiva, los mercados abiertos y la autodeterminación de los pueblos.

Ahora bien, en noviembre de 1934, año en que se establecen las relaciones diplomáticas entre EEUU y la URSS, George Kennan es elegido para acompañar como interprete y secretario diplomático al primer embajador norteamericano ante la Unión Soviética, William Bulitt, en su viaje a Moscú. No obstante, debemos tener presente que antes de que tan crucial acontecimiento se produjera, Kennan se dedicaba al estudio de la Unión Soviética, analizaba exhaustivamente la prensa soviética. Haciendo el esfuerzo en escribir sus recuerdos en tiempo presente, Kennan nos revela su impresión frente a las publicaciones soviéticas: “Me consterna la propaganda que satura cada página de esta literatura soviética oficial, el uso descarado de obvias falsedades, la hipocresía y, sobre todo, la salvaje intolerancia mostrada hacia todo lo que no sea soviético…”[25]

Lo anterior sirva para formarnos una idea más precisa acerca de quien es realmente George Kennan, pues sólo de ese modo podemos comprender el significado que tuvo el ya mencionado “Telegrama Largo” sobre los círculos gobernantes de Estados Unidos. Kennan era un conocedor del sistema soviético y hablaba a la perfección el idioma ruso. En el transcurso de tiempo que va entre el establecimiento de relaciones diplomáticas con la URSS y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Kennan trabajó para el servicio exterior norteamericano en varios países, no obstante en los últimos meses de la guerra encontrábase nuevamente en Moscú, estaba a cargo de la embajada, aunque no como embajador. Así, su conocimiento respecto de aquel mundo se iba acrecentando, se sentía conocedor del espíritu soviético y podía prever las dificultades que sobrevendrían una vez que finalizara la guerra.

En estas circunstancias, en el invierno de 1946 recibe un telegrama del Departamento de Estado Norteamericano en el que se le informa que los Rusos se están negando a unirse al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. “El telegrama del departamento refleja cierto desconcierto acerca de las razones de esta actitud. ¿Por qué –se me pregunta- habrían los rusos de negarse a participar? ¿Cómo lo explicaría yo?”.[26]

La reflexión de Kennan es la siguiente, y para explicar claramente a los norteamericanos tales ideas escribió el mencionado “Telegrama Largo”, llamado así porque consta de al menos 8.000 palabras.

Las siguientes son las reflexiones de Kennan respecto de lo que él intentó transmitir al gobierno norteamericano. Buscó la forma más clara y precisa para hacer entender a sus congéneres que la URSS seguía siendo la misma de siempre, su divergencia y animosidad hacia los países capitalistas seguían intactos, y más aún, habían sido fortalecidos, ya que la Guerra les había transformado en uno de los gloriosos países triunfantes.

En efecto, nuevamente escribiendo sus recuerdos como si estuvieran escritos en tiempo presente nos dice: “Me llena de impaciencia y disgusto esta ingenuidad. Durante dos años he estado tratando de persuadir a la gente de Washington de que el régimen de Stalin es el mismo que conocimos antes de la guerra, el mismo que realizó las purgas, el mismo que concluyó el pacto de no-agresión con los nazis; De que sus líderes no son nuestros amigos. He tratando de persuadir a Washington de que los sueños de una feliz colaboración con este régimen en la posguerra son enteramente irreales; de que nuestro problema es más profundo que eso; de que Stalin y sus socios están ahora fascinados con sus recientes éxitos militares y políticos y creen ver perspectivas favorables para la extensión de su influencia política por toda Europa, mediante tácticas de infiltración y subversión. Sostengo que mientras no dejen de lado estas esperazas de color rosa será inútil suponer que participarán en planes idealistas para la colaboración mundial bajo nuestro liderazgo, sobre todo en áreas tales como las de economía y finanzas, donde sus compromisos ideológicos son enteramente diferentes de los nuestros”.[27]

El objetivo de Kennan al escribir el telegrama era explicar la imposibilidad de poder transar o llegar a acuerdos de estilo tradicional con la potencia soviética, esencialmente, porque ésta no compartía ni los parámetros ni los valores occidentales. En efecto, la ideología comunista impregnaba el actuar soviético y ello era la base de sus decisiones respecto de temas tales como su negativa a unirse al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. Para ellos este tipo de instituciones, no podía ser otra cosa que instrumentos del mundo capitalista.

Como ya mencionamos anteriormente cuando analizamos la propuesta de Julio Gil, George Kennan es considerado como uno de los primeros en teorizar acerca de las complejidades intrínsecas del orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. Ese orden se caracterizó por la rivalidad entre dos sistemas absolutamente opuestos, el capitalismo occidental y el socialismo soviético. En definitiva, para George Kennan las características de este nuevo período que comienza tras la Segunda Guerra Mundial, estuvieron fuertemente impregnadas por la Guerra Fría, que viene a ser la consecuencia más duradera de la Segunda Gran Guerra. La Guerra Fría dominó gran parte de la vida internacional por el resto del siglo y puso en escena un gran arsenal de armas nucleares. Entre las características de esta peculiar guerra es que dividió políticamente al continente europeo por cuarenta años, produjo pocos sacrificios humanos, pero estuvo latente el temor a una tercera guerra. Temores innecesarios de ambas partes porque ninguna deseaba la guerra. [28]

Pero los temores existían y dieron origen a la espelúznate carrera de armamentos nucleares, que nunca llegaron a utilizarse, pues de haberlo hecho, habría significado sentenciar a muerte a gran parte de la humanidad. ¿Qué Guerra podría haber justificado asumir tales costos?. Esta es la pregunta tácita que se plantean todos los autores que analizan la Guerra Fría. Al parecer los gobernantes de las dos superpotencias siempre llegaron a la conclusión de que era mejor dar un paso atrás antes de arriesgarse a una guerra nuclear, ya que “las armas nucleares generaron confusión estratégica, pues comenzar la guerra era suicidarse. El resultado de esta confusión fue la acumulación de armas nucleares que ahora no saben como eliminar”.[29] Por tanto, desde la perspectiva de Kennan, la gran herencia que dejó la Guerra Fría a las futuras generaciones es el problema nuclear.

Pondremos fin a este análisis historiográfico, refiriéndonos a las propuestas presentadas por Henry Kissinger en su libro “La Diplomacia” (1998). Para este autor la Guerra Fría es una de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, ya que tras la derrota de la Alemania Nazi, en Europa se genera un evidente vacío de poder, que vino a ser ocupado por las dos principales potencias vencedoras, Estados Unidos y Unión Soviética. Este nuevo orden internacional que surgió tras la guerra estuvo marcado por las desavenencias y dificultades entre los vencedores, los cuales no lograron hacer fructíferos los sueños expresados por Roosevelt acerca de un mundo gobernado armónicamente por las grandes potencias.

Así, El mundo armonioso postulado por el pensamiento norteamericano se fue transformando progresivamente en dos bandos armados, cada uno motivado por el temor ante el avance inminente del enemigo. Ahora bien, lo que nos ha parecido interesante destacar de este autor es su análisis acerca de las motivaciones profundas que guían el actuar de los Estados Unidos en el ámbito de las Relaciones internacionales. Comprendiendo estas motivaciones, se puede comprender, según Kissinger, el comportamiento de los Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Según esta perspectiva, el comportamiento norteamericano durante la Guerra Fría se explica, esencialmente, por el fuerte componente idealista con que Estados Unidos impregna las Relaciones Internacionales. En términos generales fue el idealismo inspirado en los planteamientos de W. Wilson,[30] el que en mayor o menor medida estuvo siempre presente en las declaraciones y acciones de los gobernantes norteamericanos. Incluso Richard Nixon, el presidente que más se acercó al realismo político al poner énfasis en los intereses estratégicos, apeló al idealismo, ya que como norteamericano era capaz de comprender el sentir de su nación. Como afirma Kissinger, Estados Unidos ha sido educado en la fe del bien y el mal.[31] Esto último explica el hecho que el actuar norteamericano se defina a sí mismo, a partir de parámetros morales, donde los fines últimos siempre son expuestos a partir de concepciones valóricas.

Ejemplos concretos de ese idealismo lo encontramos en el esfuerzo de los portavoces del gobierno de Truman para demostrar que la OTAN no era una alianza tradicional, ya que Estados Unidos estaba defendiendo principios y no territorios. Con ello según indica Kissinger, el viejo concepto del equilibrio europeo, renacía con nuevos ropajes idealistas, para que pudiera calzar con el sentir norteamericano.[32] Otro ejemplo significativo es la participación de Estados Unidos en las diversas guerras del Siglo XX. El fin último que habría justificado su participación eran “obligaciones morales de oponerse a la agresión y la injusticia”[33] y no el cálculo de intereses estratégicos, que es lo normalmente sopesado por la mayoría de los países antes de emprender algún conflicto bélico. Por ese idealismo y ese desapego a cálculos estratégicos durante la Guerra Fría, Estados Unidos intervino en guerras donde el valor concreto de las zonas defendidas era mínimo, tal es el caso de la guerra de Corea.

Respecto de la Guerra de Corea, Kissinger considera que se produjo esencialmente porque los comunistas no comprendieron el verdadero valor de los principios morales que guiaban el proceder norteamericano. Ello debido a que, si bien, era efectivo que Corea había sido expresamente declarada, por el gobierno norteamericano, fuera de su zona de defensa, también era cierto que Estados Unidos se encontraba ya comprometido con la causa de la “Contención”, que implicaba oponerse a la agresión comunista allí donde ésta se produjese.[34]

Vietnam es otro de los hitos de la política de Contención norteamericana. En Vietnam, en términos efectivos tampoco se sopesaron los valores estratégicos, aunque en un primer momento se intentó justificar la participación norteamericana a partir de dichos cálculos. En este lugar el discurso y el argumento en que se justificó la participación directa en el conflicto, sufrieron un vuelco respecto de los tradicionales argumentos idealistas, esgrimidos por los gobiernos norteamericanos. En efecto, debemos recordar que en el transcurso del siglo XX, y sobre todo después de W. Wilson, las Relaciones Internacionales Norteamericanas se han caracterizado por estar impregnadas de un discurso idealista, donde lo fundamental es defender valores y principios tales como la democracia, la autodeterminación y la seguridad colectiva. Pero al lanzarse a defender Vietnam, no podía justificar su actitud en dichos valores, ya que difícilmente podrían haberse encontrado en Vietnam los valores anteriormente mencionados. En un principio se justificó la participación en la geopolítica, argumentando que la seguridad de Vietnam estaba ligada a la propia seguridad norteamericana, por tanto, no se podía permitir la caída de Vietnam en manos comunistas, ya que ello pondría en peligro a toda Asia y al propio Estados Unidos. Todo lo anterior fue explicado a partir de a “Teoría del Dominó”,[35] pero según Kissinger, tal justificación iba muy en contra de los valores intrínsecos del pueblo norteamericano, por eso se convirtió también en tarea de los gobiernos estadounidenses crear en Vietnam valores democráticos, donde poder sustentar y justificar la defensa que se estaba realizando en aquellos territorios

Pero fue en Vietnam donde Estados Unidos vivió su peor derrota. No logró sus objetivos y tras 20 años de participación en la lucha por mantener a Vietnam fuera de las órbitas comunistas, tuvo que retirarse sin conseguir los resultados esperados. En 1975 el comunismo se hizo definitivamente con toda Indochina, es decir, Vietnam, Laos y Camboya.

Nuestro interés ha sido destacar las particularidades de la propuesta de Kissinger. Y éstas, como pudimos constatar, radicaban esencialmente en la explicación que este autor entrega acerca de las razones que explican el comportamiento norteamericano. Para Kissinger, este resultado fue consecuencia de no haber puesto en la balanza lo estratégicamente significativo y lo periférico,[36] lo cual habría conducido, finalmente, a Estados Unidos a entramparse en misiones improductivas, que sólo contribuyeron a desgastarle y resquebrajar su cohesión interna.

Un último aspecto que destacamos del análisis de Henry Kissinger es su percepción acerca del triunfo de la Teoría de la Contención. Para Kissinger el final de la Guerra Fría vino a ratificar la efectividad de la “Teoría de la Contención”, la cual pese a todos sus problemas, finalmente manifestó sus frutos. Ello significó que sin necesidad de emprender una tercera guerra mundial, que por lo demás habría garantizado una hecatombe mundial, la Guerra Fría tocó su fin. El gigante imperio soviético se desgajó a fines de la década de los ochenta, sin haber perdido ninguna guerra. Pero el fin de la Guerra Fría “no fue obra de un solo gobierno, fue el resultado de la confluencia de 40 años de esfuerzo bipartidista de los Estados Unidos y de 70 años de osificación comunista”.[37] Con esta última afirmación, se sostiene que el fin de la Unión Soviética no responde sólo a la política aplicada por el Gobierno de Ronald Reagan, en quienes muchos han visto al artífice del colapso soviético, sino que responde al trabajo realizado por los ocho gobiernos norteamericanos durante la Guerra Fría, conjugado además con los problemas intrínsecos del sistema económico soviético.

2. La Guerra Fría definida como el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que tiene como punto de partida la Revolución bolchevique de 1917

Aspectos principales de esta definición

Según esta perspectiva, la Guerra Fría es el conflicto entre dos sociedades radicalmente opuestas, Estados Unidos y la Unión Soviética, cuyas características económicas, políticas y sociales son incompatibles, además, se suma a ello el hecho que ambas sociedades se consideraban a sí mismas como modelos para el resto del mundo.

Para los autores que sostienen estos planteamientos, la Guerra Fría no se podría haber evitado, ya que los elementos constitutivos de ambas sociedades hacían prever un futuro enfrentamiento. Posteriormente se explicarán las particularidades de cada uno de los autores seleccionados, no obstante, cabe señalar que el principal punto en común de esta tendencia historiográfica es que considera el año 1917 como punto de partida de la Guerra Fría. Efectivamente, el año en que la revolución bolchevique triunfa en Rusia se considera como hito fundamental en la configuración del estado de tensión permanente que caracterizó a la Guerra Fría.

En 1917 llegó al poder en Rusia, no sólo un nuevo modelo político, que destronó a la monarquía zarista, sino que se estableció un nuevo modelo económico y social, que aspiraba a poner en práctica los planteamientos propuestos por Marx, adaptándolos a la realidad Rusa. Además, estos nuevos planteamientos no sólo se establecen como solución a los problemas concretos del imperio ruso, sino que aspiran a convertirse en el modelo a seguir de todas las sociedades del mundo. Lo que se propone es desplazar al modelo de sociedad imperante, cuyas características esenciales, son desde el punto de vista económico, su organización capitalista, liberal en su estructura jurídica-constitucional y burguesa por su clase hegemónica característica.[38]

El conflicto se evidenció desde el primer momento. Los revolucionarios bolcheviques aspiraban a convertirse en faros para el resto del mundo, aunque en vano esperaron que los proletarios de las diversas partes del planeta se levantaran en contra de sus gobiernos burgueses, pero en los gobernantes del mundo occidental surgió el temor de que algo como lo sucedido en el imperio ruso pudiera acontecer en sus propios países. En esas circunstancias se va configurando la rivalidad y la pugna entre estos dos mundos, las distancias se fueron acrecentando, y más aún cuando los países occidentales se deciden a actuar e intervenir directamente en los acontecimientos de Rusia, apoyando a las fuerzas antirrevolucionarias. Inglaterra y Francia se decidieron a actuar directamente, mientras que Woodrow Wilson, Presidente de los Estados Unidos, lo hizo de manera encubierta. Como señala Ronald Powaski, si bien, la intervención de los países occidentales no logró evitar el establecimiento del gobierno revolucionario en Rusia, sí provocó el acrecentamiento de los temores en los bolcheviques, ya que “sembró en la mente de los líderes soviéticos el temor eterno a un cerco capitalista y la creencia de que la guerra entre el comunismo y el capitalismo era inevitable”.[39]

De este modo, la Guerra Fría se transformó en uno de los conflictos más largos de la historia, que abarca alrededor de setenta años, es decir, se extiende durante todo el período de existencia de la Unión Soviética. Se origina en 1917, pero aguarda en una fase de expectación hasta 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial dejó en medio de Europa y frente a frente a los dos grandes vencedores, Estados Unidos y la Unión Soviética. Mas adelante se detallarán las condiciones económica políticas y miliares de ambas entidades tras la Segunda Guerra Mundial, pero cabe señalar aquí, que a pesar del enorme deterioro sufrido por la URSS durante la guerra, su prestigio y poder efectivo eran enormes, y su dominio se extendía hasta el centro de Europa, hasta donde su ejército avanzó en la arremetida contra las tropas Nazis. Estados Unidos se encontraba en mejores condiciones que la URSS debido a que ni su territorio, ni su población, ni su economía habían sufrido menoscabo durante la guerra, y también se encontraba allí, justo en mitad de Europa.

Para los autores que sostienen esta perspectiva historiográfica, la Segunda Guerra Mundial, y más específicamente los años que van desde 1941 a 1945 son sólo un interludio de la Guerra Fría, ya que se olvidan momentáneamente las enormes diferencias entre ambos sistemas y pasan a formar parte de un solo bloque: “Los Aliados”. Pero cuando las razones del acercamiento entre dos entidades sólo radican en la necesidad de vencer a un enemigo común, los lazos se diluyen apenas es alcanzado el objetivo. Y exactamente eso es lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial. Las diferencias y rivalidades se reavivaron una vez que ya era evidente la derrota de las potencias del Eje, y se hicieron insalvables llegada la hora de organizar el futuro de los territorios ocupados. No fue posible llegar a un acuerdo y finalmente tanto Estados Unidos como la Unión Soviética terminaron transformando sus zonas de ocupación en bloques donde sus modelos económicos y políticos fueron implementados. De ahí en adelante la Guerra Fría conoció 45 años más de historia, hasta la caída del bloque socialista entre los años 1989 y 1991. Los acontecimientos e hitos más relevantes de dicho periodo serán abordados en el segundo capítulo.

¿Qué dice la historiografía?

Entre los autores que adhieren a esta perspectiva historiográfica se analizarán las definiciones propuestas por Andre Fontaine en “Historia de la Guerra Fría” (1970), Joaquín Fermandois en “La Guerra Fría” (1975) – “Chile, ¿Peón o actor de la Guerra Fría?” (1998) y Ronald Powaski “La guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991” (2000).

Como se puede apreciar a partir de las fechas de publicación, dos de las obras seleccionadas para este análisis pertenecen a la década de los ´70, por tanto, se puede afirmar que corresponden a un análisis de la Guerra Fría realizado desde su interior. De ambas obras sólo rescataremos la definición que nos entregan, mientras que la obra de Ronald Powaski (2000), será analizada con mayor detención, pues este autor cuenta a su haber con la posibilidad de visualizar el período estudiado en su totalidad, pudiendo apreciar la Guerra Fría con una mayor perspectiva histórica.

Andre Fontaine define la Guerra Fría como un enfrentamiento entre soviéticos y norteamericanos, motivado por sus ambiciones e intereses contrapuestos, por el choque entre dos ideologías de pretensión universal, encarnadas cada una de ellas en un estado con poder suficiente para hacer de él un candidato a la hegemonía. No obstante, la certeza de que una guerra donde fueran utilizadas todas las poderosas armas con las que se contaba provocaría un cataclismo planetario, impidió que la guerra directa se produjera. En definitiva, la Guerra Fría se transformó en la mayor guerra de todos los tiempos. “Aunque si bien no es la que ha costado más vidas, es la primera en la que se ha puesto en juego el dominio del mundo entero e incluso del espacio circundante, la primera que ha enfrentado, por encima de interese y pasiones a dos recetas de una bondad automática y universal.”[40]

Un aspecto interesante de señalar respecto de Andre Fontaine es el reconocimiento de que su estudio acerca de la Guerra Fría, en un primer momento tenía como punto de partida el año 1946, cuestión que significaba unirse a la opinión general que hacía coincidir el inicio de la Guerra Fría con la ruptura de la Gran Alianza. No obstante, una vez comenzada su investigación reconoce que “era imposible comprender las crisis que se han venido sucediendo en el curso de los veinte últimos años sin remontarse a sus fases iniciales”[41], es decir, hasta el año 1917.

Por otra parte tenemos a Joaquín Fermandois,[42] para quien la Guerra Fría es el enfrentamiento entre dos tipos de sociedades, tradicional una y revolucionaria la otra, donde la lucha gira entorno a intereses ideológicos y consideraciones de poder. Esta pugna comienza en 1917, año en que triunfa en Rusia el movimiento revolucionario bolchevique, el cual presenta sus pretensiones de dominio y expansión mundial, a través de la revolución. En efecto, “cuando surgen las potencias revolucionarias se genera la lucha por la futura configuración del mundo entre potencias revolucionarias y potencias tradicionales”.[43]

Desde esta perspectiva, se destaca que la Guerra Fría constituye una mezcla de elementos tradicionales y revolucionarios. Ello debido, esencialmente, a que si bien el tipo de gobierno y sociedad que se instaura en Rusia a partir de 1917, es revolucionario y cualitativamente nuevo, éste parte desde un espacio geopolítico determinado, el antiguo imperio ruso, del cual hereda una serie de tensiones y motivos tradicionales, propios de una sociedad nacional clásica, pero que ahora pasan a formar parte de otro contexto, caracterizado por el ímpetu revolucionario.

Así, la política exterior occidental, al poner énfasis en los elementos tradicionales, puede verse tentada a pensar que es posible llegar a acuerdos del tipo tradicional con la URSS. Lo cual desde el punto de vista de Fermandois era imposible, ya que los elementos revolucionarios trastocan todo los visos tradicionales que hubiera podido conservar el antiguo Imperio Ruso, convertido ahora en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas.[44]

Uno de los últimos aspectos que nos parece interesante de destacar de la propuesta de Joaquín Fermandois es su percepción acerca de las Relaciones Internacionales durante la Guerra Fría. Sus ideas al respecto se sintetizan en lo siguiente: “Diversos países pasaron a ser objeto del enfrentamiento de las grandes potencia, aunque rarísima vez estas pueden arbitrar de modo decisivo el desarrollo interno. Se podría apoyar a un bando en pugna, pero crear artificialmente un conflicto y un bando es algo casi imposible”.[45]

Esta misma idea la vemos desarrollada en el documento “Chile ¿Pon o actor de la Guerra Fría?” (1998). En este documento, Fermandois sostiene que Chile no fue un títere de las fuerzas generadas por las potencias dominantes de la Guerra Fría, sino que fue un actor con fuerzas y dinámicas propias, con actores propios, los cuales no se mantuvieron al margen de las tendencias globales del devenir de la política internacional. Ejemplo de ello es la impotencia que sintieron los políticos norteamericanos ante la imposibilidad de poder dirigir los destinos de nuestro país.

Finalmente, consideramos pertinente incorporar la periodificación propuesta por Fermandois, la cual, por supuesto, está condicionada por la fecha en que fue publicada la obra “La Guerra Fría” (1975), pero a pesar de ello la exponemos aquí, ya que consideramos que clarifica, en gran medida, la perspectiva de análisis del grupo de historiadores que concibe el año 1917 como fecha de inicio de la Guerra Fría.

Periodificación de la Guerra Fría[46]

Guerra Fría encubierta 1917-1945
En 1917 los elementos de la Guerra Fría están dados. Existe la sociedad con sentido revolucionario y en germen existe en el mundo tradicional la conciencia de enfrentar la amenaza. La caída del fascismo deja al marxismo leninismo como la ideología revolucionaria por excelencia.

Guerra Fría Abierta 1945-1975
Desde 1945 la Guerra Fría es el fenómeno determinante en la política mundial.

– Estallido 1945-1948: tras la Segunda Guerra se toma conciencia de la inevitabilidad del conflicto. El concepto Guerra Fría aparece y se populariza hacia 1947. Como fisuras ideales podemos nombrar el Golpe de Praga, que pone fin a lo poco que queda de Yalta, y el Bloqueo de Berlín, que es el fin de lo poco que queda de Postdam, y donde EEUU y la URSS se enfrentan directamente. Entre 1945 y 1948 está clara la tendencia de la formación de dos bloques gigantescos encabezados por EEUU y la URSS.

– Enfrentamiento 1948-1962: EEUU y URSS tienden a enfrentarse directamente en diversas partes del globo. Entre el 1950-1955 es la política americana la que toma la iniciativa y logra un hábil cerco de la URSS, pero la estrategia de “al borde del abismo”, lleva consigo una cierta inmovilidad, de la cual la tragedia húngara es un doloroso ejemplo. Pero hacia 1956-57 la URSS toma la iniciativa e incluso lleva a cabo su propia versión de política de “al borde del abismo” hasta culminar en la crisis más grave de la Guerra Fría: la crisis de los cohetes (1962).

– Distensión 1962-1975: es otra fase de la Guerra Fría y no su fin. Domina tendencialmente la distensión. Consiste en delimitaciones y acuerdo para prevenir crisis político-militares mayores. Los enfrentamientos adquieren mas bien un carácter moral y psicológico: en guerras limitadas sin participación de las grandes potencias.

La periodificación propuesta por Joaquín Fermandois será considerada como eje estructurante del segundo capítulo del presente trabajo, no obstante nuestro interés analítico se centrará esencialmente en lo que Fermandois denomina “Guerra Fría abierta”, es decir, a partir de 1945.
El período denominado Guerra Fría encubierta (1917-1945) será analizado, esencialmente a partir de la obra “La guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991” (2000), de Ronald Powaski. Respecto de este autor no sólo abordamos la definición que propone de Guerra Fría, sino que haremos un breve recorrido por los hitos más relevantes y significativos de la evolución del conflicto denominado Guerra Fría. Según indica Powaski, “La Guerra Fría fue una pugna por la influencia mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Los dos países emplearon diversos métodos, aunque nunca llegaron a lanzar un ataque directo y total contra sus respectivos territorios”.[47] Uno de los aspectos que destaca es el hecho de que, si bien, es efectivo que las rivalidades y conflictos entre Estados Unidos y la Unión Soviéticas se hicieron evidentes e indiscutibles tras la Segunda Guerra Mundial, los antecedentes de dicho conflicto se remontan al año 1917, año en que la Revolución Bolchevique triunfa en Rusia; Y, más aún, Powaski llega a afirmar que la rivalidad que condujo a estos dos países a sostener un tan largo período de enfrentamientos, hunde sus raíces en fechas tan remotas como 1776, año en que las trece colonias británicas ubicadas en la costa Atlántica del continente americano, ingresan a la escena internacional auto-denominándose como Los Estados Unidos de América.

Tal vez pueda parecer exagerado el interés de Powaski al intentar extender sobremanera los ejes cronológicos del conflicto denominado Guerra Fría, no obstante, sus planteamientos permiten comprender las causas profundas del por qué dos países aparentemente distantes y absolutamente diferentes, se encuentran a mediados de siglo XX disputando por la hegemonía mundial y ubicados frente a frente justo en la mitad del continente europeo.

Para Ronald Powaski, uno de los aspectos más relevantes para comprender las razones del enfrentamiento es una característica compartida por ambos países, el expansionismo. En efecto, fue éste el que progresivamente acercó a dos mundos aparentemente muy distantes y a la vez muy distintos: “La joven nación estadounidense, fundada en 1776, era republicana y democrática; Rusia, en cambio, era un viejo sistema autocrático, hostil a la democracia, xenófobo y conocido por la despiadada represión que ejercía sobre sus numerosos súbditos”.[48]

Por una parte, tenemos el expansionismo de Rusia que “en el Siglo XIV era un pequeño ducado con su centro en la ciudad de Moscú, pero ya había crecido hasta el mar Báltico y se había extendido por la inmensa Siberia cuando tuvo lugar la guerra de independencia de las colonias británicas de América del Norte. A finales del siglo XIX, el Imperio Ruso se extendía de la Europa Central al Océano Pacífico y del Ártico al Turquestán”.[49]

En el mapa se puede apreciar claramente la dinámica de la expansión rusa hasta comienzos del siglo XX.

Mapa 1: La expansión del Imperio Ruso


Fuente: J. González, Historia del Mundo contemporáneo, Editorial Edebe, Barcelona 2001. Página 148

En segundo lugar, tenemos a Estados Unidos, que tuvo como punto de partida los asentamientos de la costa atlántica de América del Norte, pero cuyas fronteras fueron extendiéndose hacia el oeste al ritmo de compra, la conquista, la guerra o el poblamiento de zonas semivacías. Así, para principios del siglo XX, los Estados Unidos de América se habían transformado en un país bioceánico.

Mapa 2: La expansión de Estados Unidos


Fuente: Fernández, Antonio, Historia del Mundo Contemporáneo, Editorial Vicens Vives, Barcelona 1994. Página 227

Según indica Powaski, esta dinámica expansiva, seguida por Estados Unidos y Rusia, hacía inevitable que llegara el día en que ambos tuvieran que enfrentarse. No obstante, hasta comienzos del siglo XX habían mantenido una muy escasa o nula comunicación, excepto en la disputa por Alaska, la que se resolvió pacíficamente una vez que Rusia decidió vender esos territorios a Estados Unidos en el año 1867.[50]

Fue el año 1917 el que marcó el punto de inflexión en la relación entre Estados Unidos y Rusia. En este año la Revolución Bolchevique instauró en Rusia un nuevo tipo de gobierno, que comprendía también un nuevo tipo de sociedad. Un modelo que pretendía desplazar al actual modelo capitalista, liberal y burgués que predominaba hasta ese momento en el mundo. En efecto, “Cuando los bolcheviques subieron al poder en Rusia en noviembre de 1917, esperaban, como marxistas devotos, que los trabajadores del mundo, incluidos los norteamericanos, siguieran la iniciativa rusa y derrocaran a sus gobiernos dominados por el capital. Los capitalistas del mundo, incluidos los de Estados Unidos, temían que esa posibilidad se hiciera realidad”.[51]

En esta perspectiva de análisis se debe tener presente que la Revolución Bolchevique se llevó a cabo en Rusia mientras se desarrolla la Primera Guerra Mundial. En esta última, Francia, Gran Bretaña y Rusia luchaban desde 1914 en el mismo bando contra los Imperios Centrales, Alemania y el Imperio Austro-Húngaro. Pero como se dijo, el año 1917 se produjo un giro crucial en los acontecimientos. Estados Unidos, que hasta entonces había proclamado su neutralidad, cambia de parecer y el 2 de abril de 1917 el Congreso declara la guerra a Alemania. Mientras tanto, en ese mismo año, las desastrosas consecuencias de la guerra, habían producido en Rusia el derrocamiento de la monarquía zarista.

Así, tras un breve período de gobierno provisional (desde marzo a noviembre de 1917), triunfó en Rusia la revolución bolchevique. Los revolucionarios habían explotado muy bien la decisión del gobierno provisional acerca de mantener la participación Rusa en la guerra y habían alentado a la población a levantarse y exigir cambios radicales.

Pero la Rusia Bolchevique no encajaba con el mundo que quería diseñar el presidente Norteamericano W. Wilson, tras la Primera Gran Guerra, ese mundo ideal que tenía por fundamento aspectos tales como la cooperación internacional, la seguridad colectiva, los mercados abiertos y la autodeterminación de los pueblos. Esta última, según Wilson implicaba casi de forma automática la adhesión a los sistemas democráticos, por tanto, el concepto democracia también venía a añadirse al conjunto de características con las que debía contar ese mundo que surgiría tras la conflagración mundial.[52]

Efectivamente, todos esos conceptos formaban parte vertebral de los denominados “14 puntos de Wilson”, los cuales había presentado ante el pueblo norteamericano y ante los aliados europeos como imprescindibles dentro del nuevo orden internacional que debía surgir una vez que acabara la gran conflagración comenzada en 1914. “Obviamente, en el nuevo orden internacional que preveía Wilson no había ningún lugar para los bolcheviques comprometidos con el derrocamiento violento del capitalismo y la democracia”.[53] Desde esta perspectiva, en el nuevo orden mundial que vendría tras la guerra, no habría habido lugar ni para la autárquica Rusia zarista, ni para la dictadura comunista que pretendía instaurar la revolución de 1917.

Por todo los expuesto, W. Wilson se negó a reconocer el gobierno Bolchevique, y, además, autorizó el envío de ayuda económica encubierta a las fuerzas antibolcheviques de Rusia, mientras que las otras dos grandes potencias capitalistas, Francia y Gran Bretaña, se decidieron a actuar de un modo más directo, con participación efectiva en la guerra civil rusa, apoyando a las fuerzas antibolcheviques. No obstante, los objetivos de las potencias capitalistas se vieron frustrados, ya que “La intervención militar de las potencias capitalistas no hizo más que reafirmar los temores de los bolcheviques de que los objetivos principales eran ellos y no los alemanes. Aun cuando no logró derribar el régimen soviético, la intervención militar occidental en la guerra civil rusa sembró en la mente de los líderes soviéticos el temor eterno a un cerco capitalista y la creencia de que la guerra entre el comunismo y el capitalismo era inevitable”.[54] Desde este momento se empiezan a configurar los elementos que van marcando el derrotero de las relaciones entre el mundo capitalista y el mundo comunista. Ha aparecido en escena un nuevo tipo de sociedad, a la que J. Fermandois ha denominado “Sociedad Revolucionaria”, incompatible en esencia con el tipo de sociedad tradicional encarnada en los países occidentales.

Como se dijo, W. Wilson no reconoció al gobierno bolchevique y esa actitud la preservaron los gobiernos norteamericanos hasta 1933, cuando F. Roosevelt decide cambiar la política seguida por sus antecesores respecto de la Unión Soviética. Entre 1933-34 se produjo el reconocimiento del gobierno soviético y el establecimiento de las relaciones diplomáticas. Recordemos las ya citadas memorias de George Kennan, quien tuvo la posibilidad de ser partícipe directo de aquel acercamiento.[55]

Así pues, como señala Powaski, Roosevelt creyó firmemente en la posibilidad de poder llegar a acercamientos y acuerdos fructíferos con Stalin, sobretodo después de 1941, cuando Alemania había comenzado la invasión de la Unión Soviética. “Roosevelt creyó que el ejército soviético podría tener inmovilizado a la mayor parte del ejército alemán, con lo cual salvaría a Gran Bretaña y posiblemente evitaría la necesidad de que Estados Unidos participara directamente en la guerra. Así pues, Roosevelt hizo cuanto pudo por evitar una derrota soviética, incluido el envío de ayuda por el valor de miles de millones de dólares al amparo de la Ley de Prestamos y Arriendos. A partir de la entrada en guerra de Estados Unidos en diciembre de 1941, Roosevelt se esforzó mucho por mantener la Gran Alianza”.[56]

En efecto, Roosevelt manifestó siempre un gran interés por mantener en pie la Gran alianza, no obstante, su muerte se produjo justo al momento en que la guerra en Europa tocaba su fin, y como diría H. Kissinger, su sueño de las 4 grandes potencias gobernando el mundo no llegó a sobrevivirle.[57] Y es que, terminada la lucha contra el enemigo común ya no había razones para seguir soslayando el sinfín de diferencias entre ambas entidades, más aún cuando tanto Estados Unidos como la Unión Soviética, sabíanse y sentíanse enormemente poderosos, de hecho, la guerra los había convertido en las principales o las únicas potencias militares del mundo. En Europa, vencedores y perdedores estaban exhaustos, mientras que en Asia, Japón había sido completamente derrotado y China retomaba los caminos hacia la guerra civil.

Desde aquí en adelante, el análisis de Powaski coincide, en esencia, con los autores que consideran a la Guerra Fría como el conflicto suscitado entre la URSS y EEUU tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante su particularidad es el realce que da al factor ideológico como elemento crucial dentro del desarrollo de la Guerra Fría. Dos ideologías tan radicalmente opuestas no podían llegar a entenderse, estaban destinadas a enfrentarse, ya que ambas se consideraban el mejor modelo para el resto del mundo. “Una razón más importante de la inevitabilidad de la Guerra Fría, más allá de la sensación de ser vulnerables que experimentaban ambas partes fue el carácter incompatible de sus ideologías respectivas… (y en efecto) El fin de la Guerra Fría y el comienzo de una verdadera cooperación entre los rusos y los norteamericanos no fue posible hasta después de que Gorvachov demostrara que estaba dispuesto a abandonar el conflicto ideológico que contaba varios decenios de existencia”.[58]

Ahora bien, el giro llevado a cabo por Gorvachov debe entenderse dentro del amplio contexto de reformas que fueron implementadas en la URSS durante la segunda parte de la década de los ochenta. Las reformas tendían a lograr superar el sinfín de problemas internos que aquejaban a la Unión Soviética, y entre ellos, el principal era el económico. Intentaba dar marcha atrás a la decadencia económica y social del país, pero no logró sus objetivos, incluso las reformas implementadas aceleraron el proceso de desintegración de la URSS. Acerca de esta situación, Powaski enfatiza que dentro de las causas del derrumbe del imperio soviético, no es acertado ver a Ronald Reagan, presidente norteamericano desde 1981, como su principal artífice. Los que afirman tal teoría son los propagandistas norteamericanos en su intento de justificar los enormes despilfarros de dinero en las estrategias militares propugnadas por el gobierno de Reagan. Que la URSS haya empezado a caer en el último año de gobierno de Reagan (1989), fue coincidencia, ya que los desequilibrios y problemas económicos que la condujeron definitivamente al colapso, eran arrastrados desde hace muchos años, sobre todo de la época de Breznhev, en la que se había llevado a cabo políticas militares insostenibles por el sistema económico soviético.

Entre estos dos extremos cronológicos, 1945 y 1989, acontecen las manifestaciones más concretas de la Guerra Fría. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convenció de la agresividad de la Unión Soviética y llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer ante la agresión comunista era aplicar una política de “Contención”, destinada a detener el avance comunista en cualquier lugar donde éste se produjese. No se intentó hacer retroceder el comunismo de las zonas en que se había establecido producto de la ocupación de las tropas del ejercito Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Ello provocó el congelamiento de la situación en Europa hasta 1989, ya que cada bando aplicó una política de respeto de zonas de influencia. Estados Unidos lideraba la zona occidental de Europa, mientras que la Unión Soviética mantenía su ámbito de influencia en la zona oriental.

NOTAS
[2] Powaski, Ronald, La guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991, Editorial Crítica, Barcelona 2000, Página 11.
[3] Pereira Castañeda, Juan, Los Orígenes de la Guerra Fría, Editorial Arco, Madrid 1997. Página 19
[4] Ibidem, Página 16
[5] Gran Enciclopedia Soviética, 1970. En: Pereira Castañeda, Juan, Ob. Cit., Página 16
[6] Academia de Ciencias de la URSS, Compendio de Historia de la URSS, Segunda parte, Editorial Progreso, Moscú 1966. Página 300
[7] Dorynin, Analdy, En Confianza: El embajador de Moscú ante los seis presidentes norteamericanos de la guerra fría (1962-1986), FCE México 1998. Página 662
[8] Pereira Castañeda, Juan, Ob. Cit., Página 13
[9] Duroselle, Jean, Europa de 1815 a nuestros días, vida política y relaciones internacionales, Editorial Labor, S.A., Barcelona 1978. Páginas 108-116
[10] Fontaine, Andre, Historia de la Guerra Fría, Editorial Luis Caralt, Barcelona 1970. Vol. I.
[11] Pereira, Juan, Ob. Cit., Página 9
[12] Aracil, Rafael, El Mundo Actual, de la Segunda Guerra Mundial a nuestros días, Universitat de Barcelona, Barcelona 1998, Página 42
[13] Gil, Julio, La Guerra Fría: La OTAN frente al Pacto de Varsovia, Editorial Siglo XXI Madrid 1998. Página 7
[14] El telegrama de George Kennan y su participación en los inicios de la Guerra Fría serán analizado en las páginas 37 a 40 del presente trabajo.
[15] Entendida desde el punto de vista soviético como democracia popular, es decir, donde progresivamente el partido comunista se va imponiendo, dejando de lado a todos los demás.
[16] Gil, Julio, Ob. Cit., Página 8
[17] Ibidem, Página 10
[18] Aracil, Rafael, Ob. Cit., Página 110
[19] Ibidem, Página 110
[20] Hobsbawn, Eric, Historia del Siglo XX, Editorial Crítica, Buenos Aires, 1998. Página 230
[21] Ibidem, Página 236
[22] Ibidem, Página 230
[23] Ibidem, Página 253
[24] Ibidem, Página 238
[25] Kennan, George, Al Final de un siglo, Reflexiones, 1982-1995, Fondo de Cultura Económica, México 1998. Página 35
[26] Ibidem, Página 41
[27] Ibidem, Página 42
[28] Ibidem, Página 11
[29] Ibidem, Página 11
[30] W. Wilson fue presidente norteamericano entre 1913 y 1921. Tras la Primera Guerra Mundial proponía establecer un nuevo orden mundial basado en principios tales como la autodeterminación de los pueblos, la seguridad colectiva, los mercados abiertos, la democracia, etc.
[31] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 660
[32] Ibidem, Página 427
[33] Ibidem, Página 614
[34] Ibidem, Página 462
[35] Ibidem, Página 622
[36] Ibidem, Página 613
[37] Ibidem, Página 798
[38] Hobsbawn, Eric, Ob Cit., Página 16
[39] Powaski, Ronald, Ob. Cit., Página 360
[40] Fontaine, Historia de la Guerra Fría, Editorial Luis Caralt, Barcelona 1970. Página 8
[41] Ibidem, Página 6
[42] Joaquín Fermandois es Doctor en Historia. Profesor del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile y de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
[43] Fermandois, Joaquín, La Guerra Fría, Documentos Universitarios, Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso 1975. Página 13
[44] Ibidem, Página 15
[45] Ibidem, Página 20
[46] Ibidem, Páginas 34-35
[47] Powaski, Ronald, Ob. Cit., Página 9
[48] Ibidem, Página 11
[49] Ibidem, Página 12
[50] Ibidem, Página 12
[51] Ibidem, Ob. Cit, Página 360
[52] Ver Kissinger, Henry, Ob. Cit., Capítulo IX: “La Nueva cara de la diplomacia: Wilson y El Tratado de Versalles”.
[53] Powaski, Ob. Cit., 360
[54] Idem

[55] Ver páginas 25-28 del presente trabajo
[56] Powaski, Ronald, Ob. Cit., Página 362
[57] Ver Kissinger, Ob.Cit., Capítulo XVI, “Tres enfoques a la paz: Roosevelt, Stalin y Churchill en la Segunda Guerra Mundial”
[58] Ibidem, Ob. Cit., Página 373

EXTRACTO: tesis de pregrado Henríquez, Orrego, Ana, Propuesta Didáctica para la enseñanza de la Guerra Fría, PUCV, Viña del Mar, 2005.

 

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CRISIS DE LOS MISILES


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La crisis de los misiles, 1962

La crisis de los misiles, 1962

CARICATURA 1: “Crisis de los Misiles 1962”
Schmid, Heinz-Dieter: Geschtliches Arbeitsbuch fur Sekundastufe I. Band 4. Die Welt im 20. Jahrhundert. Frankfurt am Main, 1984. EN:Fischer Ferenc, A megosztott világ Torténelmi – Politikai Atlasza, 1941-1991, Budapest Hungría 1996. Página 23

Si no es de su interés leer y conocer en profundidad la Crisis de los misiles de 1962, le recomendamos:

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GUERRA FRIA FASE 2: LA COEXISTENCIA PACÍFICA.


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Todo sobre Guerra Fría

Nikita Kruschev. Líder Soviético entre 1953-1964

GUERRA FRIA FASE 2: 1953 – 1962. LA COEXISTENCIA PACÍFICATras la Guerra de Corea, las tensiones entre los bloques tendieron a calmarse. Comenzaba una nueva etapa en las relaciones internacionales a la que se ha denominado “coexistencia pacífica”. Ésta se habría conseguido, esencialmente, gracias a lo que Jean Duroselle ha denominado “equilibrio del terror”.[1] Éste último se explica a partir del hecho que la tecnología militar utilizada por ambos bandos logró sobrepasar por primera vez los límites de la destrucción total. Ante tales condiciones, dar comienzo a un conflicto directo, habría significado sentenciar a muerte a la propia población, cuestión a la que ninguno de los dos bandos en pugna llegó a arriesgarse.

El primer cambio que destacamos estuvo dado a partir del ascenso de nuevos líderes políticos tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética. El General D. Eisenhower sucedió a H. Truman en la presidencia norteamericana, asumiendo el cargo entre 1953 y 1960. Mientras que en la URSS, tras la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), la lucha por la sucesión se inclinó a favor de los sectores más renovadores del aparato estatal soviético, de entre los que destacan Malenkov, Bulganin y Kruschev.[2] En este punto se debe recordar que desde 1917 la Unión Soviética no había establecido código de sucesión.

Tras la muerte de Stalin, la URSS dio comienzo a una nueva etapa en las relaciones internacionales. Kruschev como el nuevo líder político de la URSS, luego de lograr sobreponerse al resto de la camarilla política que aspiraba a suceder a Stalin, propició una nueva política exterior que va a denominar “coexistencia pacífica”. Este nuevo concepto significaba básicamente que la URSS no sólo negaba el recurso a las armas para extender la revolución comunista por el mundo, sino que rechazaba la idea de que la guerra con el capitalismo era inevitable.
La visión de Washington no se vio muy influenciada por la nueva política del Kremlin. En EE.UU. primaba una situación de inseguridad propiciada por el acceso de la URSS al arma atómica y sus ensayos con misiles intercontinentales. El lanzamiento del Sputnik en 1957, el primer satélite al espacio por parte de los soviéticos vino a reforzar ese sentimiento. El candidato norteamericano Eisenhower había criticado duramente la política de «contención» de Truman, mientras que Foster Dulles, el que luego sería su Secretario de Estado, había propuesto durante la campaña electoral de 1952 hacer retroceder a los Soviéticos a sus posiciones de partida.
Tras el triunfo de Eisenhower, Estados Unidos se embarcó en una política que se vino a denominar la doctrina de las «represalias masivas». Con ella, como señala Kissinger, se pretendía explotar teóricamente la ventaja nuclear de Estados Unidos. Pero lo contradictorio era que esta formulación se elaboró cuando la ventaja estaba a punto de desaparecer.[3] Se suponía que la posibilidad de una represalia masiva disuadiría a los soviéticos de toda agresión y evitaría estancamientos como los de Corea.

No obstante, la guerra nuclear general pareció ser un remedio desproporcionado para la mayoría de las crisis que sobrevinieron en el período. Así lo confirmaron los hechos, pues la política exterior norteamericana no implementó su estrategia de “represalias masivas”. Al contrario mostró una gran moderación y en definitiva, se iniciaba un nuevo período en el que las palabras, una vez más, no correspondían exactamente con los hechos. Ni la política exterior soviética fue tan pacífica, ni la norteamericana fue tan belicosa.

Así pues, como señala Charles Zorgbibe con la nueva directiva soviética comenzó un período en el que aparecieron signos de distensión entre Moscú y Washington: la firma del Armisticio en Panmunjong en 1953, que ponía fin a la guerra de Corea, los acuerdos de Ginebra que ponían fin a la guerra de Indochina en 1954, la reconciliación entre la URSS y Yugoslavia que culminó con la visita de Kruschev a Tito en 1955 o la firma del Tratado de Paz con Austria en 1955, que significó la evacuación de las tropas de ocupación y su neutralización.[4]

Estos signos de distensión no impidieron que las superpotencias afirmaran su hegemonía en sus respectivas áreas de influencia. La brutal represión de las protestas obreras en Berlín y Alemania oriental en 1953 por parte del ejército soviético de ocupación, la represión de la revolución Húngara en 1956 o las intervenciones de la CIA para derrocar por la fuerza a los gobiernos progresistas de Mossadegh en Irán en 1953 o Arbenz en Guatemala en 1954, son la muestra de que cada uno de los bandos estaba decidido a mantener la cohesión de su respectivo bloque. Como señala Kissinger, también en este aspecto se subrayó el hecho de que cada bloque guardó respeto por las esferas de influencias ya delimitadas. Esto último, se manifestó, esencialmente, en la nula reacción manifestada por el bloque occidental ante la violenta represión que sufrió el levantamiento Húngaro en 1956 por parte de las tropas soviéticas.[5]

Ahora bien, el nuevo marco de coexistencia pacífica no significó el fin del enfrentamiento entre los EE.UU. y la URSS. Si bien es cierto, como ya hemos analizado, el ámbito de influencias en Europa había sido estabilizado nítidamente a partir de la consolidación económica y militar de cada uno de los bloques, no ocurría lo mismo en áreas periféricas. En estas últimas, las potencias siguieron manifestando sus rivalidades. En el período de la coexistencia pacífica se produjeron graves crisis que pusieron en peligro el mantenimiento de la paz mundial. Entre ellas destacamos la crisis de Berlín y la crisis del Caribe que estuvo a punto de llevar a la “guerra caliente” a soviéticos y norteamericanos.

Con ello se puede apreciar que a pesar de los intentos de coexistencia, el clima de desconfianza entre las potencias no había desaparecido, lo que dio lugar a crisis tan graves como las de Berlín a partir de 1958 y la de los misiles en Cuba en 1962.
Entre los acontecimientos destacados de esta fase de la Guerra Fría se encuentran los siguientes:

Ø Armisticio de Corea. 27 julio 1953
Ø Canciller de Alemania Occidental (Adenauer) fue recibido en capital soviética. 13 de junio de 1955
Ø Conferencia de Ginebra. 26 abril a 21 de julio de 1954
Ø La firma del Pacto de Varsovia. 14 de Mayo de 1955
Ø La celebración del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. 25 de Febrero 1956
Ø La Crisis de Suez. 26 de Julio 1956
Ø Revolución Húngara. Octubre-Noviembre de 1956
Ø La Crisis de Berlín. Entre 1958 a 1963
Ø La Crisis de los misiles en Cuba. Octubre 1962

De los hechos mencionados, a continuación profundizaremos en el análisis de los siguientes: el Informe Secreto entregado por Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS (1956), la Crisis de Berlín (1958-1963) y la Crisis de los Misiles (1962).

NOTAS
[1] Duroselle, Jean, Ob. Cit., Página 112
[2] Service, Robert, Ob. Cit., Página 313
[3] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 843
[4] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 199
[5] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 826

1. Informe secreto de Kruschev ante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS

Autor: Nikita Kruschev. Líder Soviético entre 1953-1964
Título del documento o tema central: Informe Secreto sobre el culto a la personalidad
Identificación espacial y temporal:Moscú, 24 y 25 de febrero de 1956
Tipo de documento: Discurso ante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS

Informe Secreto sobre el culto a la personalidad. XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. 24 y 25 de Febrero 1956

¡Camaradas! En el informe del Comité Central del Partido ante el Vigésimo Congreso, en algunos discursos de delegados al Congreso, así como anteriormente, durante las sesiones plenarias del CC/PCUSD, mucho se ha dicho sobre el culto del individuo y sus dañosas consecuencias.
Después de la muerte de Stalin, el Comité Central del Partido comenzó a emplear la política de explicar, concisamente y concretamente, que es ilícito y extraño al espíritu de marxismo y del leninismo elevar a una persona, transformarla en un superhombre dotado de características sobrenaturales, comparables a las de un dios (…)
Entre nosotros se cultivó durante muchos años esa creencia en torno a un hombre, y especialmente en torno a Stalin.
El objeto del presente informe no es una valoración exhaustiva de la vida y la actividad de Stalin. (…) Ahora nos encontramos frente a una cuestión de inmensa importancia para el Partido en el presente y en el futuro (…) se trata de cómo el culto de la persona de Stalin fue creciendo gradualmente; ese culto que en determinado momento se convirtió en la fuente de toda una serie de perversiones unánimemente graves y serias de los principios del Partido, de la democracia del Partido, de la legalidad revolucionaria (…)
Cuando analizamos las prácticas de Stalin en cuanto a la conducción del Partido y la nación, cuando nos detenemos a considerar cualquier acto de Stalin, debemos convencernos de que los temores de Lenin estaban justificados. Las características negativas de Stalin, que en época de Lenin eran sólo incipientes, se transformaron durante los últimos años en un grave abuso de poder que causó indecible daño a nuestro Partido (…)
Stalin no actuó mediante la persuasión, la explicación y la cooperación paciente con las personas, sino imponiendo sus conceptos y exigiendo obediencia absoluta a su opinión. Quien se oponía a ello, o procuraba probar su punto de vista y la exactitud de su posición, quedaba sentenciado a la exclusión del mando colectivo y a la correspondiente aniquilación moral y física.(…)
Debemos afirmar que el Partido libró una severa lucha contra los trostskistas, los derechistas, los burgueses nacionalistas, y que desarmó ideológicamente a todos los enemigos de Lenin. Esta lucha ideológica se llevó a cabo con éxito, y así el Partido se vigorizó y templó. En esto Stalin representó un papel positivo (…)
Stalin inventó el concepto “enemigo del pueblo”. Este término hizo automáticamente innecesario que se probaran los errores ideológicos de un hombre u hombres dispuestos a la discusión; este término hizo posible el uso de la más cruel represión, la violación. todas las normas de la legalidad revolucionaria contra cualquiera que,. en una u otra forma, estuviera en desacuerdo con Stalin; contra todo sospechoso de intención hostil; contra cualquier hombre de mala reputación. Este concepto “enemigo del pueblo” eliminó radicalmente la posibilidad de cualquier clase de lucha ideo lógica, y la posibilidad de dar a conocer opiniones personales sobre tal o cual punto, aún sobre cuestiones de carácter práctico. En verdad, la única prueba de culpabilidad empleada (contra todas las normas de ciencia legal) fue la «confesión» del propio acusado; y como lo demostró la investigación ulterior, se obtuvieron «confesiones» por medio de torturas físicas contra el acusado(…)
Ese enfermizo recelo creaba en él una desconfianza general, aun con respeto a eminentes trabajadores del Partido a quienes habíamos conocido durante años enteros. Por doquier veía «enemigos», «espías» y «traidores». Dueño de un poder ilimitado, su despotismo no conoció límites y fue capaz de aniquilar a los hombres moral y físicamente (…)
Así Stalin sancionaba en nombre del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique) la más brutal violación de la legalidad socialista, la tortura y la opresión (…) La obstinación de Stalin se mostró asimismo no solo en decisiones concernientes a la política interior del país, sino también en las relaciones internacionales de la Unión Soviética (…)
En este sentido, Stalin se popularizó enérgicamente a sí mismo como gran líder; de varios modos trató de imponer al pueblo la versión de que todas las victorias ganadas por la nación soviética durante la Gran Guerra Patriótica se debían al coraje, la osadía y el genio de Stalin y de ningún otro (…) No Stalin, pero si el Partido como conjunto, el Gobierno soviético, nuestro heroico ejército, sus talentosos líderes y valientes soldados, la nación soviética sola, éstos son los únicos que aseguraron la victoria en la Gran Guerra patriótica(…)
Las magníficas y heroicas acciones de millares de millones de hombres de Occidente y Oriente durante la lucha contra la amenaza del yugo fascista que pendía sobre nosotros perdurará durante centurias y milenios en el recuerdo de la agradecida humanidad (…)
¡Camaradas! Debemos abolir el culto del individuo decisivamente, de una vez por todas; debemos sacar las conclusiones acertadas sobre la labor ideológica-teórica y práctica. Para ello es necesario: Primero, seguir la norma bolchevique, condenar y desarraigar el culto al individuo como ajeno al marximo-leninismo y opuesto a los principios del mando del Partido y sus normas de vida, y luchar inexorablemente contra todo intento de volver a implantar esta práctica en una forma u otra (…)
En segundo término, debemos continuar sistemáticamente y con persistencia la obra del Comité Central durante los últimos años (…) de los principios leninistas del mando del Partido, y caracterizada, sobre todo, por el principio dominante el mando colectivo, por el respeto de las normas de vida del Partido descritas en los estatutos de nuestro Partido y, en suma, por la amplia práctica de la crítica y la autocrítica.
En tercer término, restaurar completamente los principios leninistas de democracia soviético-socialista, expresadas en la Constitución de la Unión Soviética, para combatir la arbitrariedad de individuos que abusen del poder. (…)
¡Camaradas! El Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética ha manifestado con nueva energía la inconmovible unidad de nuestro Partido, su cohesión en torno al Comité Central, su firme voluntad de cumplir la gran tarea de construir el comunismo.

Kruschev»Informe Secreto» sobre el culto a la personalidad

Análisis del DocumentoAutor del Documento y contexto histórico

Nikita Kruschev accedió al Comité Central del PCUS en 1934. Durante la Segunda Guerra Mundial, denominada por la Unión Soviética como “Guerra Patria”, alcanzó el grado de General. Tras la muerte de Stalin, accedió al cargo de Secretario General del partido y producto de diversas maniobras consiguió apartar a sus competidores, entre ellos Beria y Malenkov. Respecto de esto último, Robert Service señala que Kruschev maniobró hábilmente, creando una comisión investigadora de crímenes de los años ’30 y ’40, poniendo especial énfasis en las purgas de Leningrado, ello debido a que en éstas la participación de Malenkov había sido importante y podía utilizar la investigación para desprestigiarle.[1] Así, producto de la pérdida de prestigio y autoridad, Malenkov fue obligado a dimitir del cargo de Presidente del Consejo de Ministros en el año 1955.

Entre las primeras medidas políticas de relevancia en el ámbito de las relaciones internacionales destacan, en primer lugar, el acercamiento y reconciliación con Yugoslavia, que culminó con la visita de Kruschev a Tito en 1955; y en segundo lugar la firma del “Pacto de Varsovia” el 14 de mayo de 1945. Éste último venía a ser la respuesta a dos necesidades evidenciadas por la URSS. Por una parte era la respuesta al refuerzo de la Alianza Atlántica, donde se había permitido el ingreso de la República Federal Alemana a la organización y su consecuente remilitarización, pero por otra parte también respondía a la necesidad de legalizar la subordinación de las Fuerzas Armadas de las Democracias Populares al mando soviético. Como señala Charles Zorgbibe, con esto se daba base jurídica al estacionamiento de las fuerzas soviéticas en Hungría y Rumania, las cuales según el tratado de paz de 1947 debían retirarse al día siguiente de la firma de un tratado de paz con Austria.[2] Y éste, como ya se dijo anteriormente, fue firmado el 15 de mayo de 1955, es decir, un día después de la firma del Pacto de Varsovia.

Ahora bien, el 20 de febrero de 1956 se celebró el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, para éste, Kruschev propuso realizar un discurso acerca del culto a la personalidad y sus consecuencias. La propuesta de Kruschev tuvo que enfrentar a Molotov, quien proponía como tema “Stalin continuador de la obra de Lenin”. No obstante, como señala Zorgbibe, la postura de Kruschev prevaleció debido al apoyo que tenía en el Presidium.[3] En términos generales, durante el XX Congreso del PCUS, Kruschev denunció los crímenes de Stalin en su «informe secreto» e inició el proceso que se ha denominado desestalinización.Destinatario, lugar y fecha:

El “Informe secreto” o “discurso sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias”, fue dado a conocer a puerta cerrada a los 1.436 delegados soviéticos asistentes al XX Congreso del Partido Comunista de la URSS. EL Congreso se realizó en Moscú en febrero de 1956.

Contenido del documento:

El 25 de febrero Kruschev dio a conocer su informe a una sesión cerrada al público, solo los delegados del Partido comunista de la URSS pudieron escucharle. Stalin constituía el tema central del discurso, y en él se destacan los siguientes aspectos:

Ø En 1923 Lenin pidió que se apartara a Stalin del cargo de Secretario General: “debemos convencernos de que los temores de Lenin estaban justificados. Las características negativas de Stalin, que en época de Lenin eran sólo incipientes, se transformaron durante los últimos años en un grave abuso de poder que causó indecible daño a nuestro Partido”

Ø Necesidad de eliminar el culto a la personalidad por ser contrario al marxismo leninismo.

Ø Abusos, represión y violación a toda la legalidad soviética. Kruschev destaca la ilegalidad de los métodos mediante los cuales se juzgaba y condenaba a los acusados: “la única prueba de culpabilidad empleada (contra todas las normas de ciencia legal) fue la «confesión» del propio acusado; y como lo demostró la investigación ulterior, se obtuvieron «confesiones» por medio de torturas físicas contra el acusado”.

Ø Stalin como asesino e incompetente frente al ataque alemán. Se desmitifica y niega el rol protagónico que intentó abrogarse Stalin en el triunfo sobre los alemanes: “trató de imponer al pueblo la versión de que todas las victorias ganadas por la nación soviética durante la Gran Guerra Patriótica se debían al coraje, la osadía y el genio de Stalin y de ningún otro”.Entre otras de las faltas del stalinismo se menciona la deportación de pueblos enteros durante la Gran Guerra Patria, por el solo hecho de ser sospechosos de colaborar con el enemigo.

Ahora bien, lo que se debe tener presente es que en el informe entregado por Kruschev el ataque está dirigido contra Stalin no contra el sistema soviético. Lo que se proponía era regresar al Marxismo Leninismo, conservando intacto el Estado y la preeminencia del Partido Comunista como único partido.

En el informe se nombra pocas veces a miembros del Presidium y no se culpa a los miembros del Politburó. Según señala Robert Service, Kruschev había ayudado a organizar las purgas de Moscú y Ucrania entre 1937-38,[4] pero en el informe ese aspecto no es mencionado. En efecto, y como señala este mismo autor, el propio Krsuchev reconocía ante sus colaboradores más cercanos del Presidium, que realmente los argumentos eran prácticos y no morales: “si no decimos la verdad en el Congreso nos veremos en la obligación de decirla en el futuro y entonces no seremos los que hagamos el discurso, sino que estaremos bajo investigación”.[5] Desde este punto de vista, la política implementada por Kruschev se nos presenta como una maniobra para poder, en primer lugar, apartar de los altos mandos a los hombres cercanos a Stalin y en segundo lugar exculpar la propia responsabilidad frente a los abusos cometidos por el régimen stalinista, aún cuando el propio Kruschev había formado parte de él.

Proyecciones históricas del informe secreto

A partir del contenido del discurso, occidente llamó a la política de Kruschev “Desestalinización”. Ahora bien, la difusión del documento en occidente se produjo por una parte por medio de las copias que la Propia KGB hizo llegar a la CIA y también una versión completa conoció la luz en el periódico “Observer” de Londres. En la Unión Soviética, el Presidium se resistía a publicar el informe, temiendo por los efectos que pudiera producir, finalmente la prensa publicó sólo breves resúmenes, ya que las copias del informe fueron destruidas antes de su distribución y sólo se publicaron con el asenso de Gorvachov al poder.[6]

Los temores del Presidium no eran infundados. El informe de Kruschev podía encender la llama de los levantamientos tanto al interior de la URSS como en los países de Europa del Este. Las razones eran que a través del informe se estaba quitando la “poca legitimidad” del liderazgo soviético sobre los países del Pacto de Varsovia, los cuales en términos concretos se encontraban sometidos a las órdenes del Kremlin.

Ahora bien, ante los atónitos delegados comunistas, Kruschev afirmaba que Stalin era un asesino de masas, denunciaba sus crímenes y el «culto a la personalidad», que había caracterizado hasta ese momento a la dictadura soviética. Con ello, quedaba en evidencia el giro que Kruschev pretendía dar a la política exterior, la cual, como ya hemos mencionado, se dio en llamar “coexistencia pacífica”. Ésta implicaba también la aceptación en el terreno teórico de la existencia de diversos caminos para la construcción de un sistema socialista.
Esta relativa apertura tuvo su primer reflejo en Polonia. Impulsado por las manifestaciones obreras, Gomulka, un comunista que había sido purgado por Stalin en 1948 retornaba al poder. Su reiterada fidelidad a la URSS y a las bases del sistema comunista de las «democracias populares» permitió que Moscú aceptara el nuevo giro en la política polaca. Pero la situación fue bien distinta en Hungría, donde se constató trágicamente las limitaciones de la nueva política de Kruschev.

En Hungría la resistencia de los dirigentes más stalinistas hizo que las protestas populares degeneraran en una verdadera insurrección popular el 24 de octubre de 1956. Un comunista abierto y liberal, Imre Nagy, accedió al poder y se puso al frente de la revolución húngara. Enfrentado a un levantamiento que se extendía por el país, Nagy decidió encabezarlo y dio dos pasos decisivos: la aceptación de la libertad de asociación política, lo que destruía el monopolio comunista del poder, y, lo que fue mucho más grave, la proclamación de la neutralidad de Hungría y su abandono del recién creado Pacto de Varsovia.
La respuesta del Kremlin fue inmediata: las tropas soviéticas aplacaron la revolución húngara de 1956. La dirección soviética había puesto claramente los límites a los que podía llegar el proceso de desestalinización. Como señala Henry Kissinger, en Hungría quedó en evidencia la delimitación de los bloques de influencia y la renuncia de Estados Unidos a enfrentarse a una guerra por suprimir el control comunista del Este de Europa. Ésta había sido la política explícita de Estados Unidos desde hacía una década.[7] La actitud pasiva demostrada por el gobierno norteamericano subrayaba la premisa básica de la “Contención”, según ésta, la liberación de Europa del Este se confiaba a la erosión del tiempo y no comprometía desafiar frontalmente el control soviético. En este punto, también se debe considerar que para Occidente la preocupación principal en este momento era poner fin a la crisis de Suez, en la cual los propios aliados políticos de Estados Unidos (Francia y Gran Bretaña) estuvieron a punto de desencadenar una conflagración de magnitudes insospechadas. Estados Unidos, manifestó, por una parte su no disposición de secundar a sus aliados en aventuras militares que implicaran un enfrentamiento directo con la URSS, así como también sus disímiles puntos de vista respecto a la defensa de los intereses coloniales. Esto condujo a que EEUU votara en la ONU junto a la URSS contra sus aliados directos, es decir contra Francia y Gran Bretaña, a los cuales el 2 de Noviembre de 1956 se les exigió poner fin a las hostilidades emprendidas contra Egipto.[8] La Crisis de Suez y la humillación a la que se vieron expuestos Gran Bretaña y Francia era una muestra evidente de la debilidad de los países Europeos frente al poderío norteamericano.

Hasta este momento se puede decir que la segunda fase de la Guerra Fría se encuentra en un estado de calma. Es decir, la rivalidad entre los bloques no se ha manifestado en forma latente y aun abundan los gestos de buena voluntad por parte ambos bloques. Será a partir del año 1958 con el desencadenamiento de la crisis de Berlín, que la Guerra Fría entró en una de sus etapas más álgidas, alcanzando el límite con la Crisis de los Misiles en Cuba el año 1962.2. Crisis de Berlín
El 27 de noviembre de 1958, Kruschev lanzó un ultimátum a las potencias occidentales. Envió notas formales a Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia declarando nulo el acuerdo de las cuatro potencias sobre Berlín, insistiendo en que Berlín Occidental fuera transformada en una ciudad libre y desmilitarizada. Si no se llegaba a un acuerdo, en 6 meses la URSS firmaría un tratado de paz con Alemania Oriental y cedería sus derechos de ocupación y rutas de acceso a la RDA. Ello equivalía a un ultimátum a los aliados occidentales
Según señala Henry Kissinger, una de las razones principales que explica esta actitud de Kruschev está dada por la necesidad que tuvo éste de conseguir una manifestación concreta de la supuesta superioridad alcanzada por la URSS en el aspecto militar. Tras la puesta en órbita del Sputnik en 1957, la URSS consideró que ello era prueba de superioridad científica y militar y hasta en occidente llegó a considerarse así. El Secretario General de la Unión Soviética, se lanzó a ofensivas diplomáticas para convertir la supuesta superioridad de los mísiles soviéticos en algún tipo de avance diplomático.[9] Desde esta perspectiva, en Berlín habría de ser demostrada la preeminencia militar soviética. Por su parte Eric Hobsbawm señala que Kruschev, pese a sus intenciones pacíficas, se vio forzado a adoptar en público una actitud más intransigente hacia Occidente, esto esencialmente debido a la crítica realizada por China Comunista quién acusaba a la URSS de haber suavizado su actitud respecto al capitalismo.[10]

Ahora bien, con el ultimátum dado por Kruschev el 27 de noviembre de 1958, se ponía a los países occidentales ante la opción de reconocer a Alemania oriental o ir a la guerra por la cuestión técnica de quién habría de firmar los documentos de tránsito. Como se puede apreciar, el problema que resurge en esta oportunidad tiene que ver, esencialmente, con Alemania y el estado indeterminado en que quedó tras la Segunda Guerra Mundial. Ya fue analizado anteriormente el problema suscitado entre 1948 y 1949 producto del bloqueo de las rutas hacia Berlín por parte de la Unión Soviética. Ahora, 10 años después, el problema alemán es puesto nuevamente sobre la mesa.
¿Cuál es la razón de fondo que insta a Kruschev a poner su diplomacia en pie de guerra?. Según la perspectiva oficial soviética, la razón estaba dada por el hecho de que “Berlín Occidental se ha convertido en un nido de espionaje internacional y de actividad subversiva contra la RDA”. Debido a ello, el Gobierno de la URSS estimaba que la mejor solución del problema debería reflejarse en el tratado de paz que transformara a Berlín occidental en una ciudad libre, exenta de toda ocupación extranjera y ligada en el aspecto económico tanto con el Oeste como con el Este.[11] No obstante, como señala Kissinger, eso no podía ser más que una excusa para ocultar la gran debilidad de la Unión Soviética. Alemania Oriental estaba perdiendo mano de obra debido a que centenares de miles de ciudadanos huían hacia Alemania Occidental a través de Berlín.[12] En estas circunstancias, lo que Jruschev buscaba era pasar el control de Berlín a la RDA, con ello el punto de fuga de los alemanes se eliminaría, pues al parecer esperaba que los occidentales entregaran a la RDA su parte de Berlín.
En la Crisis de Berlín quedó demostrado que la estrategia diseñada durante la Presidencia de Eisenhower no era aplicable, no se utilizaría una “represalia masiva” por causa de Berlín, ni mucho menos por las razones que Kruschev estaba presionando. En efecto, como señala Kissinger al comienzo de la crisis de Berlín, Eisenhower decidió que era más importante calmar al público norteamericano que dar un susto a los gobernantes soviéticos. En una conferencia de prensa el 18 de febrero de 1959, Eisenhower afirmó: “desde luego, no vamos a entablar una guerra en Europa” y para no dejar dudas también excluyó toda defensa de Berlín con armas nucleares: “No sé como podríamos liberar nada con armas nucleares”.[13]
Ahora bien, Eisenhower llegó al final de su gobierno sin lograr avances significativos respecto de la crisis de Berlín. J.F. Kennedy asumió la presidencia cuando la crisis de Berlín casi llevaba tres años. El paso del tiempo había reducido la credibilidad de la amenaza, pero las negociaciones y el encuentro entre Kennedy y Kruschev en Viena en 1961 no sirvieron para mover la posición occidental expresada por el presidente norteamericano en julio de 1961: mantenimiento de la presencia occidental en Berlín, mantenimiento del derecho de acceso y libre elección del régimen político.
La aceleración del ritmo de huidas a la zona occidental precipitó que el 13 de agosto de 1961 se iniciara la construcción de un muro que separaba ambas zonas de la ciudad y aislaba completamente al Berlín occidental. El “Muro de la Vergüenza”, como le llamó Kennedy, indignó a la opinión pública occidental, desacreditó la postura soviética y se convirtió en el doloroso símbolo de la Guerra Fría. El muro pronto se convirtió en un muro de cemento de 5 metros de alto, coronado con alambre y espino, vigilado por torres con guardias armados y minas. Este complejo sistema de muros, vallas electrificadas y fortificaciones se extendió a lo largo de 120 kilómetros, separando a la ciudad y rodeando completamente a Berlín occidental.

NOTAS
[1] Service Robert, Ob. Cit., Página 317
[2] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 204
[3] Zorgbibe, Charles, Ob. Cit., Página 319
[4] Service, Robert, Ob. Cit., Página 320
[5] Ibidem, Página 319
[6] Ibidem, Página 321
[7] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 826
[8] Ibidem, Página 590
[9] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 837
[10] Hobsbawm, Eric, Ob. Cit., Página 247
[11] Academia de Ciencias de la URSS, Ob. Cit., Página 369
[12] Kisinger, Henry, Ob. Cit., Página 840
[13] Ibidem, Página 843

Mapa: El Muro de Berlín

Ante la Construcción del Muro, Estados Unidos mantuvo su código de conducta, es decir no entabló un enfrentamiento directo con la URSS. Y si bien, Kennedy alzó la voz para criticar y abominar su construcción, también se encargó de manifestar públicamente que estaba descartada toda posibilidad de llegar a una guerra por causa de Berlín: “…si yo voy a amenazar a Rusia con una guerra nuclear, tendría que ser por razones mucho más grandes e importantes… que el acceso a una autopista”.[1]

En estas circunstancias, el concepto “equilibrio del terror” comienza a ser comprendido en su magnitud. ¿Qué causa habría justificado comenzar una guerra en que ambos bandos tenían la certeza de ser aniquilados? Hasta este momento (1961), ninguna razón había hecho que las superpotencias consideraran seriamente comenzar una guerra para oponerse a su rival. Cualquier enfrentamiento directo entre ambas potencias tendría que haber sido necesariamente atómico, ya que ambas contaban con arsenales nucleares factibles de ser utilizados. Como señala Hobsbawm, el enfrentamiento entre la URSS y EEUU habría significado un pacto suicida,[2] ante el cual los líderes de ambos bandos finalmente terminaron dando marcha atrás, pues se encontraban atrapados en el dilema nuclear.
Proyecciones de la crisis de Berlín

La crisis finalizó sin ningún acuerdo entre las partes. Según la perspectiva oficial de la Unión Soviética, ante la negativa occidental para firmar un tratado de paz con Alemania, la URSS decidió finalmente, tras los fracasos reiterados de los intentos diplomáticos, levantar un muro en la ciudad de Berlín con el fin de que se transformara en una “barrera insuperable interceptando el camino de los espías, saboteadores y especuladores procedentes del Oeste”.[3]

Ahora bien, después de tres años de ultimátum y amenazas, Kruschev terminó levantando un muro que consolidaba definitivamente la creación de los bloques. Desde este momento el Muro de Berlín pasó a constituirse en el principal símbolo de la Guerra Fría y la consecuente división del mundo en dos bloques. Según la perspectiva de Kissinger, con el fin de romper el estancamiento y no dejar en tanta evidencia su inoperante política de amenazas y ultimátum, Kruschev decidió instalar misiles en Cuba.[4] Así, cuando aun la Crisis de Berlín no tocaba su fin, una crisis aun más peligrosa viene a ocupar la escena internacional.

NOTAS
[1] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 858
[2] Hobsbawm, Eric, Ob. Cit., Página 233
[3] Academia de Ciencias de la URSS, Ob. Cit., Página 370
[4] Kissinger, Henry, Ob. Cit., Página 870

EXTRACTO: tesis de pregrado Henríquez, Orrego, Ana, Propuesta Didáctica para la enseñanza de la Guerra Fría, PUCV, Viña del Mar, 2005.

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